Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Nos enseña San Mateo, en esencia, que en Jesucristo se realiza plenamente la vocación judía de servicio a la salvación de todos.

Homilía smat013a, predicada en 20130921, con 16 min. y 36 seg.

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Transcripción:

Amados hermanos. Nuestra Iglesia nos invita a regocijarnos hoy con las maravillas que el amor de Dios realizó en San Mateo. La oración propia de esta Santa Misa dice lo convertiste de publicano en apóstol. Los publicanos, los cobradores de impuestos para el imperio romano eran, por definición, enemigos de sus propios hermanos de raza. Enemigos, entonces de sus propios principios de la ley y de la alianza. Y Dios tomó a un hombre así, a un enemigo y lo convirtió en amigo, lo convirtió en aliado, lo convirtió en cimiento, como nos lo recuerda la primera lectura que hemos escuchado de la carta a los Efesios.

Hoy es un buen día para recordar algunas de las características del escrito de San Mateo. Es el primero de los cuatro evangelios, quizás el más extenso. Tiene veintiocho capítulos más que cualquiera de los otros. San Mateo enfatiza las palabras de Jesucristo. Mateo nos presenta a Jesús ante todo como un predicador, como un maestro, como el maestro que lleva a plenitud, que lleva a su consumación lo que había sido anunciado en la ley de Moisés. Si Moisés, a través de las palabras de la Alianza, le da un camino, le da una norma al pueblo de Dios, Jesucristo, según la visión de Mateo, es aquel que muestra la plenitud de ese camino, podemos decir la plenitud de la ley. Quizás la frase del Evangelio de Mateo que mejor resume este propósito de su obra es aquella que está en el Sermón de la Montaña. En labios de Jesucristo. Yo no he venido a abolir la ley, sino a darle su cumplimiento, a darle su plenitud.

Puede parecer extraño que Mateo le dé tanta importancia a la ley judía. Extraño para nosotros, porque supongo que la gran mayoría de nosotros no tenemos antepasados judíos ni tenemos una relación muy directa con la ley de Moisés, y por eso algunos pasajes y algunos enfoques del Evangelio de Mateo pueden parecernos un poco distantes. Pero la verdad es que este Evangelio es completamente esencial para comprender la persona misma de Cristo. Porque Cristo no llega como un paracaidista, Cristo llega, podremos decir como fruto maduro de una historia que hunde sus raíces en el pueblo elegido. Cuando uno mira a Jesucristo sin mirar sus orígenes en el pueblo judío, en el pueblo elegido, en el pueblo de Moisés. Cuando uno mira a Jesucristo sin tener en cuenta esos orígenes, fácilmente, lo que busca en Él es simplemente un curandero o algo como lo que muchas personas buscan hoy, un motivador, una persona de esas que van a las empresas y que ayudan a que la gente tenga buen ánimo, tenga buen espíritu, sepa trabajar en equipo y sobre todo, produzca más plata.

¿Quién es Jesús? ¿Sus palabras, sus milagros, su enseñanza, su sacrificio, cómo hay que entenderlos, sin una referencia al pueblo de la primera Alianza? Estas preguntas quedan a medias o menos de la mitad en su respuesta, porque entonces pensaremos que los milagros de Cristo son solamente señales de compasión. Pero las señales de compasión están en muchos otros líderes. Señales de compasión tuvo Buda, señales de compasión tuvo Mahoma, señales de compasión tuvo Lao-Tsé. Yo creo que todo líder religioso ha tenido señales de compasión. Pero es Mateo el que nos muestra que Jesús tiene a la vez una profunda continuidad y una gran discontinuidad con la ley, y es tarea principalísima de su Evangelio mostrar las dos cosas. Cómo Jesús a la vez es la plenitud de lo que fue prometido a los profetas, a los patriarcas y a Moisés, y cómo a la vez es la superación definitiva, es la instauración definitiva de un nuevo orden de cosas. Como diría Santo Tomás, con la promulgación de la nueva ley. La ley del Espíritu.

Sin esta relación con la ley de Moisés es muy fácil ver a Cristo simplemente como un pensador interesante, como una especie de hippie más o menos divertido, un tanto anárquico, un rebelde de aquellos que resultan útiles para justificar también las rebeldías que uno tiene. Es fácil pensar que Cristo es simplemente uno entre muchos personajes bondadosos, más o menos bondadosos. Poner a Cristo al lado de las historias de un Martin Luther King o de un Mahatma Gandhi o Cristo al lado de tantos otros filósofos más o menos interesantes de la historia. Pero Cristo no es eso. Cristo es la culminación de un camino. Y Mateo viene a decirnos si desconoces el camino, desconoces a Cristo. Por eso nosotros, aunque no tengamos, que creo que es el caso, aunque no tengamos un pasado judío según la carne, sí que nos interesa asomarnos a ese pueblo y sí que nos interesa ver qué es lo que Cristo tiene para darle al pueblo de la primera Alianza.

Sobre esto han insistido los últimos Papas, especialmente Juan Pablo Segundo y Benedicto Decimosexto. Han insistido sobre ese hecho, cómo los judíos son nuestros hermanos mayores en la fe y cómo no se puede tener una completa y verdadera comprensión de nuestra fe cristiana. Si uno no entiende qué era lo que prometía y qué era lo que daba la ley de Moisés. La ley de Moisés, ¿Qué es lo que promete y qué es lo que da? La ley de Moisés, ante todo, es algo así como la formulación de lo que la conciencia humana reconoce como bueno y como malo según la ley natural. Esta expresión o muy parecida utiliza el Papa Juan Pablo Segundo. La ley de Moisés es como la explicitación, es como el plasmar de una manera objetiva y clara aquello que el ser humano reconoce como bueno o como malo en todas partes, y por eso no encontraremos ninguna sociedad donde se considere qué es legal y qué es laudable robar. No vamos a encontrar ninguna sociedad donde se diga que no hay cosa más maravillosa que quitarle la esposa al vecino. No vamos a encontrar ninguna sociedad en la que se diga qué divertida es la vida cuando todo el mundo murmura y calumnia y cuando inventa historias de los otros. Eso no existe. Hay algo dentro del ser humano y ese algo se llama conciencia y es voz de Dios. Y esa conciencia reposa sobre la realidad misma de las cosas, no sobre otras palabras, sino sobre realidades. Y esa conciencia que reposa sobre la realidad es la que nos da a conocer lo que se llama como ley natural.

La ley de Moisés viene a ser en un primer momento como una explicitación de la ley natural. Pero la ley de Moisés contiene también promesas. La ley de Moisés, es decir, los textos que los judíos llaman la Torah, nos habla de una elección de un pueblo elegido. Y ese pueblo que ha sido elegido por Dios es un pueblo que ha sido protegido por Dios también que ha sido segregado de otros pueblos. Pero aquí viene la parte esencial. Si Dios ha separado un pueblo para que sea pueblo de su propiedad, la pregunta es ¿para qué? Y la respuesta está sugerida discretamente en el Antiguo Testamento. Por ejemplo, en los cánticos del Siervo del profeta Isaías, ahí donde se dice es poco que seas mi siervo, siervo para Israel te hago luz de las naciones, para que mi salvación llegue hasta el confín de la tierra. El Antiguo Testamento ya nos hace ver que ese pueblo al que se le declaró de manera tan explícita la ley, ese pueblo al que Dios protegió de un modo singular. Ese pueblo elegido y tan amado tenía una misión. La elección lleva una vocación. El pueblo fue elegido y fue protegido y fue bendecido. Pero para algo, para una tarea, para una misión. Y esa misión, la misión del pueblo judío, es la que ya aparece sugerida en textos de Ezequiel y en textos de Isaías y en otros textos. Y esa misión es la que he enunciado, para que seas luz de las naciones y mi salvación llegue hasta el confín de la tierra. Esa es la misión del pueblo judío. Ese es el propósito último de la ley de Moisés. No es simplemente crear una especie de muralla, una especie de valla. Y que los que están dentro de esa valla están custodiados y bendecidos por Dios y son muy felices. Y Dios cuánto los quiere. Eso es verdad que los quiere mucho. Y San Pablo dice las promesas y las llamadas de Dios son irrevocables. Y Dios no ha retirado su amor al pueblo judío. Eso debemos recordarlo siempre. Pero ese pueblo que ha sido así, rodeado de una custodia y que ha sido protegido, tiene una misión. Y esa misión es ser luz de las naciones, para que la salvación llegue hasta el confín de la tierra.

Y ahora entonces entendemos quién es Jesús. Entonces ¿Jesús, quién es? Jesús es el judío que lleva a plenitud la vocación del pueblo judío. Jesús es la realización del plan de Dios para el judaísmo. Lo que no hizo todo el pueblo. Eso es lo que hace Jesucristo. Podemos decir que en Cristo se cumple plenamente lo que Dios quería para todo el pueblo, de una manera embrionaria, fragmentada y parcial. Se veía asomar ya esto en los últimos ecos del Antiguo Testamento, en aquello que Sofonías llama el pequeño resto, ese pequeño resto, ese germen del que habla Isaías. Eso es muy hermoso, porque está hablando de un pueblo que es fiel, humilde y testigo. Ya hay una cierta presencia de la realización de la vocación judía en ese pequeño resto. Y ese es el pequeño resto al que pertenece José, María, Simeón, Ana, Zacarías, Isabel. Todos ellos pertenecen a ese pequeño resto, pero donde se realiza en plenitud el propósito de la ley de Moisés es en Jesús. Es decir que Jesús es la plenitud de la vocación judía. Y por eso Jesús le dice en el Evangelio según San Juan a la Samaritana la salvación viene de los judíos. Pero no por ser judíos simplemente, sino por ser judíos que a través de un camino pedagógico doloroso, guiado por el Espíritu, llegan a ser germen y llegan a ser instrumento de la gloria divina para anunciar la salvación hasta el confín de la tierra. Ese es Jesucristo. Y los milagros de Cristo son señales de que eso está sucediendo. Los milagros de Cristo son señales de que el elegido es también el llamado para servir. Es decir, que los vocacionados, los llamados, son también los misioneros. Los protegidos son también los enviados. Imagínate que con esa frase se puede resumir el Evangelio de Mateo y la vocación de Mateo. Qué profundidad la que tiene este hombre. Los protegidos, los elegidos y protegidos son también los misioneros y los enviados. Y ese es el resumen del ser y de la misión de Cristo. Es también el resumen del ser y de la misión del cristiano.

¿Qué es ser cristiano? Saberse llamado, vivir como elegido y convertirse en testigo, eso es. Lo que fue Cristo, esos somos nosotros. Eso es ser cristiano, saberse amado y llamado. Vivir como elegido y ser testigo para los demás. Cristo no es simplemente un sabio que tiene palabras interesantes, un hombre que tiene poderes más o menos magnéticos, como dice esa obra que está haciendo tanto daño. Evítenla por favor y denúncienla en todas partes, en sus grupos, una cosa que se llama curso de milagros. Arrojen eso lejos de ustedes. Denúncienlo. Eso hace un daño espantoso. La imagen de Cristo que aparece en el curso de milagros, que es pura nueva era, es exactamente la de un Cristo sin Antiguo Testamento. Es un puro milagrero. Es un puro sabio interesante. Es un puro líder humano. Mentira, ese no es Cristo. Mateo nos preserva en la verdad de Cristo. Mateo es impresionante, pero es desconocido. Estas dimensiones de Mateo no son conocidas.

Permítanme que peque un poco contra la humildad y la modestia, diciéndoles que el fundador de mi comunidad, Santo Domingo de Guzmán, era un enamorado del Evangelio según San Mateo. En una época en la que los libros pesaban tantísimo porque eran escritos a mano, papiros y no sé qué, Santo Domingo de Guzmán llevaba a todas partes el Evangelio de Mateo y las cartas de San Pablo. ¿Qué nos enseña Mateo? Que los elegidos y muy amados son también los testigos y misioneros. Eso nos enseña. Y que ese es Cristo, y que eso tenemos que hacer nosotros.

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