Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Marta y María reflejan las dos grandes dimensiones de la vida cristiana.

Homilía smar018a, predicada en 20200729, con 21 min. y 36 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, Marta y María son conocidas, sobre todo, por su amistad con Cristo y por haberlo hospedado. Este dato, recibir a Cristo en casa, es el que deseamos reflexionar durante unos minutos, recibir a Cristo en casa. Una historia que nos cuentan los Evangelios es que, en alguna de las visitas de Cristo, Marta estaba muy afanada, sirviendo al Señor, preparando cosas, seguramente, poniendo agradable el lugar para Cristo. Mientras tanto, su hermana María, a los pies de Cristo, le escuchaba atentamente. Y entonces, en cierto momento Marta se dirige a Cristo para decirle: «¿No te importa que mi hermana me haya dejado con todo el trabajo?» Y Jesús le dice: «María ha escogido la parte mejor y no le será quitada». En este pasaje parece que no hay exactamente un elogio para Marta, porque parece que está demasiado ocupada en tantas cosas exteriores y está descuidando ese elemento, llamémoslo de reposo, de oración, de contemplación.

Por eso, desde antiguo, estas dos hermanas han sido vistas como las dos grandes dimensiones del servicio que presta la Iglesia. Por una parte, la Iglesia es activa y apostólica y está ocupada, incluso afanada en muchas cosas, en esto se parece a Marta. Por otro lado, la Iglesia está llamada a guardar silencio, a buscar el reposo, la soledad y la contemplación. Y también así, está dándole homenaje a Cristo y está sirviendo al mundo. La verdad es que estos dos elementos, o estas dos dimensiones del servicio de la Iglesia son importantes, y muchos santos se han destacado por una labor intensa de misericordia.

Uno puede pensar, por ejemplo, en las larguísimas jornadas de evangelización y de servicio del jesuita Pedro Claver, San Pedro Claver, un hombre que, a través de la caridad con los esclavos que venían del continente africano y que llegaban a tierras de Colombia, abrió una puerta para Cristo en esos corazones que tenían tantas razones para quizás rechazar la fe cristiana, es uno de muchos ejemplos de caridad. Santa Isabel de Hungría, por ejemplo, fue una mujer viuda que se entregó completamente al servicio de los enfermos. Uno puede pensar en tantos misioneros como un Luis Bertrán, como un Francisco Javier, como un Daniel Comboni, que se han gastado, han entregado su vida. La Iglesia tiene esa dimensión apostólica.

Por otra parte, está también la dimensión contemplativa, está ese silencio, está esa adoración. Aquellas vocaciones santas de hombres y de mujeres entregados completamente a la vida contemplativa, son también una necesidad para la Iglesia por varias razones, entre otras, porque nos ayudan a reconocer que la Iglesia no es simplemente un servicio social. Por eso han dicho varios papas, entre ellos nuestro Papa Francisco, que la Iglesia no es una ONG, o sea, una organización no gubernamental que presta servicios varios. La vida contemplativa nos recuerda que nuestra vocación cristiana no es simplemente entregarnos al trabajo, sino que acoger la Palabra de Dios, hacerla realidad en nuestra vida, es un deber primordial.

Además, si nosotros hacemos las cosas en nombre de Cristo, cuando servimos al mundo, entonces es necesario que sean las instrucciones de Cristo, el Corazón de Cristo, la Palabra de Cristo, la que se vea en nosotros. De modo que los intereses de Cristo sean los que estén visibles y victoriosos en el servicio al mundo. Porque si no, es muy posible que cualquier ideología secuestre la acción de la Iglesia, lo cual ha sucedido ciertamente. En años recientes, esto ha pasado con algunas ideologías de izquierda y con algunas ideologías abiertamente comunistas. Y quienes así se entregaban a la promoción humana y al mejoramiento social, creían que tenían una expresión pura del Evangelio.

Pero ahí es donde recordamos la importancia de la parte contemplativa, tienes que tener muy clara la voz de Cristo, tienes que tener muy claro el rostro de Cristo, como lo revelan las Escrituras, para que no sean otros rostros los que secuestren la presencia de Cristo en tu corazón. Y es verdad que Cristo está presente en los pobres, y es verdad que está presente en las personas necesitadas. Pero para reconocer a Cristo en el pobre, primero tengo que conocerlo. Primero hay que conocer para después reconocer. Y ese acto primero de conocimiento, eso es lo que da la vida de oración, eso es lo que da la vida contemplativa. Y por eso estas dos hermanas, Marta y María, nos están enseñando las dos dimensiones irrenunciables de la vida cristiana.

Esta es una enseñanza tan clásica dentro de la Iglesia Católica que lo que estoy diciendo estoy seguro que suena un poco repetido para algunos de ustedes, pero puede servir también a muchos otros hermanos, sobre todo cuando caemos en cuenta que cada uno de nosotros está llamado a ser al mismo tiempo Marta y María, incluso en las vocaciones más contemplativas hay necesidad de servir al prójimo. Yo tuve ocasión de visitar aquí en mi país, hace ya bastantes años, un monasterio de monjes camaldulenses, ojo que esa palabra va con la letra L, Camaldulenses porque proviene del desierto de Camaldoli, en Italia. Estos monjes camaldulenses fundados por San Romualdo, dan un testimonio verdaderamente de oración, de silencio, de contemplación y penitencia.

Yo tuve ocasión de visitar ese monasterio, y estando en ese monasterio me di cuenta que lo mismo que en muchos otros sitios, hay muchas ocasiones de servicio al prójimo, por ejemplo, pues ellos no tienen empleados. Eso significa que hay personas que están a cargo de ellos mismos, de los mismos monjes, que están a cargo de la preparación de los alimentos y ese es un servicio. Y como ellos viven en ermitas, cada monje vive en una pequeña ermita, entonces el servicio tiene que ser completo. Es decir, hay que llevar los alimentos hasta cada una de esas ermitas para que cada monje se alimente. Y cuando están enfermos también se necesitan unos a otros y para su propia formación cuando llega una nueva vocación, también necesitan uno servir a los otros. O sea que aún en las vocaciones más extremas de contemplación y de clausura, el amor al prójimo sucede todos los días. Y el servicio al estilo de Marta, la que hoy recordamos, es necesario todos los días.

En el otro extremo hay personas que están entregadas completamente a la caridad. Uno podría pensar, por ejemplo, en las que se llaman así, las Misioneras de la Caridad. Pero he tenido ocasión también de visitar casas donde están estas buenas mujeres que siguen los pasos de Santa Teresa de Calcuta. Y me he dado cuenta que la espiritualidad que les dejó Teresa, Santa Teresa de Calcuta, Madre Teresa, no es simplemente trabajen y trabajen como si fueran robots, como si fueran máquinas. Es muy importante que cada día, cada una de esas religiosas tenga horas, en plural, horas de oración, incluyendo largos ratos ante el Santísimo. Madre Teresa quiso que, en la capilla del Santísimo de cada una de sus casas, tanto de mujeres, como de hombres, estuviera escrita aquella expresión, aquella voz de Cristo en la Cruz: «Tengo sed». Y esa expresión resume, según la Madre Teresa, tanto el aspecto contemplativo, como el aspecto activo.

Tengo sed, está recordando las condiciones de extrema miseria de muchos hermanos nuestros, empezando por los que ella misma conoció y atendió en las calles de Calcuta. Ahí está, en esa expresión está resumida la miseria de todas esas personas. Pero tengo sed, puesto junto al Sagrario, también significa, tengo sed de tu tiempo, tengo sed de tu amor, tengo sed de tu fidelidad, tengo sed de tu oración. Así que, con gran sabiduría, Madre Teresa puso esa frase junto al Sagrario, y cada una de las religiosas Misioneras de la Caridad debe estar largos ratos cada día, porque el criterio que sigue Madre Teresa, y que ha quedado impreso en la comunidad que ella fundó, es que el servicio ha de hacerse, no simplemente porque aquella o aquella persona me cae bien o porque hay gran necesidad en uno o en otro sitio, o porque simplemente me gusta trabajar, o porque me gusta la enfermería o cualquier otra causa parecida.

Siendo buenas en sí mismas todas esas razones, Madre Teresa tenía clara una cosa: Yo quiero que mis religiosas, cuando atiendan a los más necesitados, a los más pobres entre los pobres, los atiendan con amor que venga de Cristo. No importa cuánto amor tengas tú, querida jovencita, lo importante, lo que más necesita esa persona, no es tu amor de hombre o de mujer, lo que más necesita esa persona es amor de Cristo. Y cómo le vas a dar ese amor si no estás tú primero, lleno, o estás tú primero llena de Cristo.

Dónde se ve que, desde el extremo más contemplativo, como puede ser un ermitaño hasta el extremo más activo, como pueden ser los misioneros y misioneras de la Caridad, en ambos casos siempre se cumple que la Iglesia necesita tanto la parte apostólica, como la parte contemplativa. Este complemento lo han expresado, de distintas maneras, las distintas familias religiosas. Así, por ejemplo, en el frontispicio, en el frente de mi convento, donde yo vivo aquí en Bogotá, hay una frase que es de Santo Tomás y que recuerda este balance entre la vida apostólica y la vida contemplativa. La frase dice en su original en la lengua latina: «Contemplari et aliis tradere contemplata». Contemplari, ahí está la parte contemplativa, et aliis tradere, llevar a los demás, contemplata, lo que se ha contemplado. Entonces, fíjate cómo en el carisma de la Orden Dominicana tenemos estas dos dimensiones de Marta y de María. Hay que alimentarse con la oración, con una oración profunda, contemplativa, pero también tener el celo de transmitir, sobre todo, en la predicación activa, transmitir eso que hemos encontrado en la contemplación. Esa frase que es de Santo Tomás de Aquino, se ha tomado muchas veces como un resumen del carisma de nosotros los dominicos.

Los jesuitas tienen una expresión parecida, se habla de «contemplativi in actione», como un modo de describir la espiritualidad del jesuita. No cesa de ser contemplativo mientras está actuando, mientras está mejorando el mundo en las más diversas expresiones del carisma que tiene la Compañía de Jesús. Pero, mientras esté en esa actividad, que no olvide, que no olvide a este, a este Señor Jesús, a quien está sirviendo. Ahí están las dos dimensiones de Marta y de María.

Es importante que cada uno de nosotros, y con esto termino, se plantee cómo está viviendo esas dos dimensiones. Del lado de María, la que estaba a los pies de Cristo, vale la pena que nos preguntemos cuáles son los tiempos de silencio que tenemos cada día, cada semana, cada año. He podido conocer personas que tienen su trabajo, que son laicos, que tienen su hogar y que viven estas dos dimensiones.

Recuerdo hace años en una casa de retiros muy conocida, muy querida aquí en Colombia, se llama el Foyer de Charité, recuerdo hace años el testimonio de un hombre que decía, él con su esposa, con sus hijos, con su trabajo, con su todo. Él decía: Yo separo siempre una semana al año para hacer unos buenos retiros espirituales. Y como a él le encantaba, probablemente le sigue encantando esa espiritualidad de los de Foyers de Charité, siempre separaba una semana completa para estar en el de Charité y para realizar su retiro espiritual anual. Y durante esa semana pues mucha oración, mucho silencio, escuchar predicación, esa es la manera como él cuidaba su vida interior. Y me llamó tanto la atención porque, repito, un hombre casado como muchos otros. Y también a esos retiros de ese lugar y de otros sitios, mujeres que tienen su oficio, su profesión, su trabajo y sacan un tiempo para hacer un buen retiro espiritual.

Entonces, cada uno tiene que preguntarse ¿cómo estoy cuidando esa dimensión contemplativa? ¿Cuál es el rato de silencio que yo tengo, cuál es el tiempo de silencio que yo tengo? A veces lo primero que hacemos nada más despertarnos es poner música o poner noticias, y estamos en función siempre de algún tipo de sonido, de música, de palabra. Pero ¿no será que te hace falta un tiempo de silencio? Imposible que en tu agenda no se puedan sacar unos diez minutos, unos diez minutos donde estés realmente a solas con el Señor, sobre todo, por una razón para que el Señor haga su obra en ti. Es que es lo más importante de la contemplación, no son todos los pensamientos que a mí se me ocurran, o las bellas palabras que yo le quiera decir a Jesús, lo cual está muy bien. Pero lo más importante de la vida contemplativa y, en particular, de esos tiempos que tú estás sacando o que vas a sacar para Cristo, lo más importante es dejarle a Cristo trabajar en ti.

Y te lo digo yo, que soy cristiano y católico, no tienes que esperar a que llegue alguien a decirte aprende a respirar, aprende a sentarte en posición de loto. Y entonces, cuando la gente empieza a hacer quince minutos, media hora, 60 minutos de meditación trascendental, meditación zen o yoga, dicen: Por fin descubrí el poder de la meditación. Pero, por Dios, cuánto llevamos diciendo en la Iglesia Católica que el silencio se necesita y que la contemplación se necesita. ¿Por qué tienes que irte a beber a otras fuentes si tu Iglesia Católica te lo enseña? No esperes a que alguien te mande a hacer yoga o te mande a hacer budismo Zen. No esperes, empieza desde ya, empieza desde ya a separar ese tiempo, ese tiempo de amor, ese tiempo de silencio, ese tiempo para decirle a Cristo: Esta es la hora de nuestro encuentro, Este es el tiempo para que hagas tu obra en mí. Maravilloso, esa es la dimensión de María.

Pero vamos también con la dimensión de Marta. Y hay que preguntarse eso ¿cuáles son las horas al día o los momentos al día en que tú estás realmente sirviendo a tu prójimo? ¿Cuál es el momento de real servicio? Sí, tú me dirás: No, pero es que yo con mi trabajo, yo estoy mejorando el mundo y estoy mejorando la sociedad. Puede ser que sí, pero recuerda el servicio apostólico que tú como laico o como religioso o religiosa, que estás llamado a ser, consiste fundamentalmente en poder acercar corazones al Señor, ¿eso está sucediendo en tu vida? Y a veces en retiros espirituales he hecho esta pregunta y me permito repetirla aquí, me permito repetirla. Pensemos en un año atrás, devolvámonos un año en el tiempo, en los últimos doce meses, ¿a quién has acercado tú a Cristo? Tú tienes personas, rostros, nombres, de personas que tú digas: Yo ayudé a que esta persona, este hombre, esta mujer, este amigo, este compañero de universidad, yo ayudé a que esta persona se acercara a Cristo, esa es la verdadera dimensión apostólica.

Yo no te estoy preguntando si tú trabajas, que estoy seguro que la gran mayoría de nosotros tenemos mucho trabajo que hacer, seguro que estás trabajando muchísimo. Y con pandemia o sin pandemia, a trabajar, se dijo. Pero mi pregunta es ¿a quiénes estás acercando a Cristo? Entonces, fíjate que este hogar de Betania, este hogar de Marta y María, nos da una clave importantísima para vivir nuestra vida cristiana. Todos los días tiene que haber algún momento en el que yo esté a solas con Cristo, número uno. Y número dos, todos los días tiene que haber algún momento en el que yo estoy haciendo algo real, algo real, para acercar corazones a Cristo y tengo que saber que está sucediendo. Que el ejemplo precioso de estas dos mujeres, de estas dos hermanas, quede impreso en nuestro corazón para que se renueve nuestra vida cristiana. Amén.

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