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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
FIESTA DE LA CONVERSIÓN DE SAN PABLO - Rodeemos de oración a las personas más endurecidas porque el Dios en los tiempos de Pablo es el mismo Dios en quien creemos y que puede lograr la victoria en nuestros días.
Homilía spac015a, predicada en 20180125, con 4 min. y 59 seg. 
Transcripción:
El Veinticinco de Enero, nuestra Iglesia Católica celebra la fiesta de la Conversión de San Pablo. La conversión, podríamos decir, el asalto de la gracia a un corazón que estaba bien fortificado. Si hemos tenido alguna familiaridad con la Biblia, recordamos el momento en el que los israelitas lograron conquistar la antiquísima y muy fortificada ciudad de Jericó. El poder del amor de Dios fue el que hizo posible esa victoria. Efectivamente, lo único que hicieron los israelitas en aquella oportunidad, fue dar vueltas en torno a las murallas de Jericó, proclamando las alabanzas y haciendo oración. Y fue Dios el que logró la victoria. Pues yo creo que se puede hablar de una nueva victoria del Señor, sobre un nuevo Jericó, en el caso de San Pablo. La comparación creo que cabe porque el corazón de Pablo estaba amurallado. Estamos hablando de una persona demasiado segura de sí misma.
Pablo era un hombre que tenía muchos estudios. Era un hombre que tenía varios idiomas. Era un hombre que tenía una inteligencia portentosa. Era un hombre con una voluntad de hierro. Era un hombre con una gran salud, con muy buenos contactos y con una gran capacidad de liderazgo. Reúne todos esos talentos, reúne todas esas cualidades y entenderás cuando digo, que realmente el corazón de Pablo estaba amurallado. Porque resulta que Pablo estaba convencido de que lo que había que hacer con aquellos cristianos, que ni siquiera se llamaban cristianos en ese tiempo. Pablo estaba convencido que lo que había que hacer con esa gente los llamaban los del camino. Los que estaban siguiendo el camino marcado por Cristo. Lo que había que hacer con ellos era apresarlos y obligarlos a que se arrepintieran y entrarán en razón. Esa era la convicción que tenía Pablo.
Y ahora tú piensas, que al servicio de esa idea, Pablo ponía todo su talento, toda su voluntad, todos sus recursos, todas sus amistades, todo su ser. ¿Cómo vencer a una persona así? Pues, si en el caso de Jericó, fueron las oraciones las que hicieron intervenir de un modo tan perfecto y tan espectacular, el poder de Dios. Algo así sucedió en el caso de Pablo. Todo el mundo sabía, entre los cristianos sabían lo que estaba pasando. Pero, ya hacía un tiempo, que algunos cristianos oraban por él. El ejemplo más notable lo encontramos en el primero de los mártires de la Iglesia. Ese hombre se llamaba Esteban. Y la Biblia nos cuenta, que cuando Esteban fue condenado a muerte y cuando fue apedreado, ahí estaba Pablo. Y este hombre vio cómo mataban a Esteban y aprobaba ese asesinato. Pero Esteban estaba orando. Esteban no peleó directamente con Pablo. La pelea de Esteban fue una pelea de oración. Oró por él, clamó al Señor por él, por él y por los que lo estaban matando. Diciendo entre otras palabras, Señor, no les tomes en cuenta este pecado. Y esa súplica, del primero de los mártires, fue tremendamente eficaz, porque, según es opinión de muchos de los Padres de la Iglesia, los méritos de esa oración de Esteban, dieron su fruto más precioso, en la fiesta que hoy tenemos la Conversión de Pablo. Las oraciones de Esteban atrajeron, como en el caso de Jericó, la fuerza del poder divino y la fuerza del poder divino derribó las murallas del corazón de Pablo, de manera que pudiera entrar con fuerza la gracia divina. Y así el que era un furioso perseguidor se convirtió en ardoroso apóstol de Jesucristo. Convenzámonos del poder de la oración. Convenzámonos de la fuerza de la alabanza. Rodeemos como los israelitas a Jericó. Rodeemos de oración a las personas que parecen más amuralladas, más endurecidas, porque el Dios que lo hizo con los israelitas, el Dios que lo hizo en tiempos de Pablo, es el mismo Dios en el que nosotros creemos y es el Dios que puede lograr la victoria también en nuestros días.

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