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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La santidad familiar se vive en lo cotidiano, en la humildad y en el servicio. Es en los pequeños actos de amor donde el hogar se convierte en camino hacia Dios.
Homilía smar024a, predicada en 20260729, con 7 min. y 45 seg. 
Transcripción:
El 29 de julio recordamos y celebramos a tres hermanos, Santa Marta de Betania, su hermana María de Betania y su hermano Lázaro, San Lázaro de Betania. Esta celebración del 29 de julio durante mucho tiempo fue celebración únicamente de Marta. Lázaro realmente no se recordaba mucho y María de Betania se confundía con María Magdalena, porque varios, incluso santos, pensaron que se trataba de la misma persona María la de Betania, María Magdalena, la misma persona. Pero mirando con mucha atención los Evangelios, uno se da cuenta que no hay motivo para afirmar eso.
Entonces, litúrgicamente, uno de los cambios que introdujo el Papa Francisco fue que celebramos a María Magdalena, muy, muy necesario, una gran bendición para la Iglesia. Celebramos a María Magdalena el 22 de julio, la fecha en que estaba, con un rango litúrgico superior. No la celebramos como memoria, sino la celebramos como fiesta, fiesta de Santa María Magdalena. Y ha quedado esta memoria de estos tres santos, ya que entendemos que María Magdalena es una persona y María de Betania, la hermana de Marta, es otra persona, entonces quedó esta fiesta. Esa fue una reforma litúrgica del Papa Francisco.
Bueno, entonces tenemos a tres hermanos, Marta, María y Lázaro. Como los he llamado, de Betania, pues ya te imaginarás dónde vivían. Betania, que quedaba en la época de Jesús, como a unos cinco kilómetros, un poco más, un poco menos, de la ciudad de Jerusalén. Y varias veces sucedió que Cristo, después de predicar en Jerusalén durante el día, iba a reposar, iba a descansar, no solo físicamente, sino yo me atrevo a decir también emocionalmente, iba a descansar en casa de Marta, María y Lázaro. Una casa, un hogar que le dio lugar a Cristo, un hogar que le dio lugar a Cristo.
Ese es el punto donde quisiera que entráramos nuestra atención un hogar que le dio lugar a Cristo, porque esto nos invita a pensar en la santidad en familia. Muchas veces hemos mencionado y hemos celebrado la familia de Jesús, de hecho, está la celebración litúrgica anual de la Sagrada Familia. Pero tal vez nos falta enfatizar más que el plan de Dios no solamente es por la Sagrada Familia, sino que Dios quiere que las familias sean sagradas. Dios quiere familias santas y Dios quiere que la santidad, me gusta mucho esta expresión, que la santidad se aclimate en la familia.
Hace unos años los obispos de mi país, Colombia, utilizaron esa expresión, ese verbo, para referirse a la paz, y decían: La paz hay que aclimatarla, no es nada más decretar la paz o decir que ahora sí llegó la paz, que esta es la paz total, que esta es la paz maravillosa, no, la paz hay que aclimatarla. Pues lo mismo vale aquí, la santidad hay que aclimatarla en la familia. Y tu familia ha de ser un espacio donde se aclimata la paz, donde se aclimata la santidad, para ser más precisos. ¿Qué características tiene la santidad en familia? Yo quiero destacar tres.
La santidad en familia nos invita a recordar que ser santos no es esperar cosas extrañas o extraordinarias o sobrenaturales todo el tiempo. Por ejemplo, en la familia de Nazaret no era que todos los días fueran milagro tras milagro, tras milagro. No, debemos suponer que en la familia de Jesús muchas cosas eran el trabajo duro de José, el trabajo duro de María y Jesús creciendo ahí, en ese hogar. Entonces, la santidad de lo ordinario, la santidad de lo cotidiano es propio de la santidad familiar. Y aclimatar la santidad en la familia significa, entre otras cosas, acostumbrarnos a que la santidad se vive en lo cotidiano.
Aquí viene otra segunda característica, si la santidad se vive en lo cotidiano, eso también significa que es una santidad en lo humilde, porque evidentemente las personas con las que convivimos, de alguna manera yo tengo también una familia aquí en mi comunidad religiosa, y estoy seguro que mis hermanos frailes, pues me conocen muy bien y estoy seguro que ellos saben de las montañas de defectos y de cosas para corregir que yo tengo, eso es humildad. Cuidado con la santidad únicamente de plaza, de exhibición, esa santidad que muchas veces se vuelve vanidosa.
Pensemos, por ejemplo, en el predicador el predicador sale a predicar, la gente queda impactada, dicen: Oh, el Padre es un santito. Y entonces, aplausos para el Padre y qué maravilloso el Padre y tomémonos fotos con el Padre. Pues las personas que viven conmigo saben que hay mucho en lo que yo tengo que trabajar y las personas que viven conmigo pues me están recordando continuamente que hace falta, hace falta humildad. La santidad en familia es siempre una santidad en la humildad y eso es absolutamente precioso.
Lo tercero es que la familia nos acostumbra al lenguaje del servicio. Muchas veces, para redundar en el tema, servicio humilde, muchas veces. Ayudar a hacer los oficios de casa, estamos barriendo, estamos lavando platos, estamos poniendo orden, en medio del caos que con tanta facilidad se reproduce en cada casa. Son cosas sencillas, cosas en las que todos tenemos que aportar, cosas en las que todos tenemos que servir. La santidad es servicio y Cristo dijo: «Yo no he venido a que me sirvan, yo he venido a servir». Eso se cumple y muy fácilmente en la familia.
Entonces, la familia nos acostumbra a la santidad cotidiana, la santidad humilde y la santidad en el servicio. Que Santa Marta, Santa María de Betania, San Lázaro de Betania intercedan por nosotros y por nuestras familias y comunidades. Amén.

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