Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Humildad, alegría y caridad son virtudes tan hermanas y tan unidas que raramente o nunca podrán encontrarse separadas porque se protegen y cultivan unas a otras.

Homilía smtp009a, predicada en 20171103, con 41 min. y 50 seg.

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Transcripción:

Amados hermanos, iniciamos nuestro retiro espiritual el día Tres de Noviembre. La Iglesia recuerda en este día a un santo mulato llamado Martín. Martín de Porres. Para nosotros San Martín de Porres. Hay tres características, como decíamos al comienzo de la Misa. Tres virtudes preciosas que Dios le regaló a Martín; un hombre humilde, un hombre alegre y un hombre caritativo. En él, en su corazón, brillaron abundantemente estas tres virtudes: la Humildad, la Alegría y la Caridad. Muchas personas lo conocieron precisamente con ese apelativo. Martín de la Caridad.

Si nos damos cuenta, esas tres virtudes brotan del corazón mismo del Evangelio. No es difícil encontrar pasajes del Evangelio donde Jesús nos invita a experimentar, a vivir y a contagiar a otros con estas tres preciosas virtudes. Con respecto a la Humildad. No se nos olvide que Jesús dijo: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Con lo cual puso la humildad a la vez como meta y como camino de todos los cristianos. Con respecto a la Alegría. Leemos en el Evangelio según San Juan que Jesús dice que volverá a vernos, y nuestra alegría será completa y nadie nos podrá quitar esa alegría. Y también el apóstol San Pablo, en su carta a los Filipenses, nos invita, nos exhorta alegraos en el Señor, nos dice Os lo repito, alegraos. Es algo propio de nuestro ser cristiano. Y con respecto a la Caridad. ¿Qué nos dice Jesús? Nos dice un mandamiento nuevo os dejo, que os améis unos a otros como yo os he amado. Ese es el gran mandamiento que Jesús nos deja el mandamiento del amor. Y dice también en esto sabrán que son mis discípulos, en que ustedes se aman unos a otros. Esto demuestra que las tres virtudes que brillaron con tanta intensidad y belleza en San Martín de Porres son virtudes que realmente nacen del corazón del Evangelio.

Pero si están en el corazón del Evangelio, ahora preguntémonos ¿Están en nuestro corazón? ¿Las encontramos en nuestras relaciones de pareja, de familia? ¿Las encontramos en el mundo que conocemos? Pensemos, por ejemplo, en la humildad y pensemos en su contrario, que es la soberbia. Pensemos en la alegría y pensemos en su contrario, que es la tristeza y también la amargura. Pensemos en la caridad y pensemos en su contrario, que es el odio. Y ahora hagámonos esta pregunta ¿En el mundo que conocemos y en las familias nuestras, vemos que esté triunfando la humildad o tal vez está ganando la soberbia? Hagámonos esta pregunta. ¿En el mundo que conocemos, en los jóvenes que conocemos, en las parejas que conocemos, está ganando esa alegría bella del Evangelio o más bien estamos viviendo tiempos de depresión y de amargura? Y hagamos la otra pregunta ¿En este mundo nuestro está triunfando el amor, está ganando terreno la compasión o por el contrario, vemos que cada día gana más espacio el odio? Y yo creo que ustedes y yo concordamos en cuáles son las respuestas a estas preguntas.

Nos damos cuenta que la soberbia y la dureza, la arrogancia y el desprecio a los demás aparecen por todas partes. Nos damos cuenta que la amargura, la tristeza, la depresión están por todas partes, hombres, mujeres, niños. Cuando yo era menor, jamás se oía decir que un joven tenía depresión. Nunca, nunca. Hoy lo oímos. Hoy tenemos niños con depresión. Hoy tenemos jóvenes manejando unos grados de estrés brutales. Hoy casi basta con mirar el rostro de algunas personas para imaginarse la amargura por la que están pasando. La actitud displicente, desconfiada, distante de tantos que miran así como diciendo quién sabe, esto como que no me importa. Es una actitud que está marcada muchas veces por la amargura. Y lamentablemente en muchos lugares, y especialmente en este país, nos damos cuenta lo que está haciendo el odio, divisiones políticas sumamente amargas. Parece que no tuvieran otra cosa que hacer, sino atacarse cada uno, hurgando el pasado del otro, cada uno mirando cómo puede acusar al otro. Entonces hay unas batallas terribles en los medios de comunicación, en los juzgados, en los estrados públicos, republicanos y demócratas, unos contra otros. Es muy duro. Algunos con unos sentimientos patrióticos nacionalistas, pero llevados hasta un extremo tal que parece que odiaran a todos los demás países, parece que despreciaran al resto de las naciones. Otros, en cambio, parece que quisieran exaltar tanto lo extranjero que entonces se convierten en predicadores de odio contra todo lo que sea americano, como dicen ellos, y todo lo que sea blanco. Odio de blancos contra negros, de negros contra blancos, de los indígenas, contra los no indígenas, de todos, contra todos. Ese es el mundo que estamos viviendo.

También en las familias hay divisiones terribles. Divisiones de desconfianza, muy duras, muy duras. Me duele tanto cuando escucho que alguien dice hace tanto tiempo que no hablo con un hermano, un hermano, hermano de sangre. No hablo con él. Desde que tuvimos una pelea hace dos años, hace tres años, ni yo lo llamo ni él me llama, él allá y yo acá así estamos bien. ¿Estamos bien? ¿Eso es estar bien? Y ha llegado a tal grado esta situación que entonces especialmente nuestros niños y jóvenes van sintiendo que no hay futuro. No hay futuro ¿en qué sentido? En el sentido de que, cómo puedo yo empeñar mi vida en algo que se llama matrimonio, si todo lo que yo he visto como matrimonio es pelea, división, desprecio, abogados, juzgados. Entonces se va formando una especie de idea de lo provisional. Todo es provisional porque no hay futuro, porque no se sabe esto a dónde va a dar.

Esto quiere decir dos cosas. Primera, que estamos viviendo un mal momento porque le hemos dado la espalda al Señor. El mensaje del Señor va por los caminos de la humildad, la alegría y la caridad. Y nosotros le hemos dado la espalda al Señor porque no vamos avanzando por esos caminos, sino vamos avanzando por la arrogancia que significa, pues yo no me dejo. Y el otro dice pues yo tampoco. Y entonces a veces hay personas que son bajitas, bajitas, bajitas, pero con un ego alto, alto, alto. No me quejo. Yo tampoco. Entonces nadie se deja. Pues no. Nadie se deja. Y a medida que vamos levantando muros. Porque no solo se levantan muros entre Estados Unidos y México, no. Esos no son los únicos muros. A veces los muros más altos no están entre los países. Hay personas que duermen en la misma cama y tienen un muro altísimo, altísimo. Nadie puede pasar por ahí, por ese muro. Hay papás que sienten que sus hijos están detrás de un muro, un muro altísimo. ¿Cómo hago yo para hablarle a mi hijo? Entonces es como hablando por un muro. ¡Hija, hija! ¿qué pasó? ¡Hijita, hijita! ya la oí, mamá ¿qué pasó? Hay unos muros terribles, unos muros de división.

Entonces la gente discute sobre los muros que en Hungría quieren hacer, un muro para controlar el tema de los inmigrantes. Hay muros legales, aquí no entra gente de tal país. Hay muros físicos prototipo de la pared que van a poner entre Estados Unidos y México. Un muro siempre es una mala noticia, pero los muros peores no son esos. Los peores muros los experimentamos en nuestras familias y los experimentamos con las personas que quisiéramos sentir más cerca. ¿Quién de nosotros tiene un gran interés en vivir cerca de Uzbekistán? Es posible que alguno de los presentes diga yo quiero tener una estrecha relación con Uzbekistán. La mayor parte de nosotros sabemos demasiado poco de ese país. Es decir, que no nos preocupa que los uzbekistaníes estén lejos. Eso no nos preocupa. Pero ¿cuál es el dolor de un hijo? Sentir que su papá, aunque viva en la misma casa, está lejos. Eso sí duele. Es ahí donde está el muro. Eso es lo que duele. Lo que duele es estar sentados alrededor de una misma mesa y no tener un solo tema que conversar. Lo que duele es salir a un restaurante para ver si las cosas mejoran un poco y ver cómo uno por uno, cada quien va sacando su celular y cada uno se va metiendo en su propia red. Y cada uno va resolviendo su problema. Y ahora en los restaurantes, en varios restaurantes, he visto aquí en Estados Unidos que como ya saben que la gente se mete en pantallas, entonces le ponen ahí en la mesa, ya le ponen una pantalla ahí. Entonces la gente pasa aquí y pasa acá y en tres, la pantalla, el restaurante la pantalla, el celular y ya se acostumbran a ver pantallas. Hasta que de pronto vieron a la abuela entrar y se asustan ¿por qué? Porque tenían años de no ver a la abuela. Únicamente veían las fotos de sus amigos, las fotos de la gente que les cae bien, las fotos de las personas a las que ellos les caen bien. Son las únicas fotos que ven. Entonces ya no conocen la cara del papá y lo tienen ahí. A veces no lo tienen, pero a veces lo tienen ahí y no lo conocen. Es que conocer la cara del papá no es conocer la cara del papá. Conocer la cara del papá es poder leer ese rostro. Eso es conocer un rostro. Conocer un rostro es poder leerlo. Que es lo que sucede cuando hay amor, cuando hay comprensión en una familia, cuando hay verdadero amor en una familia. La gente aprende a leer los rostros, los tonos de voz.

Entre las bendiciones que yo recibí en mi vida está el tener a una mamá que con oírme caminar ya sabía cómo estaba. Con oírme caminar. Nuestra casa era de piso de madera. Suenan los pasos prácticamente. Quizás exagero un poco, pero prácticamente con verme entrar a la casa, con ver cómo camino ella, mi mamá sabía, a éste le pasó algo hoy. Eso es amor. Amor es eso, la capacidad de leer a la otra persona. ¿Y qué pasa cuando dos personas no se alcanzan a leer los rostros? ¿Qué pasa cuando siento que tu idioma no lo entiendo y tú sientes que mi idioma no me lo entiendes? Pues pasa lo mismo que cuando usted tiene que hablar a una gran distancia. Si usted no tiene micrófono ni cosa parecida y tiene que hablarle a alguien que está a media cuadra, una cuadra, ¿qué le toca hacer? gritar. Entonces empezamos a gritarnos, como no te diste cuenta que yo estaba mal, entonces te grito. No se dio cuenta que estaba mal. Nuestros gritos son un acto desesperado. Desesperado, óigalo. Un acto desesperado por no sentir que no se entienden o mejor, por sentir que no nos entienden, que no nos leen. Entonces nos volvemos agresivos. Pero detrás de esa agresividad ¿qué hay? soledad ¿y esa soledad de dónde viene? De los muros. Claro, porque si usted está encerrada en un muro de paredes altísimas y yo en otro en paredes altísimas, entonces en nuestros muros estamos solos y como nadie se da cuenta la tristeza que tengo y como nadie se da cuenta el vacío que tengo, un día tengo que pegar un grito para que sepan que existo. Oyeron mundo, yo existo. No solo existo, estoy mal. Estoy muy mal. ¿Cuál es el problema? El problema es que si la persona ha acumulado demasiado, pero demasiado, demasiado dolor y soledad, su grito ya no le sale de la garganta. Ya le sale con balas. Ese es su grito. Esos son los gritos. Son gritos con balas. Entonces, en este momento. Y por eso tenemos que hacer muchos retiros espirituales. Porque en este momento, hermanos, tenemos un grito de balas cada semana, cada dos semanas en este país. Son gritos con balas. Usted me maltrató en el trabajo. Yo traté de hacerle ver mi punto de vista. Yo traté de hacerle ver que yo sí quiero trabajar. Yo traté de hacerle ver que esto es lo único que yo tengo. Yo traté de hacerle ver que usted me está dañando la vida, pero usted no me entendió y usted no me entendió. Y a usted no le importó. Entonces yo le voy a dar a usted un grito, pero un grito que lo mate. Y así pasa. Entonces gritamos, gritamos con bombas, gritamos con balas, gritamos con una furgoneta. Y después que me maten. Lo que sea. A ver, acaben de matarme, manada de desgraciados. Mátenme si quieren aquí estoy, ya se acabó. Así se vuelve el mundo. Se vuelve un anticipo de eso. De eso que la Biblia llama infierno.

Entonces fíjate hasta dónde nos lleva este tema. El plan de Dios es bello. El plan de Dios es hermoso y el plan de Dios tiene tres palabras. Y esas tres palabras las han vivido todos los santos. Por ejemplo, San Martín de Porres. Esas tres palabras están ahí. Pero hay un problema muy grave con esas tres palabras. Y ese problema grave se puede representar de un modo muy sencillo. Si usted es una persona, como usted se sentó ahí, le toca todos los ejemplos a usted. Si usted se sentó ahí y usted es una persona soberbia conmigo, yo no siento ni un poquito de ganas de ser humilde, porque ser humilde significa ser tonto. Ser humilde significa ser un perdedor. Ser humilde significa que ahora usted me maltrata y yo me dejo, y eso tampoco va a ser así. Entonces la soberbia es terriblemente contagiosa, porque la persona soberbia induce en los demás el pensamiento de que hay que responder de la misma manera. Porque si el otro es soberbio y yo soy humilde, entonces voy a sentir que soy un tonto ¿ves? Eso es lo que sucede. Entonces no cabe ahí la humildad. O sea que la Tierra, el planeta Tierra, se ha vuelto hostil a la humildad. A medida que hay más y más soberbia en el mundo, cada vez es más difícil. Cada vez es más complejo tratar de ser humilde, porque ¿cómo voy a ser humilde? ¿a dejarme? ¿por qué me voy a dejar? yo no me dejo a nadie. Es muy difícil.

Algo parecido sucede con el tema de la alegría, aunque es un poquito más difícil verlo, porque resulta que la alegría es algo bello de compartir. Pero si usted llega sonriendo y nadie le sonríe. Si usted trata de ser amigable y le responden con frialdad. Si usted está contento y lo miran con desconfianza, o con cinismo, o con murmuración, entonces usted al final dice entonces quédese cada uno allá con su puerca amargura y yo sigo entonces aquí y se le acaba a uno la alegría. El mundo se ha vuelto hostil a la alegría y el mundo se ha vuelto hostil a la caridad, porque estamos en una situación de escalada, de violencia en el plano internacional. Ustedes saben lo que está pasando, por ejemplo, con Corea del Norte o con Irán. Ustedes saben lo que está pasando. Eso es un perpetuo mostrarse dientes. Y entonces yo le hago y yo le voy a dar. Es eso, cada uno tratando de demostrar, yo te puedo hacer un daño más grande. Yo te puedo hacer un daño más grande. Si tú me dañas, yo te hago un daño peor. No sabes nada, yo te voy a hacer otro daño peor, pues yo te voy a dañar más. Ni creas, yo te hago más daño y esa es la carrera. Pero esa carrera que se ve en el plano internacional, esa misma carrera la vemos en el plano político. Esa misma carrera la vemos en España, por ejemplo, tal cual. Fíjese todo este drama que tienen en este momento los españoles con ese sector que se llama Cataluña, esa región de Cataluña y toda la pelea entre ellos. Y entonces yo te hago daño. Pues yo te hago daño, yo te denuncio ante la Unión Europea, pero yo te encarceló, pero yo, pero yo y cada uno mostrando puños y dientes. Y luego ¿qué sucede en las familias? yo te demando. Ese es el verbo favorito de millones y millones en este país. Yo te demando. Ya te demandé. Tú me demandaste, ya te demandé. Ya me adelanté. Entonces ni creas, ya te demandé yo. Y ahora habla con mi abogado. Esa es la frase favorita. Habla con mi abogado. Pues primero tú hablarás con el mío. Entonces que hablen entre ellos. Y entonces hablan entre abogados.

¿Hay esperanza? Esa es la pregunta que nos hacemos. ¿Y saben por qué estamos en este retiro espiritual? ¿Ustedes saben por qué esta obra preciosa del Espíritu Santo que se llama Misioneros de Jesús, saben ustedes por qué se organizan estos retiros? Porque hay gente que está mal de la cabeza que cree que sí hay esperanza. Mire, por ejemplo, la cara de trastornado que tiene ese señor allá. Alabando a Dios. Está el mundo como está. Y este señor, ¡Alabado sea, alabado el Señor! ¡Bendito el Señor! Entonces, claro, yo entiendo que algunos de los que vienen al retiro, vienen claro, con toda esa carga dura, una carga dura. ¿La carga de qué? de los tres contrarios. En vez de humildad, orgullo. En vez de alegría, amargura. En vez de caridad, resentimiento, incluso odio. Entonces, claro, usted viene de la calle. Yo los vi cuando iban entrando, la gente entraba así como agachada. ¿Y usted qué le pasa? Aquí nada más llegando al retiro. ¿Y por qué viene así? unas cargas que traigo por ahí. Ahí traigo unas cargas. Entonces, claro, la gente agobiada por esas cargas y llega este señor, ¡Alabado sea Jesús! ¡Bendito el Señor! Levanten las manos. Quite la carga primero, porque si no. Claro, no pueden levantar las manos ¿por qué? Porque tienen aquí unas cargas terribles ¿cierto? Como el Evangelio que salió no hace mucho de esta señora que estaba encorvada. Dice el Evangelio que había una señora que estaba atacada por el demonio y el demonio la mantenía encorvada. Entonces hay personas que están atacadas por el demonio, están encorvadas y le dice levante las manos. Entonces van a levantar las manos y le salen las manos, así. La mano le sale como más o menos como para pedir limosna. ¡Que levante! Por eso. Porque traen cargas. Entonces hay gente como este hermano querido. Que a veces también me maltrata a mí, pero esa es otra historia. Hay gente como este hermano querido, como la hermanita Nora que está allá, como estos misioneros de Jesús y como tantas otras personas que tienen esa locura de pensar que sí hay esperanza.

Y este retiro tiene un patrón nonoco. Se llama Martín de Porres. Martín de Porres fue despreciado, Martín de Porres fue odiado, se burlaban de él. Había problemas económicos, porque la familia no es que fuera pobre exactamente, sino que como él era un hijo ilegítimo, hijo por fuera del matrimonio, lo que en esa época se llamaba o se ha llamado en algunas épocas hijo natural, o sea que los otros son artificiales o no sea como es. Entonces, como este era un hijo ilegítimo, entonces ¿qué pasaba? que los recursos a veces no llegaban porque era un hijo por fuera del matrimonio. Entonces había un problema económico, pero sobre todo un problema racial. Martín de Porres era hijo de un español y de una mulata. O sea que su piel era oscura. No sabemos qué tan oscura era. Hay distintas versiones. Hay algunos que ponen a un Martín tipo tizón. Otros lo ponen así, apenas trigueñito como yo. Hay distintas versiones. Lo cierto es que sí se le notaba su origen africano, su raíz africana se le notaba. En su contextura, un poco en el color de su piel. Entonces fue una persona maltratada. Fue una persona odiada. Recibió burlas, desprecio. Le decían a él para herirlo en su adolescencia, en su juventud, para herirlo, para llenarlo de odio, para inyectarle odio en el pecho. Le decían perro mulato para inyectarle odio. Y es una cosa absolutamente admirable que este hombre despreciado, no reconocido, escondido, marginado, que recibió tanto odio. Sin embargo, es Martín de la Humildad, Martín de la Alegría y Martín de la Caridad.

Y es aquí, mis hermanos, donde hay que aprender que estas tres virtudes, como dijimos al principio de la Santa Misa, estas tres virtudes son como tres amigas inseparables, como tres hermanitas que se quieren mucho. No se pueden separar. Y vamos a dedicar unos minutos a ver por qué no se pueden separar esas tres. Por qué hasta cierto punto cabe decir que o las tienes las tres o las pierdes las tres. Te repito. Como amigas inseparables, como hermanas que se quieren mucho, que no puedes tener una sin tener las demás y no puedes perder una sin perderlas todas.

Observa una cosa. Empecemos por la Humildad, en la cual indudablemente se destacó este querido santo. Empecemos por la humildad y démonos cuenta cómo la humildad es la gran protectora. Podríamos decir que es la gran escolta de la alegría y de la caridad. ¿Por qué? Porque la humildad empieza en el reconocimiento profundo de lo que yo soy. Decía otra santa de nuestra Iglesia Católica, Santa Teresa de Jesús, decía que la humildad es la verdad de lo que yo soy. Entonces, cuando uno empieza a reconocer la verdad de lo que uno es, rápidamente llega a dos conclusiones. Primera, todo lo bueno lo he recibido, todo lo bueno. Empezando por la vida misma que es un regalo, la inteligencia, la voluntad, la salud y sobre todo los bienes sobrenaturales, la fe, la esperanza, el amor, todo es recibido. Segundo, lo que realmente me ha hecho daño no es tanto lo que otros me hayan hecho, sino lo que yo hice con lo que ellos me hicieron. Y esa es una gran enseñanza, porque entonces uno se da cuenta que lo que a uno realmente le daña es lo que sale de uno, no lo que le llega a uno. Por algo Jesús dijo que lo que corrompe al hombre no es lo que viene de fuera, sino lo que sale del corazón. Y nos hace Cristo una lista de las cosas que salen del corazón y dice todo eso que sale del corazón, eso es lo que hace daño al hombre. Y ahí nos hace la lista completa, la incredulidad y la impureza y la avaricia, todo eso que sale, que brota del corazón. Entonces la humildad rápidamente nos sitúa en una actitud de agradecimiento frente a los bienes que hemos recibido y de reconocimiento de los males que hemos causado. Esos son los frutos bellísimos que trae la humildad. Por supuesto, cuando yo me doy cuenta de todos esos bienes que he recibido y me doy cuenta de que mi respuesta, porque soy un pecador, es una respuesta deficiente, entonces me doy cuenta de algo muy hermoso. Yo estoy en deuda con la vida. No es la vida la que está en deuda conmigo. Yo estoy en deuda con la vida porque todos los bienes han sido recibidos. Hay las cosas que yo he trabajado, por supuesto, y la capacidad de trabajarlas ¿de dónde te vino? También es un regalo. Es que yo fui muy astuto. Yo sí supe cuál era el negocio que había que poner. ¿Y de dónde te vino la inteligencia para que fueras tan astuto? Es un regalo. O sea que claro, tú has trabajado, nadie te quita tu mérito, nadie te quita que tú has trabajado, pero ¿tu capacidad de trabajar de dónde te vino? finalmente todo es un regalo. Entonces, cuando uno cae en la cuenta de que todo es don, por eso nos pregunta San Pablo ¿qué tienes que no hayas recibido? Cuando uno se da cuenta que de verdad todo es regalo, todo. Y cuando uno se da cuenta que la respuesta de uno ha sido tan deficiente, pero tanto. ¡Ay, mis hermanos! En ese momento uno descubre que estoy en deuda con la vida y la persona que descubre que está en deuda con la vida ya tiene la mejor disposición para la caridad.

Te das cuenta cómo la humildad nos prepara para la caridad, si me doy cuenta que yo estoy en deuda con la vida. Mire los que estamos ayudando en este retiro espiritual, por ejemplo, aquí el querido amigo Marco, que me tiene paciencia, no ahora, en fin, todos, el diácono que mañana nos predica, el Departamento de Secretaría de los Misioneros de Jesús. Todas las personas. Ustedes creen que esto se hace ¿por qué? ¿por dinero, por aplauso? No, yo le aseguro que si se tratara de hacer dinero. Hay muchos otros lugares a donde ir. Le aseguro. Yo vine hoy desde mi país, Colombia. ¿Ustedes saben a qué distancia está eso? Son seis horas metido ahí, esperando. ¡Dios mío, que lleguen los del retiro! Llegué hoy. Aquí estoy, predicando. Llegué hoy. Hoy es viernes. sábado, domingo, el lunes otras seis horas de vuelta. ¿por qué hago esto? Porque yo siento que tengo una deuda de amor con Cristo y con ustedes. Es por amor. Y yo estoy seguro que el amor es lo que tiene esta dama aquí presente, ayudándonos, orando por nosotros. Este joven, metafóricamente hablando, claro. ¿Por qué está este hombre alabando a Dios? Porque él siente que ha recibido mucho y porque quiere dar de lo que ha recibido. Eso es lo que trae la humildad que hace que uno se sienta en deuda con la vida. Y si yo siento que he recibido mucho y que a la hora de la verdad lo que he dado es poquito, el solo hecho de darme cuenta todo lo que he recibido. Mira, ya le sale a uno una sonrisa, ya empieza uno con alegría, ¿ves? La humildad se convierte en la custodia ¿de qué? de la alegría y de la caridad.

En cambio, si falta la humildad. Entonces uno cree que se lo merece todo y el que cree que se lo merece todo, nunca le gusta lo que le ofrecen. Hay un dicho que tienen en el norte de mi país lo que llamamos en Colombia la costa. La costa es la costa Caribe sobre todo. Entonces hay un dicho popular en la costa, un dicho un poquito malsonante para referirse a esas personas, así como que nada le satisface. Entonces dicen todo le hiede y nada le huele. Ay como que esto no y esto tampoco y no, pero qué hospedaje, esto aquí y entonces aquí, dónde está mi suite. ¿suite de qué? Vaya y duerma allá donde le toca. Entonces dese cuenta. Cuando uno está en una actitud sin humildad, en una actitud de arrogancia, no puede tener alegría ¿por qué? Porque uno se vuelve superexigente. Y eso es lo que pasa también en el matrimonio. El que cree que se merece todo ve a la esposa y dice por lo pronto voy a tener quince centímetros más de estatura, quince centímetros menos de cintura, quince kilos menos. Y no se da cuenta lo que le falta a él, sino que es exigir por fuera. El que no tiene humildad siempre exige por fuera porque está mirando hacia afuera. Dice Jesús no ven la pajita que tienen en el ojo ¿cómo es la cosa? No ven la viga que tienen en su propio ojo, sino que se están fijando en la pajita del ojo ajeno, porque están llenos de arrogancia. Y por supuesto, como siente que la vida está en deuda con él o con ella, como siente que todo el mundo le debe, entonces caridad no puede tener. ¿Qué caridad puede tener esa persona? No puede. ¿Por qué? Porque siente que todo el mundo le debe. Entonces te das cuenta cómo la humildad es la verdadera custodia de la alegría y de la caridad.

Y así podríamos mirar las otras. Podríamos ver cómo la sana alegría, se convierte en protectora de la humildad. Le doy un ejemplo solamente, la persona que puede decir el Señor es el lote de mi heredad, me encanta, me encanta lo que me ha tocado. La persona está feliz, como dice ese salmo, me encanta, mi heredad, estoy feliz con lo que he recibido. Esa persona muy fácilmente puede ser humilde, porque como tiene ya su alegría, como ya está contento, como tiene ese gozo en su corazón, no tiene necesidad de aplastar a nadie, no tiene necesidad de hundir a nadie, ni siquiera tiene necesidad de compararse con nadie. No tiene necesidad de eso. He recibido tanto gozo. Estoy tan feliz en el Señor que yo no necesito compararme con nadie. Entonces esa persona, desde esa alegría sana y santa, tiene fácilmente la humildad. Y esa persona desde esa alegría, no le cuesta trabajo compartir al otro. Y como su alegría tiene su fuente dentro de él, entonces si no recibe alegría por fuera, no la pierde. Por eso dice Jesús en el Capítulo Décimo de San Mateo vayan y deseenle paz a la gente que si no les devuelven el saludo de paz, ustedes no perderán su paz. Eso lo dice Jesús. Mateo Capítulo Diez. ¿Por qué? Porque uno tiene adentro la fuente de la alegría. El que cree en mí, de su interior saltará un torrente que salta hasta la vida eterna. Y si tú tienes esa alegría, tu amor no se desgasta porque tu amor no depende ni de un gracias ni de un aplauso. No depende de eso.

Hermanos, esas son las maravillas de la santidad cristiana. ¿Y qué es lo que aspiramos nosotros en este retiro? Lo que aspiramos, hermanos míos, es descubrir esos caminos que no se pueden separar, los caminos de la humildad, de la alegría y de la caridad. La Providencia de Dios nos dio a San Martín para que en este retiro, su sonrisa, su amor y su sencillez nos acompañen. Y es muy fácil vivir un retiro así. Aquí la sencillez. Yo creo que en todo New Jersey esta es la casa de retiros más sencilla que usted se pueda imaginar. Aquí todo es súper simple, súper sencillo. Lujos, ni uno. Sofisticación, nada. Caprichos, cero. Esto es demasiado sencillo. Te ayuda para la humildad. Entonces, cuando esta noche usted note que los ronquidos de un compañero de habitación no lo dejan dormir, usted va a sonreír y va a decir ¡Qué sencillez la que tiene esta casa! Es decir, no se ponga a rezongar, no se ponga así. Es muy importante que como este es un retiro católico, usted no se puede volver protestante. Si usted empieza a protestar, entonces va a salir protestante, entonces no. Usted lo que tiene que pensar es que este es un retiro de máxima sencillez y es un retiro de mucha alegría y la alegría aquí es muy sencilla ¿cómo es la alegría aquí? la alegría aquí es vamos a aplaudir, vamos a bendecir a Dios, vamos a cantar al Señor, vamos a darle gloria. Es muy sencillo, mire, es cantar, ¿cierto? con esa voz que usted tiene. Es danzar, con ese exceso de peso que usted tiene, ¿Qué más es? Es alabar al Señor con ese corazón que usted tiene. Es así, sencillo. Entonces este es un retiro marcado por Martín de Porres en ese sentido, en la sencillez y en la alegría de la alabanza. Pero lo más importante es la experiencia del amor, y eso es lo que estamos buscando sobre todo. Que venga un amor nuevo, que renueve nuestras familias, que renueve nuestras vidas. Amén.

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