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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El seguimiento de Cristo no es sólo para los sacerdotes y los religiosos.
Homilía smat001a, predicada en 19960921, con 24 min. y 53 seg. 
Transcripción:
La pregunta que hacen los fariseos y que acabamos de escuchar en el santo Evangelio no hay que darla ya por respondida Esa pregunta no ha quedado respondida. ¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores? Lo que dice Jesús es respuesta, pero es una respuesta, por lo menos igual de misteriosa que la pregunta. ¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores? ¿Por qué resulta Jesús mezclado con gente de tan mala ley? ¿No será que se va a ensuciar tanta blancura en tanto lodo? No será que va a cumplirse también en este caso aquello que dice el refrán el que anda con la miel algo se le pega. Entonces Jesús, ¿que no andaba con la miel o no se le pegaba nada? ¿Por qué Jesús es la excepción de ese refrán? ¿Por qué nosotros decimos en nuestra experiencia humana una manzana dañada echa a perder a todas las de la caja? ¿Qué diremos entonces de una sola manzanita buena en medio de todas las manzanas dañadas? Porque ese es Cristo en esta tierra. Y eso es lo que preguntan los fariseos. Su pregunta, desde luego, llevaba una mala intención, en el sentido de que suponía un juicio sobre Jesucristo. Pero si hacemos caso omiso de esa mala intención, en ella encontramos como una puerta para un misterio bastante grande. ¿Qué le va a pasar a este cordero en medio de tanto lobo? ¿Qué sucederá con esta manzanita buena y sana en una caja de manzanas tan dañadas como son las manzanas que encontró Dios al venir a esta tierra? Por qué él precisamente Él parece no ensuciarse. Los fariseos habían tomado su nombre de una palabra hebrea que significa algo así como fieles, y también como apartados, como quien dice: Nosotros somos los que conservamos el bien, los que conservamos la ley, los que conservamos la plenitud de la fe y de la práctica. Entonces, el contraste está entre el modo de obrar de los fariseos y el de Jesús. El bien del fariseo es un bien que intenta no contaminarse. Y el bien de Jesús es un bien que busca revolverse con el mal para salvarlo. ¿Por qué hay estos dos tipos de bien? La pregunta no es tan sencilla. Si uno la piensa otra vez, por ejemplo, piensa en una familia. ¿Qué le dicen los papás a los hijos? Usted tiene que cuidar sus amistades. Y uno ve que es razonable que el papá le diga al hijo cuide sus amistades, cuide con quién se mete, no se meta con cualquiera. Pero entonces empieza uno a enredarse la cabeza y también la lengua, por lo visto. Se le va uno embrollando la cabeza porque como así. A ver, a un niño hay que decirle eso. Ningún papá le va a decir mi hijo busquen el curso los que sean más calavera, los que usted vea más desaplicados y hágase amigo de ellos, y sálvelos. Eso no le va a decir ningún papá a los hijos. ¿Qué quiere decir esto? ¿Entonces ahora qué hacemos? Quiere decir entonces que los consejos que los papás le dan a los hijos son consejos de fariseo. Pero por otra parte, resulta razonable que algún papá le dijera al hijo algo distinto. Pensemos en una comunidad religiosa. Se supone que nosotros estamos en el seguimiento de Cristo. Hemos leído, quizá con cierto orgullo, con gran alegría, la carta la exhortación apostólica de Juan Pablo Segundo Vita consecrata, en la cual no ahorra elogios para lo que significa la consagración religiosa y uno siente que maravilla, he sido llamado al seguimiento de Cristo. Secuela a Cristo. Nosotros, de una manera especial dentro del pueblo cristiano, tenemos que manifestar el seguimiento de Cristo. Y uno siente en eso una gran alegría. Pero por ahí algún dominico dijo bueno, y qué tal que Dios llamara a las comunidades religiosas gente como este criatura, como Mateo. Y ahí también la cosa se complica y ahí también las ideas se le revuelven a uno un poco en la cabeza. Si uno habla, por ejemplo, con los promotores o las promotoras vocacionales. ¿Qué le dicen? Mire, lo primero es ver cómo es la familia. Bueno, cuénteme, usted está muy interesado, caballero en la vida dominicana. Hábleme un poquito de su familia. El hombre rompe a llorar. Mi familia es una tragedia. Mi papá, antes de enloquecer, era un borracho. Mi mamá, después de que se casó la tercera vez por la desesperación de la hija que se fugó, vio que había un tío que estaba preso. ¡Ah, muy bueno! Bien, vamos a orar mucho por ti. Qué tal con ese pasadito, con ese pasadito, qué tal si lo recibimos en el convento. Qué tal si lo recibimos. Y se miran los antecedentes, las enfermedades, las taras familiares, los problemas. Discretamente, la gente averigua Usted cuando atraviesa la autopista, siente algún atractivo por los carros tirarse, cosas así. Se intenta ver qué clase de persona es, cómo reacciona la persona. Imaginémonos que lo mismo se aplicará en el caso de Mateo. Se van complicando las ideas. Imaginemos que lo mismo se aplicará en el caso de Mateo. Bueno, ¿cuáles son sus antecedentes? Llevo de ladrón público declarado unos doce años. Tengo enemigos a diestra y siniestra. Vivo armado porque sé que pueden intentar matarme. ¿Y cuáles son sus amistades? Fulanita, la prostituta, el otro, el alcohólico. Y aquí don Rafa, que esos son sus amigos. Bueno, la conclusión es muy complicada de sacar. ¿Entonces qué? O la vida religiosa no corresponde tal cual al seguimiento de Cristo o el seguimiento de Cristo es otra cosa que no hemos entendido. Por eso digo que predicar sobre San Mateo no es nada fácil, es bastante difícil, especialmente cuando hay tan gran número de personas consagradas de vidas consagradas. No será que más bien una persona tendría que decir: Pues sí, yo tengo un pasado tormentoso. Este es mi patrón y este es mi día. Y esto muestra que también yo puedo ser llamado. Pero cuando se conoce a las personas que han tenido un pasado tormentoso, uno se da cuenta de que efectivamente, en su práctica de la vida religiosa encuentran dificultades serias, serias, y la guarda de los votos se vuelve un problema complicadísimo. Y después de que han avanzado con gran dificultad, finalmente la comunidad recupera la paz cuando muere la persona. Entonces dice uno: ¿Al fin qué hacemos? Si es la vida religiosa expresión del seguimiento de Cristo, como aparece en un texto de estos. Vamos a tratar de concretar bien nuestras inquietudes, las que hemos planteado hasta aquí. Básicamente serían dos. La primera, la que he descrito con el ejemplo del padre de familia y su hijo en el colegio. Y la segunda, la que he descrito con la tónica de una comunidad religiosa y sus vocaciones. Porque si una comunidad religiosa tiene que escoger tanto sus vocaciones, vamos a decir algo bien duro y bien antipático. No será que la escogencia se hace más según los criterios de los fariseos y no según los criterios de Cristo. Un asunto bastante complicado, bastante complicado de plantear, sobre todo así en público y ante un grupo, repito, de personas consagradas. Jesús, ¿qué respuesta le da a la pregunta de los fariseos? No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa misericordia quiero y no sacrificios. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores. Creo que lo primero que tenemos que decir es, que nadie puede tomar el papel de Cristo. Nadie puede tomar el papel de Cristo. Lo que hizo Cristo lo hace Cristo. No es que lo que hizo Cristo ahora lo hacemos nosotros. Lo que hizo Cristo redimir, cambiar vidas. Eso lo hace Él y solamente Él. En este sentido, me parece que tenemos que ser muchísimo más humildes y muchísimo más realistas. Nosotros, los religiosos. Es verdad que en la vida religiosa aparecen, y de modo brillante, eminente, algunos rasgos de la vida histórica de Cristo, el Verbo encarnado. Pero decir que nosotros retratamos continuamente en la historia todos los aspectos de Cristo, eso no es cierto. Eso no es cierto. Nosotros representamos. Representamos. Presentamos de nuevo. Presentamos continuamente en la Iglesia algunos aspectos de la vida de Jesús. Pero el ministerio de Jesucristo, especialmente en su redención, no cabe entero en ninguna comunidad religiosa, en ningún estilo de vida sacerdotal, en ningún estado concreto de vida. El Papa, precisamente en su exhortación Vita Consecrata, habla de que en la Iglesia hay tres estados. El Estado clerical o el estado de los ministros ordenados. Ese es uno. El Estado laical o seglar. Él quiere que sean sinónimos. Y el estado de la vida consagrada. Pues bien. Jesús es modelo para esos tres estados. Y Jesús revive sus misterios en cada uno de ellos. Y por consiguiente, ni el sacerdote ni el religioso retratan completamente la vida de Cristo. La Iglesia está incompleta si no aparece la santidad del laico, la santidad del seglar. De manera que tenemos que matizar un poco cuando digamos que la vida religiosa es el seguimiento de Cristo. Ese lenguaje hay que matizarlo, hay que matizarlo. Nosotros expresamos, ciertamente, manifestamos algunos aspectos de la vida de Jesucristo, pero por ejemplo, el abandono de Cristo, para no hablar solo del tema al que nos invita San Mateo, el abandono de Cristo, su dolor, su indigencia, no quedan fácilmente a la vista en nosotros los religiosos. Al contrario, el religioso que se enferma o que pasa hambre, o que tiene una crisis, o que tiene una dificultad, siempre tiene debajo una mano que lo recibe. Había eso para Cristo. Había una comunidad detrás de él, un alguien que lo recibiera. No le vemos, al contrario, especialmente en su pasión. Sentirse que se descuelga en el abismo y que no había ninguna mano humana, sino solo la mano. Las manos de Papá Dios para sostenerlo. Entonces nosotros, los religiosos, nos retratamos del todo la indigencia de Cristo. Cristo indigente, Cristo abandonado. Solo de vez aparece más, aparece en el abandono, en la pobreza y en la enfermedad de muchas personas que no tienen, como tampoco tuvo Cristo una comunidad humana que lo soportara, que lo aguantara. Es grande el misterio y es hermoso el misterio de la vida religiosa. Sí. Pero más grande es el misterio del seguimiento de Cristo. Y San Mateo nos invita a que hoy agradezcamos el seguimiento de Cristo, que tiene una de sus expresiones en la vida religiosa. Pero no es la única. No es la única. Es una expresión y es bellísima. Y nosotros aprendemos de textos como el de hoy. Pero precisamente porque no es la única, tenemos que aprender a relativizar un poco nuestro modo particular de seguir a Jesús y saber que existe algo más grande que el seguimiento de Jesucristo es algo más grande, es algo mayor que nosotros. Que nosotros no tenemos los derechos de autor, los derechos reservados del seguimiento de Cristo. ¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores? Tratemos de dar alguna respuesta al problema que planteaba del padre de familia y su hijo. Efectivamente, el consejo que el padre de familia le puede dar al niño es escoge bien tus amistades. ¿Y qué hacemos con este Evangelio? Nada, porque este Jesús no es un niño. Así de sencillo. Al que es necesitado de ayuda, al que es pequeño y débil, al que no se ha acabado de formar en la fe no se le puede juntar con cualquiera. Y esto es una segunda lección de humildad. Muy fácilmente nosotros, los religiosos y los sacerdotes, especialmente, caemos en la tentación de tomar el lugar del Redentor, porque las personas abren ante nosotros los libros de su vida y nos cuentan cuitas y tristezas y nos plantean sus preguntas más hondas. Y es difícil para uno no sentirse la mujer Maravilla o Superman y decir de alguna manera yo voy a ser tu solución. Yo creo que yo he caído en eso todas las veces que ustedes quieran, porque uno se apropia tanto de su papel y como precisamente se le ha enseñado que es una vida cristiana, que uno puede pasar de entusiasta a temerario y de temerario a soberbio y de soberbio a pecador. Nosotros estamos formándonos en Cristo, nosotros todos, pero hablo especialmente para religiosos. Nosotros todos estamos formándonos en Cristo. Es verdad que Cristo puede tener delante a un endemoniado, o a un loco, o a un enfermo, o a un pecador de este tamaño y hacer en él una maravilla. Esto no significa que si a Fray Nelson lo ponen delante de cualquiera de esos personajes, entonces también él hará maravillas. Estoy formándome en Cristo, estoy formándome en Cristo y en la medida en que me vaya formando en Cristo, también yo podré acercarme al que está más débil, al que está más enfermo y ayudar al que está más enfermo. Por eso he dicho que Cristo es irreemplazable. Por eso digo que a Jesús nadie lo puede reemplazar. Él es Él y Él es el que salva, y nadie puede tomar el papel de él. Ninguna comunidad religiosa puede decir: Nosotros tenemos garantizado aquí todo el seguimiento de Jesús, y ninguna persona particular puede decir: Yo también he venido a llamar a los pecadores y no a los justos. Nosotros corremos el riesgo de tomar el papel de Jesús. Jesucristo es absolutamente único y nosotros somos llamados como Él. Dije mal. Nosotros somos llamados por Él, llamados como las demás personas. ¿Cuál es la diferencia entonces entre un fariseo que se guarda de contaminarse y el papá que le dice al muchacho cuidado con las amistades? ¿Cuál es la diferencia? Que el fariseo se guarda de contaminarse, pero él cree que está bien. Él cree que todo lo hace bien. Él cree que ya sabe cómo obrar y que está en la plenitud de la luz y de la santidad. Y lo que no quiere es perder su supuesta limpieza de santidad ensuciándose con la gente. Mejor dicho, para decirlo breve, la diferencia entre el fariseo y el muchacho que tiene que escoger sus amistades o la novicia que tiene que decir este caso yo no lo voy a poder resolver o la comunidad que tiene que decir a esta vocación no la podemos recibir. La diferencia entre el fariseo y todas estas personas es que el fariseo siente que no necesita salvación, mientras que la comunidad religiosa y la novicia y el muchacho cristiano que está con otros compañeritos en el colegio, esos, todos esos, tienen que saber que sí necesitan de salvación. O sea que lo que está mal en la manera como obran estos criterios, en lo que ellos se equivocan, no es en separarse o excluirse de los casos de pecado que les parecían demasiado difíciles. En eso no se equivocan. En lo que se equivocan es en creer que ellos no tienen pecado, en creer que ellos ya están salvados y que el pecado y la suciedad está solo fuera de ellos. Efectivamente, en la medida en que se consideran tan salvados, se pierden de que Cristo los salve. En la medida en que se sienten tan justificados, se pierden de que Cristo los justifique. En la medida en que se creen tan limpios, se pierden de ser limpiados por Cristo. Bueno, ¿qué enseñanzas entonces podemos sacar para nosotros de este evangelio? Primera este evangelio no es para que uno tome el lugar de Cristo, sino para que uno tome el lugar de Mateo. Este evangelio no es para que uno se considere redentor de los desvalidos, sino para que uno, sintiéndose y reconociéndose desvalido, pueda aceptar al verdadero y único Redentor, Jesucristo. Segunda enseñanza. Nosotros estamos formándonos en Jesucristo y en la medida en que vamos formándonos en Él, ciertamente unidos a Él, en su presencia y con su Espíritu, podemos llegar a ser útiles para otras personas. Podemos servir y ser expresiones de la misericordia de Dios para otras personas, pero será siempre con medida, es decir, será siempre con la conciencia de que nosotros mismos somos débiles y podemos caer. El que está en pie, mire, no caiga, dice San Pablo, será siempre con la conciencia de que el bien que se hace es para gloria de Dios y no resultado de nuestros méritos o virtudes. En tercer lugar, este evangelio nos enseña que nadie tiene completo el misterio de Cristo, que no debemos acaparar la expresión seguimiento de Cristo y reservarla para los sacerdotes o para los religiosos. Hay expresiones, expresiones humildes, expresiones ocultas del misterio de Cristo. Y si tenemos los ojos suficientemente abiertos a esas expresiones, no dejará Jesús de obrar su redención en nosotros. Porque en la medida en que sintamos que nosotros tenemos a todo Cristo, pues habremos recaído en el fariseísmo esta vez. Fariseísmo cristiano. Que Dios abra nuestros ojos a las manifestaciones humildes del misterio de Jesús. Si nosotros tomamos como propósito aprender de todos. Si nosotros tenemos nuestros ojos atentos a cualquier aparición de Jesús disfrazado de pobre, disfrazado de pecador, disfrazado de mendigo, si tenemos nuestros ojos abiertos ahí, pero hemos menos redentores, pero en compensación seremos más redimidos. Pareceremos menos buenos, pero seremos mucho mejores. Dios y Señor nuestro. Abre nuestros ojos. Permite que te reconozcamos en la humilde presencia, especialmente del pobre y del pecador, no para considerarnos redentores tuyos, sino para recibir de ti continuamente la redención. Permite, Señor, que sepamos que tú vas siempre adelante, que se trata del seguimiento de Cristo, y yo no puedo seguir a Cristo si ya lo he pasado. Permite Jesús que tú tengas siempre el primer lugar en nuestra vida y que nosotros gozándonos en tu redención, podamos dar testimonio de ella y colaborar contigo para la salvación del mundo.

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