Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La conversión de Pablo trajo a Cristo los tesoros culturales, intelectuales y de personalidad que Pablo tenía ya antes de convertirse.

Homilía spac009a, predicada en 20130125, con 14 min. y 40 seg.

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Transcripción:

Hermanos. Cuando se habla de conversión, el énfasis inevitablemente se pone en aquello que cambia en la vida de una persona. Por ejemplo, cuando se escucha un testimonio, yo era una persona, que se yo, alcohólica, o era una persona violenta o era una persona drogadicta. Me encontré con Jesús, mi vida ha cambiado. He dejado esas costumbres, tengo otra manera de vivir. Cuando hablamos de conversión, eso es lo más común y por supuesto que es correcto. La conversión supone esa clase de cambio. Pero hay una pregunta que también cabe. La pregunta es ¿Todo cambia, en el caso de una conversión o si hay elementos que continúan? Y en el caso del apóstol Pablo es tan interesante lo que cambia como es interesante lo que continúa. Su cambio es drástico, es total. Pasa de ser un perseguidor a ser un apóstol. Antes miraba a los cristianos como enemigos, ahora los mira más que amigos, como hermanos queridos. Su cambio es muy grande.

Pero en esta oportunidad reflexionemos un instante, sobre qué es lo que continúa en Pablo después de su conversión, porque ahí también hay una enseñanza para nosotros. Por ejemplo, sabemos que Pablo pertenecía al grupo o secta de los fariseos y resulta que los fariseos buscaban el Reino de Dios. Ellos estaban buscando el Reino de Dios. Y Pablo, después de su conversión, también busca el Reino de Dios, antes y después busca el Reino. Pero antes lo buscaba apoyado únicamente en las fuerzas y en los méritos humanos. Lo buscaba por un camino que no podía tener éxito, porque el camino del fariseísmo es el camino del solo esfuerzo humano, como si nosotros pudiéramos reparar lo que nosotros hemos dañado. Y resulta que el ser humano es más hábil para dañar que para reparar. Y la única manera de reparar todo lo que hemos dañado es volver al que es hacedor de todas las cosas, y en Él, con un acto de confianza, depositar lo que somos, para que Él nos vuelva nuevas criaturas.

Es decir, que la búsqueda de los fariseos tenía algo de correcto, pero tenía mucho de imposible. Y hay una continuidad. Pablo tenía su vida entregada a Dios con un fervor increíble, y después de su conversión tiene su vida entregada a Dios con un fervor increíble. Pero en su posición anterior a Damasco, Pablo estaba buscando servir a Dios de un modo errado, y encontró el modo apropiado en la misericordia y la gracia de Cristo. Otro caso, que es interesante es el de las Escrituras. Antes de su conversión, Pablo debía de ser uno de los judíos más doctos, porque el número de años de estudio concienzudo de la Sagrada Escritura, tenía que haber hecho de él, una persona realmente muy conocedora de la Palabra. Y ese conocimiento no se pierde, sino que cuando llega la conversión, todo ese acervo se pone al servicio del Evangelio. Y por eso encontramos a Pablo en muchos lugares, especialmente sinagogas, por supuesto, argumentando con los judíos. Y por supuesto que, con ese conocimiento que tenía de la Palabra, con esa sabiduría que tenía sobre las Escrituras, sus argumentos resultaban imparables, contundentes frente a sus oyentes.

Vemos, que ese conocimiento bíblico que él tenía y que antes estaba como al servicio de la arrogancia farisea. Después de la conversión, se vuelve toda una experiencia de servicio al Evangelio. Todo eso queda al servicio del Evangelio. Entonces, yo creo que aquí se perfila lo que estoy tratando de decir y que con palabras más claras dice el mismo Pablo. Por ejemplo, dice: Así como antes, presentasteis vuestros miembros al servicio del pecado y de la injusticia, ahora poneos al servicio de Dios. La conversión no es en realidad perderlo todo. Es más bien aprovechar lo que uno ha sido, lo que uno ha recogido por el camino y que a veces puede parecer, que no era útil. Recoger esa experiencia y ponerla al servicio de Dios. O sea, que en la conversión tiene que haber un cambio, pero tiene que haber una continuidad. El cambio está sobre todo en la pregunta ¿Dónde está el amor de tu alma? Pero la continuidad tiene que estar en que todo lo que nosotros hemos vivido, hemos aprendido, hemos sido. Todo eso le sirve a Dios. Todo eso.

Miremos por ejemplo, de otro convertido, San Agustín. San Agustín, durante treinta años o cosa parecida, ha acumulado una capacidad retórica, que lo hace notable en ese mundo del Imperio romano de finales del Siglo Quinto. Él ha acumulado toda una capacidad, toda una destreza. Tiene también una sabiduría humana muy grande, porque ha estudiado muchos autores, de lo que en esa época era una formación clásica. Cuando él se convierte, eso no se pierde. Sino que toda esa destreza retórica que antes le servía únicamente de homenaje a su vanidad y a su ego, ahora resulta que se pone al servicio de Dios. Y entonces, tenemos ese manantial maravilloso de sabiduría que es Agustín. Tantos y tantos años de entrenamiento en las artes de la retórica, de la oratoria, del magisterio, no se han perdido, ahora están al servicio de Cristo. Entonces, la continuidad también fue importante en el caso de Agustín. Porque si Agustín hubiera dicho ahora que me convertí a Cristo, entonces empiezo de cero. Pues no hubiera puesto al servicio de Cristo todo ese tesoro, toda esa capacidad de expresión que ciertamente es delicia de la Iglesia y de la cual se ha alimentado tan profusamente el cuerpo de Cristo.

Así que, mis hermanos, vamos entendiendo que la conversión es sobre todo un redireccionamiento. El mismo Agustín, comentando la carta a los Romanos, toma esa frase que dice: Todo sirve para bien de los que Dios ama. En el Capítulo Octavo de Romanos. Y según la anécdota, en el margen del libro donde estaba escrito ese versículo, Agustín añadió Etiam peccata, también los pecados. Yo creo que esto es muy importante al llegar al final de nuestro retiro espiritual. Nada de lo que hemos sido, de lo que hemos vivido, ni siquiera los pecados que no debían haber sucedido. ¿De acuerdo? No debía haber sucedido. Pero, ya sucedió el pecado. Pues incluso el pecado, cuando llega la conversión, también esa sabiduría, esa sabiduría extraña, retorcida, cuando es iluminada, purificada por el Evangelio de la gracia, se pone al servicio de Jesús. O sea, que siguiendo las palabras que nos decía nuestro Arzobispo, se trata de marcar un antes y un después con nuestro retiro espiritual.

Propongo que en ese después, todo lo que nosotros hemos vivido y lo que hemos aprendido, como decimos en Colombia, hasta las mañas. Hasta lo que hemos aprendido que no deberíamos haber aprendido. Cuando es iluminado por la gracia de Cristo, llega a hacer de nosotros instrumentos poderosamente útiles para su gloria. Ya que decimos que hay una iluminación. Permítanme que terminemos con una consideración sobre esa ceguera de Pablo. Porque ahora estoy convencido, que no es buena idea hablar de la ceguera de Pablo. En realidad, Pablo no estaba ciego. Eso no es cierto. Pablo no quedó ciego. Ahorita dirá alguno. No quedó ciego, quedó turuleto. No, no es ceguera, no es ceguera. Obsérvese en el texto que hemos oído. Capítulo Veintidós de San Pablo. Y entonces, nos dice lo siguiente: Cuando Ananías habla a Pablo le dice El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conozcas su voluntad, para que vieras al justo y oyeras su voz. No es ceguera, es exceso de luz. Para que vieras al justo.

También en el otro relato, la conversión de Pablo se cuenta tres veces en el libro de los Hechos de los Apóstoles. La primera vez en el Capítulo Noveno, que lo tengo aquí a mano en el leccionario. Y fíjate lo que le dice a Ananías, el Señor Jesús, que se te apareció cuando venías por el camino. Es decir, que la ceguera de Pablo no es tal ceguera. La ceguera de Pablo, es una especie de secuestro de los ojos de Pablo. Los ojos de Pablo quedan secuestrados por la gloria del Señor. Los ojos de Pablo quedan tan cautivados por el amor, por la gloria, por el poder, por la majestad de Cristo Jesús. Que durante un tiempo él no es capaz de ver nada más. Así que, mejor que hablar de ceguera, hablar de exceso de luz. Y mejor hablar de exceso de luz para pedir también nosotros esa luz. Para pedir también nosotros que en algún momento de la vida. En algún momento de la vida, que no haya que esperar al purgatorio. Que en algún momento de la vida, nuestros ojos queden tan fascinados por Jesús, que no podamos ver otra cosa sino a Jesús.

Una persona que tuvo experiencias místicas auténticas y profundas, es Catalina de Siena, a la que cito con frecuencia por el bien que me ha hecho. Y ella dice, que cuando esa clase de experiencia sucede, en esos arrobamientos, esa especie de secuestro del corazón que está más allá que acá. Ella dice que cuando esas cosas suceden y luego van pasando, la persona siente que ve todo en Jesús y ve todo para Jesús y ve todo desde Jesús. Y esa fue la vida de Pablo. O sea, que la ceguera física, si seguimos utilizando ese término, desapareció. Pero eso, de ver todo en Jesús, para Jesús y desde Jesús. Eso ya no se le quitó a Pablo. En ese sentido, esa ceguera que es la misma que aparece, en sus cartas, cuando habla de que por él, por Cristo, lo perdí todo y todo lo considero basura. Claro, qué encanto va a tener, lo que termina cuando se ha contemplado lo eterno. Qué encanto va a tener, el placer que engaña cuando se ha conocido la alegría del cielo. Así que, en la conversión de Pablo está también un llamado del Espíritu Santo a nosotros. Y yo pienso que todos los que estamos aquí, tenemos que pedirle al Señor. Antes de que yo me muera, secuestrame un día los ojos. Róbate un día mi corazón, para que yo pueda. Siquiera un tiempo y ojalá fuera mucho tiempo y ojalá fuera desde hoy. Para que yo pueda verlo todo desde ti, en ti y para ti. Así nos lo conceda el Señor, que es misericordioso. Amén.

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