Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Mateo parecía poderoso pero estaba bajo el poder del pecado; Cristo se compadeció de él, y por compasión lo llamó.

Homilía smat023a, predicada en 20200921, con 9 min. y 55 seg.

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Transcripción:

Hermanos queridos. Una forma muy bonita de leer este Evangelio la aprendí hace poco. La comparto con ustedes. Me refiero, por supuesto, a este pasaje de San Mateo en que se cuenta la conversión, el cambio radical de vida que tuvo el que era publicano, cobrador de impuestos para el Imperio Romano y que gracias al amor de Cristo se convirtió en predicador, evangelista y apóstol. La manera bella de leer este texto es llamarlo la historia de dos mesas. La historia de dos mesas. ¿Cuál es la primera mesa? Es la mesa del cobrador de los impuestos. ¿Cuál es la segunda mesa? Es el banquete al que asiste Cristo. La historia de dos mesas.

Si las cosas pudieran hablar, a veces se dice si aquella mesa del cobrador de impuestos hablara. ¿Qué historias nos contaría? Nos contaría historias de codicia, nos contaría cómo ha oído cientos, tal vez miles de veces, el recontar de las monedas. Tal vez aquella mesa nos contaría historias muy tristes de aquellas pobres viudas que arrodillándose le lloraban a Mateo y le decían por amor de Dios, créame, no tengo más, no tengo más. Y aquella mesa, aquella mesita del cobrador de impuestos seguiría contándonos cómo Mateo endurecía día por día y año por año su voz. Una voz de piedra. Una voz implacable, inconmovible frente al llanto de los pobres. Y aquella mesita nos diría cómo Mateo disparaba el trueno: Te llegará la guardia a tu casa. Porque los romanos tenían la astucia de darles a los publicanos la protección de la guardia romana, de tal manera que los publicanos, fortalecidos por el apoyo del imperio, podían prácticamente obrar a su antojo, lastimando, oprimiendo especialmente a los más necesitados. Para decirlo todo de una vez, mis hermanos, esa mesa conocía el llanto de los pobres y conocía la risa del diablo, porque era el demonio el invitado permanente a esa mesita. El demonio de la codicia, el demonio de la arrogancia, el demonio de la impiedad y el demonio de la falta de misericordia, la dureza. Esa caterva de demonios estaba siempre alrededor de esa mesita.

Pero bien sabemos que Jesucristo es el gran exorcista, mis hermanos. Alabado sea Jesús. Él es el gran exorcista. Y nos dice el texto que hemos oído. Jesús al pasar vio a Mateo ¿Y cómo lo vio? Puesto que los ojos de Jesús son santos, por favor, hay que creer en la santidad, la pureza infinita de la mirada de Jesucristo. Puesto que los ojos de Jesús son perfectos y santos. ¿Cómo vio Jesús a Mateo? No vio lo que veía la gente. Tal vez muchos veían a un hombre poderoso, bien vestido, bien conectado, bien protegido. Pero ¿Qué fue lo que vio Jesús? Jesús vio a un hombre hundido en el pecado. A un hombre sometido a los demonios que antes mencioné. Eso fue lo que vio Jesús. Y por eso Jesús, como enseña uno de mis santos amigos, bendita su memoria. San Beda, el Venerable, lo considero mi amigo personal porque me ha enseñado mucho. Sobre todo Beda me ha enseñado lo que es apasionarse por la Palabra de Dios y vivir para ella. Pues este Beda, el venerable, dice en su comentario en una de sus homilías a este evangelio, dice que Jesús se compadeció y por compasión lo eligió. Se compadeció. Eso en latín se dice bellamente, es el lema del escudo episcopal y papal de Francisco, del Papa Francisco. Miserando atque eligendo. Son las palabras de Beda, el venerable.

Jesús se compadeció ¿Y por qué se compadeció? Si Mateo era un hombre poderoso, tenía plata, tenía amigos, tenía conexiones, tenía guardaespaldas. ¿Por qué se compadeció? Porque Jesús si ve la vida como es. Jesús se da cuenta que ese tipo así se vista bien y así tenga grandes amigos. Ese tipo está siendo oprimido por todos esos demonios. Eso sí lo vio Jesús. Y Jesús es el único que sabe cuál es el estado real de los corazones. Nosotros nos equivocamos continuamente. Jesús sí lo ve todo. Y Jesús, viendo el estado real de esta persona, viendo la situación, se compadeció de él y entonces lo llamó a otra mesa. Eso es lo que nos cuenta el pasaje. Y ahí es donde uno se conmueve, porque la mesita esa de los impuestos vivía rodeada de los demonios que ya mencioné.

Y ahora Jesús, en esta otra mesa, es el invitado principal. Qué importante es llamar a Jesús a la mesa. Ven Jesús a mi mesa. Ven Jesús a mi casa. Ven Jesús a mi vida. Que no se me llene la vida de demonios. Pobre, pobre Mateo, pobre Mateo sufriendo y haciendo sufrir. Oprimido por el pecado. Era un verdadero torturador para la gente. O si no, por qué crees que la gente odiaba a los publicanos. ¿Por qué crees? Los odiaba por eso. Porque eran una imagen viva de la desgracia, eran la desgracia caminando en sandalias, eran la desgracia de un imperio pagano y opresor que se hacía presente en todas partes. Jesús se compadeció Miserando atque eligendo, se compadeció y lo eligió. Y Jesús se sienta a la mesa. Jesús cambió la mesa de Mateo. Como comenta el mismo Beda. No solo fue la alegría de la conversión de Mateo, sino, como se dice en algún deporte, moñona. Porque detrás de Mateo otros publicanos, otros pecadores sorprendidos de alguien que pudiera tenerles compasión a ellos, que nunca se compadecían de nadie. Y hoy te quiero invitar a eso. Compadécete de los que no se compadecen. Son los que más lo necesitan. Compadécete de los que no muestran ni siquiera humanidad. Parece que estuvieran hechos de hierro o de piedra. No fue por esa razón por la que dijo Dios por boca de Ezequiel Os arrancaré vuestro corazón de piedra y os daré un corazón de carne.

Hoy vamos a pedirle al Señor dos misericordias. La primera, ya la dije. Cambia mi mesa, Señor, cambia mi mesa. Que tú seas siempre el invitado. Cambia mi mesa. Quédate en mi casa. Quédate en mi vida Jesús. Esa es la primera, la primera petición, la primera oración y la primera tarea. Y la segunda es Dame compasión hacia aquellos que de nadie se compadecen. Dame compasión, Señor. Parece imposible lo que logró Jesús ver en medio de la maraña, en medio de la zarza que envolvía a Mateo, ver a un pobre ser humano. ¡Qué bello Jesús! Yo creo que así Jesús nos ve también a nosotros. Yo creo que Jesús, más allá de las apariencias, las fachadas, los que nos creemos perdidos o nos creemos buenos, qué importa lo que uno diga. Jesús es el que ve la verdad del corazón y Él sabe que lo necesito, lo necesito como Mateo, lo necesito infinitamente. Dame de ese amor, Jesús, y enséñame a compadecerme de los que no tienen compasión de nadie. Amén.

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