Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

También hoy el espíritu del mundo quiere encadenar y amordazar al sucesor de Pedro para silenciar el Evangelio. Tres cosas del Evangelio de Cristo son especialmente rechazadas hoy: (1) El llamado a la conversión; (2) La unicidad de Jesucristo como Salvador; (3) El camino a la santidad.

Homilía sppd025a, predicada en 20230629, con 18 min. y 49 seg.

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Transcripción:

Queridas hermanas, deseo iniciar esta palabra de reflexión a partir de aquel versículo que encontramos en la primera lectura de hoy. Mientras Pedro estaba en la cárcel, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él. La Iglesia oraba por él. Es un deber continuo para nosotros como cristianos, como creyentes. La Iglesia oraba insistentemente por él. En aquel momento fue Herodes quien encarceló a Pedro con el propósito de silenciarlo y con el propósito ulterior de ejecutarlo, convertir a Pedro en un espectáculo, en una victoria y afianzar así su poder.

El mismo texto que está tomado del Capítulo Doce de Hechos de los Apóstoles nos cuenta cuál era el criterio de Herodes. Herodes se mueve por un criterio absolutamente mundano. Dice el pasaje correspondiente. Al ver que esto agradaba a los judíos, decidió detener también a Pedro. Lo que dice que agradaba a los judíos fue la ejecución del apóstol Santiago. Así que el criterio de Herodes es el criterio del mundo y no resulta difícil para nosotros darnos cuenta de lo que se está diciendo aquí, que no es solamente una historia del siglo primero. Herodes representa el poder de este mundo que siempre quiere encarcelar a Pedro o al sucesor de Pedro para silenciarlo y para neutralizarlo y para ejecutarlo.

Uno podría pensar, pero en la época en la que vivimos, esas cosas no suceden. No tan rápido. Sí suceden. Sí, siguen sucediendo. El mundo sigue anhelando, intentando, deseando encarcelar y silenciar al sucesor de Pedro. Precisamente es lo que llamamos mundanizar las cárceles actuales, no sólo para el sucesor de Pedro, sino para los obispos en comunión con él y finalmente, también para nosotros, los sacerdotes y todo aquel que quiera mostrar el Evangelio. El intento del mundo sigue siendo ese encarcelarnos, pero ya las cárceles no son como las de aquella época. Los barrotes están bien pintados, con colores vistosos. Y esas cárceles utilizan cadenas que parecen dulces, pero son cadenas. Y esos barrotes son barrotes. ¿A qué me refiero? A toda la presión que se hace para que la Iglesia, empezando por el Papa, cambie la palabra del Evangelio por una palabra que sea concorde y de buen gusto de Herodes. Es decir, para que la Iglesia empiece a hablar como le gusta al mundo, como el mundo quiere. Esa es la actual prisión en la que se quiere encerrar a Pedro. Mantenerlo en barrotes bien pintaditos, bien vistosos. Cadenas muy agradables, que las hay de distintas, de distintas tallas. Pero de lo que se trata finalmente es de eso. Son cadenas con recubrimiento de terciopelo y son barrotes de colores vistosos, pero de lo que se trata es de encerrar y silenciar la palabra de Pedro y la palabra de la Iglesia. ¿Para qué? Para que la Iglesia no repita lo que le enseñó Cristo, sino que repita lo que le quiere enseñar el mundo.

¿Y cuál es la gran diferencia? Después de mucho leer y orar y escuchar a muy buenos predicadores que Dios siempre los da, hay tres características principales que separan el Evangelio de Cristo del Evangelio muy, muy entre comillas del mundo. Porque el Evangelio del mundo es lo que Herodes quiere que hoy se predique. Y el Evangelio de Cristo, pues, es el que Cristo quiere que se predique, es el que el Espíritu Santo quiere que se predique. ¿Por qué? Dijo el mismo Cristo que el Espíritu Paráclito nos iba a recordar lo que Cristo nos enseñó y nos iba a conducir hacia la verdad completa. Entonces ahí hay tres diferencias principales que ya las enunció Cristo, no me estoy inventando nada. Tres diferencias principales.

La primera está con la palabra conversión. Si la predicación de la Iglesia cede y cesa en la palabra conversión, es decir, si deja de enunciar y de denunciar la realidad del pecado y la necesidad de dejar el pecado para ser fieles a Dios, ahí está la primera infidelidad. Entonces, en el Evangelio de Cristo lo que resuena es la palabra del Maestro que dijo, como aparece al comienzo de San Marcos, convertíos y creed la Buena Noticia el Reino de Dios se ha acercado. El mensaje perenne de la Iglesia tiene que ser en lo personal, en lo comunitario, en lo global o como lo quieras poner. El mensaje de la Iglesia tiene que ser dejad el pecado, cualquiera que sea su nombre, pecado privado o público, visible y escandaloso, o escondido y latente, dejad el pecado. Ese pecado que anida en el corazón, o ese pecado que sale a desfilar con orgullo en las calles. Dejad el pecado, ese es el mensaje. Y ese mensaje tiene que resonar, porque fue la predicación de Cristo, porque fue el anuncio de los apóstoles.

Por el contrario, el Evangelio, muy entre comillas del mundo, con los barrotes bien pintados y las cadenas recubiertas de terciopelo, cambia ese mensaje de dejar el pecado por el mensaje del consenso. De la convivencia tranquila, como se dice en mi país, hagámonos pasito. No te metas mucho conmigo. No me meto mucho contigo. Ejercitemos la tolerancia. Entendida esta tolerancia como finalmente acogida silenciosa y traidora del pecado. Entonces, ahí está la primera gran diferencia entre el Evangelio de Cristo y el falso evangelio del mundo.

El Evangelio de Cristo, no importa qué tan exitosos, qué tan populares, qué tan aceptados seamos, el Evangelio de Cristo siempre será sal de tu pecado, el tuyo. Sal de tu pecado. Y que la comunidad salga de su pecado. Y que España salga de sus pecados. Y así cada país y así cada región. El evangelio del mundo es toleremos, aceptemos, aceptemos y toleremos consenso, convivencia pacífica. Aquí no ha pasado nada. Esa es la mayor diferencia pero hay otras.

Una segunda gran diferencia es la proclamación de Dios como Señor y, por consiguiente, de Cristo como su enviado y su camino. Decía valientemente Pedro junto con Juan, en aquel pasaje de Hechos de los Apóstoles. No hay otro nombre por el cual debamos ser salvos. Es decir, que el Evangelio siempre proclamará la unicidad de Cristo. Cristo es irreemplazable en el camino de la salvación. Bueno, ¿Y los que sin culpa suya desconocen a Cristo? Pues esos también pueden enseñar la Iglesia. Esos también pueden ser salvos si son fieles a su conciencia, pero serán salvos por Cristo, aunque no lo sepan. Tal vez el documento más fuerte en este sentido. Es el que publicó la Santa Sede con la autorización y firma del Papa San Juan Pablo Segundo. Me parece que fue a la altura del año Dos mil uno. Es aquel documento que se llama Dominus Iesus. Ese documento hace una cantidad de precisiones que por lo menos hay más de veinte años después suenan antipatiquísima a muchos oídos supuestamente católicos. Pero en realidad Dominus Iesus lo que hace es recordarnos lo de siempre, lo que ya está desde las palabras del primer Pedro. No hay otro nombre por el cual debamos ser salvos. Eso dice el Evangelio de Cristo.

Pero el evangelio del mundo siempre nos estará repitiendo que no hay un camino, sino que hay muchísimos caminos, y que esos caminos son equivalentes. Y que si a ti te sirve tu fe cristiana, quédate con tu fe cristiana. Si al otro le viene bien ser musulmán o lo que sea, no procures, no procures que nadie cambie. Es decir, que este mundo sea una especie de mercadillo global donde todos los caminos son equivalentes. Es decir, esa pluralidad que no consiste simplemente en el respeto a la conciencia del otro, sino que consiste finalmente en una mordaza que le quita el mordiente, que le quita la fuerza a la predicación del Evangelio. La segunda gran diferencia está en la unicidad de Cristo. Cristo es único, tan único que incluso los que no lo conocen sin culpa suya, podrían salvarse. Pueden salvarse, pero serán salvos por Cristo y por la Iglesia.

La tercera gran diferencia tiene que ver con la palabra santidad. Dice la carta a los Efesios en el Capítulo Primero Dios nos ha llamado para que seamos santos e inmaculados. Otra traducción dice: Irreprochables en su presencia por el amor. La santidad, que es la lógica consecuencia de la conversión y de la vida en Cristo, la santidad. El Evangelio siempre será un llamado a la perfección de la obra de la gracia en cada uno de nosotros. Por eso ese lema que hemos recordado también en las predicaciones de estos días. Y ese lema es sea a donde sea que hayamos llegado, seguir adelante. Si hay una alta perfección, la gloria para Dios. Pero seguir adelante. La santidad a eso estamos llamados.

Mientras tanto, el mundo, pues, no se ocupa de la santidad, sino que más bien enseña a convivir con la mediocridad, a convivir con la imperfección, a abrazar el propio pecado. Lo cual tiene su versión más extrema cuando se nos presenta aquella frase con la que hoy muchos aprueban y dejan en su pecado a tantos. Es que Dios te hizo así. Es que Dios te hizo así y ya la gente aprendió a repetirlo. No, Dios me hizo así, Dios me hizo así con los gustos y con las tendencias que yo tengo, Dios me hizo así. Por supuesto, esa expresión es exactamente el revés y la burla es la rebeldía frente al Evangelio de Cristo. Porque claro, una vez que se pone la frase Dios me hizo así, todo proceso de avance en la gracia queda completamente detenido, por no decir perdido.

Entonces, hay tres notas características del Evangelio de Jesús que hoy son contestadas y se convierten en barrotes vistosos y en cadenas recubiertas de terciopelo. Pero igual quieren encadenar a Pedro y encadenarnos a todos. Esas tres notas características del Evangelio, que las repito con la esperanza de que queden profundamente grabadas en cada uno de nosotros. Esos tres puntos del Evangelio son la Conversión, la Unicidad de Cristo y el llamado perpetuo a la Santidad.

El mundo quiere cambiar eso. En vez de Conversión, una especie de consenso blando. En vez de la Unicidad de Cristo, todo da lo mismo. En vez de llamado a la Santidad, ¡acéptate, acéptate, acéptate Dios te hizo así!, quédate donde estás. Y lamentablemente vemos que esa desfiguración mundana del Evangelio, pues va entrando, va calando. Va calando, va entrando en mucha gente, va llegando al corazón de muchos católicos paralizándolos en la obra de la gracia y va llegando también al ministerio de muchos sacerdotes.

Por eso necesitamos que el Papa siga siendo aquel que nos confirma en la fe, aquel que defiende los intereses de Cristo, porque el mundo quiere encarcelarlo en esos barrotes de colores. El mundo quiere silenciarlo, no metiéndolo en una mazmorra, sino metiéndolo en esta prisión del lenguaje cómodo que parece que va a ser recibido por todos. Y por eso en esta Misa, muy particularmente en esta Misa, nos unimos en fervorosa oración, pidiendo por nuestro Papa actual, Papa Francisco y por todos aquellos que sigan como sucesores suyos.

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