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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cristo no quiere que nuestra vida sea absurda, sin sentido y sin propósito; Él quiere que nuestra vida sea fecunda, productiva para la eternidad.
Homilía spol004a, predicada en 20220223, con 5 min. y 16 seg. 
Transcripción:
Hay varias y muy hermosas razones para querer al santo que se recuerda el día de hoy. San Policarpo, día veintitrés de febrero. Voy a compartirte cuatro de estas razones. La primera es que Policarpo fue discípulo directo del apóstol San Juan. Cuando nosotros recordamos que Juan fue el discípulo amado, que Juan estuvo a los pies de la cruz, que Juan recostó su cabeza en el pecho de Jesús, que Juan es el evangelista teólogo. Imagínate lo que es tener la enseñanza de semejante apóstol y poder beber directamente de esa fuente. Ese fue el caso de Policarpo, esa es la primera razón. Segunda razón Policarpo aprendió de San Juan en la ciudad de Éfeso, donde este apóstol pasó la última parte de su vida. Pero luego Policarpo dirigió fue cabeza visible de la comunidad cristiana en Esmirna, una de las comunidades más antiguas de lo que entonces se llamaba Asia Menor y que hoy geográficamente corresponde a la Turquía que conocemos. En la ciudad de Esmirna, Policarpo fue obispo. Y esta ciudad de Esmirna es cercana a nosotros porque se menciona, por ejemplo, en el libro del Apocalipsis, y también porque uno de los primeros mártires de la Iglesia, el obispo San Ignacio de Antioquía, le escribió directamente una carta a San Policarpo. Pero ya dije la tercera razón. Entonces la primera es que Policarpo fue discípulo directo de Juan. La segunda es que Policarpo fue un obispo, fue cabeza visible, fue un buen pastor de una de las primeras comunidades cristianas, de esas que marcaron el ritmo, la ruta, el camino de lo que habría de ser toda la Iglesia, la comunidad de Esmirna. Esa es la segunda razón, Policarpo fue obispo de Esmirna. La tercera, Policarpo fue amigo personal de otro gran obispo y mártir, San Ignacio de Antioquía, que murió en la primera década del siglo segundo hacia el año ciento siete. Gracias a Dios se conserva la carta que un santo le escribió a otro santo que San Ignacio de Antioquía le escribió a San Policarpo. Y la cuarta razón es que así como Ignacio de Antioquía fue mártir de un modo terrible, además. Porque fue enviado al circo romano para ser devorado por las fieras, así también Policarpo fue mártir, esa es la cuarta razón. Pero fue mártir, de otro modo. Fue quemado vivo, atado a una columna. Se encendió una hoguera. Una hoguera. ¡Ay, Dios! Se encendió una hoguera para quemarlo, y así murió él. Como los antiguos holocaustos del Antiguo Testamento. Pero en la Nueva Alianza, Policarpo hizo de su vida ofrenda. Como era un hombre tan apreciado en Esmirna, a él le ofrecieron la posibilidad de renunciar al martirio. Pero él percibió claramente que su vida no podía tener una mejor conclusión que una muerte entregada por amor a Cristo. Y así murió. Demos gracias a Dios por estos grandes testigos. Grandes, grandes testigos de los primeros siglos. Solo me falta decir una cosa. El nombre Policarpo en sí mismo es muy bello, lo hemos comentado en otras oportunidades. Porque Policarpo es una palabra tomada directamente de la lengua griega Policarpo, que quiere decir mucho fruto. Dice nuestro Señor Jesucristo en el Capítulo Quince de San Juan: Yo los he destinado para que ustedes vayan y den mucho fruto. Cristo quiere que nuestra vida sea una vida fecunda, no una vida absurda, ni una vida sin propósito, no una vida sin dirección ni sentido. Que nuestra vida sea una vida fecunda, una vida productiva, productiva además, para la eternidad. Indudablemente esa fue la vida de San Policarpo, que además tenía este hermoso nombre, que significa precisamente eso, mucho fruto. Pidamos a Dios que también nosotros seamos Policarpo, los fieles testigos del Evangelio, alegres en nuestro camino de la fe.

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