Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La autoridad no se debe volver intransigencia y la audacia no se debe volver rebeldía. El balance entre autoridad y audacia en la Iglesia hace que permanezca firme y a la vez capacitada para obrar donde tenga que hacerlo.

Homilía sppd022a, predicada en 20210629, con 4 min. y 54 seg.

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Transcripción:

El Veintinueve de Junio tenemos la gran solemnidad de los Apóstoles Pedro y Pablo, ambos mártires en la ciudad de Roma, ambos perseguidos por su amor y fidelidad a Cristo hasta dar su propia sangre. Y precisamente en Roma encontramos la Basílica de San Pedro que conserva sus restos, y la basílica de San Pablo, que conserva los restos de este otro apóstol.

Cuando pensamos en Pedro, tal vez una palabra que viene es la de autoridad, porque a Él le dijo: Lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo. Y también le dijo: Yo he rezado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y también le dijo: Sobre esta roca edificaré mi iglesia. Cuando pensamos en Pablo, seguramente viene a nosotros otra palabra, la palabra audacia. Este es el hombre que, según nos cuenta en la Carta a los Romanos, por allá en el Capítulo Quince, ha querido llenarlo todo con el Evangelio de Cristo. Parece insaciable por mar, por tierra, entre judíos o paganos está continuamente lanzando la red, arrojando la semilla, ensanchando el terreno para que crezca el Evangelio. Autoridad en Pedro. Audacia en Pablo.

Y precisamente la fiesta de hoy nos ayuda a entender, o llamémoslo así, a matizar lo de la autoridad y lo de la audacia. Porque es fácil pensar que la autoridad es algo así como una especie de altura que hace que la persona sea inaccesible, que nadie pueda decirle nada. Nadie lo puede corregir, nadie se puede meter con él porque él es la autoridad. No, no es ese el sentido, ese no es el sentido. Y uno puede pensar que la audacia consiste algo así como en no someterse a nadie y simplemente ir, como dicen en España, a su propio aire. Porque a mí me guía la libertad del espíritu. Y eso tampoco es cierto. Ni la autoridad es arrogancia, ni la audacia es rebeldía.

Pedro es autoridad, pero en un momento dado Pablo tiene que corregirlo. Cuando Pedro entra en una especie de simulación por tratar de guardar un poco las apariencias, por meterse a hacer política, que es siempre una tendencia y por lo menos una tentación en quienes tienen autoridad a ponerse a hacer mucha política, tratar de quedar bien. Eso lo estaba haciendo Pedro. Y entonces Pablo pues, le cayó y le dijo así no es. Entonces la autoridad es necesaria, pero la autoridad también tiene que oír y también tiene que oír de vez en cuando palabras que son de corrección, palabras fuertes.

Y la audacia es muy bella. La audacia de Pablo es preciosa, pero la audacia no reemplaza la autoridad. Pablo cuenta en la carta a los Gálatas, donde también habla de ese encuentro que tuvo con Pedro. Pablo cuenta en la carta a los Gálatas que él fue donde Pedro, Santiago y Juan, que eran considerados columnas, fue allá ¿y fue a qué? ¿a qué fue? Y él lo dice para ver si yo había predicado en vano. O sea que él supedita, él subordina toda su acción apostólica, absolutamente preciosa, toda la subordina a la autoridad de la Iglesia.

Qué enseñanza tan preciosa la que nos trae esta fiesta. Autoridad y audacia. Pero que la autoridad no se vuelva intransigencia, no se vuelva autoritarismo y que la audacia no se vuelva a simple rebeldía o capricho. En el balance preciso entre la autoridad y la audacia, la Iglesia permanece al mismo tiempo firme y sin embargo, capacitada y ágil para obrar allí donde tenga que obrar. Así conserva el Señor a nuestra Iglesia y bendiga, por supuesto, al sucesor de Pedro, nuestro Papa Francisco en este momento. Y bendiga a tantos audaces que proclaman el Evangelio en difíciles circunstancias. Amén.

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