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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Frutos para Cristo
Homilía spol001a, predicada en 20010223, con 29 min. y 31 seg. 
Transcripción:
El nombre Policarpo, a los colombianos nos suena relativamente familiar porque una de las próceres de la independencia fue precisamente Policarpa Salavarrieta. Es un nombre que suena familiar en el sentido de reconocible. Pero un nombre extraño. Vamos a hablar un poco de este nombre y luego un poco de este hombre. El nombre Policarpo es un nombre propiamente cristiano. En el Evangelio de Juan, capítulo quince, Jesús llama a los discípulos, les invita a permanecer en él, y les anuncia: Si ustedes permanecen en mí, darán mucho fruto. Policarpos, poli mucho, carpos fruto. Por allá en ciencias naturales se habla del carpo y del metacarpo y todas estas partes dentro de los frutos. Y la raíz griega polí tampoco es desconocida porque la tenemos en una cantidad de palabras que indican eso. Por ejemplo, un grupo polifónico es un grupo que tiene varias voces, multitud de voces. De modo que el nombre Policarpo lo que significa es eso, mucho fruto, abundancia de fruto. Es un nombre propiamente cristiano, entonces. Un nombre que si lo meditamos otro poco, basándonos en ese texto de Juan, adquiere mucho significado, porque una vida con mucho fruto es una vida fecunda, es una vida que tiene sentido. Lo contrario de no dar fruto es la esterilidad, la sequedad, el absurdo, la nada, la muerte, la frustración. De modo que, por contraposición, podemos ver que el nombre Policarpo en realidad es el anuncio de algo muy grande, porque no se Policarpo no tener fruto. Si la Palabra de Cristo no se cumple en nosotros, si no tenemos fruto, entonces padecemos estas otras cosas. El absurdo, el sinsentido, la muerte, la nada. Policarpo indica que el sentido de la vida es la presencia de Cristo. Si ustedes permanecen en mí, serán Policarpo. Podemos traducir, si un poco bárbaramente, el texto de Juan. Ser un Policarpo es ser uno que permanece en Cristo y que unido a Cristo, da mucho fruto. Es una vida llena de sentido. De modo que si le vamos a buscar un patrocinio a Policarpo, podemos decir que Policarpo es el patrono de los buscadores de sentido de la vida. Si alguien aquí padece del absurdo de la vida, de la esterilidad de la vida, entonces puede hacer una serie de oraciones, quizá una novena a San Policarpo pidiendo la intercesión de este Santo para que la vida se llene de fruto, se llene de fecundidad, se llene de sentido. Creo que esta invitación es muy actual, porque mucha gente, incluso entre quienes tienen bienes materiales, bienes intelectuales, bienes tecnológicos, bienes laborales. Mucha gente siente que le falta eso Policarpía. Le hace falta sabor a la vida, le hace falta fecundidad, le hace falta sentido. Este es el primer punto de nuestra meditación. Segundo, hablemos sobre el hombre. Este es un hombre que nació hacia finales del siglo primero. Él fue martirizado en el año ciento cincuenta y cinco, en Esmirna. Esmirna, era en aquel momento una pequeña pero floreciente ciudad de lo que la Biblia llama Asia Menor y que hoy corresponde a Turquía. En Esmirna había una comunidad cristiana y Policarpo fue obispo de esa comunidad. Estando tan cerca del tiempo de Cristo y del tiempo de los apóstoles, es un testigo excepcional de la transmisión inicial de la fe. Policarpo fue discípulo del apóstol San Juan. Ireneo otro santo obispo y también mártir que fue obispo en Lyon, al sur de Francia. Fue uno de los discípulos de Policarpo. Ireneo dice en sus escritos, Policarpo me enseñó que esto lo había dicho Juan porque Policarpo fue discípulo del apóstol San Juan. Es maravilloso encontrarse con estos testigos de la primera hora del cristianismo. Policarpo, obispo de Esmirna, fue discípulo del apóstol Juan, el último de los apóstoles, que debió morir cerca del año cien, de muy avanzada edad murió el apóstol Juan y Policarpo fue discípulo suyo. Pero aquella misma época fue martirizado otro obispo muy importante para los orígenes del cristianismo. Ignacio de Antioquía. Ignacio fue obispo en Antioquía de Siria, que queda al norte de Palestina, pero no fue martirizado allá en Antioquía, sino que para hacer más espectacular su muerte, fue llevado atado en cadenas desde el norte de Palestina, desde Antioquía de Siria hasta Roma, y en Roma fue despedazado por las fieras en el circo romano. Ignacio murió en el año ciento diecisiete. Y en su recorrido hacia Roma, Ignacio fue dictando algunas cartas, a aquellas comunidades cristianas que estaban en su recorrido o que estaban cerca de los lugares donde él iba a pasar. ¡Bendito sea Dios! Esas cartas se conservan. Son las cartas de San Ignacio. Este obispo que iba camino de una muerte segura. A lo largo de esas cartas nos va contando por qué le entregó su vida. Nos va contando de su amor a Cristo y nos va contando de cómo prepara su corazón para convertirse en una hostia. Fue Ignacio de Antioquía el que dijo: Yo soy trigo y necesito ser molido por los dientes de las fieras para que se pueda hacer pan conmigo. Frase de una santidad altísima. Ignacio fue llevado entre cadenas en unas condiciones deplorables y humillantes. Él mismo describe algo de su recorrido y dice en una de las cartas. Ahora que estoy atado a estos que no pueden llamarse hombres sino leopardos. El Imperio romano, que en ese momento desataba su sevicia contra el cristianismo, consideraba como un título de gloria tratar a los que eran cabezas, en este caso Ignacio y luego Policarpo, y luego Ireneo. Tratar a esos obispos con el máximo de desprecio y de degradación como una manera de ofender la fe cristiana, sin saber que en el fondo, obrando así estaban según el designio divino, entregando a los siglos siguientes a nuestros siglos, unos testimonios de diamante sobre lo que significa la fe y el poder de la unión con Cristo. Pero les cuento estas historias de Ignacio, porque en ese recorrido que va desde el norte de Palestina hasta Roma, Ignacio hizo escala en Esmirna y Policarpo fue testigo, hospedó en su propia iglesia, hospedó en medio de esa comunidad al santo obispo de Antioquía que iba camino del martirio. Esto sucedió de acuerdo con nuestras fechas. Unos cuarenta años antes de que el mismo Policarpo tuviera que padecer la muerte por Jesús, Ignacio estuvo en Esmirna, donde estaba Policarpo, y de ahí siguió su recorrido a entregar su vida por Cristo en el circo romano. La persecución no cesó, realmente en esos primeros siglos más que césar, amainaba. Y vino una nueva oleada de ataques. Los romanos, que se oponían tan furiosamente al cristianismo y que veían en él una amenaza. Luego es cosa buena preguntarse uno por qué veían una amenaza en el cristianismo. De pronto decimos algo de eso después. Los romanos que veían en el cristianismo una amenaza, necesitaban cerciorarse de que la persecución era eficaz, es decir, que todo aquel que iba a salvarse de la muerte es porque realmente había dejado el cristianismo. En las primeras persecuciones como las del tiempo, por ejemplo de Nerón o de Diocleciano. Se les pedía a los cristianos que realizaran un gesto de veneración a los ídolos. Por ejemplo, había un altar idolátrico al emperador. Ustedes saben que los emperadores, a medida que fue avanzando el tiempo, se consideraban por lo menos oficialmente, seres divinos, y había que ofrecerle, incluso estando vivo el emperador en Roma, había que ofrecerle a la estatua del emperador sacrificios, incienso, ofrendas. De modo que en las primeras persecuciones, repito como del tiempo de Nerón, o después, para asegurarse de que un cristiano no era cristiano o había dejado de ser cristiano, se le pedía que hiciera un acto idolátrico. Por ejemplo, ¿Qué era lo que la gente hacía? la religión entre los romanos era una cosa únicamente de protocolo de costumbre social. Entonces la gente hacía una larga fila, larga fila y llegaba al lugar donde estaba el altar, tomaba un puñado del incienso, una caja grande con incienso, sustancias aromáticas, había unas brasas ardiendo. Aquí estaba la imagen del supuesto Dios, o del emperador, o del que fuera y la persona arrojaba ahí unos granos y hacía como una oración, o decía unas palabras o lo que fuera, y seguía y el siguiente en la fila. Y esa era la manera de mostrar que la persona pues no era cristiana porque se supone que se había vuelto idólatra. No debemos imaginar, mis hermanos, que todo el mundo tuvo la fortaleza de ánimo de hacerse matar por Cristo. Hubo muchos que movidos por un terror explicable, renegaron de su fe, muchos. Parece que entre la tercera parte y la mitad de los cristianos, entre un tres por ciento, treinta treinta y tres por ciento, un cincuenta por ciento renegaron ante la perspectiva de esas cárceles y torturas y y esas muertes crudelísimas, pues la gente renegaba de la fe. En las primeras persecuciones, la manera de mostrar que se había renegado de la fe era haciendo la filita. Llegando allá, tomando el incienso y echándole ahí. Algunos cristianos hacían eso, para luego volver a su comunidad y suplicar con lágrimas que les perdonaran ese pecado, pero que no se sentían capaces de padecer por Cristo. No se sentían capaces de que los torturaran, los encarcelaran o todo lo demás que sucedía, incluyendo las vejaciones comunes, sobre todo para las mujeres. Los romanos se dieron cuenta de que la gente hacía ese jueguito, es decir, que los cristianos se metían en la fila, echaban ahí el incienso o lo que fuera, y iban allá, y pedían y pedían perdón. Y pónganme ustedes todas las penitencias que quieran, pero que me perdone la Iglesia, que me perdone Dios, pero no me sentí capaz. Entonces descubrieron que era necesario utilizar un recurso más drástico, de tal manera que el que verdaderamente hubiera renunciado a Cristo supiera que así renunció y que tenía que cometer alguna cosa que fuera tan grave que solo el que hubiera apostatado radicalmente pudiera hacerla. Por eso, en tiempos de Policarpo, lo que se les pedía a los cristianos no era que hicieran una filita y echaran unos granos de incienso a un brasero. Lo que se le pedía a la persona es que tenía que públicamente en una asamblea pública tenía que maldecir a Cristo. Delante de todo el mundo, tenía que blasfemar, maldecir de Cristo, porque se suponía suponían los romanos que llegara a tanto, solo llegaría a una persona que verdaderamente estuviera dispuesta a dejar para siempre la fe cristiana y que por lo tanto no iba a ser lo que ellos consideraban el jueguito de estar diciendo no me maten ahora, pero en el fondo luego se arrepentía y volvía a su comunidad. Esa fue la escena terrible que se presentó hacia el año ciento cincuenta y cinco, en la ciudad de Esmirna se declara el decreto del emperador. Queda proscrito el cristianismo y hay que rendir culto a los dioses y al emperador. Ya como tenían práctica en persecuciones, da escalofrío decir eso. Ya sabían que lo primero que había que hacer para desarticular la comunidad cristiana era darle duro y a la cabeza. Y la cabeza es el obispo. De manera que hay que empezar, hay que atacar al obispo. El obispo en cuestión era el hombre del que estamos hablando hoy Policarpo. Policarpo tenía la razón, ochenta y seis años de edad. Un ancianito, un viejito venerable, amado por todos los fieles. Nosotros gracias a Dios. Este es un regalo muy grande. Tenemos el testimonio de este martirio junto con muchos otros testimonios. La Iglesia, así como cuidaba los libros de la Escritura, así como guardaba la Palabra de Dios, así como conservaba celosamente el pan de la Eucaristía. Testimonio de ello, el martirio de San Tarcisio. La Iglesia, así como conservaba la Eucaristía y conservaba la Biblia, conservaba celosamente el testimonio de sus mártires. Porque los mártires son como el eco de la Palabra de Dios para cada siglo. Y los mártires son como pedacitos de hostias del cielo. Por eso las Actas de los mártires son documentos preciosos que fueron conservados incluso en las catacumbas. En esas reuniones subterráneas, secretas, allá se escuchaban las actas de los mártires y no sucedió pocas veces que un cristiano tuviera que oír lo que le había pasado a otros cristianos, para luego tener que verlo y vivirlo en su propia carne o en la de su familia. Han llegado hasta nosotros muchísimas de estas actas de los mártires. Valga la ocasión para invitar a todos a que nos acerquemos a estos documentos. Aquí, en la biblioteca de nuestro convento, por ejemplo, tenemos ejemplares de esas actas de los Mártires. La Biblioteca de Autores Cristianos, editorial Católica de España, publicó un libro que se llama Actas de los Mártires. Yo invito a que nos acerquemos a estos testimonios y a que difundamos estos testimonios, porque no solo nos hacen fuertes en la fe, sino que curan dentro del corazón una herida de la que tengo que hablar. Resulta que a veces nosotros en la educación de los hijos, en la educación de los pequeños, queremos meterlos en una burbuja rosada para que la maldad del mundo no los toque. Es pésima idea. Los niños que estén más guardados en las mejores burbujas son los niños que van a estar más descontrolados cuando la burbuja se rompa y siempre se va a romper. ¿Cuándo va a ser, en el bachillerato, en la universidad, en un atraco por la calle, en un atentado? No sabemos cuándo va a suceder. Siempre se va a romper la burbuja. El conocimiento de las actas de los mártires, incluso con sus relatos, a veces tan dramáticos, es la mejor manera de introducir a los niños pequeños en la certeza de que el mal existe, pero al mismo tiempo que el mal es vencible. Por favor, aprovechen las actas de los mártires. No les lean a los niños mundos de gelatina, porcelana y algodón de azúcar. El niño tiene que saber y niños pequeños, como sucedió en el caso de Rosa de Lima, tenían verdadero gusto por estos libros, que además tienen un valor, como llamaríamos Catárquico. Van como limpiando, van como lavando interiormente, van purificando la sensibilidad del niño. Cuando los niños se les intenta meter en mundos de porcelana, adquieren una curiosidad morbosa por las cosas malas y por eso se les abren los ojos cuando ven juegos de la televisión, dibujos animados donde un uno de esos monstruos le arroja una llama y le estalla la cabeza al otro. Y el niño mira con fascinación. ¿Por qué? Porque en el corazón humano es necesario encontrarle un lugar real al mal. Ningún documento mejor que las actas de los mártires para eso. De manera que todos los que puedan adquirir las Actas de los Mártires. Biblioteca de Autores Cristianos conocida como BAC. Háganlo y reúnanse con sus muchachitos y lean a los niños, incluso pequeños y cuéntenles. Bueno, hoy vamos a leer la historia del santo que fue descabezado y entonces el niño va a decir por qué se ha descabezado, ¿Y por qué pasó eso? Y entonces tú vas a tener ocasión de evangelizar al niño y le vas a decir bueno, hoy hablaremos del santo que fue hervido en aceite. Vamos a hablar de este santo, lo que pasó. Claro que no hablemos solamente de sus santos, porque no se trata de que el niño sólo tenga esa figura, el cristianismo. Hay que hablar también de los héroes de la caridad y de las flores de pureza y todas las demás obras de santidad que hace el Espíritu. Pero hay que sentarse con los niños y leerles todas estas cosas. Mira a San Sebastián, lo amarraron y empezaron a practicar tiro al blanco, con él disparaban flechas y flechas hasta que lo acribillaron y murió desangrado, despedazado, asaeteado. San Lorenzo, en cambio, lo tendieron sobre una parrilla y lo cocinaron. Y así fue como murió él. Hay que leer estas cosas. Entonces el niño se va haciendo una idea del bien y del mal. Un niño de esos no tiene nada que ver con los Dragon Balls, ni con los Pokemon ni con los Caballeros del Zodíaco, porque ya le parecen estupideces. Yo siento que eso es estúpido y fantasioso, pero el niño ya aprendió que existe el bien y existe el mal y sabe también qué puede hacer él. San Policarpo fue llamado entonces por los por las autoridades imperiales y le dijeron usted ya sabe cómo es esto me hace el favor, se para ahí, en ese estrado y desde ahí maldice a Cristo delante de toda esta gente. Y entonces dijo el viejito desde hace ochenta y seis años que sirvo a Cristo. Nunca he recibido de él, si no vienes, solo me ha dado bienes. ¿Cómo lo voy a maldecir? Esa fue la respuesta que dio él. Ah, pues entonces usted se muere. Para hacer más espectacular la muerte de él. Entonces decidieron quemarlo vivo. Ahora ustedes son los niños y yo soy el Papa. Les voy a contar cómo mataron a Policarpo. Era una muerte espantosa porque a la persona la amarraban al poste. Pero no contentos con amarrarla con unos clavos. Es decir, crucificaban a la persona, pero no la crucificaban, sino que la unían con clavos a ese poste de madera. Así se sostienen los imperios. Esa es la manera como se sostienen los imperios, haciendo esas cosas. Cuando le iban a meter los clavos, dijo. Policarpo con esa calma característica. Mire, eso no va a ser necesario, porque el que me dio la gracia de llegar hasta este momento y de padecer por él, va a permitir también que yo muera sin intentar huir. Ah, bueno, entonces lo amarraron solamente. No penetraron su cuerpo con los clavos y encendieron el fuego delante de todos aquellos testigos. Y como suele suceder, como sucedió tantas veces en esos primeros años de la fe cristiana, la muerte de Policarpo fue causa de una multitud de conversiones y muchos más, viendo cómo moría su obispo, entendieron que esa era la última y mejor de sus enseñanzas, que esa era la verdadera homilía, que eso era lo que había dentro de él. Cuando se estaba quemando el cuerpo de este venerable anciano, sin quejas, sin lamentos, sin maldiciones, sin súplicas de una indulgencia que no iba a venir, dónde se estaba quemando ese cuerpo. La gente, los cristianos que estaban allí, pudieron comprender en lo profundo de su corazón. Entonces todo es verdad. Entonces no es una fábula. No son palabras sobre palabras. El que llega hasta aquí, el que muere así, así nos está enseñando que todo es verdad. Y eso, mis hermanos, es una realidad. En ese sentido, no podemos pedirle a Dios que multiplique los mártires, porque sería pedirle que se multiplicaran pecados de sacrilegio como los que se cometieron contra Policarpo. No podemos pedirle que multiplique mártires. Pero sí podemos agradecerle tantos y tantos y tantos testigos de la fe, porque evidentemente de la muerte, valerosa obra del Espíritu Santo, de esa muerte que padecieron todos estos santos, de ahí proviene una fuerza de certeza, una fuerza de amor y de convicción, que en el fondo es la causa principal de la extensión de la fe en esos mismos siglos. Como he dicho en otras ocasiones, no fueron tanto los milagros, no fue tanto el esplendor de la sabiduría lo que hizo propagar al cristianismo en esa época, no nos engañemos. De sabiduría, cuántos sabios conocía ese mundo antiguo y los apreciaban Euclides, Hipócrates, Arquímedes, Aristóteles. Había para todos los gustos. No, no es por la sabiduría, tampoco por los milagros. Había una cantidad de milagreros y de brujos y de agoreros. Eso existía mucho. Dos cosas fueron el sello originalísimo del cristianismo al comienzo el martirio y la virginidad. Esas dos cosas sí que impactaron en el mundo pagano de aquellos primeros siglos. Esas dos cosas la muerte así por Cristo y el hecho de morir nada más, sino el morir por Cristo. Y como Cristo, sin odio, sin venganza. Policarpo murió sin nunca reclamar nada de sus verdugos, sin nunca pedir esa clemencia que ellos no le podían dar, sin amenazar a nadie. Cómo no acordarme aquí, de aquella frase de otro que no fue mártir directamente, pero en cierto modo sí en su corazón nuestro Santo Padre Juan veintitrés, recientemente beatificado. Ustedes, tal vez ya me han oído, la frase que dijo Juan veintitrés en su lecho de muerte le dijo a su secretario personal: Hemos trabajado por la Iglesia y a nadie arrojamos las piedras que nos tiraron. Eso es amar. Y eso es lo que han dado los mártires. Y eso fue lo que testificó con fuerza en ese mundo antiguo que había llegado una cosa nueva, una vida nueva, una vida que está por encima de todos los imperios. Así los imperios la persiguieron y desde luego, el testimonio virginal. Ya había gente, continente, ya había gente casta en ese mundo antiguo, en la institución religiosa romana ya existían esas mujeres que no se podían casar, las famosas vestales. Y todavía está allá en Roma, junto al Tíber, está el templo de las vestales, que existían esas mujeres consagradas. Lo nuevo no es que no tuvieran relaciones sexuales. Lo nuevo es que en esa abstinencia que junto a esa abstinencia estuviera un tamaño de amor tan grande, que alguien pudiera amar tanto sin sexo. Eso parecía imposible en aquellos tiempos. Y que alguien pudiera soportar tanto sin venganza, eso parecía increíble. Martirio y virginidad fueron las dos alas que propagaron el cristianismo por ese mundo antiguo. Seguramente son las mismas que hoy de una manera nueva pueden seguir ayudando a la Iglesia para que este mundo que parece tan pagano en tantas cosas, pueda crecer en Cristo, pueda volver sus ojos hacia Cristo y crecer también en el mismo Cristo. Bueno que Policarpo con ese nombre tan bello, interceda por nosotros y nosotros meditando el misterio del amor de este anciano que entregó su vida, recibamos confirmación en nuestra fe y la gracia de ser testigos allí donde Dios nos ha sembrado. Amén.

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