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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Dios quiere escribir palabras nuevas en tu vida
Homilía spac018a, predicada en 20200125, con 30 min. y 50 seg. 
Transcripción:
Mis hermanos muy queridos. La historia de la conversión de San Pablo, en realidad es una historia de amor. Como es toda vida cristiana. Tu vida y mi vida son historias de amor. Historias de un Dios enamorado, que nos busca. Un Dios del que podemos decir, como dijo Jeremías Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir. La vida de San Pablo es una historia de amor. Y te voy a decir algo importante, si tu vida está fundamentada en una historia de amor con Dios, todos los demás amores encuentran su lugar. Porque Dios, nuestro Creador, ha querido que haya un orden en nuestra vida. Mira, por ejemplo, lo que es una pared, ahí está muy visible. Si yo tomo todas esas piezas, por ejemplo, imaginemos ladrillos y yo los derribo, como lamentablemente sucede en un terremoto, yo no puedo vivir en esa pila de ladrillos. Es el orden el que crea la belleza y la función. Tu vida y mi vida también están hechas de esos ladrillos que son tus cualidades, tus talentos, lo que tú eres también con tus defectos. Cuando Dios está en tu vida, Él hace una construcción hermosa de ti. Y entonces tu vida se llena de belleza y de fruto. La vida de los santos es esa.
Fíjate que, Pablo tenía muy buenos ingredientes. Podríamos decir que las piezas eran muy buenas. ¿Cuáles eran esas piezas? Mira, tenía fuerza, ya las hemos dicho, en la predicación. Tenía fuerza, tenía salud, tenía inteligencia, tenía estudios, tenía liderazgo. Tenía una voluntad muy firme. Tenía una gran capacidad de resistencia. Él tenía muchas, muchas cosas a su favor. Pero las piezas estaban en desorden. Nuestro Dios es un Dios de orden. El demonio en cambio, quiere el desorden, quiere la confusión. La confusión no es de Dios. La confusión es del diablo. Y el diablo quiere confusión. El diablo quiere que tú tomes una palabra tan bella como la palabra amor y que la vuelvas una confusión. Muchas de las personas que están confundiendo en su sexualidad a los jóvenes hoy les repiten esta frase; Love is love. Amor es amor. Se toma una palabra que casi es sagrada y bendita, la palabra amor. Y con esa palabra se confunde a la gente y la capacidad de amor que tienen tantos hombres y tantas mujeres, esa capacidad de amor queda confundida y muchas veces al enredarse con las pasiones y los intereses de este mundo, lo que Dios nos dio con tanta belleza se pierde. Así que primera enseñanza en esta predicación, nuestro Dios es un Dios de orden, y lo que Dios hace en un proceso de conversión es ponerle orden a tu vida. Muchas veces Dios no tiene que quitarte nada.
Mira a Pablo antes de su conversión y después de su conversión, y verás que Dios no le quitó lo inteligente, ni le quitó lo fuerte, ni le quitó la salud, ni le quitó los estudios. ¿Qué hizo Dios? Le puso orden a todo eso. De manera que aquello que antes estaba al servicio de las tinieblas, ahora está al servicio de la luz. El mismo Pablo lo dice: Si antes nuestros miembros estuvieron al servicio de la injusticia, es decir del pecado, ahora ya convertidos ponemos todo nuestro ser al servicio de Dios. Esa es la conversión. Entonces, uno viene a un retiro espiritual. ¿Para qué? Para que le ayuden a poner en orden las piezas de la vida. Ten la seguridad de que los ingredientes de tu vida son todos muy buenos, que tú eres hombre, que tú eres mujer. Eso es bueno. El enemigo quiere que tú entres en confusión. ¿Será que soy hombre? ¿Será que soy mujer? Creo que soy un hombre que en realidad es una mujer. Pero en realidad me gustan las mujeres. O sea, soy un hombre convertido en mujer lesbiana. ¿Y eso cómo se llama? Pues que me gustan mucho las mujeres. Ese es el enemigo, el que quiere crear ese tipo de confusión. Que tú no puedas estar seguro ni siquiera de tus genitales, ni siquiera de tu sexo, ni siquiera de tu cuerpo. Eso es lo que quiere el enemigo, esa clase de confusión. En cambio, el cristiano sabe que si es varón tiene unas cualidades y también tiene unas tentaciones, y también tiene defectos que le acechan y también tiene posibilidades. Eso eres tú y eso soy yo. Tú como varón tienes una cantidad de características que son únicas tuyas. Tú como mujer tienes unas características que son únicas, son bellas.
Entonces, ¿En qué consiste la conversión? En que yo me lleno de amargura porque soy hombre y yo debería ser mujer. Porque soy colombiano y yo debería ser francés. Porque nací en el siglo veinte y debía haber nacido en el siglo dieciséis. Porque hablo español y yo debería hablar catalán. Esas amarguras no son de Dios. La paz de Dios es la que hace que tú tomes tu historia. Soy del país que soy. Soy del sexo que soy. Hablo el idioma que hablo. Mi familia es la que fue. Ese es mi papá. Esa es mi mamá; con sus virtudes, con sus cualidades, con sus defectos, con sus problemas. La fe cristiana no consiste en mutilar tu historia, en mutilar tu pasado, sino en que tú aceptas lo que eres. Eres de Ecuador, eres de Guatemala, eres de Canadá, eres de Estados Unidos, eres de Italia, eres de Australia. Eres de dónde eres mi hermano. Y es aceptar eso que tú eres y darle orden. Y eso es lo que Dios hace. Y eso se nota. Porque cuando una persona entra en conflicto con lo que es, ya tiene una guerra adentro. ¿Y dime, el que tiene una guerra adentro, cómo tendrá paz afuera? Por ejemplo, yo soy de Colombia, mi país tiene cosas muy lindas y tiene cosas vergonzosas. Hay cosas terribles. Cómo crees que me siento yo, en cuántos aeropuertos, ya menos gracias a Dios. Pero en cuántos aeropuertos me han hecho chistes estúpidos, con el tema de la droga. ¿Acaso yo tengo culpa de eso? Es horrible. Es horrible que la gente le esté haciendo unos chistes de eso. Es horrible que te asocien con Pablo Escobar. Es horrible que te asocien con tantos crímenes que pasan en mi país. Si, eso no es bonito. Pero ahora imagínate que yo empezara en un conflicto permanente. Soy colombiano, pero yo debería ser brasilero. Soy colombiano, pero yo debería ser japonés. No sé si me ven la cara de japonés que tengo. ¿De qué sirve que yo entre en guerra conmigo mismo? ¿De qué sirve? De qué sirve que yo me pase la vida deseando. Si yo fuera japonés. ¡Ay, si yo fuera japonés! Y aprendiendo a hacer venias. Ahora, en cuanto al sushi, ese ya es otro tema. El sushi, me hacen el favor, me lo dejan quieto. ¿De qué sirve que yo entre en guerra conmigo mismo? Dios no quiere que tú entres en guerra con lo que tú eres. Dios quiere que tú aceptes eso que tú eres en tu cuerpo, en tu historia, en tu alma. Que lo aceptes, que lo bendigas, que lo agradezcas y que desde esa profundidad de tu biología, desde esa profundidad de tu historia, empieces a construir un orden nuevo. Eso fue lo que Dios hizo con San Pablo.
¿Y para qué quiere Dios darle un orden especial a mi vida? Las dos palabras claves ya las dije porque Dios quiere que tu vida sea bella y quiere que tu vida sea fecunda, que tenga fruto, que tenga provecho. Es un dolor muy grande cuando alguna persona pasan los años y se pone a pensar lo que es su vida solo, tal vez caminando por ahí por la calle, tal vez en una noche de insomnio, se pone a pensar lo que ha hecho en la vida y siente vergüenza. Siente vergüenza porque le vienen al recuerdo, le vienen a la memoria una cantidad de rostros. Ese hombre que abandonó a su primera esposa, y ya eso es triste. Pero en una noche de insomnio le viene el recuerdo de sus hijos y sobre todo recuerda a su hijita, que cuando la dejó tenía nueve años, y la volvió a encontrar a los catorce y la fue a saludar, su hija le dice usted no me salude y no pretenda tocarme porque llamo a la policía. No quiero tener nada que ver con usted, adiós. Tener ese recuerdo tan duro, hace que esta persona sienta vergüenza de lo que ha vivido. Su vida no es bonita. Tú no fuiste hecho, hermano, para tener una vida de la cual tengas que avergonzarte. Pero todos hemos cometido errores. Todos somos pecadores. Lo que Dios quiere hacer es ayudarte a enmendar muchas cosas, pero muchas cosas de tu pasado y sobre todo a escribir páginas nuevas en tu futuro. Y San Pablo es un gran modelo.
En el Primer Capítulo de la primera carta de San Pablo a Timoteo, él recuerda lo que él fue. Y él dice yo fui un blasfemo y un furioso perseguidor. Yo obraba con tanta ignorancia. Él no se siente feliz de eso. Pero fíjate lo que luego dice pero la gracia de Dios no quedó infecunda en mí. Como quien dice, yo había caído en un hoyo terrible, en un abismo de pecado. Pero de ahí me sacó el Señor. De ahí me sacó. De manera que la historia no termina en que yo he decepcionado a mucha gente. La historia no termina en que yo lastimé a mucha gente. La historia no termina en que yo fracasé en muchas cosas. Mi historia no termina ahí, porque Dios en su misericordia no quiso que mi historia terminará ahí. Dios en su misericordia quiso que ese fuera un punto seguido, no un punto final. Y por eso ahora en el nombre de Cristo, estoy escribiendo páginas nuevas en mi vida.
Cuando yo veo aquellas personas, denle un aplauso a Cristo. Cuando yo pienso en predicadores que Dios nos ha dado en esta época, pienso por ejemplo, en el doctor Scott Hahn que muchos de ustedes conocen. Pienso, por ejemplo, en este hermano que nos está predicando también en el retiro, el doctor Fernando Casanova. Son personas que en otro tiempo empujaron a la gente hacia afuera de la Iglesia Católica. Pero ahora, qué gran obra están haciendo. Qué gran obra está haciendo Fernando Casanova. Qué gran obra está haciendo Scott Hahn. Qué gran obra está haciendo cada persona que regresa a la Iglesia. Es como un San Pablo que está diciendo: Yo antes era esto, y yo empujaba a la gente hacia afuera. Pero ahora Dios me ha concedido escribir páginas nuevas. Dios no quiso que mi historia quedara en el fracaso, que mi historia quedara en el hoyo, que mi historia quedara en la tiniebla. Dios quiso en su bondad y en su piedad, sacarme de ahí para que yo empezara a escribir páginas nuevas. Y tú también, hermano. Tú también estás llamado a escribir páginas nuevas.
¿Tú crees que Pablo se podía sentir orgulloso de haber sido cómplice de una muerte tan terrible como la que tuvo San Esteban? ¿Tú sabes lo que es apedrear a una persona hasta que muera? Básicamente lo que hay que hacer es romperle el cráneo para que pierda el sentido, para que se desangre y se muera. Así es como muere una persona apedreada. Y Pablo fue cómplice de eso. ¿Tú crees que Pablo se sentía orgulloso de eso? Esas páginas oscuras estaban en la vida de Pablo y eso forma parte de la historia de Pablo. Como forma parte de la historia de María Magdalena, que en una época estuvo poseída por siete demonios. Pero Dios no puso un punto final, no la dejó ahí. Dios puso un punto, pero un punto seguido, porque quería escribir nuevas cosas en la vida de Magdalena, nuevas cosas en la vida de Pablo, nuevas cosas en la vida de Scott Hahn, que Dios lo proteja y lo bendiga. Yo estuve también en un retiro con él hace unos meses. Dios puso un punto, pero no era un punto final para decir te quedas abajo. Era un punto seguido para decir Scott, Magdalena, Pablo, levántate y anda. Levántate hermano, y empecemos a escribir páginas nuevas. Con lo que tú eres. Con lo que tú has sido, las características tuyas. Dios no hace dos hojas iguales. Dios no hace dos flores exactamente iguales. No hay dos vientos que sean exactamente iguales. No hay dos atardeceres que sean exactamente iguales. Nuestro Dios es un Dios infinito que según Santo Tomás de Aquino, se goza en hacer obras distintas. ¿Sabes por qué? Dice Santo Tomás, a mí esto me conmueve. ¿Sabes por qué Dios hace tantas cosas distintas? Para dejarnos una pista y que descubramos que Él es infinito. Él es infinito. No hay dos santos iguales. Tú no tienes que repetir a nadie. A nadie. Tú eres tú. Tú tienes tu historia, ámala. Tú tienes tu familia, ámala. Tú tienes tu país, ámalo. Tú tienes tus páginas. Y muchas de ellas te avergüenzan. Como algunas o muchas de las mías me avergüenzan. Pero nosotros sabemos que Dios ha puesto un punto, y ese punto no es un punto final. Ese punto es un punto seguido. Hasta ahora, dice Dios, hasta ahora estabas escribiendo tú solo. Te parece, si de aquí en adelante escribimos los dos. Eso es lo que Dios te está diciendo y no me importa la edad que tengas y no me importa si eres hombre o mujer. No me importa si naciste en este país o en otro, porque el mensaje es para todos. El mensaje es ¿por qué no escribimos páginas nuevas desde ahora? Ese es Cristo en la vida de Pablo.
En el momento en el que Cristo derribó a Pablo cuando iba camino de Damasco, en ese momento. En ese momento hubiera podido morir Pablo. Hubiera podido morir y ese hubiera podido ser el punto final. Si Cristo pensara como a veces pensamos otros seres humanos, Cristo hubiera dicho ¿Qué pasa con este impertinente desgraciado que quiere acabar con la fe cristiana? Pues te me mueres ahora aquí. Pero ese no es Cristo. Cristo sí puso un freno. Cristo puso un pare, puso un punto. Pero no era un punto final, era un punto seguido. Aquí se acaba, aquí se acaba el poder de las tinieblas en tu vida. Y aquí empezamos a escribir juntos. Aquí vamos a empezar a escribir juntos. Y ahora yo te pregunto una cosa. ¿Tú quieres eso? Tú quieres que Dios empiece a escribir otras páginas, otras, otras. Otra historia que será una historia de amor. Tú quieres que Dios empiece a escribir una historia que será nueva contigo. Si lo quieres. Amén. Hermanos, esa es la esperanza grande que tenemos en esta fiesta. Dios tiene ese poder.
Y hay un momento, hay un momento en el que uno le dice a Dios. Aquí está mi esfero o mi lápiz o mi plumero, o como tú lo llames. Aquí está mi esfero. Aquí está. Aquí está, señor. Escribe, por favor. Escribe algo nuevo en mi vida. Lo mío siempre ha sido repetir. Otra vez borracho. Otra vez drogado. Otra vez lleno de ira. Otra vez gritando a tu esposa. Otra vez llevando chismes. Otra vez acomplejada. Otra vez mentirosa. Otra vez vanidosa. Eso es lo que Dios nos ha visto hacer muchas veces. ¿Sabes? La vida de algunos de nosotros no ha sido un libro. Ha sido repetir la misma página una y otra y otra vez. Por eso hay canciones que dicen, tropecé otra vez y con la misma piedra. Pero Dios es experto en esas vidas. ¿Te acuerdas de una mujer, la de Samaria, la samaritana? ¿ Cómo había sido la vida de ella? Repetir la misma historia. Parece que me van a amar. Bueno, él es casado, pero no sé, no sé. Algo haremos. A ver, parece que me ama. Voy a estar con él. Y quizás se va a quedar conmigo. Y quizás se va a divorciar de la esposa que tiene y se va a quedar conmigo. Y entonces, bueno, vamos a tener sexo y voy a estar con él. Y, bueno, no es exactamente mi marido, pero casi, casi, casi, casi, casi. Y luego se dañó eso, y queda ella tirada en el piso, y queda ella deprimida y se siente. Perdóname la expresión, como si ella fuera un basurero. Empieza a levantarse lentamente, lentamente de esa situación y apareció otro hombre. No sé, creo que le gusto. Como que le intereso. Vamos a ver. Bueno, este también es casado. ¿Qué voy a hacer si me buscan solo los casados? ¿ Qué voy a hacer? Entonces, pero está como simpático. No sé. Me haces como unas miradas. Y el otro día, no sé, le vi una sonrisa, le vi algo especial y bueno, pues será acostarme también con él. Al fin y al cabo ya tengo práctica. Y así, cuatro, cinco, seis, siete maridos. Eso es lo que nosotros hacemos, hermanos. Repetir, repetir, repetir la misma historia.
Pero Dios en su compasión, hay un momento en que te dice ¿Sabes una cosa? Dejemos ya de repetir. ¿Y sabes cómo es la conversión? Cuando tú por primera vez levantas tu esfero, levantas tu lápiz y le dices por misericordia enséñame a escribir. Amén. Enséñame a escribir una hoja distinta. Enséñame a escribir una historia distinta. Dame una poesía. Que mi vida no sea fea, que mi vida no huela a feo, que mi vida no de vergüenza. De la vida de Cristo, dice Hechos de los Apóstoles, Capítulo Diez. Pasó haciendo el bien. Las páginas de Jesús son páginas inmaculadas. Son páginas bellas, son páginas hermosas. Son páginas perfumadas, como las páginas de María Santísima. Pero las páginas mías me dan vergüenza. Tiene que haber un día en el que tú levantes tu esfero y le digas por favor, por favor, tómalo, escribe algo nuevo en mi vida. Y ahí es donde cabe la canción de Martín Valverde. Cuánto he esperado este momento. Eso es lo que te va a decir Jesús. Cuánto he esperado este momento. Cuánto he esperado este momento en que tú dejes tu orgullo. Cuánto he esperado este momento en que tú dejes tu terquedad, en que tú dejes tu superficialidad, en que tú dejes tu hipocresía. Cuánto esperado este momento, te dice Jesús, como la canción de Martín Valverde. Cuánto he esperado este momento. Y Jesús te da un abrazo y te repite, mientras te estrecha su pecho de hermano, de amigo, de esposo del alma. Te dice Cuánto he esperado este momento. Y tú seguramente vas a llorar como lloró San Agustín. San Agustín decía: Tarde te amé. Cuánto me demoré. Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé. Pero al fin me encontraste. No fui yo quien te encontré. Fuiste tú, tú buen pastor. Fuiste tú, mi buen pastor, el que me encontró a mí. Fuiste tú.
Hermanos, vamos a dejar que Dios le dé un orden a nuestra vida. Ya no más desorden. Lo dice San Pablo en el Capítulo Tercero de la Carta a los Romanos. Ya no más desorden, ya no más. Ya deja de estar repitiendo la misma historia. Otra vez, otra vez, ya no más. Vamos a darle el esfero a Cristo y Él nos va a enseñar a escribir, Él nos va a enseñar. Todavía me acuerdo de mis profesoras en la escuela elemental. Siempre me llamó la atención por qué mis letras salían tan feas. Y la letra de la profesora siempre era tan bonita, tan parejita, tan igualita. Y más de una vez. Es que me estoy acordando de mi profesora mientras predico esto. Más de una vez, yo no sé por qué había letras que me costaban tanto trabajo. Por ejemplo, una letra que me costaba trabajo era la letra g, porque yo la confundía con el número 9. Entonces, cuando yo iba a poner la g le hacía demasiado alta y quedaba como un 9. Entonces llegaba la profesora y el niño Nelson, muy delgado en aquella época. Le pasaba el lápiz a la profesora y la profesora hacía una hermosa g. No le quedaba como un 9. Gato, qué lindo escribe la profesora. Ella no escribe 9ato. Ella escribe gato. ¡Qué bonito! Entonces, así Jesús le va enseñando a uno a escribir. Vamos a escribir los dos. Ya no tienes que escribir 9ato. Ahora puedes escribir gato. Y por supuesto, Él nos enseña a escribir cosas más importantes.
Un día tú empiezas a escribir. Dios es amor. Y otro día Jesús te enseña y empiezas a escribir: Padre nuestro que estás en el cielo. Y Cristo te va enseñando a orar. Y Cristo te va enseñando a vivir. Y Cristo le puso orden a tu vida. Y ahora tu vida es bella. Y ahora tu vida es fecunda. Y ahora tu vida conquista otros corazones. Y por eso la gente te ve y dice ¿Usted qué tiene? Usted tiene algo raro. ¿Qué le pasa a usted? Usted ¿por qué es tan feliz? Usted ¿por qué no se deprime? Usted ¿por qué no tiene ya que emborracharse? Si usted era un borracho perdido. Si usted vivía drogado, si usted vivía quejándose de todo. Si usted decía cinco groserías en cuatro palabras. ¿Por qué ahora cambió? Y en ese momento usted va a dar testimonio y usted va a decir Cristo tomó mi carga y la envolvió en el mar, y la envolvió en el mar, y la envolvió en el mar. Cristo tomó mi carga y la volvió en el mar para nunca más recordar. Entonces usted va a dar testimonio. No necesariamente tiene que cantar. No necesariamente. Pero usted va a dar testimonio y su vida va a ser bonita y su vida va a ser bella y su vida va a ser útil y su vida va a ser fecunda porque Dios ha traído orden a su vida. ¿Usted lo cree posible? Y repetimos nuestro nuestro estribillo de esta ocasión. Si pudo con San Pablo, puede conmigo. Si pudo con San Pablo, puede conmigo. Ahora dígaselo al que tiene al lado. Tiene que decir puede contigo. Dígale si pudo con San Pablo. Puede contigo. Dígaselo. Dígaselo. Si pudo con San Pablo. Puede contigo. Cuanto más feo lo vea, más se lo tiene que decir. Si pudo con San Pablo. Puede contigo. Si, Señor. Él puede conmigo. La gloria para Él. Amén. Gloria para Cristo.

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