Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Los 5 preciosos actos de la misericordia. Quien vive esta virtud: (1) Sale de sí mismo y descubre y se fija en el dolor del hermano; (2) Es audaz, sabe proponer Evangelio y santidad, así suenen irreales; (3) Acoge de corazón; (4) Transforma, cambia para mejor al vida de aquel a quien ha encontrado; (5) Defiende la obra de Dios en los que han sido salvados.

Homilía smat017a, predicada en 20170921, con 16 min. y 26 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, la fiesta de San Mateo pone delante de nosotros una preciosa catequesis sobre la misericordia. Evidentemente, es el rasgo divino y humano que más se destaca en el llamamiento que Cristo hace a este cobrador de los impuestos. Recojamos algunas lecciones sobre cómo es la misericordia apoyándonos en cinco momentos o en cinco verbos.

El primero es que la Misericordia se fija, la misericordia está atenta. El texto que hemos escuchado comienza diciendo precisamente eso Jesús al pasar vio. Y en la meditación del oficio de lectura encontrábamos la palabra de aquel gran santo intérprete, predicador, comentarista de la Escritura, Beda el Venerable que nos habla precisamente de ese ver de Cristo, esa mirada de Cristo que va más allá de lo simplemente corporal, sino que es una mirada desde el corazón. O sea que lo primero en la misericordia es como un acto de salida de sí mismo para ver al otro, para verlo, para descubrirlo, para descubrir su necesidad. Observemos cómo la misericordia es la gran respuesta a un daño que muchas veces tiene nuestro corazón. Y es que sí vemos los defectos de los demás, para eso tenemos buenos ojos, para ver defectos, estamos listos. Pero ¿con qué ojos vemos esos defectos? Los vemos con los ojos del que tal vez tiene solamente reproche y condena. Qué interesante que esos mismos ojos que nos muestran con tanta claridad los defectos de los demás nos permitan ver esos defectos como heridas que necesitan ser sanadas. Algunas veces, cuando yo mismo he caído en eso y también cuando ofrezco el sacramento de la confesión a otras personas. He escuchado a aquellos que dicen parece que yo no puedo detenerme en estar juzgando a los demás, porque yo veo con facilidad los errores, las incoherencias, los pecados de otros. Y se me ha ocurrido esta comparación que me permito compartir con ustedes. Y es que siendo Cristo el gran médico de nuestras almas, puede decirse que Él nos llama para que seamos enfermeros acompañantes en su labor. Es evidente que el médico tiene que ver heridas. Es evidente que tiene que evaluar la gravedad de las heridas, pero todo está en la intención con la que mira. Mientras que el asesino mira la herida para saber si es suficientemente profunda y letal. El médico mira la herida para buscar cómo puede sanarla. Así que el hecho de ver defectos en los demás hermanos no debe ser algo que nos deprima. No debe ser algo que nos encierre en confusión. Tal vez tenemos ojos tan buenos para ver defectos en otras personas. Eso mismo lo puede utilizar Dios siempre que se renueven nuestros corazones con una intención distinta. No la intención de simplemente hundir, sino muy al contrario, intención de levantar. Así que la primera lección que tomamos del texto de hoy es que la misericordia ve, la misericordia sale de sí misma, sale de aquel que la posee para depositarse en la necesidad del hermano. La misericordia ve.

En segundo lugar, quiero destacar un aspecto que se predica poco en este texto y es el hecho de la audacia. La Misericordia es audaz. La propuesta de Cristo, si lo pensamos bien, era una propuesta descabellada. Este hombre, Mateo, estaba metido hasta el cuello en el pecado. Mateo vivía del pecado. Literalmente vivía del pecado. Su trabajo era recoger dinero, muchas veces por medios prácticamente de extorsión, recoger dinero para el imperio enemigo, para el Imperio romano. Ese era su trabajo. Y Cristo le llega con una propuesta absolutamente audaz, podríamos decir una propuesta loca le dice que lo siga. Y por supuesto, esto supone perder todo lo que tiene Mateo para ganarlo todo junto a Cristo. Esa audacia yo creo que tiene que decirnos también algo, porque a veces nuestra evangelización es cobarde. Cobarde en el sentido de que parece que no nos atreviéramos a proponer a fondo el Evangelio. Parece que apenas le estuviéramos diciendo a nuestros hermanos cosas elementales como que procuren no ser tan malo. Trate de sostenerse. Y a veces lo que necesita la persona es un llamado que le arranque vigorosamente de esa situación en la que se encuentre y lo plantee vigorosamente en otra realidad distinta. Es lo que nos dice San Pablo, por ejemplo, en su carta a los Colosenses. Él nos ha sacado, nos ha arrancado del dominio de las tinieblas y nos ha llevado al reino de su Hijo querido. La conversión siempre va a suponer una especie de arrancón. La conversión siempre va a suponer un momento en el que hay que decirle un no a aquello que antes me deleitaba, me gustaba.

Y por falta de audacia, nuestra propuesta de Evangelio quizás se queda corta, quizás se queda demasiado corta. Eso lo ve uno, por ejemplo, o creo que lo ve en particular en la pastoral, que tiene que ver con jóvenes. Si nosotros llegamos al mundo del joven simplemente a decirle trate de ser menos malo, ser buena persona. Quizás no nos toman en serio, pero las actividades de pastoral juvenil, que parece que tienen un impacto mayor, son aquellas que llevan a un cambio radical. Un campamento bien difícil, un retiro bien exigente, una propuesta fantástica. En mi propia comunidad tuvimos hace años y durante bastante tiempo una propuesta que todavía recordamos con cariño los dominicos. Cuando recibió el encargo de ser prelado, todavía no era obispo en la zona de Tibú, el actual monseñor Leonardo Gómez empezó a hacer propuestas, propuestas audaces. Iba a los colegios, incluyendo aquel de los dominicos donde yo estudié, el colegio Santo Tomás de Aquino, y nos decía a nosotros, jóvenes de clase media, media alta, clase alta, nos decía les tengo una propuesta. La propuesta es vuélvase, maestro misionero. ¿Y qué era ser maestro misionero? Era sacar a un muchacho de dieciocho, diecinueve años, veinte años, sacarlo de su medio urbano, cómodo, mimado por la familia para llevárselo a la selva del Catatumbo para prestar un servicio como maestro. Ese es el nombre. En tierras absolutamente llenas de necesidad, llenas pero llenas de necesidad. Y esa propuesta que parece absurda, tuvo un éxito impresionante. Se cuentan por centenares los jóvenes, hombres y mujeres que respondieron a ese llamado. A veces, hermanos, nos quedamos cortos en la propuesta. A veces subestimamos el poder de la gracia y por no hacer una propuesta suficientemente radical, entusiasta, una propuesta que realmente le desbarate el mundo a la persona. Esa persona sigue atada a su mundo y porque está atada a su mundo, está atada también a sus vicios. Muchos de los que fueron como maestros misioneros en esa experiencia que tuvimos en mi comunidad, fueron personas que cuando tomaron esa decisión eran como Mateos. Pero qué pasaba con esas personas que tenían, por ejemplo, un círculo de amigos. Amigos calavera, amigos mediocres, amigos viciosos. Y el lenguaje que esos muchachos habían recibido de la iglesia era trate de llevar las cosas con su papá. Procure, por lo menos, si perdió siete materias, procure perder dos menos. Procure perder solo cinco. Eran propuestas tibias. Eran propuestas mediocres. Y esos muchachos nunca cambiaron. Pero un día llegó una voz vigorosa a través de este prelado, luego obispo, llegó una voz vigorosa y le dijo oiga usted, ¿Por qué no rompe con todo? Rompa con todo y váyase a servir en serio. Y la persona se queda así, descontrolada. Pero eso produce efecto.

En las afueras, en lo que nosotros llamaríamos en Colombia tugurios de Lima, Perú. Encontré una casa de las Misioneras de la Caridad. Las de la Madre Teresa. Una muchacha que tenía muy poco español se expresaba mucho mejor en su lengua materna, en inglés. Me contaba que ella había terminado su carrera. ¿En dónde? En Oxford, Inglaterra. Te puedes imaginar qué vida llevaba esta chica. ¿Cómo había sido tratada? ¿Cómo había sido mimada siempre por su familia? Pero en medio de toda esa comodidad, su vida estaba vacía. Un día, la figura menuda, pero tan atractiva de Teresa de Calcuta, tocó el corazón de esta chica y dejó su Oxford. Dejó su Reino Unido, dejó su Europa y se fue a servir niños minusválidos en las afueras de Lima. La misericordia tiene que ser audaz. También hay que ser capaces de propuestas que realmente cambian las cosas.

En tercer lugar, la Misericordia acoge. Es verdad que fue Mateo el que recibió a Cristo. Pero en ese banquete era Cristo el que estaba acogiendo a Mateo. Es indispensable que la persona se sienta acogida, acogida en su realidad. Y eso aparece en el texto del Evangelio porque Mateo está ahí con todos sus amigos, y Cristo recibe a Mateo como es. Y eso es muy importante. La misericordia empieza siempre por la persona como es. Por eso no vale simplemente protestar o disgustarse, porque el mundo no es como Dios lo quería. ¿Qué esperabas? Donde abunda el pecado. Pues tiene que sobreabundar la gracia, pero antes de que llegue la gracia, lo que vas a encontrar son esas heridas. Por eso el Papa Francisco nos ha insistido tantas veces en que la Iglesia tiene que ser como un hospital de campaña en medio de una guerra.

Pero paso inmediatamente a la cuarta acción de la misericordia. La Misericordia transforma. Cuidado con volver a la misericordia, simplemente un acoger a las personas como son y dejarlas como son. Hay una mala versión de la misericordia. Tengo que decirlo abiertamente, es una mala versión la que presenta la misericordia como hay que acoger, acoger, acoger. Y ahí termina el discurso. No, hay que acoger y hay que ayudar a que suceda el paso. Hay que ayudar a que suceda la conversión. Si miramos los santos Evangelios, nos damos cuenta que Cristo nunca dejó a las personas como las encontró. Y eso es importante porque eso significa que no debemos evaluar la misericordia simplemente por la capacidad de acogida, sino también por este cuarto verbo, la misericordia transforma.

Por último, hermanos, observemos que la Misericordia defiende. Inmediatamente empezaron las murmuraciones porque este come con pecadores. Cristo defiende a aquellos que, según la expresión del apóstol San Pedro, son como recién nacidos. Cristo defiende a sus recién nacidos, defiende a sus pollitos. Él dijo como una gallina quiere agrupar los pollitos. Cristo defiende a los suyos. Y esto es muy importante porque muchas de las personas. Ahora estoy pensando en los que llegan a nuestras comunidades. Muchos de los que llegan a nosotros llegan con procesos apenas incipientes de conversión. Y es necesario saber defender esos procesos iniciales de conversión. Es necesario saber proteger a esos que son como la nueva generación. ¿Qué implica proteger a esas personas? Está mucho más allá del alcance de esta homilía, pero sí es importante que tengamos conciencia de eso. El que quiera ser misericordioso no puede limitarse a sentimientos más o menos blandos, más o menos dulces. La dulzura es importante. La ternura es importante. Una cierta blandura es importante para acoger al que está herido. Pero la misericordia también ha de ser valiente. Ha de ser consistente y ha de ser capaz de defender. Capaz de defender aquello que le costó tan caro a nuestro Señor Jesucristo.

Cinco verbos. Cinco momentos de la misericordia. La Misericordia ve. La Misericordia es audaz. La Misericordia acoge. La Misericordia transforma. Y la Misericordia defiende. Sintámonos así frente a Cristo en su Palabra y frente a Cristo en la Eucaristía. Sintámonos así destinatarios de su misericordia. Cada uno puede decir Cristo me ve. Cristo tiene una propuesta audaz para mí. Hermanos, ¿para qué estamos en este encuentro? para recibir una propuesta audaz. Recíbesela a Cristo. Qué tal que Cristo nos esté hablando, qué tal que en medio de todas las incoherencias y pecados que puede tener todo lo humano, qué tal que Cristo le esté hablando a esta provincia. Qué tal que Cristo le esté hablando y le esté haciendo una propuesta audaz de renovación, de santidad. La misericordia acoge, Cristo nos acoge, nos recibe aquí, nos abraza con su amor en la Eucaristía, nos transforma en Él mismo, como nos enseñó San Agustín y Cristo nos defiende. Cristo quiere defender esta comunidad porque es suya, porque le costó, porque es importante, porque le ha dado grandes amigos y grandes santos. Dejémonos así transformar y recibir por su misericordia, para ser también nosotros testigos de ese mismo bien para nuestros hermanos. Amén.

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