Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Homilía para la fiesta del apóstol San Mateo, celebrando las Bodas de Oro de ordenación del sacerdote Mons. Norman Pérez.

Homilía smat012a, predicada en 20130921, con 27 min. y 1 seg.

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Transcripción:

Excelentísimo monseñor Ugo Puccini, cabeza visible de nuestra Iglesia Católica, de esta porción del pueblo de Dios que peregrina en Santa Marta. Muy querido monseñor Norman. Motivo de regocijo hoy para todos nosotros por sus cincuenta años de sacerdocio. Queridos hermanos, en la vocación sacerdotal, queridos seminaristas, religiosos, religiosas, hermanos todos. Permítanme hacer una alusión personal. Este día tiene perfume de crisma y de unción para mi. Por fecha, hoy hace veintidós años, recibí la ordenación como diácono. Y especialmente desde ese día, la gracia del sacramento del orden y el misterio de la misericordia de Cristo que llama han estado profundamente unidos en mi corazón. Pueden ustedes imaginarse entonces el gozo que siento y el privilegio que experimentó de ser invitado para dirigir esta palabra en la fiesta de San Mateo. Cuando un hermano nuestro celebra sus cincuenta años de ordenación sacerdotal, no es la fecha exacta, pero si es el momento en el que nos reunimos como pueblo de Dios para alabar a Cristo Sacerdote y también para tomar alguna enseñanza que podamos llevar a nuestras casas, a nuestras parroquias y a nuestra vida.

Es bien claro que la palabra que sobresale en la vocación de Mateo es la misericordia. La vida de este hombre llevaba un rumbo muy diferente. Esperaba un final muy distinto. Él era un cobrador de impuestos. Necesitamos traducir esa expresión a nuestro lenguaje para mejor apreciar la misericordia que Dios tuvo con él. Los cobradores de impuestos llamados publicanos eran en realidad servidores del poder opresor, es decir, del Imperio Romano. El negocio que hacía el Imperio romano con los publicanos era darles, dar a cada uno de ellos una ciudad o un pueblo o una región en la cual ellos tenían el deber de recoger dinero para el imperio. Pero los romanos no tenían manera sencilla. Un modo simple de hacer esa colecta. Según sus estimados. Asignaban una suma de dinero para aquella región en la que tal o cual publicano iba a trabajar.

Y lo que tenía que hacer el publicano era pagarle esa cantidad al imperio, al enemigo, al opresor. De esa suma en adelante, todo lo que ese hombre pudiera sacar de sus propios hermanos de raza. Todo eso quedaba para él. El Imperio le decía: En esta ciudad tú tienes que darnos tal dinero. De ahí en adelante lo que pueda sacar es para ti. Estrategia verdaderamente diabólica que muy pronto despertaba la codicia en los publicanos. Porque sabían que tenían el respaldo del ejército romano y sabían, por tanto, que podían excederse en la fuerza. Podían llevar a la gente, especialmente a los más débiles. Podían llevarlos hasta el límite mismo de la desesperación. Reclamándoles todavía otro poco de dinero. No es entonces casualidad que la gente detestara a estos servidores del imperio enemigo. Hombres odiosos y odiados, hombres cargados por la codicia, por el resentimiento, desprovistos entonces de lo más elemental en la relación humana que se llama amistad. El pago espantoso que la avaricia trae ya en esta tierra es la incapacidad de hacer amigos.

Los publicanos eran únicamente reconocidos por otros publicanos. Su círculo social era el de otros pecadores como ellos. Y esa era la vida de Mateo. Por eso tenemos que cantar la misericordia de Cristo, porque los ojos de Cristo se posaron sobre ese hombre, sobre un hombre al que no había que premiarle la virtud, sino si acaso, reprocharle su vicio. ¿Pero cuánto puede el amor de Jesús? ¿Cuánto puede esa mirada? esa mirada que no solamente derrama bondad sobre nosotros, sino que es capaz. Y esto es lo que me parece más bello es capaz de penetrar en la maraña tupida de nuestros pecados para reconocer que en nosotros, más allá de los errores que hayamos cometido, más allá de las condiciones de oscuridad en que tal vez hemos vivido, en nosotros todavía resplandece una luz divina y todavía hay una posibilidad de bien. Por eso la fiesta de San Mateo es una fiesta de la esperanza cristiana. Con cuánta facilidad, mis hermanos, decimos expresiones como ya con tal persona ya no hay nada que hacer.

Hermanos, pecamos contra la esperanza cuando decimos que ya no hay nada que hacer con tal persona, que ya no hay nada que hacer en tal parroquia, que ya no hay nada que hacer por la paz, que ya no hay nada que hacer para vencer el pecado, que ya no hay nada que hacer con esta juventud. ¡Mentira! Ese es pecado contra la esperanza. La mirada de Jesús en este día nos está diciendo: Sí, hay mucho que hacer. Y por eso, de una manera obstinada, con la obstinación del amor, tenemos que anunciar el Reino de Dios, proclamar la bondad de Jesús, predicar la hermosura de la virtud, porque no se sabe cuál es el día en el que el corazón de Mateo se abra. No se sabe cuál es el día en que esa fortaleza tan defendida por el miedo y por el prejuicio, deje una rendija, y por esa rendija puede entrar la dulce mirada de Cristo y cambiarlo todo. La misericordia es un regalo del cielo, pero tiene también un aspecto terrenal que conviene subrayar. En una de sus conocidas parábolas dice Jesucristo El reino de los cielos se parece a un comerciante en perlas finas que al encontrar una de gran valor, vende todo y la consigue, la adquiere. Es interesante esa palabra de Cristo, porque nos hace ver el aspecto celestial, pero también, llamémoslo terrenal. Casi digo mundanal de la salvación. Es como si Cristo dijera: Los ojos expertos del mejor comerciante sabrán reconocer el valor de la propuesta que yo traigo. El Evangelio. Y entiéndase que lo digo con respeto.

El Evangelio es el mejor negocio que puede hacer una sociedad. Es el mejor negocio que puede llegar a cualquier vida. Y cabe suponer que Mateo, que sabía tanto de dineros y de negocios, algo pudo descubrir también en la vida, en el tenor de vida y en el modo de palabra de Jesús de Nazaret. Quizás ese comerciante no en perlas finas, pero sí en dinero y finanzas. Ese comerciante es Mateo. Y lo que quiero decir es que aceptar a Jesucristo, aceptar su llamado, aceptar la vocación, es también desde el punto de vista de lo deseable en esta tierra. Es también un buen negocio. En un momento de cierta crisis vocacional, o eso cabe suponerlo. Pedro sintió que se le acababa la paciencia por tantas renuncias que tenía el servicio al Reino de Dios y le preguntó a Cristo y a nosotros, que lo hemos dejado todo, ¿Qué nos va a tocar? Jesucristo le responde: El ciento por uno. Aunque añade también con un trazo de buen humor, el ciento por uno con persecuciones. De modo que la conversión de Mateo hay que verla en primer lugar como un acto de la divina gracia.

Pero en segundo lugar, hay que verlo como el mejor negocio que este hombre podía hacer. Así como Pablo, el gran escrutador y estudioso de la palabra divina, nunca logró mejor su propósito de vida, sino cuando se volvió al evangelio de Jesús y en ese evangelio encontró el verdadero sentido de todo lo que había estudiado. Así también Mateo, ávido de ganancias, nunca hizo mejor ganancia que cuando aceptó la llamada de Jesucristo. Hay algunos incluso que hacen esta comparación con aquel ladrón que se convirtió en el Calvario al que solemos llamar el buen ladrón, y varios han predicado sobre ese tema diciendo: El buen ladrón robó hasta el final, se robó el cielo al final. Entiéndase bien lo que quiero decir. Quiero decir que Dios es tan compasivo que nos habla en nuestro propio lenguaje. Y si estás ávido de verdad, él es tu verdad. Y si lo que quieres es la belleza, Él es el más bello de los hombres, y en sus labios se derrama la gracia. Y si lo que quieres es sabiduría, Él es la sabiduría de Dios. Y si lo que quieres es ganancia, si es la codicia lo que te mueve, entiende que no hay tesoro más grande.

Pero aquí hay que destacar otro hecho: se encuentran la gracia de Dios y el ojo crítico y adiestrado de Mateo, y se da la conversión. Pero él no se queda solo. La conversión es un acto, es un evento en una historia personal, pero por ello mismo toca y transforma el tejido social. Ningún momento mejor para subrayar esto que cuando recordamos cincuenta años de sacerdocio de uno que fue llamado. Por el amor de Dios. Nuestro muy querido Monseñor Norman. La historia de amor entre el corazón de Cristo y el corazón de este sacerdote que ya llega a la cima dorada de sus cincuenta años de ordenación. Esa historia de amor no se queda entre ellos dos. Florece. Florece en una comunidad. Florece en centenares, en miles de personas que le han escuchado, que han seguido sus consejos, que han recibido el bien de la reconciliación por su ministerio sacerdotal, que se han alimentado del Cuerpo de Cristo, confeccionado en sus manos ungidas de sacerdote. Es muy importante, hermanos, que entendamos que todo pecado tiene una dimensión social y que todo acto de virtud tiene una repercusión en el cielo y en la tierra. No es posible tener un mal pensamiento en la soledad oscura de tu habitación cerrada sin dañar el universo.

Para nosotros, los cristianos, no existe en realidad esa distinción tan querida por el pensamiento posterior a la Revolución Francesa. Esa distinción entre lo privado y lo público. Cuando Jesús dice: El que mira a una mujer y la desea, ya cometió adulterio en su corazón. Está diciendo que ya no queda ningún espacio que podamos quitarle al poder del Evangelio, a la hermosura de la gracia y a la majestad del Dios del universo. Pero al mismo tiempo, no se puede decirle sí a Jesucristo sin que eso embellezca al cosmos entero. Sí, hoy, querido hermano. Sí, hoy, querida hermana, movida por el ejemplo de San Mateo, tú le dices a Jesús: si en tu corazón, antes de que ese si lo escuchen tus propios oídos, ya resonó en el cielo. El sí que tú le das a Jesús antes de que lo pronuncie tu lengua ya lo conoce tu Padre y ya lo celebra tu ángel custodio, y ya es motivo de fiesta en el paraíso. Por eso dice el Salmo: No ha llegado aún la palabra a mi boca y ya te la sabes toda.

Por eso, mis hermanos, cuando celebramos a Mateo o cuando nos gozamos de la historia de amor vocacional de Monseñor Norman, debemos tener claro algo. Nuestro Sí a Dios, el de cada uno de nosotros, hace una diferencia. No estamos aquí únicamente para reflexionar en el ministerio sacerdotal de Monseñor. Estamos aquí también para que cada uno tome conciencia de su sacerdocio bautismal. El Dios que te bautizó. Porque San Agustín dice: Cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. El Dios que te bautizó. El Dios que se entrega a ti en la Eucaristía. El Dios que aguarda, saluda y bendice. La oración de la mañana y la oración de la tarde que tú haces. Ese Dios que embellece y sana y fortalece tu vida. No es distinto para ti que para el sacerdote. Cuando San Pablo nos dice en el capítulo doce de la Carta a los Romanos, presentad vuestros cuerpos como hostia viva, pura, agradable a Dios. No está hablando únicamente de los sacerdotes. Es todo aquel que ha conocido a Jesucristo, todo aquel que se ha unido irrevocablemente a su Pascua por el don del bautismo. Es cada uno, cada uno de nosotros.

Y ahora quiero dirigir mis palabras, especialmente a mis hermanos laicos y laicas que nos acompañan en buen número. Así como te alegras del sacerdocio de monseñor Norman, alégrate de tu sacerdocio bautismal y alégrate, porque cada acto de amor, cada acto de fe, cada acto de esperanza, de abnegación o de plegaria que tú realizas, transforma y embellece al mundo. Dios lo sabe todo. Si tú, en la soledad de tu dormitorio, te despiertas accidentalmente, decimos en la madrugada y se te ocurre ponerte de rodillas para hacer una oración, por ejemplo, por la paz del mundo o por aquellos que están sufriendo la inclemencia del temporal en México, o por los niños abortados en Escandinavia o por los presos políticos en la India o en Pakistán. Esa oración desconocida para el mundo es un acto sacerdotal que tú realizas con la gracia del bautismo que te fue dada. Y es verdad que necesitamos sacerdotes santos, pero también es verdad que la unción que se derramó tan abundantemente sobre Aarón baja hasta la franja de su ornamento, es decir, hasta ese lugar de su corazón, donde él recibe el abrazo del pueblo de Dios.

Por eso, hermanos, no podemos regocijarnos en el don sacerdotal de monseñor Norman sin caer en la cuenta de nuestra responsabilidad, de nuestra alegre responsabilidad como bautizados. La llamada a la santidad no queda circunscrita al sacerdote. Bien nos lo enseña la Constitución. Lumen Gentium. La única vocación, la vocación única de la Iglesia de toda la Iglesia, es la santidad. Terminemos con un último punto de reflexión. Si miramos el título de la fiesta que hoy nos congrega, encontramos esta expresión Fiesta de San Mateo, apóstol y evangelista. Muchas veces al venir a la Santa Misa escuchamos en el momento de la lectura del Evangelio, que se toma un texto de San Mateo. Mira, pues, a dónde fue a parar este publicano. Un hombre que había aprendido a escribir, sobre todo para llevar las cuentas de sus monedas, de su plata y de lo que tenía que dar a los romanos. Después utilizó ese don de la Escritura para consignar las riquezas del cielo. San Mateo, apóstol y evangelista. A mí ese título me hace recordar. El encuentro, la reunión de nuestros obispos en Aparecida hace unos pocos años. Aparecida santuario en el Brasil, donde se reunió. Se reunieron nuestros obispos de América Latina y el Caribe y nos dejaron una consigna Discípulos y misioneros. Discípulos que escuchan, misioneros que hablan, discípulos que reciben el mensaje, misioneros que saben transmitirlo. Ese es Mateo, objeto de la misericordia y vocero de la misericordia. Es Mateo el apóstol y evangelista. Que ese mensaje quede también para nosotros. Quién de nosotros que abra bien sus ojos. Podrá negar las innumerables manifestaciones de la misericordia Divina.

Si apreciamos esas manifestaciones, si agradecemos lo que Dios ha hecho por nosotros, entonces somos discípulos. Pero nuestros obispos nos dijeron en Aparecida No solo eso, te necesitamos, misionero. Que eso que has recibido lo cuentes, lo celebres, lo compartas, lo hagas vida en otros. Durante por lo menos los últimos cincuenta años. Esa ha sido la vida de Monseñor Norman. Siguiendo su ejemplo y el de tantos sacerdotes que Dios nos ha concedido conocer, tiene que ser también norma para nosotros. recibir, formarnos en la fe, apreciar nuestro ser de católicos y luego salir y ser testigos y anunciar a un Dios vivo. Mis hermanos son grandes las muestras de la piedad divina, pero no son menores las necesidades de nuestro mundo. Ya que nos alimentamos todos de esta misma palabra, ya que todos vamos a comulgar de un mismo cuerpo y a beber de una misma bebida espiritual, como nos recuerda San Pablo. Que sea también una misma fe, que sea también un mismo amor el que brille en nuestra vida, y que esta Iglesia particular, con el poder de ese amor de Cristo y con la unción de ese espíritu, florezca para la gloria del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

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