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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La conversión de San Pablo ilustra dos cosas: que perseguir a los cristianos es perseguir a Cristo, y que uno puede acabar con los enemigos volviéndolos amigos.
Homilía spac006a, predicada en 20110125, con 7 min. y 33 seg. 
Transcripción:
Vamos a empezar recordando a un personaje que a primera vista no tiene que ver con la fiesta de hoy. Se trata del presidente norteamericano Abraham Lincoln. Él tuvo que vivir en una época de su país en la que había mucha división, mucho odio y por consiguiente, muchos enemigos por todas partes. Abraham Lincoln luchó por la unidad de su país, pero como había gente interesada en la división, eso también hizo que él mismo tuviera gran cantidad de enemigos. Una vez alguien le preguntó ¿por qué él no era más duro? ¿por qué no era implacable contra sus enemigos? Siendo el líder, siendo el presidente de la nación, se supone que tenía los recursos para aplastar a sus oponentes. Y entonces Lincoln dio una respuesta. O por lo menos así se cuenta una respuesta. Yo creo que muy sabia y con hondo sabor cristiano. Lincoln dijo: Si yo transformo a mi enemigo y lo vuelvo amigo también así acabé con mi enemigo. Es decir, hay dos maneras de acabar con los enemigos. Una manera es aniquilándolos y la otra manera es volviéndolos amigos. Y yo creo que este ejemplo de Abraham Lincoln sirve también para mirar como las dos providencias que tuvo Dios en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. En el Antiguo Testamento todo era eliminar. Eliminar al pecador. Si leemos, por ejemplo, en el libro del Éxodo, pero sobre todo en Levítico y en Deuteronomio, hay una cantidad de pecados que se castigan apedreando, matando. La manera de acabar con los enemigos en buena parte del Antiguo Testamento es aniquilándolos. En cambio, en el Nuevo Testamento la manera de acabar con los enemigos es volviéndolos amigos. Es decir, a través de la conversión. Yo creo que un ejemplo bellísimo de esto que estamos contando es la fiesta de hoy. Dios acabó con su enemigo. El enemigo era Pablo, también llamado Saulo. El enemigo era Pablo. Pero para acabar con el enemigo, ¿qué hizo? Lo volvió amigo. ¿Y por qué Pablo era tan enemigo de los cristianos? Porque Pablo tenía una formación de fariseo y los fariseos, lo mismo que la gran mayoría de los judíos de aquella época, esperaban el reino de Dios y anhelaban la llegada del reino de Dios. Pero ellos creían que ese reino de Dios únicamente podía llegar si todo el pueblo retomaba su compromiso de cumplir la ley de Moisés. La manera de pensar de los fariseos era que únicamente el estricto cumplimiento de todos los detalles de la ley de Moisés por parte de todo el pueblo podría hacer que Dios reinará, y por consiguiente, que se recuperará la independencia que habían perdido desde la época del destierro. Esto quiere decir que los fariseos no buscaban únicamente ellos o supuestamente buscaban ellos una rectitud para ellos mismos, sino que ellos creían que todo el mundo tenía que hacer caso. Porque únicamente cuando todo el pueblo fuera fiel, vendría el reino de Dios. Esta posición intolerante hacía que los fariseos, como aparece varias veces en los evangelios, se convirtieran en jueces durísimos de los demás y por consiguiente, eran o estaban dispuestos a condenar a todos los que no siguieran las enseñanzas de ellos. Las tradiciones de ellos. Por eso, entre aquellos que se confabularon para matar a Cristo, había buen número de fariseos. Veían en Cristo un enemigo, porque Cristo no predicaba lo que ellos predicaban, y Cristo se llevaba muchos seguidores. Y entonces ellos sentían que su idea, su plan, su proyecto jamás se iba a realizar mientras estuviera Cristo de por medio. Pablo tenía una formación muy extensa y muy profunda, muy arraigada de fariseo, y por eso él consideraba que los cristianos eran enemigos, porque eran como un obstáculo para que se realizará la llegada del Reino de Dios. Y sin embargo, podemos decir que en el caso de Pablo sucedió esto que se llama de acumulación hasta llegar a una masa crítica. Muy probablemente lo que sucedió en la conversión de Pablo fue que se fueron acumulando en su corazón y en su mente las razones y los testimonios de santidad de aquellos primeros cristianos. No se nos olvide que Pablo, por ejemplo, fue testigo del Santo martirio que vivió el primero de entre todos los mártires de nuestra Iglesia, es decir, San Esteban. Pablo vio eso y todas esas cosas y testimonios y razones se fueron acumulando en él. Probablemente algo de eso sucedió. Estaba ya todo eso acumulado en su mente. Cuando llega la escena que hemos escuchado en la primera lectura de hoy, y entonces este hombre se convierte. Saquemos dos enseñanzas de esa conversión. Primera Pablo queda enceguecido, pero para poder llegar a ver, perdió la vista para poder ver. Y yo creo que ese es un testimonio que también es importante, porque a veces uno tiene que dejar lo que uno cree que ve. Cuando uno está demasiado seguro de las cosas, uno no escucha razones. Cuando uno está demasiado seguro de las cosas, no le importa la opinión de nadie. A veces es necesario que Dios le desarme el mundo a uno para que uno pueda empezar a oír otras voces y pueda empezar a recibir otras razones. Entonces, yo creo que es una enseñanza interesante. A veces la ceguera es el comienzo de la luz. Y en segundo lugar, eso tan bello que le dice Cristo a Pablo, le dice: Yo soy Jesús a quien tú persigues. Pero Pablo no estaba persiguiendo directamente a Cristo, sino a los cristianos. ¿Qué nos demuestra este texto? Nos demuestra que Cristo está presente en sus perseguidos. Cristo está presente en la Iglesia que sufre. Perseguir a la Iglesia es perseguir a Jesucristo. Pidamos al Señor que nosotros sigamos la técnica que no es de Abraham Lincoln, sino de Jesucristo. En vez de pensar en aniquilar a los enemigos, pensemos en volverlos amigos y pensemos que Dios nuestro Padre, tiene para nosotros caminos misteriosos y que muchas veces hay que pasar por la incomprensión y por la confusión para llegar a la claridad y llegar a la luz.

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