Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El impresionante ejemplo de San Martín de Porres pone ante nuestros ojos lo que es el auténtico amor cristiano. Este santo aprendió y nos enseña que entre la "acción" y la "reacción" está la "comprensión", tan necesaria sobre todo cuando uno recibe menosprecio o humillación.

Homilía smtp014a, predicada en 20231103, con 43 min. y 17 seg.

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Transcripción:

Hermanos, esta noche todo concurre para enseñarnos sobre el amor, sobre la caridad. Una lección que es muy importante en nuestro tiempo. Porque el amor se ha convertido para algunas personas en una palabra, manoseada. Para otras personas, en una palabra que sirve para describir cualquier gusto. Para otras personas, una palabra que justifica cualquier cosa, sobre todo en los afectos y en el sexo. La frase famosa todos la conocemos. Amor es amor. El amor no es pecado. Y por eso necesitamos. Alguien que nos ayude a levantar la palabra amor.

El amor es una palabra sublime que denota lo más grande que hay en el corazón humano, la fuerza más bella que hay en el universo. Es casi como la definición de Dios. Y es un deber nuestro como cristianos proteger y levantar la palabra amor. Porque si el mundo muchas veces y nosotros mismos hemos utilizado esa palabra bajándola, degradándola. Necesitamos alguien que nos ayude a subirla. Para que podamos mirar en ella nuestro verdadero camino, nuestra verdadera alegría. Eso es lo que han hecho los santos. Cuando nosotros pensamos en una mujer como Teresa de Calcuta. Y le preguntamos ¿Por qué haces eso? Y ella responde por amor. Amor a Dios, en primer lugar. Y amor a mi prójimo. Esa mujer está levantando la palabra amor. Porque muchos de los que estamos aquí no somos capaces de hacer lo que ella hizo. Y cuando una persona logra algo que nos rebasa, que nos supera, esa persona también nos levanta.

Hoy, Tres de Noviembre, la Iglesia recuerda a un héroe de la caridad, un hombre lleno de amor. La primera lectura de hoy nos presenta un aspecto fascinante del amor en San Pablo. Y Cristo en el Evangelio nos muestra una característica clave del amor. Esto nos sirve a todos. Si uno es hijo para valorar, agradecer y retornar el amor de los padres. Si uno es padre o madre para saber cómo tratar a los hijos. Si tienes tu novia para saber qué significa mirarla a los ojos y decirle te amo. Si tienes a tu esposo qué significa amarlo. A todos nos sirve. Y hoy nos enseñan tres maestros. San Martín de Porres, San Pablo y Nuestro Señor Jesucristo. Vamos a tomar una o dos enseñanzas de cada uno de estos maestros.

Empiezo con San Martín. San Martín está muy unido a mi infancia. Porque mi mamá en tiempos en que mi familia pasaba dificultades económicas y otras, le tomó una gran devoción a San Martín de Porres. Y en aquella época, en la Iglesia de los Dominicos aquí en Bogotá, la Iglesia de Nuestra Señora de Chiquinquirá, había la devoción de lo que se llamaban los Martes de San Martín. Allá estaba mi mamá, junto con muchas otras personas, todas necesitadas, pidiéndole intercesión a San Martín de Porres. Dos lecciones de San Martín. Primera. Martín tuvo todo en la vida para ser un resentido. Él era un hijo ilegítimo fuera de matrimonio. De raza morena. Él era un mulato. Excluido por ser hijo ilegítimo. En lo cual hay una barbaridad ¿Por qué los hijos tienen que pagar las faltas de los padres? Pero bueno. Excluido por su piel morena. Recibió burlas, insultos. Cuando era una adolescente, otros niños, por el placer de verlo ponerse bravo, le hacían bullying. Le decían perro, perro mulato. San Martín hubiera podido ser un resentido. Porque cuando una persona es maltratada, es excluida, es humillada fácilmente se vuelve resentida. Pero el primer milagro de San Martín no lo hizo hacia afuera. El primer milagro de San Martín fue adentro de él. Ese primer milagro fue vencer el resentimiento. Y para vencer el resentimiento, San Martín cultivó tres cosas que nos sirven a nosotros. La oración, la comprensión y el servicio.

Yo quiero destacar la parte de la Comprensión. La mayor parte de nosotros, cuando somos maltratados, reaccionamos. Pero el ser humano tiene una capacidad que a veces no cultiva. Y es que entre la acción y la reacción hay espacio para una cosa que se llama la comprensión. Y si usted quiere ser dueño, si usted quiere ser dueña de usted misma aprenda de San Martín. Si cada vez que le llegue la acción usted reacciona, la gente lo maneja a usted. Las circunstancias lo manejan a usted. Por la boca suya no va a salir su voz por la boca suya va a salir su miedo, su dolor, su rabia. Usted tiene un poder secreto que se llama comprender. Meta esa palabra entre la acción y la reacción. San Martín utilizó esa arma secreta. Cuando usted recibe algo y no reacciona inmediatamente, sino que primero comprende ¿qué le duele? ¿quién le dijo? ¿por qué le dijo? La reacción que le va a salir a usted es una reacción distinta. Este mundo comete las peores barbaridades porque la gente cuando recibe, reacciona. Y no solo la gente, individualmente considerada, también los pueblos. Me maltrataste con un acto terrorista. Yo voy y te sepulto a bombazos. Acción y reacción. San Martín introdujo la palabra comprensión. Comprender qué es lo que me duele y por qué me duele. Comprender quién me dice lo que me dice y por qué me lo dice. No se trata de volvernos insensibles. Se trata de dejar de ser juguetes de las circunstancias. Se trata de que dejen de gobernarnos los demás. De eso es de lo que se trata. ¿De dónde sacó él eso? Lo sacó de su amor creciente porque le creció toda la vida hacia Jesús. En Jesús, en la cruz de Jesús, él aprendió. Aprendió que uno no tiene que reaccionar cada vez que le pase algo. Entonces en San Martín de Porres tenemos una gran lección ahí. Él, que hubiera podido ser un resentido, se convirtió en un maestro de caridad.

La otra lección que creo que hay que tomar de Martín. Es el Servicio. Nosotros muchas veces confundimos ser servicial con ser servil. Son dos cosas diferentes. El servilismo no es cristiano. El servicio sí. Servir requiere mucha sabiduría. Y servir puede cambiar a las personas. La más bonita definición de servicio que les puedo compartir, es esta. Servir es traer un bien a la vida de la otra persona. Y es impresionante lo que la gente puede cambiar cuando le llevamos un bien. Hay muchos corazones duros, muchos y muchas personas no se conmueven y muchas personas nos miran con sospecha y no nos creen. Pero el servicio hace su obra. A mí me impacta, ya que mencioné a mi mamá. A mí me impacta que mi mamá tiene trece años de muerta. Y todavía hay cosas que trece años después yo recuerdo y digo por esto era que ella lo hacía. No mires el servicio como una solución rápida para una mala relación interpersonal. El servicio es como una carga de profundidad o si no te gusta la comparación bélica, es como una semilla. Servir es sembrar una semilla que tardará tiempo en florecer.

Martín sembró mucho. Él aprendió el oficio de barbero, pero los barberos de la época no solo afeitaban, sino que también eran como dentistas. No sé, eso de tener la cuchilla tan cerca como que los animó un día a sacar también muelas. Y en alguna oportunidad, lleno de mucho asco, un español muy blanco no podía con el dolor de su boca, un diente que tenía malo. Casi enloquecido de dolor, no sabiendo qué hacer, siguió el consejo que le dieron, que fuera donde Martín. Sentía asco de ir donde un negro y que el negro le tocara porque era racista. Llegó donde Martín. No le ocultó la repugnancia que tenía y lo humillado que se sentía. Y todavía estaba alegando y quejándose. Y le dijo a Martín bueno, pero ¿qué? ¿cuándo me va a atender? Y le dice Martín. Ya, ya salió la muela. Ese es uno de los milagros más bonitos de él, porque no había anestesia, por supuesto a finales del Siglo Dieciséis y comienzos del Diecisiete. Y este hombre se siente avergonzado y no entiende. No entiende cómo le han quitado ese dolor. No entiende cómo no sintió nada. Y se siente avergonzado de haber maltratado a un hombre que le hizo tanto bien y que claramente era un hombre de Dios. Entonces las dos lecciones de San Martín. Introduce por favor tu la palabra Comprensión entre la acción y la reacción, eso te hace libre, eso le trae paz a tu corazón. Y segundo, experimenta lo que es sembrar con paciencia, sembrar. No todo, pero algo de lo que tú siembras lo vas a alcanzar a ver. Y eso trae una alegría muy grande y cambia la vida de la gente.

Vamos con San Pablo. Ánimo que vamos con San Pablo. La lectura que hemos escuchado es del Capítulo Noveno de la Carta a los Romanos. Mire, aquí está un hombre caritativo. ¿Qué dice San Pablo? Está hablando de sus hermanos de raza, está hablando de los judíos. Cuando San Pablo empezó a predicar, él iba a las sinagogas. Predicaba en las sinagogas. De allá lo echaron y allá lo traicionaron muchas veces. Pero mira las palabras que dice siento una gran tristeza y un dolor incesante en mi corazón. Esta es la primera lección del amor. El amor incluye la tristeza. Hay una tristeza que es pecado, pero hay una tristeza que es santa. Nuestra amiga de Siena, Santa Catalina, tienen su obra El diálogo, toda una sección que se conoce como el Tratado de las Lágrimas, donde ella habla como en un pequeño estudio, por qué la gente llora. Y es muy hermoso que Santa Catalina. Viene a decirnos que la calidad de tu llanto es la calidad de tu amor. Escribe eso que te conviene. La calidad de tu llanto es la calidad de tu amor. Y se puede detectar muy bien el camino espiritual de una persona de acuerdo con su llanto. Qué hace llorar a una persona, nos muestra cuál es su amor, cuál es su búsqueda, en dónde pone su esperanza. La calidad de tu llanto es la calidad de tu amor.

Este hombre que está aquí representado, Santo Domingo de Guzmán. Lloraba sobre todo en dos momentos de su vida, lloraba conmovido en la Misa. Viendo a Cristo cómo se entrega, cuánto nos ama. San Ignacio lloraba de amor. San Francisco de Asís lloraba de amor. De amor a Dios. El llanto de Francisco es muy recordado. El amor no es amado. Eso hacía llorar a San Francisco. ¿Qué te hace llorar a ti? La mayor parte de nuestros llantos son llantos por nosotros mismos. Muchas veces llantos de autocompasión o llantos de frustración o llantos de envidia rabiosa. El llanto de Pablo es cómo es posible, cómo es posible que Dios haya prometido todo lo que le prometió a su pueblo, que Dios lo cumpla. Y que el pueblo no lo acepte. Y se le escurrían las lágrimas. Cuando más lloraba Santo Domingo por las noches se le escuchó muchas veces gritar Dios mío, misericordia, ¿qué será de los pecadores? Llanto de la más pura compasión. Si tú y yo no lloramos por los pecadores pero otras cosas sí nos hacen llorar ahí se ve en qué nivel de amor estamos.

Miremos el llanto de Cristo. Cuando iba de camino a Jerusalén. Y vio a lo lejos la ciudad. Porque hay un momento en esa peregrinación donde se llega como a una altura y ya se puede ver a Jerusalén. El Señor lloró. Ese es el versículo más corto de la Biblia. Y Jesús lloró. Jerusalén, cuántas veces quise reunirte como una gallina que reúne sus polluelos y tú no quisiste. Mire esa calidad de llanto. Hay gente que no llora. Hay gente que aprendió a ser dura. Eso también cuenta algo de ti. Hay gente que llora solo de rabia. Hay gente que llora pero solo por sí misma. Cuando la Virgen María me llamó estando yo en la Universidad Nacional. Y se puso en la tarea de resucitar la vocación sacerdotal que yo ya tenía enterrada. Se las arregló María Santísima para llevarme a la capilla de allá de la Universidad. Y después de mucho tiempo de no rezar y de que Dios me importara tan poquito hasta llegar al borde del ateísmo, un día, frente al Santísimo, Dios me mostró algo de mi corazón. Me dijo, traducido en palabras humanas. ¿Es que no te das cuenta que todo lo que tú haces lo haces solo por ti? Y yo estaba solo frente al Sagrario y sentí tanta vergüenza de ver que yo era un brillante estudiante universitario que merecía felicitaciones de mucha gente. Pero que yo era una pila de basura egoísta porque todo lo hacía solo pensando en mí. Y lo que yo iba a conseguir ese día, algo que estaba muerto y sepultado en mí, que era mi vocación, empezó a resucitar. Se lo debo a la Virgen y se lo debo al Sagrario. Quedémonos con esa lección de San Pablo y pidámosle a Dios calidad de llanto. Porque el día que mejore nuestro llanto, que sea llanto de alabanza, que sea llanto de adoración, que sea llanto de compasión, sobre todo por el pecador. Ese día se podrá decir está avanzando el Evangelio en tu vida.

Último punto, vamos al Evangelio. Jesús se encuentra en la sinagoga con un hombre muy enfermo. Es día Sábado. Sus adversarios están ahí espiándolo, viendo a ver qué va a hacer el Sábado. Para ver si tienen de qué acusarlo. Jesús cura al enfermo y luego dice estas palabras. ¿A quién de ustedes se le cae al pozo el asno o el buey y no lo saca enseguida, en día de Sábado? ¿Y no lo saca en seguida, aunque sea Sábado? Ahí tenemos la tercera enseñanza de Jesús. Enseguida. Piensa con cuánta prisa quieres que te arreglen tus problemas. Y piensa con cuánta prisa arreglas tú los dolores de otros. Hoy he tenido un día bastante intenso. Por la tarde pude visitar a una tía, una tía mía. La única tía viva que me queda de ese lado de la familia. Está muy mayor y muy enferma. El esposo en esta visita me contaba de varios males físicos que ha tenido mi tía. Problemas de articulaciones, de columna, bueno, dolores muy fuertes. Él ama mucho a mi tía. Y él sufría terriblemente porque buscando ayuda en el sistema médico de su país, que no es este. Buscando ayuda, lo que le decían a una mujer que estaba gritando de dolor casi todo el día era podemos darle cita dentro de no sé cuántos días. Yo sé que eso les ha pasado también a ustedes y a parientes de ustedes. Y yo sé que los médicos y las enfermeras también tienen un límite en sus fuerzas. Pero yo pensaba en esta Eucaristía. Y pensaba si esa mujer, que en este caso era mi tía, si esa mujer que estaba ahí retorciéndose de dolor y gritando hubiera sido tu hermana, o tu novia o tu madre, ¿también le decías vuelva dentro de diez días? tómese este analgésico que no le va a arreglar nada y vuelva. Y esta es la última lección que quiero compartirles.

Se llama La prisa del amor. Cultivar la prisa del amor es interesante porque es una manera de romper la coraza de hielo cómodo que uno tiene por egoísta. Lo digo por supuesto, pensando en mí, en primer lugar. Aunque yo admito, hay un límite en las fuerzas y créanme que varias veces me veo casi al límite de las fuerzas. Jesús mismo una vez se desmayó prácticamente y tuvieron que subirlo cargado a una barca. Sí, hay que tener prudencia y hay que tener una dosis de descanso. Pero y ¿qué de la prisa? Cuando yo le escucho a una amiga de todos nosotros que está aquí presente. Pero si no hubiera estado, hubiera dicho yo la misma homilía. Angela Carolina. Ella colabora con un servicio social y muy cristiano de misericordia con la pastoral de la Universidad Santo Tomás. Y van a visitar zonas espantosas de Bogotá, donde está sucediendo prostitución de niños y de niñas, por ejemplo. Si hablamos con políticos y con sacerdotes y con expertos y con sociólogos, hay muchos, muchos análisis. Pero hay que estar ahí para sentir prisa. Hay que estar ahí para decir algo hay que hacer. Hay que estar ahí para decir yo no puedo seguir tan cómodo, yo no puedo seguir simplemente pensando en mí y pensando en mis heridas y pensando en mi afectividad, que es importante. Pero a mí me preocupa mucho cuando a veces veo algunos jóvenes y otros no tan jóvenes que parecen tener casi como única preocupación ¿Dónde está mi pareja? ¿Dónde andará? ¿Ya la conocí, será fulano, será fulana? Mira esa obsesión por un tipo de amor que tiene su belleza y su razón de ser en el plan de Dios. Pero esa obsesión por un tipo de amor, eso de que tanta gente esté obsesionada sólo con ese tipo de amor, eso hace que luego no haya amor para las niñas, los niños, los adolescentes, los hombres y mujeres. Porque hay de ambos sexos que a esta hora ya iniciaron hace tiempo su jornada de prostitución y están esperando clientes. O esperando el siguiente cliente. Por eso esta palabra de Cristo me sacude. Esta palabra que dice enseguida. Hay que entender que hay personas, que no tienen a nadie o casi a nadie. Por eso tenemos suicidios.

El hijo de un amigo mío en España se suicidó ayer. Se tiró frente a un metro en movimiento. Su cadáver quedó tan despedazado que tuvieron que hacer pruebas de huesos y de dientes para ver quién era esa persona. El papá de él, que yo lo conozco y lo considero mi amigo y me quiere mucho y lo quiero mucho. El papá de él habló hoy en el funeral. Yo voy a compartir ese mensaje de él. Pero no ahora, lo enviaré después. A mí me parece casi imposible que un hombre esté hablando en el funeral de su hijo suicidado. Y la manera como él les habla a los amigos de su hijo y les dice gracias por lo que le dieron. Amen la vida, cuídense unos a otros. Pero apresúrense, apresúrense para amar, porque mañana puede ser tarde. Y eso es lo que nos está diciendo Cristo aquí. Tú no puedes pasar la vida solamente disfrutando la vida. La vida se te dio para una cosa, para gastarla bellamente en amar. Y eso es lo que hacen los buenos papás, las buenas mamás, los buenos amigos, las buenas amigas, las buenas religiosas, los buenos sacerdotes. Gastan su vida amando. No hay vida que tenga más belleza que esa. Créanme, todos tenemos problemas. Todos. Y los problemas nos hacen caer. Te caíste, en el nombre de Jesús levántate y anda. Hay mucho bien que quiere transitar a través de ti para llegar a otras personas, mucho. Y el hecho de que algo haya funcionado mal en tu vida no puede parar el amor, porque todos tenemos algún fracaso, incluyendo nuestra querida Catalina.

A mí no se me olvida y permítanme que esta sea la conclusión. Que la mujer que mereció el milagro de la renovación de la imagen de Chiquinquirá, es decir, la señora María Ramos, era una mujer con un fracaso a las espaldas, un matrimonio que no funcionaba. No esperes a que tu vida sea perfecta, con la pareja perfecta, los hijos perfectos, la salud perfecta, la paz mental perfecta, no. Si Dios solo trabajara con los perfectos, nos desechaba a todos y se quedaba creo que solo con los ángeles. Pero Dios ha querido llamarnos a los imperfectos. Con nuestra salud que a veces cojea, con nuestra inteligencia que a veces no entiende, con nuestra voluntad que a veces se fractura, con nuestro pasado que a veces nos avergüenza. Con nuestra afectividad que tiene vacíos y tiene desiertos. Así te llamó Dios, así te está llamando Dios hoy, así te está llamando. No te encierres en decir mientras mi matrimonio no esté perfecto, no me pidan más. Mientras mis hijos no estén perfectos, no me pidan más. Mientras mi salud no esté perfecta, no me pidan más. No se te olvide, cojos y mudos y ciegos y leprosos fueron los primeros que respondieron y fueron los primeros que sirvieron. Y nosotros con nuestras cojeras, con nuestras sorderas, con nuestras parálisis, con nuestros dolores, no nos vamos a detener. Como le dice cariñosamente la gente, el Negrito Martín nos enseña y vamos a seguir su ejemplo. Amén.

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