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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Admirable testimonio de San Policarpo
Homilía spol003a, predicada en 20190223, con 14 min. y 32 seg. 
Transcripción:
Hermanos queridos, en esta ocasión les invito a que nos acerquemos a la figura del anciano Obispo Policarpo. Empecemos por su nombre. ¿Qué significa este nombre? Policarpo. Es un nombre extraño para nuestros oídos, pero es un nombre de un profundo y bello significado. Policarpo en griego quiere decir mucho fruto. Usted ha oído, por ejemplo, de un polinomio. Ha oído hablar de un polímero. Esa raíz alude a lo que es múltiple o abundante. Poliquístico. Un cáncer poliquístico Tiene varios o muchos quistes. Es una raíz griega que significa lo que es abundante. Karpós es otra palabra griega que quiere decir fruto. De modo que el nombre Policarpo quiere decir mucho fruto. Y usted recuerda que en el Capítulo Quince del Evangelio según San Juan, Cristo dice: Yo he venido para que den fruto en abundancia. Fruto abundante. O sea que Policarpo es un nombre propiamente cristiano que quiere decir fruto abundante. Si lo pensamos bien, cada uno de nosotros está llamado a ser Policarpo o Policarpa En Colombia recordamos a una mujer llamada Policarpa. Ella pertenece a la historia de la independencia de Colombia. Cada hombre está llamado a ser un Policarpo y cada mujer una policarpa. ¿Por qué? Porque cada uno de nosotros está llamado a dar mucho fruto, no solo fruto, sino mucho fruto. Podemos decir que la Palabra de Dios es como una semilla. Lo dice la parábola del sembrador, la palabra que tú recibes cuando vas a la Santa Misa, cuando lees la Escritura, cuando haces oración, esa palabra que recibes es como una semilla, pero esa semilla no quiere quedarse siendo semilla. Cierto, esa semilla quiere dar mucho, mucho fruto. Y quiénes son los que han dado mucho fruto. Pues los que han puesto a trabajar, por así decirlo, el Evangelio que han recibido el Evangelio, da mucho fruto. Cuando nosotros dejamos que la fuerza del Evangelio salga a través de nosotros y se convierta en alabanza para el Dios Altísimo y se convierta en bienes para nuestros hermanos. En las mesas de trabajo que teníamos hoy o que tenemos hoy, cada mesa tiene un nombre y cada uno de esos nombres que son nombres de santos, están mostrando fruto abundante. Por ejemplo, si usted está en la mesa de San Juan Pablo segundo, usted puede recordar que Juan Pablo Segundo fue un hombre que dio mucho fruto. Es decir, los talentos que Dios le concedió, él los puso a trabajar para la gloria de Dios. Usted mira una mujer. Por ejemplo, esta conocida viuda, mujer caritativa, generosa, piadosa, llamada Isabel. Santa Isabel de Hungría fue una mujer que puso al servicio de Dios y de los pobres sus inmensos talentos, sus riquezas materiales también. Entonces, ese es el primer, digamos, el primer elemento en esta Santa Misa, darnos cuenta que cada uno de nosotros está llamado a ser un Policarpo. Otra razón por la que este santo es importante de recordar es porque él fue discípulo del apóstol San Juan. El apóstol San Juan se estableció en la ciudad de Éfeso, que queda en la actual Turquía y en la ciudad de Éfeso, el apóstol San Juan ofreció abundante predicación y enseñanza a muchos discípulos. Estamos hablando de finales del siglo primero. Uno de los discípulos, muy cercano al apóstol San Juan fue este hombre el que estamos recordando hoy San Policarpo. O sea que Policarpo es, por decirlo de alguna manera, un precioso eslabón en la historia de la difusión de la fe cristiana. El mismo Policarpo recibió la imposición de manos del apóstol San Juan y él fue obispo de otra población de la actual Turquía, población llamada Esmirna. Entonces Policarpo fue obispo en Esmirna. Pero eran tiempos de persecución, estamos hablando del final del siglo primero, comienzos del siglo segundo. Fue perseguido por el Imperio Romano, para ese entonces era un hombre anciano, tenía ochenta y seis años. ¿Por qué sabemos la edad exacta? Porque los cristianos de aquella época tomaron nota de la manera como murieron algunos de los grandes, grandes de ese tiempo. Esas notas, esos recuerdos de los actos preciosos de heroísmo y coherencia de los mártires se conservan en lo que se llaman las actas de los mártires. Usted puede buscar en Internet las actas de los mártires, que contienen incontables testimonios de cómo personas de todas las edades y de todas las clases sociales, llegaron al extremo del sacrificio por Cristo y en el acta del martirio de Policarpo se cuenta cómo fue su muerte. Los perseguidores utilizaron el recurso del miedo, ellos querían doblegar al obispo porque siendo el obispo, cabeza del rebaño, cabeza visible del rebaño. La traición a la fe por parte de un obispo es algo que va a tener un efecto, un impacto muy grande. Entonces los perseguidores utilizaron distintas estrategias en sus distintas avanzadas contra la fe. Una de esas estrategias es la que vemos en el caso del martirio de Policarpo amenazar torturar al obispo con la idea de que si el obispo traiciona la fe, eso va a tener un impacto inmediato, va a lograr que muchos abandonen la fe. Hay una frase de la Escritura: Heriré al pastor y se dispersan las ovejas. Entonces, tratando de presentar una especie de rostro humanitario, le dijeron a Policarpo, no te queremos maltratar, no te queremos hacer ningún daño, lo único que tienes que hacer es pararte aquí y decir en público que maldices a Jesucristo y ya está. Tú maldices a Cristo, ya queda claro que rompiste con Cristo y ya te dejamos una vida tranquila. Un hombre bastante mayor, ya lo dije. Policarpo respondió con estas hermosas palabras hace ochenta y seis años. Por eso sabemos la edad. Hace ochenta y seis años que sirvo a Cristo toda su vida, de Él no he recibido sino sólo bienes. ¿Cómo lo voy a maldecir ahora? Te torturamos, Te matamos. _ Yo no voy a maldecir a Cristo. _ Yo no voy a maldecir a Cristo. Entonces lo ataron o querían atarlo a un poste de madera. Ponían madera a su alrededor, encendían la madera para quemarlo vivo. A eso fue condenado Policarpo. Cuando lo iban a amarrar a ese poste, él dijo entonces estas palabras: No es necesario que me amarren. El mismo Dios que me ha concedido el regalo de ser mártir va a permitirme que yo permanezca firme en medio del tormento. Y efectivamente, no lo amarraron, encendieron el fuego. Los testigos oculares cuentan que sucedió algo extraño, porque el fuego, formando como una especie de bóveda, como una especie de burbuja, no tocó al principio su cuerpo. El cuerpo de él aparecía como iluminado por el fuego, pero el fuego no se metía con él. Después, en una especie de golpe, el fuego consumió ese cuerpo, el cuerpo de un anciano, y así acabó sus días en esta tierra. Y así se fue a recoger la corona de la gloria. Ese fue el último de los muchos frutos que dio este hombre que se llamaba precisamente mucho fruto, el último de sus frutos fuese. Precioso testimonio. El martirio de Policarpo confirmó la santidad de la fe y la fuerza que da la fe. Pero además, Policarpo le hizo mucho bien al pueblo cristiano, porque uno de los discípulos de Policarpo fue otro hombre llamado Ireneo. Ireneo, al que conocemos como San Ireneo. Fue obispo en la ciudad del sur de Francia, llamada Lyon. San Ireneo fue uno de los grandes defensores de la verdadera fe, en tiempos de tanta confusión. Abundaban por esa época, estamos hablando del siglo segundo de nuestra era numerosas herejías que tenían como común denominador el gnosticismo. Te acuerdas que mencionamos al gnosticismo en algún momento de nuestro curso, de nuestra formación. Ireneo escribió una obra que se llama Contra las herejías, donde demuestra, basado en la Sagrada Escritura, la falsedad de las enseñanzas gnósticas. Porque los gnósticos se presentaban como seguidores también del cristianismo, pero era un engaño. San Ireneo hizo muchísimo bien con su obra que se llama Contra las herejías y otras obras también tienen. Hay dudas, pero parece que el mismo Ireneo también murió mártir. La fortaleza, la claridad de pensamiento, la constancia, en medio del ataque que sufrió Ireneo lo aprendió en buena parte del santo que hoy estamos recordando San Policarpo. O sea que ahí tienes un ejemplo sumamente claro de lo que llamamos sucesión apostólica. El Apóstol San Juan, formador de Policarpo Policarpo, maestro en la fe de Ireneo, Ireneo, maestro de todos nosotros. La mayor parte de la obra de Ireneo se conserva, especialmente esa que se llama contra las herejías. Así que, mis hermanos, tenemos tanto que aprender de estos benditos testigos del evangelio, que con su testimonio, que con su ejemplo nos están invitando a que también nosotros seamos. Policarpo es bueno, ya que mencioné Ireneo ¿Y qué quiere decir el nombre de Ireneo? Irene en griego quiere decir paz. Ireneo es el hombre de la paz. Cosa que es un poco paradójica porque vivió en medio de un terrible conflicto. Pero Ireneo era un hombre de paz. Solo que no la paz entendida como traición para que todos quedemos bien. Como cuando se dice llevemos la fiesta en paz. Ese no era Ireneo. La paz que Ireneo le aprendió a Policarpo es la paz del verdadero reinado de Dios. Allí donde Cristo ha establecido sólidamente su reinado, sólo allí está la verdadera paz. Ese era el modo de pensar del gran discípulo de Policarpo, llamado Ireneo. Sigamos esta celebración, hermanos, con una certeza. El mismo Cristo que le dio la santidad a Policarpo es el que nos alimenta hoy con su palabra, con su cuerpo y con su sangre.

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