Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Mostrando una inmensa misericordia con algunas personas, Dios las llama a seguirlo más de cerca.

Homilía smat002a, predicada en 19980921, con 26 min. y 50 seg.

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Transcripción:

En esta celebración del apóstol San Mateo, la Iglesia destaca sobre todo la misericordia de Dios. Los recaudadores de impuestos no eran lo que dice inocentemente su nombre. Eran gente que trabajaba para el Imperio Romano extorsionando, con el apoyo de la Fuerza Pública, especialmente a los más pobres. Su papel era exprimir los bienes ya exiguos de los pobres para pagarle una porción al Imperio Romano y para hacerse ricos, de esa manera. Eran gente sumamente odiada y así, con ese odio y con esa oposición de todos estaba y vivía el apóstol San Mateo. Que esta persona, la más odiada, la más rechazada del pueblo, reciba una mirada de Jesucristo, una palabra de Jesucristo, una gracia tan grande de Jesucristo es una expresión inmensa de la misericordia de Dios. Pero no fue la última misericordia que tuvo Jesús con Mateo. Lo sacó de la esclavitud del dinero, lo defendió del odio de la gente, lo sanó en su corazón, lo curó del miedo, lo libró entonces de toda tiniebla, lo trató como amigo, le enseñó los misterios de su corazón, compartió con él el Evangelio y luego lo envió como instrumento suyo, como amigo suyo, a predicar. Si esto fuera poco, añadió una gracia a un mejor y a un mayor.

Su voz no solo llegó a las personas que vivían en el tiempo de Mateo con una unción especial del Espíritu, le concedió plasmar en palabras el testimonio vivo de la obra de Jesús. El testimonio vivo de la revelación del Padre. Y así ha llegado hasta nosotros. El evangelio de Mateo. Del cual hemos leído precisamente este pequeño fragmento en el cual el autor nos cuenta su propia vocación. Es decir, que en este día se despliega abundantísimamente, se despliega largamente ante nosotros. El poder de la misericordia de Dios. Podemos decir que en Mateo realmente Jesús se fijó en lo último de lo último y de ahí sacó esta maravilla de predicador, de apóstol y evangelista. Para mi historia personal. Entonces, la palabra misericordia es inseparable de lo que aconteció aquel veintiuno de septiembre de mil novecientos noventa y uno. También en aquella ocasión se leyeron estas lecturas. También en aquella ocasión la mirada de Cristo, también en aquella ocasión su amor, su gracia esplendorosa, también en aquella ocasión sentía yo, y hoy lo siento tal vez más claramente, que Jesús sigue con las mismas costumbres que dicen los evangelistas: Sigue mirando a nosotros los pecadores. Sigue llamándonos, sigue perdonándonos y sanándonos. Sigue enseñándonos y amándonos. Sigue enviándonos como testigos de su palabra, de su gracia y de su amor.

Cómo debieron de quedar en la mente de San Mateo grabadas esas palabras, esas respuestas que dice el Evangelio de hoy: no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Y por eso yo digo que si el médico es Jesús, es mejor para uno ser enfermo que sano. Si el médico es Jesucristo, felices los enfermos, porque esos tendrán cita en ese consultorio. Si el médico va a ser Jesucristo quien lo quiere ser enfermo, si el médico va a ser Él quien no se reconocerá de buen grado como enfermo y como necesitado de su medicina, ¿que va a ser? ¿cuál va a ser esa unción del Espíritu?. Hay un santo predicador cuyo texto toma la Iglesia en la liturgia de las Horas para este día en el oficio de lecturas, y dice que cuando Jesús miró a Mateo y le habló, le hablaba no solo a sus oídos exteriores. La palabra de Jesús estaba instruyendo también interiormente. El mismo Jesús que exteriormente llamaba a Mateo, interiormente lo convencía del poder de la gracia. Esta es la diferencia entre Jesucristo y todos los profetas y todos los demás predicadores que en el mundo han sido. Esa gracia de Jesús de poder enseñar con una palabra exterior que brota de su carne, y también instruir con una palabra interior que brota de la unción del Espíritu Santo que en él reposa. Esta es la grandeza de Jesucristo. Jesús nos abraza con una palabra exterior y con una palabra interior y por eso Él cambia lo que nosotros somos. Por eso Jesucristo puede rehacernos, puede transformarnos. Y la prueba está en este hombre. Poca gente tan odiada en Palestina como este Mateo. Poca gente rechazada.

Y yo creo que cuando uno ha tratado al ser humano, uno se da cuenta de que si hay algo que destruya el corazón es el odio. Si hay algo que puede aniquilar a una persona es la falta de amor. Pues bien, Mateo duró años y años arrastrándose en los témpanos gélidos del odio y del solo amor al dinero. Y sin embargo, en esos páramos pudo Jesucristo hacer una primavera de gracia, de ternura, hasta convertir a ese hombre insensible y metalizado en el tierno y elocuente predicador que nos enseña a través de su Evangelio. También yo creo que en mi vida hubo esa palabra exterior y esa palabra interior, una palabra interior que le mueve a uno, lo cuestiona, a uno que le hace preguntarse Bueno, y si yo estuviera llamado a. Yo creo que yo tendría la edad de alguno de estos jovencitos. Yo creo que yo tendría la edad de alguno de ustedes. Cuando hace ya entonces bastantes años me paseaba por la iglesia de Torcoroma, la parroquia de Torcoroma, en Barranquilla, y resulta que la Arquidiócesis de Barranquilla había iniciado una propaganda vocacional en aquella época y había unos letreritos que decían algo así Tu puedes ser sacerdote, ¿por qué no? Era un cartelito sencillo, pobrecito, que decía algo así. Y un día llegamos temprano a la Santa Misa con mi familia Y yo que no me podía estar muy quieto, sino que era más bien inquieto y caminador, me puse a recorrer la iglesia porque me parecía muy aburrido quedarme quieto en una banca, orando o rezando como podían hacer los mayores. Y caminando por la iglesia me encontré con ese cartelito. Me encontré con ese cartelito. Yo creo que yo tendría unos doce o trece años cuando vi ese cartelito Tú puedes ser sacerdote, ¿por qué no? Y me quedé mirando el cartel y las otras palabras que ahí decía y que ahora no recuerdo. Y yo sentí que, yo sentí que hay gente que podía ser llamada, pero no sentí que yo era llamado.

Entendí una cosa. Entendí que Dios podía llamar a quien quisiera, pero yo no sentí que yo estuviera llamado para una vida así. Pasó el tiempo y cuando tenía quince años estábamos en un grupo de oración en el que se solía celebrar la Eucaristía. Fue en la fiesta de la Asunción de la Virgen de hace dieciocho años, en mil novecientos ochenta. Y a mí me encantaba ir a ese grupo, sobre todo en las fiestas de la Virgen María, porque has sido ella. Para mí, ha sido un motivo de mucho gozo y de mucho descanso. Yo siento muchísimo descanso, de pensar en ella, de volver los ojos hacia ella o de escuchar hablar de la Virgen María. Entonces estuve esta Eucaristía y después, directamente después de comulgar, entonces pasó, pasó lo que lo que dice el predicador aquel de San Mateo. Yo sentí interiormente, yo no vi ninguna voz. No fue algo así como una revelación privada o algo así, no. Pero yo sentí interiormente una posteriormente una profunda convicción de que eso era posible para mí. Fíjate la diferencia que Dios hizo en tres años entre considerar que eso es posible para alguien y pensar que eso era posible para mí. Pero no solo sentí que era posible para mí. Sentí que esa era mi vida, que esa era, que ese era mi camino, que para eso había sido hecho, que por eso existía, que esa era la vida, que esa era la vida mía.

Pero entre ese momento, cuando yo tenía quince años y lo que sucedió en el noventa y uno y lo que sucedió en mil novecientos noventa y uno, ahí hay una, hay una diferencia y hay un trecho. Y ese trecho va entre la voz interior, que es como la convicción que uno tiene, y la voz exterior. ¿Y cuál es la voz exterior aquí? Jesús le dijo con su propia boca. Le dijo a Mateo Sígueme. ¿cómo puede uno escuchar una voz exterior de Jesucristo? Pues uno la oye del cuerpo de Jesucristo, que es la Iglesia. Hay un momento en la celebración de las ordenaciones. Hay un momento en el que se dice el presidente de la ordenación dice: Acérquense los que van a ser ordenados y entonces se van leyendo los nombres. Tal vez algunos de ustedes han estado en ordenaciones. Se van leyendo los nombres de las personas que van a ser ordenadas. Un día, y ese día fue hace siete años. Eso pasó ahí, en la iglesia de nuestro convento de Santo Domingo. Entonces dijo el señor Arzobispo que de Dios goce ya partió para la eternidad. Monseñor Rebollo dijo: Acérquense los que van a ser ordenados diáconos. Y entonces fue, pienso yo, el provincial mío.

Yo no recuerdo quién leyó eso, se fue el provincial o fue mi maestro. Estudiantes Entonces leyó mi nombre. En ese momento estaba aconteciendo esta palabra. En ese momento hay una voz exterior que sonó en las paredes de ese templo, una voz que salió por un micrófono y por unos parlantes, una voz que yo escuché que decía mi nombre. Acércate, acércate, Cristo presente, mística pero realísima mente en la persona del obispo. Llama, llama y es esa palabra exterior que vino a confirmar lo que había sucedido unos años antes, unos años antes, allá en lo interior de mi corazón. ¡Qué bella es la gracia de Dios! La palabra interior que Él me había regalado. Esa convicción interior se vio confirmada por la palabra exterior. Tal vez algunos de ustedes se imaginen que ese fue el momento de la ordenación sacerdotal. No lo que yo recibí, como ya lo he dicho, es la ordenación como diácono. Ese fue el momento de la ordenación como diácono. Pero le he tomado un cariño inmenso a la ordenación como diácono, porque es que resulta que en la Iglesia Católica el sacramento del orden tiene tres grados y esos tres grados son el diaconado, el presbiterado y el episcopado. Entonces, cuando uno recibe el diaconado, uno recibe por primera vez el sacramento del orden. Seis meses después, exactamente seis meses después de la ordenación de diácono, el veintiuno de marzo del noventa y dos, recibí del Señor la gracia en la ordenación como presbítero, como decimos usualmente como sacerdote. ¿Pero sabe una cosa? A medida que pasa el tiempo, yo cada vez valoro más esta fecha en la que Jesús compartió su sacerdocio conmigo, porque eso no pasó. Eso no empezó a suceder el veintiuno de marzo, cuando me ordenaron presbítero, cuando me ordenaron como sacerdote. No fue el veintiuno de marzo cuando Jesús hizo eso, sino Jesús empezó a compartir conmigo su sacerdocio ministerial precisamente en aquel septiembre del año mil novecientos noventa y uno. Ahí, ahí sucedió eso.

Cuando una persona recibe la ordenación, el sacramento del orden, entonces. Entonces, ¿qué pasa? Pues pasan muchas cosas. Cuando yo era niño, por esa época de la caminata por la iglesia de Torcoroma, cuando yo era niño, a veces me preguntaba qué sentirían los padres, porque yo tenía mis ratos así como medio medio piadoso, medio fervoroso. Y entonces yo pensaba qué sentirá un padre cuando dice en la Misa que este es el cuerpo de Cristo y consagra el cuerpo de Cristo, como ya había hecho la primera Comunión. Yo miraba a los padres y me parecían así gente como medio irreal. Yo decía ¿Qué puede sentir una persona? Y yo creí que con la ordenación primero como diácono y luego como presbítero, se me iban a aclarar esas dudas. Pues no, no se me han aclarado. Yo todavía no sé exactamente qué es todo lo que le pasa a uno. Yo todavía me siento como ese niño de doce o de trece años que mira el sacerdote. El problema es que el sacerdote ahora está muy cerquita de mí porque soy yo. Miro lo que a mí me sucede, mire lo que pasa y a mí me sigue pareciendo misterioso. No con el misterio de la magia que simplemente funciona, sino con el misterio de una participación de amor que es la que lo desarma a uno.

Porque el problema que yo tengo, el problema que me conmueve, el problema que me transforma, es descubrir que desde el comienzo de mi existencia Jesús no ha hecho sino amarme. Eso es lo que a mí me desarma. Y descubrir que el sacramento del orden es una presencia íntima, real, irrevocable, del amor de Jesucristo, hecho, hecho presencia en uno, una presencia que la teología nos enseña que es imborrable, del sacramento del orden, lo mismo que del sacramento de la Confirmación y del sacramento del bautismo, se dice que imprime carácter. Esto quiere decir que es imborrable y por lo mismo, es irrepetible. O al revés, imprime carácter, entonces es sido convertido ¿en qué? ¿en qué? El Papa. El Papa Juan Pablo Segundo escribió una carta lindísima que se llama Orientale Lumen. Esa carta no la conoce casi nadie, pero tal vez sea el documento más bello del Papa Juan Pablo Orientale Lumen, es una meditación sobre la espiritualidad del oriente de los cristianos del Oriente y en Vita Consecrata otro documento del Papa, aparece transcrito una meditación que hace un monje cuando se pone a pensar en lo que significa estar dedicado a Dios. Yo quiero invitarlos a ustedes a que así como yo, así como yo no doy por descontado mi sacerdocio, sino que intento cómo navegar en él, intento como zambullirme en él a ver qué es lo que tiene eso.

Así también yo les invito, a que ustedes se sumerjan en los misterios, en el misterio del amor que Cristo les ha tenido. ¿Ustedes cómo tratan su bautismo? ¿Cómo tratamos? Porque la gran participación del sacerdocio de Cristo es el bautismo. Nosotros, por el sacramento del orden, tenemos una participación en el ministerio de Cristo. Hacemos visible de un modo particular a Cristo como cabeza de la Iglesia. Y esa, como es una realidad intrínseca a la Iglesia, es irrevocable y constituye un sacramento. Bien, pero el sacerdocio fundamental es el sacerdocio del bautismo. Sabe ¿qué quisiera yo de ustedes? Que esta celebración ustedes salieran gozosos de ser bautizados. Yo quisiera regalarles ojos fascinados de niño para su propio bautismo. Tal vez una de las cosas, una de las cosas más bellas que Dios me ha podido regalar es eso que les decía ahorita, que yo me sigo sintiendo un niño de diez o doce años mirando a un padre celebrar misa, en este caso el padre soy yo mismo.

Yo no creo que yo entienda la misa. Yo no creo que yo tenga práctica para celebrar misa. Yo no creo que yo haya agotado lo que significa la misa, no. Ni la misa, ni la confesión, ni nada. A veces me parece. Por ejemplo, en la confesión, a veces me parece que Cristo me regaló la ordenación, sobre todo para que yo fuera testigo de primera fila. Ser sacerdote es chévere, porque cuando uno está, por ejemplo, en la confesión, uno puede mirar muy cerquita lo que Cristo hace. Uno no va a ser tan tonto como nos dicen algunos protestantes, de creer que uno es el que perdona los pecados, no, uno que uno, en el mejor de los casos, es el testigo de primera línea. Haga de cuenta que usted se viniera aquí, muy cerquita, muy cerquita a este altar, y se quedará mirando, mirando, mirando la hostia, como decía un sacerdote en unos retiros, mirando la hostia. A ver en qué momento se vuelve el cuerpo de Cristo. Pues algo parecido es lo que le sucede a uno ¿De dónde sale eso? Eso es algo que está en mi. No, eso no está en mi. Es algo, es algo que no brota de mí. Mejor dicho, sí está en mí. Pero es algo que no brota de mí. Es algo que está siempre conmigo, pero que no soy yo. Es algo diferente. Es algo que me trasciende y que me supera, pero que sin embargo, de alguna manera necesita de mí para llegar a todos ustedes, para llegar a la Iglesia.

Entonces, a mí eso me parece lindísimo de ser sacerdote, que uno pueda estar como tan cerquita cuando pasan las cosas, tan cerquita cuando Jesús perdona a la gente, tan cerquita, cuando Jesús la unge, tan cerquita, cuando Jesús la bautiza. Yo creo que lo más bonito de ser sacerdote es eso, estar muy cerquita de las obras de Cristo, pero que uno sienta que uno las hace. Yo no siento que yo las haga. Yo siento que yo soy es como un testigo, un testigo sin embargo necesario por darle ese nombre, por voluntad de Cristo, un testigo necesario de las obras que el Señor realiza. Pues yo quisiera que ustedes, mis queridos amigos, pudieran tener del Señor Jesús un pensamiento semejante con respecto a ustedes mismos. Yo quisiera que ustedes pudieran tener como una fascinación semejante. Quisiera que Jesús les regalara ojos de niños, ojos de niños fascinados por la obra de la gracia y por la obra de su amor, para mirarle, para contemplarle, para descubrir que nosotros los bautizados, somos en esta tierra como milagros. Nosotros somos como bendiciones que caminamos. Somos bendiciones vivas. Nosotros, por el bautismo, nos hemos convertido en una realidad en la que lamentablemente poco pensamos, pero es una realidad que es esencialmente distinta. Mira, nada, nada, nada, nada podría hacer por ti lo que ha hecho el bautismo. Y desde ese misterio en adelante, la vida mía se siente colmada por la generosidad y por el amor de Jesucristo.

Amigos, estamos celebrando la misericordia y hemos hecho como un recorrido que da la vuelta y que vuelve a la misma palabra misericordia. ¿Por qué pasa esto? ¿Por qué pasa esto? ¿Por qué estoy yo aquí? Una vez decía mi papá en una cena de familia, decía Dios supo lo que hizo contigo. Si tú no fueras sacerdote, seguramente serías un delincuente. Jefe de una banda, un guerrillero, jefe de paramilitares o alguna cosa parecida. ¿Sabe qué pienso yo? Yo pienso y con esto termino mis meditaciones, porque no puedo eternizarme. Yo pienso que Jesús me quiso sacerdote. Jesús me quiso participar de su sacerdocio como una manera de salvarme. Yo creo que Él me salvó. Yo creo que a través del sacramento del orden, poniéndome, poniendo delante de mi inteligencia misterios que me sobrepasan, misterios que me desbordan, logro que esa inteligencia no se volviera una diosa en mí, poniendo delante de mi corazón un manantial de amor tan grande y poniendo delante de mi vista las necesidades, las urgencias y los dolores de tantas personas. Jesús me amó, porque así mi pobre corazón, que no puede vivir sin amor, encontró un camino para amar. Y yo he podido comprobar que, por lo menos en lo que a mí respecta, tengo una necesidad tan grande, tan grande de amar, una necesidad tan grande, tan desbordante, que queriendo como quiero la vida de familia, yo siento que decididamente esa no era mi vida. No, yo estaba hecho para algo distinto.

Entonces Jesús me miró con misericordia y vio que este tipo para salvarse, este para poder salvarse, para poder realizarse, necesita un género de vida distinto. Jesús ha puesto delante de mí los enigmas más profundos, los enigmas que me desarman, que quiebran mis seguridades. Jesús ha puesto delante de mí océanos, océanos de bondad en los que puedo navegar, en los que nunca puedo agotar Yo por eso pienso que a mí, me atrevo a decir modestamente, como a este apóstol me llamó porque me amó, porque lo pensó así. Y claro, cómo puedo decir esto sin reconocer lo pobre que ha sido mi respuesta, sobre todo delante de ustedes. Muchos de los cuales han visto, han vivido, Han conocido tantas mediocridades que tiene uno, tantas incoherencias, tantas faltas. Yo digo, yo digo ¿cómo puede uno mirar esa luz tan grande del amor de Dios y no reconocer lo que uno ha sido? S¿abe qué es lo más grave? Que todavía diciéndolo y todavía predicándolo Eso no significa que esté sanado o que esté confirmado en gracia, o que no pueda recaer. Así como Jesús llamó y llamó a Mateo, así también llamó y llamó al Iscariote, a Judas. Yo me pongo a pensar ¿Y yo tengo yo que no tenga él? ¿O qué tiene él que no tenga yo? También yo puedo ser. Tiemblo al decirlo. También yo puedo ser un traidor. Amigos, yo no tengo a nadie. Tengo solo a Dios. Una vez el Señor me mostró en una oración. Llamémoslo una especie de visión en la que me decía: Mira lo que tú eres como persona. Eres como las demás personas, pero lo que tú eres como sacerdote es un tejido de la misericordia de Dios y de las oraciones de la Iglesia.

Y ustedes saben, amigos, que los tejidos se hacen con hilos en dos sentidos, ¿cierto? No se pueden hacer con solo hilos así, ni solo con hilos así, toca saberlos entrelazar. Yo cuento con la misericordia de Dios, pero para que el tejido de mi sacerdocio se mantenga, para que Dios me perdone, para que me ayude y para que yo pueda servirles bien, necesito muchísimo de las oraciones amorosas creyentes esperanzadas de todos ustedes. Gracias por estar aquí. Gracias por ayudarme a agradecer al Señor y que todos, como niños fascinados nos admiremos de las bondades de Dios, nos convirtamos de nuestras faltas y le sirvamos como Él merece ser servido. Amén.

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