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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
San Pedro y San Pablo nos recuerdan que la Iglesia tiene que llegar a todos pero tiene que llegar con todo el mensaje, con todo el Evangelio.
Homilía sppd018a, predicada en 20180629, con 6 min. y 48 seg. 
Transcripción:
El Veintinueve de Junio nuestra Iglesia Católica recuerda a los apóstoles Pedro y Pablo, podríamos decir, las dos columnas más grandes y más visibles de nuestra fe. Con frecuencia se asocia a Pedro con la solidez de la roca por aquella palabra que el Señor le dijo Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia. Y con frecuencia se recuerda a Pablo en relación con la espada, por una parte, porque él mismo fue decapitado y por otra parte, porque su palabra, como dice la carta a los Hebreos, fue como espada de doble filo. Así que el vigor de la espada y la solidez de la roca, la audacia de la espada y la firmeza de la roca, eso es lo que recuerda y celebra nuestra Iglesia Católica el día Veintinueve de Junio.
Conviene ver otra relación que hay entre estos dos santos. Cuando Pedro estuvo en la casa de un pagano llamado Cornelio, llevó el Evangelio y oró por ellos y bautizó a muchos de ellos. No eran judíos. Pedro entró a una casa de no judíos, predicó y logró muchas conversiones. Y entonces, cuando ya volvió a Jerusalén, le recriminaron que había entrado en casa de no judíos. Y entonces Pedro dice que el Evangelio ha de llegar también a los gentiles. Y el primero que lo hace es el mismo Pedro. Pues bien, este es otro nexo con Pablo.
Porque Pablo dedicó la mayor parte de su vida a unos largos viajes misioneros. En total cuatro que conozcamos con seguridad, pero muy probablemente fueron más. Cuatro largos viajes misioneros por toda la cuenca del Mediterráneo, la isla de Chipre, lo que hoy es Turquía, lo que hoy es Grecia, lo que hoy es Macedonia del Norte, Italia y muy posiblemente hasta España. Es decir, que Pablo difundió el Evangelio entre los no judíos. Y es muy interesante ver que el mismo Pedro que consolidó la fe para los judíos, fue el primero en abrir el tesoro de la fe para los no judíos. Esa obra la continuó Pablo. Y esa es una característica central de nuestra fe.
No tienen que reñir la claridad con la caridad. No tiene que reñir la firmeza de la fe que uno tiene con la audacia para llevar esa fe a otras personas. Por supuesto que hay una especie de tensión entre estos dos aspectos. Podríamos decir que un aspecto es el de la ortodoxia. Tener clara la fe, tener firmes los principios. Y el otro es el valor de la evangelización, de la misión, incluso de la inculturación. Entonces, ¿Cómo mantener al mismo tiempo la fe perfectamente limpia y perfectamente generosa? audaz para llegar a todos los pueblos. Porque una tentación es convertir a la firmeza en una especie de encierro. Sobre esto ha criticado muchísimo el Papa Francisco cuando nosotros nos encerramos en nosotros mismos. Cuando nosotros nos sentimos los perfectos y nos encerramos en nuestra ortodoxia. Mal, la fe no puede ser así, encerrada, no puede ser simplemente el alimento para un gueto.
Pero luego está la otra tentación: vamos a llevar la fe a muchos pueblos, vamos a llevar la fe a muchas etnias, vamos a llevar la fe a muchos grupos en la sociedad. Pero a veces, queriendo llegar a esas personas, empezamos a adulterar el contenido. Un ejemplo típico es el de aquellas personas que quieren llegar a una población particularmente lastimada, herida o excluida. Por ejemplo, vamos a llevar el Evangelio a los que están viviendo en adulterio. Eso está bien, porque ellos necesitan el Evangelio. Pero si yo llego donde los que están viviendo en adulterio y lo primero que hago es callar la palabra adulterio para no ofenderlos a ellos, para que no se sientan mal. Si yo excluyo el pecado de adulterio para acercarme a los adúlteros, pues entonces lo que estoy haciendo es adulterar la fe. Entonces, supuestamente les iba a llevar el Evangelio, pero el evangelio que les estoy llevando no es el evangelio completo, no es el Evangelio de Jesús, es el evangelio que a mí me pareció conveniente para tener un cierto éxito pastoral.
Entonces Pedro y Pablo nos están recordando que no podemos perder ninguna de las dos cosas. Y para mí eso es de lo más bello en esta Celebración litúrgica, porque al celebrar a los dos estamos recordando que la Iglesia tiene que llegar a todos, pero tiene que llegar con todo, con todo el mensaje. Esa es una bonita forma de resumir esta sencilla reflexión. Sí, la Iglesia tiene que llegar a todos, pero tiene que llegar con todo, con todo el mensaje, con todo el Evangelio, porque esas personas, sean quienes sean, no importa la cultura en la que estén, no importa la condición de pecado en la que estén, se merecen oír el Evangelio completo.
Como he dicho en otras ocasiones, si yo voy, por ejemplo, donde el adúltero y no le hablo de su pecado, tendré que ver cómo lo hago. Pero tengo que mencionar el pecado. Pero si yo no mencionó el pecado, en el fondo lo que estoy haciendo es darle un evangelio de segunda categoría, con lo cual lo estoy considerando a él como una persona de segunda categoría. Es como si yo le dijera ya que tú no vas a poder con el Evangelio completo, pues entonces espérate y te doy este remedo de evangelio. Y por supuesto, eso es una traición al Evangelio, pero también es una traición a la gente. Que los grandes apóstoles, Pedro y Pablo nos preserven de esa tentación. Amén.

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