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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Tres preguntas: (1) ¿Por qué Pablo odiaba tanto a los cristianos? (2) ¿Qué lo llevó a Damasco? (3) ¿Qué descubrió en su conversión?
Homilía spac013a, predicada en 20160125, con 36 min. y 50 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, le doy gracias a Dios que nos convoca hoy en esta casa de oración, y nos permite celebrar juntos una obra preciosa del amor compasivo de Dios. Esta fiesta de la Conversión de San Pablo tiene significado en toda hora. Pero quizás apreciamos más su sabor en el Año de la Misericordia. Quisiera hermanos, que reflexionáramos juntos sobre unas dos o tres preguntas. Con ellas, deseo que apreciemos de un modo más cercano y más profundo, lo que Dios hizo, cuando le regaló la conversión a este apóstol. La primera pregunta es ¿Por qué Pablo odiaba y perseguía a los cristianos? La segunda pregunta es ¿Por qué iba hacia Damasco? Y la tercera pregunta es en medio de tanta gracia y tanta donación de amor, ¿Qué fue lo fundamental que él aprendió, que él recibió cuando le tocó esa luz desde lo alto?
La primera pregunta es ¿Por qué Pablo perseguía con tanto odio a los cristianos? Según escuchamos en la primera lectura, que es uno de los tres testimonios de la conversión de Pablo. En el libro de los Hechos de los Apóstoles, el mismo apóstol nos cuenta que fue formado de manera estricta en el grupo o secta de los fariseos. La conversión de Pablo está relacionada con este hecho, sin duda alguna. El odio de Pablo se parece mucho al odio que en vida de Cristo manifestaron los fariseos. Era tanta la obcecación de los fariseos, que incluso enfrente de los milagros más evidentes del Señor, la única conclusión de ellos era que había que quitar a Cristo de en medio. Así, por ejemplo, en el Capítulo número Once del Evangelio de Juan, encontramos la resurrección de Lázaro. Es una obra de piedad y de poder de parte de Dios. Y sin embargo, la única conclusión que sacan los fariseos es que no solamente hay que matar a Cristo, sino rematar a Lázaro. Esto nos deja ver hasta dónde llegaba el odio enceguecido de los fariseos. De ese odio participaba Pablo, pero todavía no sabemos cuál era la fuente de ese odio.
Los fariseos son conocidos por el deseo persistente, obsesivo, de practicar hasta el último detalle de la ley. ¿Por qué los fariseos odiaban a Cristo? ¿Por qué Pablo odia a los cristianos? Porque el programa de vida de los fariseos no coincide con la oferta de amor y gracia de Cristo y de los cristianos. Intento explicarme con el favor de Dios. Los fariseos veían la relación entre Dios y el hombre en términos de una especie de contrato. Para ellos, la alianza, la alianza hecha con Moisés era un contrato. Pero el ser humano ha incumplido la parte que le corresponde. Es natural entonces, que el contrato haya dejado de ser vigente. Pero ese contrato, esa alianza, contenía numerosas y muy bellas promesas de parte de Dios. Los fariseos consideraban que todas las desgracias que estaban experimentando en aquella época, singularmente el verse oprimidos por una potencia pagana y extranjera, era consecuencia del contrato roto. Por eso, según su perspectiva, lo que había que hacer para recuperar las bendiciones de Dios era, por supuesto, devolverle validez al contrato. Su práctica obsesiva de la ley era como una manera de decirle a Dios estamos haciendo nuestra parte, ahora te toca a ti hacer tu parte. Ellos consideraban que si se cumplía, si Israel cumplía plenamente la ley, entonces Dios quedaba obligado a cumplir su parte del contrato, retornándole todas las bendiciones.
Obsérvese, hermanos, la frase que he utilizado. Si Israel, si todo el pueblo cumple la ley. Esta mentalidad colectiva es la propia de la época. Así, por ejemplo, encontramos con ocasión del bautismo de Juan. Qué dicen los evangelistas. Todo el pueblo iba a bautizarse. Ellos tenían gran sentido de pertenencia. Es el pueblo entero el que ha pecado, es el pueblo entero el que debe arrepentirse. Es el pueblo entero el que debe cumplir la ley. El pueblo entero. Pero aparece un grupúsculo. Una serie de hombres y mujeres que utilizan un lenguaje diferente, que ponen el énfasis en el perdón. Y hablan sin parar de la misericordia y del amor y de la gracia, y hablan muy poco de la ley y de la interpretación de la ley y del cumplimiento de la ley. Ese grupúsculo se vuelve pronto repugnante a los fariseos, porque ellos sienten que esa gente, que por supuesto son los discípulos de Cristo con Cristo a la cabeza, son una especie de tumor. Ellos consideran que cuanto más se valore el mensaje de Cristo, más gente se va a ir por la línea del amor y del perdón. De un modo que resultaba inaceptable para ellos.
Para entender el drama de los fariseos hay que irse, por ejemplo, al Capítulo Diecinueve de San Mateo. Hay una frase que dice Nuestro Señor, que tenía que ser como una patada salvaje para los fariseos. Dice Cristo, para los hombres es imposible. Los apóstoles le habían preguntado ¿Quién puede salvarse? Y la respuesta de Cristo es Para los hombres es imposible, pero Dios todo lo puede. Esa es la frase, tal vez más odiosa de Cristo, para nosotros es la más bella, porque lo que nos está diciendo es que más allá de nuestras limitaciones, Dios ofrece un amor que nos restaura. Para nosotros esa frase es un grito de esperanza que habla de la gracia. Para los fariseos esa frase significaba todo su programa de vida. Todo lo que ustedes pretenden hacer está condenado al fracaso. O sea, que los fariseos veían en Cristo y en el mensaje de Cristo el fracaso de su propuesta, de sus esfuerzos y también, por qué no decirlo, de la fachada de buenos que habían construido con tanto esfuerzo. Porque en la perspectiva de los fariseos la hipocresía era un valor. Mantener cara de buenos. Fama de buenos. Se supone que debía servir para que la gente se fuera detrás de la propuesta de ellos. Así ellos, en el fondo, fueran sepulcros apestosos llenos de corrupción, como lo denunció Cristo. Y por supuesto, las denuncias abiertas de Cristo no ayudaban mucho a que ellos lo quisieran. Por este camino vamos entendiendo cuál era el odio de los fariseos hacia Cristo. Ese es el odio de San Pablo.
La única conclusión posible para un hombre tan inteligente como Pablo era esta. Si la propuesta de Cristo es cierta, si el hombre no puede salvarse por sus propias fuerzas y si en el fondo ese camino acaba en hipocresía y en dureza de corazón. Entonces, he perdido mi vida, he perdido mi tiempo, soy un fracaso, soy peor que un payaso porque el payaso por lo menos divierte. Como esa idea le resultaba intolerable a Pablo, lo mismo que resultaba intolerable a los fariseos. Por eso Pablo, enceguecido, siente que hay que acabar con ese tumor, hay que acabar con esa secta, hay que deshacerse de una vez por todas de ese grupúsculo, de los cristianos. Esa es la primera pregunta.
Pasemos a la segunda. ¿Por qué Pablo va hacia Damasco? Démonos cuenta, hermanos, que en la Pasión de Cristo sucedió un hecho notable. Los aliados naturales de los fariseos eran los escribas, los estudiosos de la ley. Había una relación de simbiosis entre escribas y fariseos. Los escribas tenían lo más granado de sus discípulos entre los fariseos y los fariseos se encontraban una cierta autoridad, un cierto respaldo con los escribas. O sea, que había una relación de simbiosis. Palabra elegante que en Colombia no se traduce por manguala. Pero además de la unión entre escribas y fariseos. El odio hacia Cristo, también lo tenían otros grupos de la sociedad de ese tiempo, particularmente los sumos sacerdotes.
A los sumos sacerdotes en realidad no les importaba la ley, no les importaba nada, sino su propia comodidad, su propio lujo y su posición de privilegio en una sociedad empobrecida. O sea, que los sumos sacerdotes odiaban a Cristo por una razón distinta. Veían en Cristo fundamentalmente un peligro de desorden social, según declaró abiertamente Caifás. Esa frase de Caifás es muy famosa, dijo este hombre que ejercía de sumo sacerdote el año de la Pasión de nuestro Señor. Dirigiéndose al Sanedrín, dijo estas palabras. Vosotros no entendéis nada. No os dais cuenta de que es mejor que muera uno solo, por todo el pueblo y no que el pueblo perezca. Ese era el miedo de los sumos sacerdotes. En el momento en el que los romanos vieran a Cristo como una especie de rebelde contra el César. Los romanos no iban a detenerse hasta destruir el lugar santo. En la Pasión de Cristo se unió entonces, el odio de escribas y fariseos, por una parte, y el odio de los sumos sacerdotes, por otra parte. Lograron lo que querían. Efectivamente, mataron a Cristo. Pero el Señor resucitó. Y la noticia de la resurrección de Cristo, que es de grandísimo gozo para nosotros, es la noticia más desastrosa que podían escuchar escribas, fariseos y saduceos, es decir, la secta de los sumos sacerdotes. Porque si Cristo resucitó, no solo significa que Dios aprueba su sacrificio en la cruz, sino también significa que los que sigan a Cristo tienen una promesa que nadie más tiene.
El grupo de los cristianos empieza a crecer. Los sumos sacerdotes entran en pánico, se dan cuenta de que la situación se ha vuelto peor. En su exasperación, atrapan a los apóstoles, los torturan y procuran intimidarlos, pero sin éxito. Entonces, toman una acción más drástica. Ejecutan a Santiago, a uno de los principales apóstoles, Santiago el Mayor, el de los zebedeos. Lo que ellos querían con esa muerte, era producir una ola de pánico que paralizara a los cristianos y que le pusiera fin a esa locura. Pero las cosas no salieron bien para los intereses de ellos. Cuando vino esa persecución, esa primera persecución dirigida por los sumos sacerdotes en Jerusalén. Lo que hicieron los cristianos fue huir de Jerusalén. Pero no huyeron simplemente como gente asustada. Huyeron como misioneros convencidos. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos dice. Esta frase que me parece tan bella, es como miel en mi corazón. Los que huyeron con motivo de la persecución, iban evangelizando el nombre de Jesús. De manera que si la intención de los sumos sacerdotes era dar un golpe mortal, lo que hicieron en realidad fue dispersar misioneros.
Pablo, conocido también como Saulo. Los dos nombres se los utilizaba indistintamente. Hay gente que cree que él, antes de la conversión se llamaba Saulo y después de la conversión se llamaba Pablo. No es cierto. Simplemente Saulo es un nombre de sabor hebreo y Pablo o Paulus es un nombre muy útil para moverse en el Imperio Romano. Él utilizaba ambos nombres. Saulo se da cuenta de que la primera estrategia para extraer el tumor, es decir, para acabar con ese grupúsculo, no había funcionado. Pablo se da cuenta de que los cristianos ahora se han dispersado. En la mente de Pablo antes de su conversión. Lo que ha sucedido es algo parecido al que golpea un enjambre y se han regado las abejas. Entonces, como hombre inteligente se da cuenta que la estrategia de golpear en Jerusalén no sirve. Cualquier acción que se haga en Jerusalén sólo va a producir más misioneros. La decisión de Pablo ¿Cuál es? Irse hasta el extremo. O sea, lo mismo que hace un médico cuando opera. Cuando el médico opera un tumor no empieza a remover el centro del tumor, sino que mira el borde. Por eso existe el dicho de cortar por lo sano. Mira hasta dónde llega el tumor y corta el borde para sacar el centro. La maniobra de Pablo es un intento audaz, inteligente para deshacerse por fin de los cristianos. Él no quiere que nada falle. Por eso logra cartas de autorización de los sumos sacerdotes, de manera que su acción, que va a ser muy agresiva. Tenga, por así decirlo, la bendición de la ley. La ley a la que le ha entregado toda su vida.
La estrategia de Pablo, entonces, es irse al lugar más lejano para empezar desde ahí a recoger. De modo que no se me escapen otra vez las abejas. Voy a recoger a todos esos herejes, los concentro en Jerusalén, los encarcelo o los mando encarcelar y se hace justicia. Se acaba ese tumor y por fin la gente entiende que el único camino es nuestro camino. Entendió, no hay más caminos. Esos locos que andaban por ahí, andando que el perdón, el perdón y que Dios es amor y que uno no puede salvarse y que hay que simplemente confiar en la misericordia. Esa manada de locos ya la acabamos. Esa página ya la pasamos. Fue una pesadilla, pero ya se acabó. Ahora sí, volvamos a lo que es serio. Eso era lo que estaba en la cabeza de Pablo. Y por eso se va a Damasco, porque según lo mejor de sus servicios de espionaje. Y no exagero. Hasta Damasco habían llegado los misioneros. Damasco ya es bastante más lejos de la tierra prometida. Ya Damasco es Siria. Eso responde la segunda pregunta.
Pasemos a la tercera pregunta. Que es la más audaz. Y en cierto sentido la más especulativa, porque el secreto de cada conversión solo lo tiene Dios. Solo Dios sabe qué le susurra a cada corazón. Nosotros no lo sabemos. Pero Pablo habló varias veces de su conversión. Hay varios textos, como el Capítulo Primero de la primera carta a Timoteo. Ahí Pablo habla de su conversión. O el Capítulo Quince de la Primera Carta a los Corintios. Ahí habla de su conversión. Y en Hechos de los Apóstoles varias veces. Apoyándonos con humildad, postrados ante el Espíritu Santo, buscamos una pequeña luz, la que puedan soportar nuestros ojos para responder a esa pregunta ¿Qué fue lo que descubrió? Según todas las indicaciones que tenemos. Lo que él descubrió fue exactamente la verdad de la frase que he citado de Mateo Diecinueve. Recordemos, los apóstoles le preguntaron a Jesús ¿Quién puede salvarse? Y Jesús les dice Para el hombre es imposible, pero Dios todo lo puede. Ese es el descubrimiento. Este descubrimiento sigue siendo actual, porque cada uno de nosotros está hecho de manera diferente. Así, por ejemplo, hay gente que le da sueño por la noche, otros les da sueño por la mañana. Somos distintos. Hay cosas que son fuertes en cada uno de nosotros y hay cosas que son débiles. Tus debilidades no son las mismas, mías. Hay personas que sufren muchísimo tratando de decir la verdad, porque les resulta tan cómodo y tan divertido andarse siempre con mentiritas. Son expertos, actores. Algunos incluso intentan entrar de religiosos. Hay gente que conserva mentiras en su corazón. Hace unos meses, resultó que el secretario de la Comisión Teológica Internacional decidió declarar abiertamente que llevaba vida con otro hombre. Eso en sí mismo es doloroso y es una herida en la Iglesia. Pero lo más asombroso es que este tipo tenía un cargo de tantísima importancia y llevaba años y años sirviendo en el Vaticano y en grandes y altas instancias de la Iglesia. O sea, que hay gente que tiene mucha práctica para mentir y para llevar dobles vidas. A otros, en cambio, se les nota la mentira inmediatamente. Ese es solo un ejemplo. Pero lo mismo pasa con otras cosas.
Hay personas a las que la envidia les puede y son celosos. Y como decía mi difunta madre, que de Dios goce. No pueden sentarse a la mesa sin ver platos ajenos. ¿Qué le dieron al otro? ¿Por qué a mí no? Son personas que están llenas de aminoácidos. A mí no. A mí no me dieron. ¿Por qué? ¿Por qué a mí no? Son los aminoácidos. En cambio, hay gente que no tiene problema con la envidia. Su problema es la sensualidad. Es la impureza. Cualquier cosa los revuelve, los excita, los descompensa. No pueden hacer una meditación en paz. Sufren mucho con esas tentaciones. Casi sienten que su propio cuerpo es su enemigo y no se hallan. Se remueven en su sitio. Cada uno es débil de distinta manera. A otro le gusta el dinero, a otro le gana la ira, a otro es orgulloso. Por eso, descubrir la verdad de Mateo Diecinueve, para los hombres es imposible. No es descubrir una frase de la teología. Es pasar por aquello que Santa Catalina de Siena, a quien no había mencionado hasta ahora. Dijo tantas veces: El conocimiento de sí mismo. Conocerse a sí mismo es, entre otras cosas, tener con alguna aproximación, porque nunca será perfecto, el conocimiento de ese mapa interior. Por eso uno hace retiros espirituales, porque en la soledad, en el silencio y en el desierto, uno trata de escrutar el corazón. Y uno trata de descubrir la verdad de lo que encontró San Pablo.
Claro que falta, una última consideración. ¿Y qué pasa si yo pongo todo de mi parte? Bueno, ese es el planteamiento de un hereje llamado Pelagio, en tiempos de San Agustín. Pero el problema no empieza con Pelagio ni termina con Pelagio. ¿Qué pasa si yo pongo todo de mi parte? Es bello poner todo de su parte. Es bello entrar con todo corazón en la batalla. Pero la historia de los fariseos nos enseña algo. Al tratar de alcanzar la perfección con sus solas fuerzas. Número uno, empezaron a fallar en otras áreas de su vida. Es como el que tiene un mantel muy chiquito para una mesa. Si lo jalas mucho de un lado, se te destapa del otro lado. Entonces, empiezas a jalar el mantel diciendo voy a ser perfecto en esto, esto y esto. Y cuando ya crees que lo has conseguido, Dios dice ¿Cómo andamos de humildad? Y uno dice ¿de humi qué? Porque lograr todo lo que uno ha logrado después de años de esfuerzo y de disciplina y por fin lo logré. Arruinó mi humildad.
Entonces, el fariseo dice desde mañana, desde esta tarde empiezo a trabajar en la humildad. Como dice el padre Adalberto, voy a hacer un curso por el Sena. Y uno se pone en la tarea de la humildad. Tengo que lograr la humildad como sea. Y nadie se va a oponer a mi humildad. Quítese, usted no se va a oponer a mi humildad. Y viene el Señor y me pregunta, ahora que ya jalaste el mantel y ya crees que eres humilde porque eres el último gusano. Yo que no valgo nada, yo que no hago nada. Sí eres el último gusano, pero un gusano resentido. La metáfora del mantel pequeño es muy importante, porque a veces uno puede pasarse la vida entera jalando el mantel. Ahora soy humilde, ahora soy caritativo. Hay gente que le apuesta a lograr la caridad como sea, pero revientan el mantel dejando destapada y sin protección la parte de la verdad. Esos que consideran, por ejemplo, que la misericordia consiste en justificar cualquier comportamiento humano, porque hay que ser compasivos. Esos están tratando de tapar con el mantel la esquina de la caridad, pero se les destapa la esquina de la verdad. Entonces, cuando les pregunten ¿Qué fue lo que descubrió San Pablo? San Pablo descubrió que su mantel era muy chiquito. Necesito otra estrategia. Necesito algo distinto. Mis antiguas certezas no me permiten dar un paso más. Mis antiguas certezas no dan más.
Después de Pablo, la historia de la Iglesia ha conocido decenas, centenares de mujeres y de hombres que han llegado a la misma conclusión. Y bendita esa hora, bendita esa hora en que uno descubre que los recursos de antes no dan, las certezas de antes no dan y el mantel de antes no da. Bendito el momento en el que uno se cae ante Dios, se postra ante el Señor. Cuando yo era joven, que fue el siglo pasado, nos decían que el noviciado había servido, si uno había pasado por esta experiencia que estamos describiendo, lo de antes no da más. Pero no va, no iré por las sendas de la desesperación o del cinismo ¿Qué voy a hacer? Levanto mis ojos a los montes ¿De dónde me vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor. Y ese auxilio es el regalo de su Espíritu y de su gracia. Ese auxilio es el amor de Cristo. Ahora se entiende un poquito mejor la frase de San Pablo. Y todo lo considero basura, con tal de ganar a Cristo. Como estamos rodeados de dominicos y dominicas, citemos a San Ignacio. He aquí lo que dice San Ignacio. Ojalá tenga yo una viva experiencia de Cristo, de la comunión con sus padecimientos y de la fuerza de su resurrección. Esa frase de San Ignacio, la toma él de Pablo. Que ese, sea nuestro lema para este día. Y si Dios lo concede para el resto de nuestra vida. Amén.

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