Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

En la Iglesia debemos mantener la firmeza de Pedro en su magisterio y la audacia de la evangelización de Pablo

Homilía sppd006a, predicada en 20100629, con 17 min. y 42 seg.

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Transcripción:

Siempre me ha llamado la atención, que siendo Pedro y Pablo cada uno tan grande en santidad, es decir, siendo la obra de Dios tan grande en cada uno de estos apóstoles, la Iglesia tenga una sola celebración para ambos. Una posible explicación es que hay como una complementariedad entre Pedro y Pablo. Podemos decir que Pedro nos habla de la firmeza y Pablo nos habla de la audacia. Por supuesto, una persona no se puede resumir en una sola palabra. Y en Pedro hay mucha audacia y en Pablo hay mucha firmeza. Pero estas claves nos ayudan a recibir mejor la riqueza de mensaje que tiene la fiesta de hoy.

Pedro es la roca y es el encargado de confirmar, el de dar firmeza en la fe a los hermanos y en ese sentido nos habla de esa firmeza. Pero también tenemos a Pablo, que es aquel que tenía como ideal, según lo cuenta él mismo, pronunciar el nombre de Cristo donde nadie lo hubiera escuchado. Y en ese sentido es un hombre llamado siempre a nuevos horizontes, siempre llamado a ir a nuevas fronteras. Algo como lo que encontramos en nuestra tradición dominicana con respecto a nuestro fundador, nuestro Padre Santo Domingo, que decía: Cuando hayamos consolidado lo concerniente a la orden, nos vamos a evangelizar a los cumanos. Los cumanos eran unas tribus bárbaras o semi bárbaras que se encontraban en aquel tiempo, por lo que hoy es más o menos Hungría.

Entonces Santo Domingo, seguidor en esto del apóstol San Pablo, estaba siempre pensando en la frontera. Cómo podemos ir más allá. Cómo podemos llegar a la gente a la que todavía no ha tocado el mensaje del Evangelio. Así pues, una manera de leer esta solemnidad tan hermosa es pensar que esos dos elementos los tiene que tener la Iglesia. Tiene que ser firme y tiene que ser audaz, y ninguna le puede ganar a la otra. Pedro no le puede ganar a Pablo ni Pablo a Pedro. Es decir, la firmeza no puede matar a la audacia. El hecho de que tengamos una ortodoxia, un cuerpo de doctrina, una liturgia establecida, un derecho canónico no puede quitar la flexibilidad de la mente, no puede quitar lo inesperado del espíritu, no puede quitar las sorpresas del amor divino, no puede quitar el realizar nuevas fundaciones y sobre todo, no puede quitar espacio para que la tienda de Dios, según lo anunció por boca del profeta Isaías, se extienda a derecha y a izquierda. Entonces, la firmeza no puede eliminar a la audacia, pero la audacia tampoco puede quitar a la firmeza. Y en este sentido nos dice San Pablo en su primera carta a los Tesalonicenses que tenemos que discernir el Espíritu para poder quedarnos con lo bueno. Las cosas, por el hecho de ser nuevas, no necesariamente son mejores las cosas por el hecho de ser recientes no significa que sean versiones mejoradas de las cosas antiguas.

Entonces, en ese vuelo misionero, en esa audacia, en esa búsqueda de nuevos horizontes, no podemos perder las tradiciones, no podemos perder esa raíz profunda que también tiene que tener nuestra fe. Es una manera, me parece muy útil, muy hermosa, de mirar esta fiesta. Hay otra manera y es recordar de qué manera habla Pablo sobre Pedro y de qué manera habla Pedro sobre Pablo. Porque las dos cosas se dan. En la carta a los Gálatas, el apóstol San Pablo se refiere a Pedro y en la segunda carta de Pedro, el apóstol Pedro se refiere a Pablo. Y es interesante hacer una comparación, porque ahí encontramos también dos dimensiones de la Iglesia que también son muy necesarias. Miremos el caso de la carta a los Gálatas. San Pablo, en un tono bastante fuerte, casi podríamos decir de regaño, reconviene a los gálatas y les dice que ya se han pasado a otro evangelio, y en ese contexto de una corrección vigorosa, les hace un recuento también de su propia experiencia de fe, de conversión y de vocación.

Y entonces es interesante que Pablo menciona a Pedro en dos ocasiones primera para decir que aunque él había tenido una gran experiencia de Jesucristo, fue a hablar con Pedro, Santiago y Juan, considerados columnas de la iglesia, para ver si había, si acaso había corrido en vano. Es decir, aunque Pablo tenía esa experiencia carismática, tenía esa experiencia como inmediata del amor divino. Sentía que necesitaba la confirmación de Pedro y sentía que solo la voz de las columnas de la Iglesia, es decir, Pedro, Santiago y Juan, solo esa voz era la que le podía confirmar de parte de Dios que sí había obrado bien. Es decir, que no había corrido en vano. Yo creo que aquí hay un mensaje muy profundo que nos da Pablo. Correr sin Pedro es correr en vano. Y esto tenemos que recordarlo porque a veces se pone de moda, incluso dentro de la Iglesia y especialmente en la vida religiosa.

Se pone de moda mirar con un cierto desdén al magisterio, como si fuera únicamente un ancla, una rémora, un lastre que no deja avanzar a la Iglesia. Y entonces el lenguaje que se utiliza es más o menos este. Pues con este papá eso no se va a poder. Pero espere que se muera el viejito y con otro que sí tenga el espíritu, con ese sí vamos a lograrlo. Y así habla la gente por ejemplo, cuando dice que deben darse la ordenación sacerdotal a hombres casados o cuando se quiere reabrir el tema de la ordenación de mujeres. Entonces algunos dicen como haciendo gala de una gran paciencia. Bueno, con este ya no se va a poder, pero esperemos, esperemos que el espíritu nos va a dar un mejor pastor y con ese se va a reabrir la discusión sobre la ordenación de mujeres y entonces tendremos justicia. Se hará justicia a las grandes excluidas de la historia, a las grandes excluidas del Evangelio.

Fíjate que esa manera de hablar presenta al magisterio como si fuera un peso, como si fuera un estorbo, como si fuera un obstáculo que pronto va a ser superado. Y así se habló de Juan Pablo Segundo y así se habla ahora del Papa Benedicto. Quitemos ese obstáculo, venzamos ese obstáculo y la historia confirmará, la historia confirmará cuantas veces los herejes han sido simplemente los profetas de tiempos y de ideas que la Iglesia en esa época no comprendía. Y entonces se hace una canonización de la herejía, más o menos con este estilo de razonamiento. Los que fueron rechazados en una época, hoy son canonizados. Luego, si nosotros somos rechazados hoy, mañana la Iglesia nos aprobará. Es decir, como si el error presente fuera garantía de la verdad futura. Y en ese modo de hablar, el presupuesto ¿cuál es? Que el magisterio es un estorbo. Que Pedro estorba. Pues no pueden. Quienes así hablan no pueden alegar en su favor la autoridad de San Pablo, porque San Pablo dice Si no estoy con Pedro, he corrido en vano. Si no me aprueba Pedro, he corrido en vano, si no me da la mano, si no me da su abrazo de comunión. Pedro, he corrido en vano.

Entonces se puede correr. Claro que se puede correr como corrieron cuatro mujeres allá en Suiza, que las ordenaran, que las ordenaran sacerdotisas, corrieron, llegaron la una en moto, la otra en bicicleta, corrieron a que las ordenaran. Se puede correr y se puede correr mucho, pero correr sin Pedro es correr en vano. Nos dice Santo Tomás de Aquino que el que se aparta del camino, cuanto más corre, más se pierde, más se aleja. Entonces ahí hay una referencia interesante. Pablo se refiere a Pedro. Pablo nos está hablando de Pedro y nos da ese criterio. El que corre lejos de Pedro corre en vano. Pero en la misma carta a los Gálatas, Pablo toma una actitud también crítica frente a Pedro. Resulta que Pedro llegó a una cierta comunidad y entonces trataba más o menos de igual forma a todos, a los convertidos del judaísmo y a los convertidos del paganismo. Pero entonces, después de un tiempo, llegaron unos discípulos de Santiago. Santiago sabemos que fue el apóstol Santiago, el menor es ese. Santiago, el menor fue el apóstol que quedó en Jerusalén y quedó hasta cierto punto como cabeza de esa porción del rebaño de Cristo. Por supuesto, esos eran los creyentes que estaban mucho más cerca a las prácticas judías. Y cuando llegaron estos discípulos de Santiago a donde estaba Pedro.

Entonces Pedro empezó a portarse de otra manera. Ya no se mezclaba mucho con los venidos del paganismo, ya no quería comer con ellos, ya no iba a sus casas. Entonces Pablo regaña a Pedro y lo regaña enfrente de la comunidad y lo regaña en nombre del Evangelio y lo regaña en nombre de la verdad y le dice: Si tú, siendo judío, estás haciendo esta simulación, entonces ¿qué se puede esperar de los otros? Esa corrección es interesante también para que recordemos que nuestra veneración por el magisterio no es idolatría del magisterio. Es decir, aunque es santo el magisterio, eso no significa que sean perfectos los maestros, ellos lo mismo que nosotros, requieren también su propia conversión. Pero es muy interesante también en ese caso, ver que Pablo no usurpa el papel de Pedro. Corrige a Pedro en nombre del Evangelio. Regaña, si queremos utilizar ese verbo, regaña a Pedro, pero no lo reemplaza, no le quita la autoridad, sino que lo invita a reflexión.

Yo creo que este es un criterio muy importante porque también en nuestra historia, en la historia del cristianismo, se han dado otros regaños a Pedro. Es decir, a los sucesores de Pedro, pero reemplazando a Pedro. Por ejemplo, cuando los anglicanos o los que después dieron origen al anglicanismo, cuando aquellos cristianos de Inglaterra encuentran tanto que reprochar en las prácticas del sucesor de Pedro, que por supuesto es el obispo de Roma, entonces ellos regañan a Pedro, al sucesor de Pedro, pero entonces nombran a su rey como el verdadero defensor de la fe, es decir, reemplazan, regañan y reemplazan. Pablo regaña, pero no reemplaza. Si tenemos que hablar, nosotros no somos ni ciegos ni tontos. Nos damos cuenta de que hay cobardías, incoherencias, incluso puede haber errores en algunas cosas de nuestros pastores y maestros. Y por supuesto que hay que hacerles ver las cosas y hay que hacerlas ver desde el Evangelio y hay que hacerlas ver con valentía. Pero eso no significa, eso no significa reemplazar. Una cosa es corregir y otra cosa es reemplazar.

Una cosa, por ejemplo, es aprovechemos que no está la priora. Una cosa es corregir a la priora por algo que está haciendo mal y otra cosa es prescindir de la priora. Son dos cosas diferentes. Cuando yo le digo Madre priora, esto no creo que esté de acuerdo con las Constituciones o con el Evangelio o con la costumbre de este monasterio. Cuando se hace una corrección de ese género, se está, sin embargo, admitiendo la autoridad. Una cosa muy diferente es que yo diga: Puesto que usted no sirve como priora, entonces yo seré mi priora, yo seré priora de mí misma. Funcionaré autónoma. De ahora en adelante seré autocéfala, o sea que yo seré mi propia cabeza. Yo haré lo que a mí se me venga en gana, porque yo puedo prescindir de usted. Una cosa es corregir y otra cosa es reemplazar. Una cosa es corregir y otra cosa es prescindir. El apóstol Pablo corrige a Pedro, pero no prescinde de Pedro. Qué interesantes lecciones nos deja la carta a los Gálatas.

Con respecto a la segunda carta de Pedro, tenemos el otro caso. Esta vez es Pedro hablando de Pablo y es muy interesante que el tono es diferente. Pedro se refiere a ella. Los escritos del apóstol San Pablo. Y lo más importante de ese texto es que Pedro pone al mismo nivel los escritos de San Pablo y los escritos de los profetas. Entonces dice: Es verdad que algunos interpretan mal los escritos de nuestro hermano Pablo, al llamarlo hermano, por supuesto, está indicando que se declara en plena comunión con Pablo. O mejor, declara a Pablo en plena comunión consigo mismo. Pero dice: Es verdad que algunos interpretan mal los escritos de Pablo como interpretan mal las demás Escrituras. Ese texto es importantísimo porque es prácticamente la única declaración que tenemos de una equiparación de los escritos del Nuevo Testamento con el Antiguo Testamento. Interpretan mal a Pablo como interpretan las demás Escrituras.

Es decir, que Pedro, con la autoridad recibida de Cristo, nos está diciendo que es tan Palabra de Dios aquello que nos está enseñando Pablo como es Palabra de Dios, aquello que nos entregó el Espíritu Santo hablando por los profetas. Esta sencilla anotación del apóstol San Pedro en su segunda carta es un verdadero tesoro porque nos ayuda a comprender al mismo tiempo, cómo hay una continuidad entre los profetas y los apóstoles y cómo en los apóstoles, en este caso en San Pablo, viene a esclarecerse todo aquello que venía desde antiguo, todo aquello que venía en los profetas. Alabemos al Señor por la santidad de Pedro y de Pablo, y saquemos cada uno saque sus propias enseñanzas.

La necesidad de ser firmes y audaces por una parte, y que la firmeza no acabe, la audacia ni la audacia, la firmeza. Y en segundo lugar, estos puntos tan significativos dentro del conjunto del Nuevo Testamento, en los que aprendemos dos cosas primera, que el que corre sin Pedro corre en vano. Y segunda, que en Pablo se encuentra ciertamente un testimonio temprano de cómo la Iglesia reconoce una continuidad de inspiración entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Es un mismo Dios el que nos ha llevado, y es un mismo Cristo en quien resplandece esa plenitud.

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