Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El amor sin humildad fácilmente se convierte en un ídolo de placer, el amor con humildad se purifica y llega a alcanzar la altura de la verdadera caridad como la vivió San Martín.

Homilía smtp010a, predicada en 20181103, con 6 min. y 5 seg.

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Transcripción:

El Tres de Noviembre nuestra Iglesia Católica recuerda a San Martín de Porres. Dos virtudes se destacan en este santo que vivió a finales del Siglo Dieciséis y comienzos del Diecisiete. La humildad y la caridad. Con la ayuda y la intercesión de este Santo, deseamos reflexionar un momento sobre lo que esto quiere decir. Es decir, el puente entre la humildad y la caridad. Cuando el amor se reduce simplemente a un sentimiento, no necesita de mucha humildad. Con tantas palabras que hoy se dicen sobre el amor, muchas de ellas palabras irresponsables, por ejemplo, cuando se utiliza la palabra amor para justificar cualquier cosa, hasta relaciones contra la naturaleza. Amor es amor, se dice, y con esa frasecita justifican cualquier cosa, cualquier tipo de relación afectiva o sexual entre seres humanos. Amor es amor. Pero esa degradación de la palabra amor, pregunto yo, ¿no tendrá que ver exactamente con ese problema? Es decir, con la reducción del amor a una especie de sentimiento o de emoción. Es ahí donde aparece la necesidad de la palabra humildad.

Te lo planteo de esta manera ¿Qué tipo de amor ha de tener el corazón humano para que sea necesaria la humildad? O también la otra pregunta ¿Qué tipo de humildad es agradable a Dios? Humildad que requiere que haya amor. Las dos preguntas son provechosas y ambas nos remiten a la vida de San Martín. Podemos decir que el amor como sentimiento no fue lo que abundó en la vida de Martín. Por su condición de mulato, es decir, por tener esa raíz en África, su tez oscura, por su condición de mulato. Por su condición de hijo fuera del matrimonio, algunos llamarían hijo ilegítimo. Por su condición de pobre, no pobre en razón de que le faltara dinero a su padre, sino pobre precisamente por ser un hijo extramatrimonial que no recibía lo que hubiera tenido derecho a recibir. Por pobre, por mulato, por, podríamos decir, por su condición de ilegítimo. Martín no recibió mucho amor, de ese amor de sentimiento, no mucho. Más bien recibió insultos y recibió discriminación. Y recibió odio y recibió burla. Y es aquí donde la historia se vuelve interesante.

Porque la pregunta es ¿cómo se responde a la discriminación? El mundo actual quiere que respondamos a la discriminación básicamente con odio. Por ejemplo, se habla de que hay discriminación hacia ciertos sectores de la población por su orientación sexual. Y entonces la respuesta que se quiere es el odio. La respuesta que se propone es el odio. Yo mismo he tenido conversación con personas con las cuales apenas tú no estés de acuerdo con todo lo que ellas digan, te empiezan a insultar. Cuántas veces, por ejemplo, a mí mismo me han dicho homófobo. Se supone que homófobo es el que tiene miedo, tiene odio de los homosexuales. Y la única razón por la que dicen eso es porque yo no estoy de acuerdo con lo que dice la otra persona. Es decir, yo tengo que estar de acuerdo contigo para que no me insultes. Eso es odio. Entonces, cuando hay injusticia, cuando hay discriminación, cuando hay burla y cuando falta ese amor de sentimiento. ¿Qué vas a hacer? ¿Cómo vas a responder? A menos que exista la humildad, tu respuesta será pagar al odio con odio.

Y lo grandioso de Martín es que porque estaba la humildad, esa humildad que lleva a descubrir la grandeza de un Dios que es bueno para con todos, esa humildad que lleva a descubrir los propios pecados y defectos, esa humildad que te permite descubrir que todos estamos hechos del mismo barro por esa triple función y fruto de la humildad. Martín de Porres no toma la actitud de responder al odio con odio. Entonces es la humildad la que hace verdadero el amor en él. Y con esa frase te puedes quedar. El amor sin humildad fácilmente se convierte en un ídolo de placer. El amor con humildad se purifica y llega a alcanzar la altura de la verdadera caridad. Y gracias a Dios hay alguien que nos lo enseña muy bien. Se llama San Martín de Porres.

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