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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Lo más importante de la conversión y la vocación de San Mateo no es el pecado que antes le tuviera cautivo sino la luz y la santidad que le movieron a dejarlo todo por el Evangelio.
Homilía smat020a, predicada en 20180921, con 17 min. y 41 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, celebramos la fiesta del apóstol y evangelista San Mateo. Y si miramos el texto que nos propone el Evangelio, creo que una palabra que espontáneamente viene a nuestro corazón y a nuestros labios es la palabra conversión. Mateo tuvo una conversión, pero además recibió una vocación. Conversión y vocación son indudablemente los grandes temas que aparecen cuando hablamos de San Mateo. En eso creo que todos estaremos de acuerdo. La cosa se pone interesante cuando nos preguntamos qué tipo de conversión tuvo él. Porque las cosas son menos obvias de lo que parecen. Y cuando descubrimos qué clase de conversión tuvo, también descubrimos qué clase de vocación recibió. Porque el mismo amor que lo llevó a la conversión también le hizo un llamado. Es decir, fue el centro, el corazón de su vocación. Miremos entonces en qué pudo consistir esta conversión. Usualmente entendemos por conversión dejar de hacer algo que está mal y empezar a hacer algo que está bien. Es lo que nos recomienda el profeta Isaías en uno de sus textos que se lee en Cuaresma: Dejad de obrar el mal, aprended a obrar el bien. Esa es la conversión. Otra manera de describir la conversión nos la explica San Agustín. Nos dice este gran doctor de la Iglesia que cuando nosotros pecamos le damos la espalda a Dios, que es el bien supremo por volvernos hacia las cosas creadas, que son bienes limitados, bienes finitos. Si esa es la ruta del pecado, la ruta de la conversión será exactamente lo contrario. Es decir, le damos la espalda a los bienes finitos porque no nos satisfacen, porque no hemos sido creados para ellos y emprendemos la ruta como la emprendió el hijo pródigo hacia el bien mayor, hacia el bien infinito, hacia el bien inagotable que es Dios. Esa es la conversión. Con esa claridad acerquémonos al caso de San Mateo. Tenemos entonces que mirar qué era lo que él estaba haciendo mal. Podemos pensar que su pecado era la codicia, o que era la crueldad, o que era la insensibilidad. Porque estas tres palabras suelen estar asociadas con los cobradores de impuestos de aquel tiempo. Quizás también de nuestro tiempo. Efectivamente, los publicanos, por el tipo de acuerdo que tenía el Imperio Romano con ellos, eran gente que ganaba más dinero en la medida en que pudiera ser más codicioso, más ambicioso. De esa manera podía cumplir la cuota que le pedía el Imperio Romano y todo lo que logrará amasar después de ese esfuerzo, pues quedaba para él. O sea que ya no se estaría esforzando para las arcas del Imperio Romano, sino más bien para sí mismo. Y eso suena bien, y eso es codicia. Es decir, eso suena a buena codicia, que por supuesto es pecado. Pero pasa algo importante aquí, y es que a medida que la codicia va creciendo, junto con ella van creciendo la crueldad y la indiferencia. Crueldad porque para exprimir más dinero. Con mucha frecuencia lo que sucedía y sigue sucediendo es que son más lastimados los más pobres, precisamente porque suelen ser los que menos pueden defenderse. Y ahí entra la crueldad. Una pobre viuda, por ejemplo, que era acosada, humillada, amenazada por un publicano, pues seguramente terminaba dando más de lo que tenía que dar. Y de esa manera la crueldad generaba ganancias para satisfacer la codicia del publicano. O también podía suceder que este publicano, a medida que pasaba el tiempo, se iba haciendo más y más insensible. Completamente indiferente al dolor o a las necesidades de los demás. ¿Por qué? Porque la sensibilidad de la compasión son un estorbo para la persona codiciosa. El que tiene un ídolo muy pronto tiene que perder la compasión hacia el prójimo. Si, por ejemplo, una persona vive del tráfico de narcóticos, no puede compadecerse de la gente que utiliza esas sustancias, porque entonces terminará alejándose de ese negocio. Y así con todos los delitos y todas las actividades que producen grandes cantidades de dinero. Así que uno puede pensar que la conversión de San Mateo fue dejar la codicia, dejar la crueldad y dejar la insensibilidad. Pero fíjate la expresión que he utilizado. Uno puede pensar, uno puede pensar, eso sí lo puede pensar. Pero la verdad es que no tenemos ninguna prueba directa de que esa hubiera sido la vida de San Mateo. Pruebas no tenemos. Tenemos conjeturas, tenemos suposiciones. Podemos intuir que esa era la vida que él llevaba y podemos suponer que él estaba metido en esos pecados. El relato, sin embargo, que es muy breve, no nos explica si esto era así en absolutamente cada uno de los publicanos. Y es que hay tres aprobaciones que tenía el publicano, publicano típico para tranquilizar su conciencia. La ley que regía de hecho en esa región era la ley del derecho romano, y el derecho romano miraba con aprobación, por supuesto, lo que hacían los publicanos. Entonces la ley romana era un respaldo a la actividad de los publicanos. Podemos pensar que la ley de Moisés acusaba la actividad de los publicanos, pero no es tan fácil encontrar un versículo en la ley de Moisés que vaya en contra de la actividad los publicanos. Sin duda, la ley de Moisés condenara la codicia y condenara la crueldad y condenara la falta de amor al prójimo. Y en este caso, el prójimo es el hermano judío, la hermana judía. Pero si el publicano no estaba cayendo en eso, pues difícilmente se sentiría acusado por la ley de Moisés. Probablemente lo que sentiría un publicano es: Alguien tiene que hacer el trabajo sucio y me toca a mí. Si el publicano no era excesivamente cruel, si el publicano no era terriblemente codicioso o insensible frente al dolor de otros, seguramente no se sentía acusado por la ley de Moisés. Es verdad, sin embargo, que en el Evangelio de San Lucas encontramos a un publicano arrepentido que se queda lejos del altar del Señor, se golpea el pecho y reconoce: Apiádate de mí, Señor, que soy un pecador. Y también nuestro Señor Jesucristo habla de cómo los publicanos y las prostitutas fueron los primeros en arrepentirse. Y se arrepintieron es porque habían cometido pecados. Por supuesto, podemos sospechar que pecados como los ya descritos. Pero en el caso de Mateo quiero insistir, no tenemos esa certeza absoluta, simplemente podemos suponer. Piensa en el otro respaldo que también tenía el publicano Mateo, también llamado Leví. Mateo podía sentirse respaldado en la medida en que tenía un buen número de amigos. Cuando tienes un número de amigos que te quieren, que te respetan, que te apoyan, es mucho más difícil sentir que estás haciendo las cosas mal. De hecho, una de las estrategias preferidas del enemigo para adormecer la conciencia humana es mantenernos cerca de personas que viven lo mismo que vivimos o que piensan lo mismo que pensamos entonces. Así, por ejemplo, una persona que consume marihuana usualmente tiene otros amigos marihuaneros y se siente en paz así. Una persona que es promiscua o desordenada sexualmente suele tener amigos, amigas y parejas con gente que también tiene ese pensamiento y así tranquiliza su conciencia. Lo que quiero decir con esto es que no es tan obvio en qué tenía que convertirse Mateo, o mejor, de qué tenía que convertirse Mateo. No es tan obvio. Posiblemente le rondaban los pecados ya mencionados, a saber, codicia, crueldad e insensibilidad. Pero también es cierto que él sentía el respaldo de la ley romana, de la ley de Moisés y del apoyo de sus amigos. Entonces, la conversión de Mateo no es una cosa tan obvia cuando la examinamos con este nivel de detalle. Uno puede tratar de buscar cuál era el mal, el mal que él estaba cometiendo. Pero posiblemente el texto del Evangelio lo que quiere enseñarnos es otra cosa. Lo que quiere enseñarnos no es tanto lo terriblemente perverso que era Mateo, sino lo impresionantemente santo y bueno y bondadoso que era Jesús. Y aquí quiero hacer una comparación interesante. Recuerdas que en una de sus parábolas Jesucristo decía que había un hombre que era comerciante en perlas finas y que un día encontró una perla de grandísimo valor, lo más hermoso que había contemplado en toda su vida, y entonces desechó todo lo demás por quedarse con esa perla. Es decir, fue la grandísima belleza, fue el esplendor incomparable de esa única perla la que hizo que todas las otras perlas parecieran demasiado poca cosa. Posiblemente esa fue la conversión de Mateo, encontrar en la palabra de Jesús en los milagros de Jesús, pero sobre todo en el amor de Jesús. Amor que se desbordaba por los ojos de Cristo. Encontrar en ese amor la perla preciosa. Y entonces lo que él hizo fue enamorarse de ese regalo que había llegado hasta la puerta misma de su vida, hasta la mesa donde él cobraba los impuestos. Tal vez lo más grandioso de la conversión de Mateo no es tratar de descubrir o de hurgar cuáles eran sus pecados. Tal vez lo más grande es profundizar en el regalo incomparable de amor, en la luz que había en el corazón de Jesús, que había en las palabras de Jesús, que había en El, en el mirar de Jesús. Y eso fue la perla finísima que hizo que Él desechara todo lo demás. Porque cuando ese amor incomparable le dice: sígueme, es decir, descubre lo que tengo para ti. Él sintió que todo lo demás era demasiado poco. En este sentido, la conversión de Mateo posiblemente se parece muchísimo a la vocación. Llegamos a la otra palabra de los otros discípulos. Piensa, por ejemplo, en aquellos pescadores del mar de Galilea. Los dos hermanos Pedro y Andrés, por una parte, los otros dos hermanos, Santiago y Juan. Por otra parte. Y cómo ellos descubren en la Palabra de Cristo, descubren en la persona de Cristo un bien incomparable, una perla preciosísima, de tal manera que siguen el camino de Jesús. La enseñanza que yo quiero sacar es lo más importante en la conversión, y la vocación de Mateo no es suponer cuáles eran sus pecados. Lo más importante, lo más brillante de la conversión de Mateo y de la vocación de Mateo, está en que él supo tener ojos. Dios les regaló ojos para ver eso incomparable que solamente está en Jesús. Y es ahí donde quizás nosotros podemos conectar mejor con San Mateo, porque es tan fácil para el corazón humano. Después de señalar los pecados de otra persona, quedarse muy tranquilo y muy estático, inerte, diciendo: Son los pecados de él. No son los míos, como quien dice que él se mueva, pues está bien para él, pero yo estoy bien donde estoy. Es muy fácil caer en eso. En cambio, cuando pensamos en que este hombre vibró con el amor de Jesús y descubrió de esa manera el amor de Jesús, entonces sin duda cambiamos. Entonces, sin duda entendemos las cosas de otro modo, porque ese mismo llamado de alguna manera también es para nosotros. Así como ese mismo amor también es amor para nosotros. Demos gracias al Señor por la vida y la vocación de San Mateo y pidamos por su intercesión, que nosotros podamos descubrir el amor grande, la perla preciosa, la luz que nunca se apaga. Amén.

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