Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Cada uno de nosotros a su propia manera y por su propio camino, está llamado a dar la vida y a ser testigo del infinito amor del Señor, como lo hicieron los apóstoles Pedro y Pablo.

Homilía sppd014a, predicada en 20150629, con 5 min. y 28 seg.

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Transcripción:

El Veintinueve de Junio, nuestra Madre la Iglesia, celebra a dos de sus más grandes apóstoles Pedro y Pablo. Pedro es aquel que recibió de Cristo la palabra que oíamos precisamente en el Evangelio de hoy Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Pablo es aquel instrumento elegido, como lo llama el Capítulo Noveno de los Hechos de los Apóstoles para llevar el Evangelio a muchas naciones.

Es muy interesante la relación entre estos dos gigantes de la santidad, testigos preciosos del poder del Evangelio. Si los miramos, resultan muy diferentes. Pedro es un pescador de Galilea. Pablo es un hombre de letras, educado primero en su ciudad natal, en Tarso y luego en Jerusalén. Así que uno Pedro tiene poca cultura, mientras que el otro, Pablo, tiene una gran formación. ¿De dónde tomamos nuestra primera enseñanza? Cristo, el Señor, con la misma facilidad, hace grande la misión de aquellos que, según el mundo poco cuentan, o de aquellos que según el mundo tienen una gran estatura, una gran relevancia. Cristo, el Señor, necesita de ambos.

Si puedo utilizar el verbo necesitar. A través de la sencillez de los que tienen poca educación, nos da perlas de sabiduría que nos hacen entender que es él únicamente el que hace sabia la vida del hombre. A su vez, llamando a hombres de tanta formación y de tanto estudio como Pablo muestra que todas las grandezas de este mundo sólo alcanzan su verdadero propósito cuando se ponen en manos del autor de toda grandeza, es decir, del mismo Dios. Ese es un primer contraste.

Un segundo contraste está en las expresiones que suelen utilizarse los símbolos, que suelen utilizarse cuando hablamos de estos apóstoles. Pedro, por supuesto, es comparado con la roca. Pablo, en cambio, es comparado con la espada. Espada que penetra, espada que avanza, espada que de algún modo representa el vigor de una predicación más allá de toda frontera. O sea que en Pedro encontramos firmeza y en Pablo encontramos movimiento. Y las dos cosas las necesita la Iglesia. Firmeza. Claridad en su doctrina. Movimiento. Vigor para llevar a otros la Buena Noticia. Iglesia que tiene que ser al mismo tiempo firme y ágil. Humanamente hablando, este no es un equilibrio sencillo.

Con bastante frecuencia la firmeza se convierte en inmovilidad y con bastante frecuencia también el movimiento, la agilidad se convierte en banalidad, en trivialización, incluso en infidelidad al mensaje original. Pero al celebrar al mismo tiempo a Pedro y a Pablo, la Iglesia nos está recordando algo de su propio ser que tiene que ser fiel y firme y a la vez tiene que ser misionera y ágil. Ya que hemos destacado estas diferencias, conviene recordar un último aspecto que ya no es de diferencia, sino de unión.

Ambos dieron su vida por Cristo, ambos santificaron el suelo de Roma con su propia sangre. Lo cual nos indica también cómo, más allá de las diferencias de carismas y más allá de las diferencias de misión que tenemos unos con otros, el Señor finalmente nos está llamando para que cada uno a su propia manera y por su propio camino de testimonio de un amor sin límites. No hay amor más grande que dar la vida. Eso fue lo que hizo Pedro. Eso fue lo que hizo Pablo. Cada uno de nosotros tiene también su propio camino, pero cada uno es invitado también a dar vida, a dar la vida, a ser testigo de la vida que no muere. Así nos lo conceda Dios por la poderosa intercesión de los santos apóstoles Pedro y Pablo.

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