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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Los santos apóstoles Pablo y Pedro se unieron como pilares de la Iglesia para proclamar la gracia del Evangelio, sufriendo para demostrar quién es el Dios verdadero.

Homilía sppd017a, predicada en 20170629, con 7 min. y 28 seg.

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Transcripción:

El Veintinueve de Junio nuestra Iglesia Católica recuerda a los santos apóstoles Pedro y Pablo, siendo tan grande la figura de San Pablo, siendo tan grande la figura de Pedro, ¿Por qué se junta en una sola celebración tanta grandeza? Si lo reflexionamos bien, descubrimos que el nexo de unión entre estos dos apóstoles es la comunidad de los cristianos de Roma. Por eso también la Basílica de San Pedro en Roma. Según ya se ha demostrado rigurosamente, contiene los restos de este apóstol, lo mismo que la basílica llamada de San Pablo Extramuros, también en Roma, contiene los restos de este apóstol. O sea que es la ciudad de Roma y en particular la comunidad cristiana del Siglo Primero en Roma, la que nos invita a asociar estos dos apóstoles.

Efectivamente, son ellos verdaderos pilares de nuestra Iglesia, y son ellos también los que derramando su sangre, proclamaron la verdad del Evangelio de Cristo. Exactamente en lo que era la capital del mundo conocido, en aquella época. Roma era la cabeza, efectivamente, de un imperio inmenso. Imperio que, sin embargo, tuvo que abrir sus caminos a la predicación de la gracia del Evangelio. No sucedió esa predicación de una manera tranquila y de una manera fluida y pacífica, más bien, en cada lugar. Por muy diversos motivos, los santos apóstoles encontraron todo tipo de obstáculos y por eso también es inmenso el número de los mártires. Inmenso. Esa gran cantidad de mártires muestra la dificultad con la que el Evangelio se fue abriendo paso en el Imperio. Ni siquiera terminaron las persecuciones, en el siglo que estamos recordando, el Siglo Primero de nuestra era. Tendrían que pasar cientos de años y nuevas oleadas de crueldad hasta que al fin pudiera consolidarse el mensaje cristiano en lo que había sido el Imperio Romano.

¿Por qué darle tanta importancia entonces a la ciudad de Roma? ¿Por qué darle tanta importancia a esa comunidad? No es una afirmación teórica que venga de mí o de otra persona. Esa pregunta tendríamos que hacérsela a Pedro, que fue a Roma y que en Roma confirmó en la fe a aquellos cristianos no solo con sus enseñanzas, sino también con su sangre derramada. Y esa misma pregunta tendríamos que hacérsela a Pablo, el cual, después de tanto sufrir en tantos lugares, quiso dar el supremo testimonio también en ese lugar. La única explicación que a mí se me ocurre, porque repito la pregunta habría que hacérsela a los apóstoles mismos.

La única explicación que a mí se me ocurre es esta que estamos en una situación muy parecida a la que tuvo Moisés con el Faraón. Efectivamente, el Faraón en tiempos de florecimiento de la cultura en Egipto. El faraón se consideraba Dios. El endiosamiento de la casta de los faraones es en realidad el gran bloqueo a la fe que predica ese profeta llamado Moisés. Es decir, Moisés está proclamando al Dios de la Alianza. Moisés está proclamando al Dios verdadero, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Pero frente a la predicación de Moisés se levanta arrogante, una muralla inmensa. Y esa muralla es que los faraones, verdaderos dueños de vidas y haciendas, consideran que son dueños de todo y por consiguiente, no reconocen ningún otro Dios. Cuando se levanta esa muralla de la arrogancia humana, es necesario preguntarse ¿Cuál es el verdadero Dios? Y entonces el enfrentamiento entre el Dios verdadero y el Dios falso es el que va a dar origen al Éxodo y de ahí la Pascua judía y de ahí la confirmación en la fe verdadera para el pueblo elegido.

Algo parecido encontramos unos siglos después, en tiempos del profeta Elías. En esta ocasión, una mujer llamada Jezabel es la esposa de un rey llamado Acab. Jezabel considera que sus artes mágicas y sus manejos políticos son capaces de bloquear completamente la predicación del profeta Elías sobre el rey Yahvé. Entonces, de nuevo tenemos la predicación de la fe verdadera y una muralla inmensa de arrogancia humana, representada esta vez por Jezabel. ¿Y qué sucede? Que nuevamente nos encontramos en la pregunta de ¿Cuál es el Dios verdadero? Y por eso Elías implica todo su ser, todo su esfuerzo en ese combate.

Es exactamente lo mismo que sucede con estos apóstoles. Los emperadores romanos eran considerados como divinos, eran considerados de casta divina y reclamaban la adoración de sus súbditos. Nuevamente, la arrogancia humana se levanta, se levanta endiosándose y nuevamente es necesario demostrar cuál es el Dios verdadero. Lo mismo que sufrió Moisés, lo mismo que sufrió Elías. Eso han sufrido los santos apóstoles Pedro y Pablo, hasta demostrar quién es el Dios verdadero, quién es el Dios de la Alianza.

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