Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

1. Que la gracia de Dios nunca deje de sorprendernos. 2. Que conservemos la conciencia de la gratuidad y no empecemos a adueñarnos de las instituciones y los cargos. 3. Que la mirada del Señor nos permita comprender y vivir su Palabra. 4. Que nunca nos creamos tan sanos como para ver el Evangelio como remedio para otros y ya no para nosotros.

Homilía smat019a, predicada en 20180921, con 44 min. y 8 seg.

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Transcripción:

Amados hermanos, con esta Eucaristía se inicia el retiro de Centinelas de la Comunidad Betania, versión Dos mil dieciocho. La Providencia de Dios no se ha hecho esperar. Ustedes mismos son testigos de cómo estas lecturas nos hablan directamente al corazón. Un llamado fuerte y eficaz de conversión que aparece en el Evangelio y un camino de crecimiento y de santidad que aparece en la primera lectura. Y qué es, hermanos. Qué es una comunidad cristiana sino eso. Un lugar donde se llama a la conversión y donde se llama al crecimiento. O sea que estas lecturas, que son simplemente las que correspondían al día litúrgico, parecen escritas especialmente para nosotros y especialmente para este retiro.

Con el auxilio del Espíritu Santo al que siempre apelamos. Busquemos qué nos quiere decir en particular el Señor con estas palabras del Evangelio de Mateo y de la carta de San Pablo a los Efesios. Indudablemente, lo que destaca más en el Evangelio es el poder de Dios por encima de todo otro poder. Me gusta decir que para Dios no existen casos perdidos. Somos nosotros los que a veces desesperamos de la posibilidad de un cambio en otras personas o incluso en nosotros mismos. El que hubiera visto a este hombre en su oficio, con lo que se hacía rico, con lo que tenía prestigio, poder y fuerza, el que lo hubiera visto ahí, ¿Cómo se iba a imaginar el cambio que Dios le tenía preparado? Es decir, que el amor de Dios no solamente es potente, sino que es capaz de sorprendernos. Y ahí viene mi primera petición al Señor en esta Eucaristía y para este retiro.

Primera petición: Sorpréndenos. Danos una sorpresa, Señor. Nosotros tenemos nuestros planes, nuestras expectativas, que son buenas, bellas y altas. Pero sin duda, lo que el Señor quiere y puede es sorprendente. Estar abiertos a la gracia, a la sorpresa del amor de Dios. Ese amor tiene rostro particular de misericordia en este Evangelio. Un gran predicador, maestro de la Escritura en nuestra Iglesia Católica se llama Beda. Lo conocemos como San Beda y el apelativo de él es el Venerable, grande y eminente maestro. Comentando este Evangelio, dice San Beda que Cristo, con el mismo acto se compadeció de él y lo llamó. Miserando atque eligendo se dice eso en latín, la lengua que utilizó Beda. Y esas palabras impactaron tanto a Jorge Mario Bergoglio que él las tomó como su lema episcopal. Cuando fue ordenado obispo, él tomó esas palabras. El Dios que se compadece es el Dios que elige. Cuando después fue llamado al servicio como sucesor de Pedro, ya con el nombre de Francisco, él conservó el mismo lema Misericordia de Dios, que es poderosa, pero es siempre misericordia. Lo cual significa que cada uno de nosotros, sin excepción, cada uno de los que está aquí, está por un acto de misericordia. Dios no te debe nada. Perdona que te lo diga de una manera casi brusca. Dios no te debe nada porque tú estés aquí. Dios, al contrario, derrama, derrocha su misericordia, derrocha su misericordia en cada uno de nosotros. Y esa misericordia se ha vuelto elección. En el caso de Mateo y en el caso nuestro. De aquí surge mi segunda petición. La primera petición era Sorpréndenos con tu gracia. ¡Danos una sorpresa! Yo no sé cuándo la va a dar Dios. Tal vez esta noche, en el momento de oración, tal vez. Tal vez en alguna de las predicaciones del Padre Jaime o de este servidor, o tal vez en otro momento. Esa es la primera petición. Sorpréndenos.

Y luego la segunda, que no se nos olvide que si estamos aquí es por regalo, por gracia, porque Dios se ha compadecido. ¿Cuándo una comunidad empieza a perder el rumbo? una comunidad empieza a perder su ruta, cuando algunos empiezan a llenarse de derechos. Un gran predicador y santo de nuestra Orden Dominicana decía, ese santo era Vicente Ferrer. La manera correcta, decía él, de vivir como religioso se refería a mi comunidad. Pero se puede aplicar proporcionalmente a otras realidades de la Iglesia. La manera correcta de vivir como religioso es como si ese día te hubieran recogido de la calle. El día que tú llegas porque te acaban de recoger de la calle, ¿Tú cómo llegas? Humilde, pidiendo permiso, dando gracias por todo, tratando de no usar demasiado las cosas, dando el espacio para que otros también puedan ser acogidos. Pero a veces, con el tiempo, ya de tanto estar en el albergue, porque la Iglesia es un albergue, de tanto estar en el albergue, ya uno se considera dueño de su estera. Cuando uno llegó y le dieron un pedazo de estera, uno dice Bendito Jesús, que me socorrió esta estera. Pero después de dos meses, o de tres años, o de quince años, ya uno se considera dueño de la estera y en el momento en el que llega otro que está más enfermo que tú, más cansado que tú, más viejo que tú o más débil que tú. Y te dicen ¿podemos utilizar tu estera? Pega uno un grito y dice ¿mi estera? ¿y por qué la mía? ¿y por qué no la de otro? Ya te adueñaste, ya te adueñaste. Y el día que uno se adueña ese día olvidó la gracia. Y el día que uno se adueña ese día empiezan a surgir niveles, grados, barreras, aduanas. Porque yo soy de los que tienen estera. Usted que acaba de llegar, usted no tiene estera. Entonces usted se llama un no esterado y yo soy un esterado. Entiende, no esterado, esterado. Diferencia, respete no esterado. ¿Cómo se llama usted? No esterado. Entonces uno empieza a dividir la iglesia.

Esa es la raíz de tantas posturas artificiales que muchas veces degeneran en una cosa terrible que se llama clericalismo. A los sacerdotes nos pasa eso. Un sacerdote tiene muchos años de estudio, de filosofía, de teología y después de eso seguramente hizo más estudios, una especialización, un máster, un doctorado. ¿Pero qué es el doctorado? Y se lo dice uno que es doctor. ¿Qué es el doctorado? Es la estera. ¿Quién te dio el doctorado? La iglesia. ¿Y para qué te la dio? Para que tú pudieras servir. Entonces por eso viene la segunda petición. La segunda petición ¿Cuál es? Cuidado con adueñarse. En el momento en el que uno se adueña. Entonces ya el cargo no es un motivo de servicio, sino que es un privilegio, es un honor, es una autoridad. Entonces ya uno cambia la voz, arruga la frente, mira hacia abajo, tiene una actitud majestuosa. Necesitamos hoy más que nunca, en todos los niveles de la Iglesia. Necesitamos una dulce sencillez. ¿Y cómo se reconoce? Se reconoce el día que te piden tu estera. Ese es el día en el que se ve que tú realmente estás dispuesto. Al principio de esta Eucaristía les dije ¿Quiénes están llegando hoy? ¿Quienes empiezan hoy su servicio? ¿Si vieron las caras asustadas, las manos que apenas se levantaban? Yo, yo, pero no me mire tanto, yo. Veinte años después. ¿Qué pasa, padre? Entonces, segunda petición. Que no nos adueñemos de la estera. Que siempre vivamos en la gratuidad. Cuánta sabiduría, él lo decía con otras palabras, pero la idea era esa, cuánta sabiduría en San Vicente Ferrer. Ojo, yo soy Nelson Medina Ferrer, ojo. Por consiguiente, yo soy de los Ferrer. ¡Ustedes son los no Ferrer! San Vicente Ferrer, cuánta sabiduría, la manera correcta de vivir como religioso es como si ese día te hubieran recogido de la calle. Esa es la manera correcta.

Tercera enseñanza. Hay un cruce de miradas. La palabra de Cristo, si tú la examinas era una palabra imposible. Imposible. Este hombre tenía toda su vida organizada. Es decir, Cristo le estaba desarmando toda la vida. Cristo le estaba destruyendo lo que era su vida, su seguridad, su todo. La sola palabra de Cristo resulta absurda, pero la Palabra de Cristo iba acompañada de esa mirada. Predica hermosamente San Beda sobre este pasaje y dice: Lo miró más con la bondad de su corazón que con los ojos del cuerpo. Lo miró. Y este es el tercer punto. Solo se entiende la palabra de Cristo en la luz de la mirada de Cristo. Bienaventurados estos dos amigos aquí que toman apuntes. Bendito sea Dios. Ellos harán un buen retiro. Los demás, espero que también. Entonces esa frase guárdela. Solo se entiende la palabra de Cristo en la luz de la mirada de Cristo.

Hay otros pasajes de la Biblia que nos muestran que esto es así. Por ejemplo, usted recuerda lo que le sucedió a Pedro cuando Cristo lo llamó a caminar sobre el agua mientras Pedro estuvo mirando a Cristo. Esa agua era sólida como el pedernal. En el momento en el que él se puso a ver el tamaño de las olas, el ímpetu del viento, las nubes. Y eso porque era en el Siglo Primero, hubiera sido en el Siglo Veintiuno. Pedro hubiera sacado su celular para hacerse el selfie. Yo caminando sobre el agua. Ese selfie, ese si no lo repite nadie, nadie. Y atrás un Jesusito. Pero en el momento en el que tú sacas el selfie, ya te estás mirando a ti. Y tus propios ojos no tienen el poder de sostenerte sobre el agua. O sea que no es buena idea el selfie. Para esto, por lo menos no es buena idea. Solo se entiende la palabra de Cristo a la luz de la mirada de Cristo. Lo mismo sucede aquí. Cristo lo miró y el sígueme absurdo de Cristo. El sígueme imposible de Cristo se vuelve de repente lógico. Se vuelve de repente lo único lógico. Ese es el poder de los ojos de Cristo. No es solamente que Cristo hace lógicas las cosas. Cristo te muestra que lo único lógico es eso.

Otra escena que tiene la mirada de Cristo es aquella que se nos cuenta cuando ya años después de los acontecimientos que cuenta la Biblia, Pedro vio que estaba arreciando la persecución en Roma. Y él preguntó ¿Quién será el siguiente? Y respondió Yo. Y entonces se fue despacito. Se fue caminando por la Vía Apia. Se fue caminando, saliendo de Roma, porque dijo yo mejor evito problemas. Pero cuando él iba saliendo de Roma, se encontró con Cristo que iba hacia Roma. Cristo se le apareció. Y entonces le preguntó Pedro a Cristo ¿Quo vadis domine? que significa ¿A dónde va, Señor? Y Cristo no le dijo a Pedro lo que tenía que hacer. Solamente lo miró y le dijo estas palabras. Voy a Roma a que me crucifiquen de nuevo. Pedro entendió el mensaje y en ese lugar se dio media vuelta y regresó y lo crucificaron y murió por Cristo. Ese es el poder de la mirada de Cristo. Y esto hay que aplicarlo a todas las áreas de la vida.

Si tú tomas, por ejemplo, esa promesa que hacen en esta hermosa comunidad Betania. Ustedes hacen una promesa de castidad. La promesa de castidad es absurda a los ojos del mundo. Le vas a pedir tú a unos jóvenes debidamente alimentados, crecidos y hormonados. ¿Les vas a pedir que sean castos? O sea, en serio, castos. Espérate, quiero pronunciarlo bien castos. Es absurdo. Entonces te mezclan unas cuantas palabras en inglés. Wake up. Es absurdo. No les pidas eso. Es imposible. Y tú tienes que preguntar. ¿Es imposible? Y seguramente sí, es imposible. Pero no es más imposible que lo que leemos en el Evangelio de hoy. En el Evangelio de hoy, Cristo le dijo Sígueme. Y Cristo no tenía nada. Cristo era el equivalente a un mendigo. Y Cristo, que no tiene nada, le dice a un hombre que tiene todo Sígueme. Es absurdo. Entonces, si tú te quedas con la idea, la simple idea abstracta, ser casto en el siglo veintiuno. Absurdo. Pero si tú iluminas esa palabra con los ojos de Cristo, si tú estás viendo los ojos de Cristo, dices no solo no es absurdo, es la única manera lógica de ser joven, sano, feliz en este tiempo. Amén. Amén. Pero que al final del retiro le salga mejor el Amén. Entonces, la mirada de Cristo es la que hace posible lo que uno considera ilógico, absurdo, imposible. Y apenas te sales de la mirada de Cristo no ves nada, y cuando no ves nada te pasa lo de Pedro, solo ves el peligro, la amenaza. Ahí viene un tsunami. Se llama el tsunami de las hormonas. El tsunami hormonal hace barbaridades en tu vida, pero si tú tienes los ojos puestos en Cristo, tiene sentido, todo tiene sentido.

Entonces, ¿Cuál es la tercera petición? Estas son peticiones. Son diecisiete peticiones. No es mi culpa que la Misa haya empezado tarde. Está bien, van a ser menos. Entonces, la primera era Señor, Sorpréndenos. La segunda, que no nos sintamos dueños. Que tengamos esa sencillez de corazón para entender que también otros vienen, también otros caben. El Señor le dijo al profeta Isaías Amplía tu tienda, amplía tu casa a derecha y a izquierda. Tercero, que no nos salgamos de la mirada de Cristo, porque sólo se entiende la palabra de Cristo en la mirada de Cristo. Entonces reduzcamos las diecisiete enseñanzas a cuatro y vayamos a la cuarta.

La cuarta ¿Qué pasa al final del pasaje? Cristo nos dice no son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos. Esa frase ustedes y yo, la hemos oído muchas veces. Como yo soy un poco mayor que ustedes, aunque no todos. Como, yo soy un poco mayor que ustedes y como además tengo este oficio bello, hermoso de la predicación y del sacerdocio, pues yo he oído esta frase más veces que ustedes. La vuelvo a leer. No necesitan de médico los sanos, sino los enfermos. Oiga, tanto que uno lee y a veces se le escapan cosas. Es que es imposible agarrar todo. Es tan fecunda la Palabra de Dios que es imposible agarrar todo. No necesitan de médico los sanos, sino los enfermos. ¿Qué habrá de nuevo en esa palabra que no hayamos reflexionado? Yo le voy a contar algo que yo solo descubrí hoy. Hoy esta palabra dio fruto en mí. Añádale una pregunta a esa frase. Le vuelvo a decir la frase. No necesitan de médico los sanos, sino los enfermos. Ahora añádale esta frase. ¿Habrá un momento, en el que yo ya no necesite de Cristo? Esa pregunta es interesante. Porque es que esta palabra uno la suele predicar y la suele pensar para los que están empezando, para esos pequeñitos que apenas están empezando, recién comienzan. Esos serían los enfermos. Entonces, en un retiro de conversión, en un retiro de sanación, esto queda perfecto. Pero de nuevo, cuando pasa el tiempo y cuando ya uno es medio dueño de la estera, entonces ya uno cree que ya uno no necesita de médico. Mejor dicho, uno se le olvida que uno también está enfermo. Ese es el punto. Siempre hay algo que curar en nosotros, siempre. Siempre hay algo que curar. Y el día que tú no encuentras qué hay que curar en ti. Ese día no sólo es un día perdido de tu vida. Ese día el Evangelio es inútil para ti. Y te lo digo más duro. Ese día, Cristo es inútil para ti. ¿Tú quieres que Cristo sea inútil en tu vida? No creo. Yo no quiero que llegue un día en el que yo no necesite de Cristo. Yo no quiero que llegue un día en el que Cristo sea inútil para mí. Yo quiero necesitar siempre de Cristo.

Solo hay una manera entonces de interpretar correctamente este texto. Dice Cristo: No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos. Entonces nosotros, hermanos míos, de algún modo siempre estamos enfermos. A veces tu enfermedad ha hecho metástasis, a veces. A veces has pasado de un extremo a otro, a veces. A veces lo que has hecho es esconder la enfermedad y no curarla, a veces. A veces el viento del mundo te ha llevado y no te diste cuenta, a veces. Hay muchos modos por los que uno está enfermo. Y en estas frases últimas he tratado de compactar algo de esa enseñanza de la Iglesia. Por ejemplo, las personas que van de un extremo a otro. He conocido el caso de personas que llevaron una vida desordenada. Tienen un proceso de conversión y después de su proceso de conversión quieren llevar una vida estricta, rígida y se vuelven obsesivos con ciertas cosas. Por ejemplo, con que tengo que hacer tales oraciones a tales horas, y si no hice esto. Y entonces pasan de la esclavitud de un vicio a la esclavitud de un horario. No es que sea malo tener un horario, pero que te vuelvas obsesivo compulsivo casi con el tema del horario no es bueno. Pasaste de un extremo a otro, no te diste cuenta. En otras ocasiones, uno pasa de un vicio a otro, de una dependencia a otra, de una adicción a otra. Me acuerdo del caso de un muchacho que oía mucha música, sobre todo música rock y sobre todo música metal. Música pesada. Entonces se convirtió. Y entonces oía dieciocho horas al día alabanzas y alabanzas y alabanzas todo el tiempo. Pues claro, uno prefiere que sean alabanzas y no rock metálico. Pero tú ves que hay algo ahí que no está bien. Eso tampoco es la idea. Entonces fácilmente uno pasa de unos extremos a otros. ¿Y esto qué significa? Significa que el crecimiento en la vida cristiana siempre supone vigilancia y cultivo, vigilancia y cultivo, para lo cual ayuda muchísimo tener buenos confesores, sobre todo confesores, que sean exigentes, no tan buena persona como yo. Confesores que sean exigentes, razonablemente exigentes. Porque un buen confesor, sobre todo si te ayuda también con algo de dirección espiritual, te ayuda a ir limpiando, ir podando tu viña.

Jesús dice en el Capítulo número Quince de San Juan dice: Mi padre arranca la rama que no da fruto y poda, poda la que da fruto. Quiere decir que si Dios no te está podando, te está arrancando. Dios tiene que estarte podando. Y los grandes santos, por ejemplo, de nuestra Orden Dominicana, así lo muestran. La muy amada Catalina de Siena. Esto lo he contado varias veces, la muy amada Catalina cuando pasaban algunos días, unos cuantos días y no había ni enfermedad, ni persecución, ni calumnia, ni grave ataque del demonio, pues ella iba y se le plantaba a Cristo y le decía. ¿Y qué fue que tú y yo peleamos o qué pasó? O sea, no es normal que mi vida sea tranquila, apacible y sin problemas. Lo normal es que si yo soy tu esposa. Así razonaba Catalina. Lo normal es que si yo soy tu esposa y tú estás en combate y tú estás malherido y tu casco es corona de espinas, lo normal es que yo esté sufriendo contigo. Eso es lo normal, porque yo soy tu mujer. ¡Qué manera de pensar de los santos! Yo soy tu mujer. Yo tengo que estar sufriendo contigo. ¿Qué pasa conmigo? ¿Por qué no me llegan más persecuciones, calumnias, tentaciones, humillaciones? ¿Qué pasa conmigo? Es un modo extraño de pensar, pero tiene lógica. ¿Qué es lo que muestra esa manera de pensar? Dice el Evangelio según San Juan, Capítulo Quince. La rama que da fruto, Cristo, la poda. Si Dios no me está podando, es que no estoy dando fruto.

Por eso también dice el Capítulo Sexto de San Lucas: Ay de ustedes si todo el mundo habla bien de ustedes y les tiene consideración y los aplauden en todas partes, y ustedes le caen bien a todo el mundo. Algo estás haciendo mal. Si tú llevas el poder del Evangelio de Cristo. Si tú llevas la fuerza del Evangelio de Cristo, no porque tú te lo propongas, no porque tú quieras ser antipático, sino por la sencilla razón de que el Evangelio incomoda y el Evangelio derriba ídolos. Tú tendrías que estar tallando en las vidas de otras personas. No es un asunto de temperamento, no es un asunto de que mi carácter es fuerte. Este no es un asunto ni de carácter ni de temperamento. Tú puedes ser la persona más dulce, mansa, humilde. Pero si llevas el Evangelio, tú estorbas y si no estorbas es que no estás llevando el Evangelio. Tú tienes que tallar y el que da fruto lo podan. ¿Y qué es podar? Quitar y ese quitar cosas ¿qué es? Es hacer crecer en nosotros la imagen y semejanza de Dios. Es curarnos de todas las enfermedades fruto del pecado original.

Resumamos y cerremos. Cuatro peticiones que brotan del texto de San Mateo en esta preciosa fiesta de su conversión. Primero le pedimos a Dios danos una sorpresa, danos sorpresas de tu amor. Yo no sé quién será. Siempre que veo un grupo así, grande, yo digo solo Dios sabrá cuál es el corazón que tiene más necesidad. Cuál es el corazón que necesita más esa sorpresa. Esa es la primera petición. La segunda, líbranos, Señor, de adueñarnos de nuestras esteras. Que tengamos la libertad de un Francisco de Asís. Qué bello decía la gente, necesitaba muy pocas cosas y las que necesitaba las necesitaba muy poco. Libre, eso incluye no solo cosas materiales, incluye también la libertad de si me agradecieron, no me agradecieron. Me tuvieron en cuenta, no me tuvieron en cuenta. Brillé, no brillé. Hay que ser libre. Hay que ser libre de todo eso. Verdaderamente libre. Esa es la segunda petición de libertad de mis esteras. La tercera ¿cuál era? Allá en sus apuntes. Solo se entiende la Palabra de Dios a la luz de la mirada de Dios. No permitas, Señor, que nos salgamos de tu mirada. Ustedes saben que yo le debo muchísimo a Santa Catalina. Pero yo he leído varias biografías de ella y me hace mucho bien. En una de esas biografías se cuenta lo que le sucedió cuando el señor empezaba a regalarle experiencias místicas. Por ejemplo, se le aparecía, algunas veces se le aparecía y una vez estando ella en la iglesia, allá en Siena, esa Iglesia se conserva. Bendito Dios. Estando allá en la iglesia en Siena, se le aparece Jesús, pero en su visión periférica desarrollada como buena mujer. Algo se movió. Alguien que entraba, salía, el padre, el sacristán, el confesor, el que fuera. Y ella se voltea a mirar lo que le denunciaba su visión periférica. Rápidamente volvió a donde estaba Jesús y ya Jesús no estaba. Le enseñó el Señor Cuando yo estoy, yo estoy. Jamás volvió ella a distraerse de Jesucristo, cuando estaba mi Señor, está mi Señor. No hay distracción porque solo se entiende la palabra de Cristo en la luz de la mirada de Cristo. Y cuarto, que no se nos olvide que el Señor sigue trabajando en nosotros. Si el Señor deja de podarme, es porque empezó a arrancarme y eso es muy cruel. Esa frase es muy dura, pero es así. Pódame Señor, límpiame Señor, sáname Señor.

Los que rezamos la liturgia de las Horas recordamos que ese es un versículo que se repite muchas veces. Sáname, Señor, porque he pecado contra ti. Sáname, Señor, porque he pecado contra ti. No es que uno esté obsesionado con el pecado, ni que uno crea que Dios no me perdona, no, sino que uno se va dando cuenta que nuestro amor es tan tibio, es tan inconstante, es tan interesado, es tan cobarde, es tan incoherente. O sea, uno empieza a encontrarle tantas imperfecciones al amor que uno tiene. Te lo voy a describir de esta manera. Cuando tú viste ese proceso hermoso de conversión, el Señor te dio un diamante. Diamante finísimo. Pero ese diamante hay que pulirlo. Entonces la persona que no trabaja en su conversión es como si recibiera el diamante y dijera tengo diamante, tengo diamante. Qué bonito, qué bonito, qué bonito mi diamante. Y ahí se quedó. ¿Qué son los santos? son los que recibieron el diamante y dijeron hay que trabajar, hay que pulir. Entonces una Santa Teresa de Calcuta, un Padre Pío y cada santo, que son hermosos seres humanos que dijeron tanto me amaste como para darme este diamante. Tanto te amo, que así quiero regalarte, voy a pulirlo, voy a pulirlo. Lo más bello para mi Señor. Que no se nos olvide seguir trabajando.

¿Qué desalienta en los movimientos de la Iglesia? Cuando empiezan a manejarse distintos discursos. A mí eso me ha tocado verlo. Y le pido al Señor que tenga piedad de mí, que me ayude. Ustedes saben qué momento se está viviendo en la Iglesia y qué está pasando con los sacerdotes. Ustedes saben lo que está pasando. Significa que este que les habla necesita todavía más oración. Pues yo estoy feliz. Yo estoy agradecido con Dios. Pero Romanos Capítulo Quince dice: El que esté de pie, mire, no caiga. Entonces hay que vigilar y hay que orar. Pero lo que le iba a contar es que los movimientos, las comunidades se dañan cuando empiezan a manejar distintos niveles de discurso. Cuando tenemos un discurso de conversión, fidelidad y santidad para el Congreso con cinco mil personas. Pero ya luego, cuando nos reunimos en petit comité, ya desaparece el lenguaje de la santidad, ya desaparece el lenguaje de la conversión. Esta hermosa comunidad, esta preciosa Betania ¿florecerá para Cristo? Si el lenguaje de la conversión, de la santidad, de la fidelidad al Señor existe, desde el primer retiro que llega a una persona, vamos a ese retiro de carnaval no sé dónde y por allá aparece un muchachito que hasta ese año no había hecho otra cosa en carnaval, sino echarse pintura. Eso era lo más sano que hacía. Y llega al retiro ¿a ver qué es eso? ¿a ver qué es eso? Y allá, en ese retiro de carnaval, la gente de Betania le predicó y le habló de un Dios de amor y le habló de conversión. Y eso tocó el corazón de ese muchacho. Y el muchacho lloró y se confesó y cambió su vida. Un día ese muchacho llega a hacer otras cosas. Un día ese muchacho llega a ser líder. Un día ese muchacho llega a ser servidor. Un día ese muchacho llega a ser servidor mayor. Lo importante es que cuando esté reunido en el petit comité, en el grupito pequeño de servidor mayor, sigue hablando, necesitamos conversión, necesitamos santidad, necesitamos de Cristo.

Cuando uno sube de nivel y en el nivel más alto, se preocupa únicamente de administrar experiencias emocionales para los que vienen debajo, cosa que se llama manipulación. En ese momento ya está condenado al fracaso ese camino espiritual, porque tarde o temprano ese que está arriba solamente administrando experiencias emocionales para los que están abajo, un día se cansa porque no vive de Cristo, vive de su ego, vive de su felicidad, vive de su importancia, vive de lo que sea. Y el día que se cansa dice ¿saben qué? me cansé. Quédense ustedes ahí, sigan ustedes con la fiesta. Yo voy a ver qué más hago con mi vida. Y por eso encontramos unos casos escandalosos en laicos y en sacerdotes. ¿Qué les pasó? Les pasó que manejaron varios niveles de discurso. Mientras estoy en el Gran Congreso, miles y miles de personas. A ver, repitan después de mí, Jesús es el Señor. La gente repite. Todo el mundo llora, canta, aclama, alaba. Pero luego viene la reunión en petit comité. Ténganle miedo al petit comité. Ven a la reunión en el grupito y en el grupito seguimos hablando de lo mismo. Padre, usted que gritaba que Jesús es el Señor allá. Sí, claro, pero en este caso lo que hay que hacer, lo que hay que asegurar, es esto. ¿Y el Señorío de Cristo? Eso para otro congreso. Ese puede ser el lema del otro Congreso, pero por ahora aquí lo que necesitamos. Entonces la cuarta petición, esa de que siempre estemos trabajando en nuestra conversión ¿Qué significa? De por Dios que no manejemos distintos niveles de lenguaje. Que de arriba a abajo la Iglesia sea un camino de transparencia, de santidad en lo laical, en las comunidades.

Yo no es que tenga toda la experiencia del mundo, pero sí me han tocado algunas, unas cuantas. Por ejemplo, ya por tres ocasiones he tenido que ser miembro del Consejo de Provincia de los Dominicos en Colombia. Ese es el órgano de gobierno que nosotros tenemos en cada país, donde hay provincia de Dominicos y pues uno ahí conoce muchas cosas, se entera de muchas cosas y uno ve tristemente cómo algunas personas en esos niveles empiezan a perder la fe y dicen no, aquí el problema es simplemente administrativo, técnico, psicológico. Y efectivamente, la psicología, las finanzas, la administración son importantes, pero el importante que es Jesucristo se nos va olvidando. Señor, sorpréndenos con tu gracia, sorpréndenos y que nosotros seamos dóciles. Que nosotros nos dejemos trabajar, que nos dejemos trabajar por tu amor. Señor, que tu Iglesia, pero hoy te pido especialmente por Betania. Señor, que Betania no sea nada menos de lo que tú has querido. Que Betania no sea nada menos, Señor, nada menos de lo que tú has querido. Míranos con compasión, y haz tú obra perfecta en nosotros. Amén.

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