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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Tres lecciones de la conversión de Pablo para nuestra propia conversión: (1) Admirar el poder de la gracia divina; (2) Confiar en la misericordia de Dios, que supiera nuestro entendimiento; (3) Guardarnos de toda formas de soberbia, que nos haría perder los inmensos tesoros del amor de Dios para con nosotros.
Homilía spac020a, predicada en 20210125, con 14 min. y 25 seg. 
Transcripción:
Hermanos, en esta hermosa fiesta nos admiramos todos, de la transformación que Dios puede hacer en una persona. Es difícil imaginar una transformación más grande. Dios tomó a uno que era enemigo suyo, que estaba batallando contra Él y lo convirtió de tal manera, que este Pablo a quien hoy recordamos, se volvió el gran predicador del Evangelio, se volvió el gran apóstol de Jesucristo. Hasta el punto de que su palabra, su testimonio, sus enseñanzas, siguen vivas. Piense usted, cuánto tiempo ha pasado desde que él vivió y nosotros seguimos alimentándonos de lo que el Espíritu Santo le dio y que está principalmente en sus cartas. Así que lo primero, el día de hoy, es la admiración. Lo primero es admirar lo que Dios hizo.
Segundo, el segundo sentimiento debe ser de esperanza, porque Dios no agotó su poder, no extinguió su misericordia en la conversión de Pablo. Precisamente a lo largo de los siglos, tenemos tantos otros testimonios de personas que llegaron a la santidad, después de una vida alejada de Dios. Podríamos decir una vida que le hacía guerra a Dios. Entonces, lo primero es la admiración, lo segundo la esperanza.
El tercer punto en el que nos vamos a detener un poco más, es una pregunta ¿Qué era lo que detenía a Pablo, lejos de esta fuente de salvación que es Cristo? Piénselo de esta manera. Pablo era un gran estudioso de la Sagrada Escritura, que en aquel tiempo correspondía a lo que para nosotros es el Antiguo Testamento. Pablo era un gran estudioso de la Escritura. Y en la Escritura, en el Antiguo Testamento en concreto, todo apunta hacia el cumplimiento de unas promesas que empiezan en los patriarcas, que siguen con Moisés y luego con los profetas. Por ejemplo, a Moisés le reveló Dios que vendría un profeta semejante a él, y así lo consignó Moisés en el libro del Deuteronomio.
Piense usted, por ejemplo, en cómo los profetas hablaban de una nueva alianza y hablaban de una efusión del Espíritu y hablaban de un nuevo templo y hablaban de la permanencia de esa hermosa promesa que Dios le hizo a David, el cetro de mando no se apartará de tus rodillas. Pero en la época de Jesús, no se veía, cómo se podía cumplir esa promesa de Dios. Dicho de otra manera, Cristo es el punto en el que se encuentran, se anudan y cobran sentido todas las palabras de la Escritura. Y Pablo, dedicado a la Escritura, con la cabeza metida en la Palabra de Dios y sin embargo, enemigo de Cristo. ¿Por qué? Esa es la pregunta que nos hacemos. ¿Por qué puede una persona tener la respuesta tan cerca y sin embargo rechazarla? Y yo creo que ahí viene nuestra tercera enseñanza de hoy. Porque la única respuesta que encontramos, está en esa palabra que sintetiza a la madre de todos los pecados, la soberbia.
Pablo, lo mismo que la mayor parte del grupo de los fariseos, estaba lo que podríamos llamar; demasiado seguro, demasiado seguro de sus ideas, demasiado seguro de sus estudios, demasiado seguro de su inteligencia, demasiado seguro de su valer, demasiado seguro de su interpretación. Precisamente lo que era su mayor cualidad se convirtió en una especie de defecto. Estudiar y estudiar y estudiar. Muy bueno todo. Pero, si ese estudio se vuelve soberbia, si ese estudio hace que empecemos a idolatrar nuestras propias posturas y nuestras propias ideas, ahí definitivamente nos estamos apartando de Dios. Entonces, las tres enseñanzas que nos deja esta fiesta: Admiración por el poder de Dios, que puede lograr transformación tan maravillosa como la que vemos hoy. Esperanza, porque si Dios lo pudo en Pablo, lo puede también en nosotros. Pero, tercera enseñanza, cuidado con la soberbia en sus diversas expresiones. Puede ser soberbia, porque me considero con mucho conocimiento o con mucha inteligencia, o con mucho éxito. A veces, cuando una persona tiene tanto éxito, corre el peligro de decir yo no necesito nada porque yo soy exitoso. ¿De quién voy a aprender si yo sé hacer las cosas? Entonces, cuidado con la soberbia en todas sus manifestaciones.
Terminemos esta breve reflexión mostrando a partir del texto que se leyó en la primera lectura, mostrando cómo Dios venció la soberbia de Pablo a través de ese modo peculiar con el que le otorgó la conversión. Mire usted. Pablo creía que tenía mucho conocimiento. En el Capítulo segundo de la Carta a los Romanos, Pablo critica la actitud soberbia de muchos judíos, entre los cuales, digo por la soberbia estuvo él mismo. Y en ese Capítulo Segundo de la Carta a los Romanos, parte de la crítica que hace San Pablo a los judíos es: Tu te crees luz de otros. Son palabras autobiográficas. Pablo, por todo su conocimiento se creía luz. ¿Y cómo hizo Dios la conversión de Pablo? ¿Cómo fue? Con una luz, una luz tan intensa que lo dejó ciego. Por una parte, mostrándole que la verdadera luz no la tenía Pablo. Y por otra parte, mostrándole que lo que él creía luz no era sino tinieblas. Fíjate cómo en esa conversión, Dios le estaba dando también un mensaje al mismo Pablo. ¿Y el mensaje cuál era? El mensaje era que tú te crees luz y sin embargo estás a oscuras. En el Capítulo Tres del libro del Apocalipsis encontramos que Dios, a través del vidente del Apocalipsis, le habla con mucha fuerza a una cierta comunidad cristiana y hablándole en un tono personal, le dice Tú crees que ves. Tú te imaginas que ves. Con cierto sarcasmo le dice: Comprame un colirio para esos ojos tuyos, porque no ves nada. Algo así, fue lo que Dios hizo con Pablo para destruir su soberbia.
Otro punto más, Pablo creía, se imaginaba y de hecho era el líder de ese grupo que iba a Damasco. Él fue el que pidió las cartas de autorización a los sumos sacerdotes. Él se apersonó del asunto para ir a Damasco. Él era el que dirigía el grupo. Pero si estuviste atento en la lectura, te das cuenta de un detalle. Cuando él quedó ciego, sin saber para dónde ir, ¿qué le tocó hacer? dejar de ser tan jefe y empezar a ser súbdito. Dejar de ser tan líder y empezar a ser seguidor. Tuvieron que tomarlo de la mano y llevarlo para darle entrada en Damasco, a donde él iba a entrar. Con toda su arrogancia y con los documentos de los sumos sacerdotes, a donde él iba a entrar. En cierto sentido triunfante y poderoso, entró vacilante y necesitado. Así obró Dios con Pablo. ¿Y quién es el instrumento que utiliza el Señor para darle claridad, darle luz a Pablo? Un cierto hombre llamado Ananías. En la Biblia se mencionan varios Ananías. Bueno, este Ananías que se cuenta aquí. ¿Qué característica tiene? Pues le voy a leer esa característica. Dice aquí, un cierto Ananías, devoto de la ley. ¿Qué era Pablo? Pablo era experto en la ley. ¿Qué era Ananías? Era devoto de la ley. ¿Se nota la diferencia?
Mientras que para Pablo lo importante era ese conocimiento, ese dominio intelectual sobre la ley. Ananías era un hombre que estaba bajo el poder de la ley. Mientras que Pablo, con su arrogancia, terminaba poniéndose por encima de la palabra a la que había estudiado tanto. Ananías, con su humildad, con su devoción, se sometía a la ley. Cuando se habla de la ley, se habla de la ley de Moisés. Entonces, ¿quién es Ananías? Ananías es un devoto de la ley de Moisés, que ha descubierto en Cristo el cumplimiento de la ley. Ananías no tenía seguramente ni la mitad de la inteligencia y del estudio de Pablo, pero tenía algo más importante; tenía amor, tenía docilidad, tenía capacidad de someterse a la Palabra divina. Y por eso Ananías llegó a Cristo y Pablo no había llegado. Pero Dios toma a Ananías, que conocía la ley, pero no desde el ángulo del simple dominio intelectual, sino desde el ángulo de la obediencia, el amor y la docilidad al Señor. Toma Ananías, para que Ananías sea el instrumento.
Fíjate cómo en la conversión de Pablo, Dios no solo le otorgó una gracia preciosa a este hombre. Para bien suyo, por supuesto, y para bien de todos nosotros. Dios no solo le otorgó ese bien a él. Dios en su piedad ¿Qué hizo? Dios en su piedad, junto con la conversión, le dio las enseñanzas fundamentales de lo que iba a ser su nueva vida. Una vida marcada por la obediencia a Cristo, por el amor como virtud suprema, por la humildad como camino que puede llevarnos al verdadero Evangelio. Son lecciones preciosas para nosotros. Que el Espíritu Santo las imprima en nuestras almas. Que nosotros dejemos, porque cada uno tiene su propia arrogancia, el uno de una manera y el otro de otra. Que dejemos nuestras arrogancias, nos acerquemos al Señor y en Él encontremos nuestra vida y salvación. Amén.

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