Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Hoy se celebra el amor poderoso de Dios que no se detiene ante la ingratitud, la soberbia y la violencia; se celebra también el origen de la fe y el llamado para llevar la luz de Cristo ahí donde vivo

Homilía spac021a, predicada en 20220125, con 5 min. y 27 seg.

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Transcripción:

Veinticinco de Enero. Nuestra Iglesia Católica recuerda y celebra la conversión de San Pablo. Esta es la fiesta litúrgica de la conversión del gran apóstol Pablo. ¿Por qué celebramos esa conversión? En primer lugar, porque queremos celebrar el amor, el amor poderoso de Dios, el amor que no se detiene ni ante la ingratitud y la insolencia, la soberbia o la violencia. Amor, amor victorioso. La gran razón de esta celebración es el amor. Es que estamos agradecidísimos con Dios, pero muchísimo. Estamos profundamente agradecidos con Dios, porque estamos seguros de que su amor sobreabundó en Pablo. Él mismo lo dijo en la carta a los Gálatas. Una frase que creo que cada uno de nosotros puede y debe repetir. Refiriéndose a Cristo dice Pablo me amó y se entregó por mí. Me amó y se entregó por mí. Es amor, lo que estamos celebrando en esta fiesta es el amor. Ese es el punto número uno.

Punto número dos. Estamos celebrando el origen de la fe de muchos de nosotros. Claro, la fe es un don de Dios. Es Dios quien la da. Eso está claro. En ese sentido, el origen de la fe es el amor de Dios. No hay otro. Pero ¿sabes una cosa? Esa fe, como lo dice Pablo, el mismo apóstol. En el Capítulo Décimo de la Carta a los Romanos. Esa fe brota por la predicación. Es que en la fe hay un ingrediente, llamémoslo así, un ingrediente externo, algo que viene de fuera. Y esa es la predicación. Y hay un ingrediente interno que es la gracia del Espíritu Santo. Es el ingrediente decisivo en la fe, porque la fe es don gratuito del Espíritu Santo. Pero ese don gratuito requiere de esa presencia externa, esa voz. Por eso dice Romanos Diez. La fe viene de la escucha. La fe viene de la predicación.

Y ciertamente pocos, quizás ninguno, puede competir con Pablo en esto de la predicación, no sólo por la extensión geográfica de su servicio al Evangelio, no solo por la profundidad teológica y mística que tiene este hombre, sino porque es que él nos sigue predicando prácticamente todos los días. Con tantísima frecuencia estamos escuchando al apóstol Pablo, por ejemplo, en la Misa. Cada vez que oyes, lectura de la carta del apóstol San Pablo, ahí sigue él predicando y sigue él ayudando a edificar la Iglesia de Cristo en nuestros corazones. Entonces, al celebrar a Pablo, celebramos nuestro origen. A él se le ha llamado el Apóstol de los pueblos no judíos. Los pueblos no judíos son llamados en la Biblia los pueblos gentiles. El apóstol de las gentes o el apóstol de los gentiles. Ese es Pablo.

Entonces, en esta fiesta estamos: Numero uno. Celebrando el amor. Número dos. Estamos celebrando el origen. Número tres. Estamos celebrando nuestro propio llamado a compartir la fe. Mira, Pablo hizo lo que tenía que hacer. Se entregó con una generosidad incomparable. Pablo se dio, se entregó, se regaló al Evangelio. ¿Y nosotros? O sea, que estamos celebrando también nuestro llamado. Nuestro llamado para también llevar esa lámpara. Cristo dijo Ustedes son la luz del mundo. Y dijo No se enciende una lámpara para esconderla. Para ocultarla. Entonces, ¿qué debemos de entender? Que hay un llamado también para nosotros, un llamado para ser luz, como lo fue Pablo. Tal vez, a nosotros no nos llama el Señor a evangelizar naciones enteras, como le tocó a él. Pero allí donde estamos, en el lugar donde Dios nos ha puesto, ahí hemos de ofrecer la luz de Cristo.

Y dice el Señor Jesús, que la gente vea vuestras buenas obras y que den la gloria al Padre que está en los cielos. Gran fiesta, la conversión del apóstol San Pablo.

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