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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El lugar de la fe ante lo que parece irreparable
Homilía smar015a, predicada en 20170729, con 17 min. y 11 seg. 
Transcripción:
La muerte se presenta como una barrera, una muralla infranqueable para el ser humano, sucedida la muerte no hay nada que hacer. Marta, la santa mujer que recordamos el día de hoy, se encuentra con esa realidad de la muerte. La muerte de su hermano menor llamado Lázaro. Muchas preguntas y mucho dolor llegan a su corazón. Como fruto de ese dolor y de esas preguntas está la expresión con la que Marta saluda a su amigo Jesucristo: «Si tú hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». En esa frase tan sencilla se condensa todo el dolor y todos los interrogantes que tiene esta mujer. Como queremos aplicar esta lectura a nuestra vida, entonces cambiemos esa frase y cada uno en su mente, en su corazón, ponga ahí lo que sabe que debe escribir. A ver, la frase que dijo ella fue: «Si hubieras estado aquí», ahí viene una rayita para escribir, Marta de Betania la llena de esta manera: «mi hermano no habría muerto».
Tú puedes poner ahí alguna otra frase: Si hubieras estado en ese momento, yo no hubiera perdido mi puesto. Yo no hubiera tenido ese accidente. No se hubiera muerto este pariente mío. No habría sucedido eso que me parece tan espantoso. Así que vamos a entrar, hermanos, vamos a entrar en este texto y la manera de entrar es poner ahí esa, esa frase, ese momento. Eso es lo que tenemos que escribir ahí. ¿Qué es lo que debes descubrir para escribirlo en esa rayita? Debes descubrir ese momento que tú quisieras borrar por alguna razón, ese momento. Momento de preocupación, de angustia, de humillación, de enfermedad o de muerte.
Es importante que veamos en Marta no solamente a una amiga de Jesús, sino también a una amiga nuestra. Y Marta le dice a Jesús como amiga y embajadora nuestra: Si hubieras estado en ese momento, tal cosa no habría sucedido. Ahí está Marta, representándonos a todos nosotros. Pero ya que nos reconocemos en el reproche que hace Marta, reconozcámonos también en la manera como proclama su fe. Porque la frase no termina ahí, la frase completa es ésta: «Si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». Pero, y ese pero es muy importante, pero, dice ella, aún ahora, aún ahora, con el hermano muerto que ya hiede en la tumba. «Aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá». Esto para mí es el mayor ejemplo que nos da esta mujer: «Aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».
Observemos cómo en esta mujer se reúnen dos cosas, un realismo que no niega la profundidad del dolor, no le niega nada ni al dolor ni al problema. Ella no niega eso, ahí está ese dolor. El dolor de la pérdida, el dolor del abandono, el dolor del accidente. Pero, junto a ese realismo, una absoluta confianza en el hoy de Dios, absoluta confianza. Y eso es lo que hace grande a Marta, tener al mismo tiempo ojos llenos de realismo y tener ojos llenos de esperanza y de confianza. ¿Cómo ser, al mismo tiempo, realistas para admitir lo que nos duele y absolutamente creyentes y confiados para saber que el Señor hace su obra? Es difícil pensar en una situación más desesperada, más definitiva que un cadáver, sobre todo un cadáver que ya tiene 4 días de muerto, es difícil pensar algo que sea más definitivo. Y frente al cadáver de su hermano, que, repito, ya hiede, Marta dice: «Todavía sé que lo que tú pidas se va a cumplir». Eso es fe, esa es la fe.
Y esa es la fe que nosotros necesitamos, la necesitamos en la historia personal, la necesitamos en la historia de pareja, en la historia de familia. Realmente, como nos hemos dado cuenta, porque ya hemos caminado un poquito juntos, nos hemos dado cuenta que hay situaciones de pareja, de familia que son, que son duras y donde parece que todo se murió. De hecho, la gente habla así: El amor se murió, es que ya se acabó el amor ya se murió. Pues el Evangelio de hoy nos dice: No solo se murió, apesta, apesta, se murió y apesta. Pero necesitamos el ejemplo de Marta de Betania: «Aún ahora sé que lo que tú pidas se va a cumplir». Lo que tú ores, lo que tú quieras, lo que tú decretes, se va a cumplir. Eso es fundamental, porque aquí no se trata solamente de la resurrección de Lázaro, se trata del Dios que llama a lo que no es, para que sea, como dice la Carta a los Hebreos.
Entonces, muchas veces nuestras esperanzas están por el suelo y el Señor resucita esa esperanza. Muchas veces el amor no, el amor se me murió después de las decepciones, después de lo que me hicieron, el amor se me murió. No solo se murió, apesta, pero el Señor resucita, el Señor resucita. Ese es el poder de la resurrección, eso es lo que significa la resurrección. Y por eso admiramos a esta mujer. Le dice Cristo a Marta: «Tu hermano resucitará». La respuesta de ella vamos a leerla textualmente. La respuesta de ella es: «Sé que resucitará en la resurrección del último día». Esa es una nueva profesión de fe. Porque lo que está diciendo Marta es: Esta historia no queda en desastre. Esto tiene otro desenlace, por lo menos, ya sé que al final algo bueno saldrá de todo esto. Y es entonces, cuando Cristo le dice: «Yo soy la resurrección y la vida». Estas palabras del Señor nos invitan a arrojarnos en su corazón, arrojarnos en su corazón.
En más de una ocasión en los Evangelios está esa colisión frontal, ese enfrentamiento entre Cristo y la muerte: Oh muerte, yo seré tu muerte. Ese enfrentamiento así, colosal, frontal entre Cristo y la muerte. Recordemos brevemente dos, tres pasajes. Acuérdate cuando salen aquellos en la pequeña ciudad de Naím, van saliendo con un cadáver, hijo único de una mujer que además era viuda. Es difícil pensar en el dolor de esa mujer. Se le ha muerto todo, todo, con la muerte de ese hijo. Y viene Jesús con sus discípulos y es el enfrentamiento entre Cristo y los suyos, la muerte y los suyos. Y Cristo vence. Otro pasaje, por supuesto, este de Lázaro: «Yo soy la resurrección y la vida». Es el enfrentamiento. La resurrección de la hija de Jairo: «La niña no está muerta, está dormida». Cristo afronta la muerte así.
Hay muchas personas que están muertas, como dice el libro del Apocalipsis: «Tienen nombre de vivos, pero están muertos». Está muerto el que ha entregado su corazón a la idolatría, está muerto el que ha entregado su corazón al odio, está muerto el que ha entregado su vida al egoísmo, y a esos Dios los puede resucitar, esa es la fe nuestra, eso es lo que nosotros creemos. Y termina el pasaje del Evangelio con otra profesión de fe de ella. Qué admirable, qué mujer tan grande, tan bella. Termina ella diciendo: «Yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Tú eres el que estaba haciendo falta. En esta ecuación había un término que nadie había tomado en cuenta, el Mesías.
Porque resulta que la lógica del mundo siempre empieza por excluir a Dios, por ahí se empieza. Lo primero que se hace es excluir a Dios: Aquí Dios no tiene nada que ver. Dios no tiene nada que ver con esto. Y ellos creen que su Palabra es lo suficientemente poderosa para expulsar a Dios de su propia creación, eso es lo que ellos se imaginan. Pero a Dios nadie lo saca, a Dios nadie lo saca. Y realmente la fe es reconocer que Él siempre está en la ecuación. El hecho de que tú lo niegues, no lo hace desaparecer. El hecho de que tú no creas en él, no lo hace desaparecer. El hecho de que tú te burles de él, no lo hace desaparecer. El hecho de que tú insultes, profanes, no lo hace desaparecer. Lo único que haces es destruirte tú, es lo único que logras con eso.
Entonces, esta es la fe de Marta, y esta es la invitación bella, radical que el Señor nos hace en este día. Al principio de esta reflexión les decía: Imaginen una frase con una rayita. La frase era: Señor, si hubieras estado, esto no habría sucedido. Bueno, ahora dile al Señor: Te declaro, ahí si cabe la palabra declaro, te declaro Señor de ese momento, Señor de esta historia, Señor de este problema. Si lo piensas bien, eso es lo que han hecho los santos, y eso es lo que nos cuenta la Biblia. Yo creo que se ve con especial claridad en el caso de Moisés y el Faraón. Observa la frase que le dice el Faraón a Moisés. Moisés llega a donde el faraón y le dice: El Señor quiere que vayamos tres jornadas por el desierto para ofrecerle culto. Y la respuesta inmediata del Faraón es: Y ¿quién es el Señor? ¿Quién es ese Yahvé? ¿Quién es ese Yahvé para que yo le haga caso? Y se imagina el Faraón que negando con sus palabras a Yahvé, se imagina que con la fuerza de su palabra puede sacar a Dios de su creación. No, Dios le mostrará plaga por plaga, día por día, paso a paso le mostrará al Faraón quién es el Señor, porque ese es el tema del libro del Éxodo.
Entonces, el comienzo de la reflexión era, recuerda un momento de tu vida en el que tú le preguntarías al Señor o le dirías al Señor: Señor, si estuvieras aquí, si hubieras estado aquí. Y ahora terminamos la reflexión diciendo, invítalo a ese momento. Declara al Señor, se declara al Señor como Señor, como Señor de ese momento. Yo en este momento te declaro Señor, de eso que sucedió ahí. Señor quiere decir que es tu poder, tu sabiduría y tu amor los que rigen ahí. No significa que yo entienda, porque fíjate que en este diálogo que hemos dicho, todavía no ha resucitado Lázaro, este es capítulo 11 de San Juan. En esto que hemos leído y en esto que hemos reflexionado, todavía Lázaro no ha resucitado. Es decir, Marta hace todas estas profesiones de fe y el hermano sigue todavía pudriéndose en el sepulcro.
O sea que la proclamación de Dios como Señor no empieza cuando ya el problema se arregló, uno no debe empezar a proclamar a Dios como Señor cuando el problema se arregla. Uno no debe declarar a Dios como Señor cuando ya las cosas están a favor de uno. Uno no debe declarar a Dios como Señor cuando uno empieza a entender. Uno declara a Dios como Señor, óyeme bien, y perdona que levante la voz, como un grito en la noche, como un grito en la noche: No entiendo nada. No entiendo nada, pero te declaro como Señor de esto que no entiendo. Porque todavía estaba pudriéndose Lázaro en el sepulcro cuando Marta hizo todas estas profesiones de fe. Y esto tiene que quedar claro para nosotros. Yo no tengo que esperar a entender para entonces decir: ahora sí te declaro Señor. Yo no tengo que esperar a que el problema se arregle. No, ella hizo toda esta profesión de fe. Y después de todo esto, entonces, minutos después viene el momento de la gloria. Pero primero hay que pasar por esto.
Entonces, vamos a tomar en serio esta palabra del Señor, vamos a tomarla en serio, vamos a decirle al Señor que Él es el Señor de eso que no entendemos, de eso que nos cuestiona, de eso que nos humilla, de eso que parece hundirnos, de eso Él es el Señor. Y guiados por el ejemplo, por esta bendita y santa mujer, vamos a reconocer al Señor como Aquel que tenía que venir. Tú eres el que tenía que venir. Tú eres el que faltaba en esta ecuación. Porque uno cuando tiene un problema, ¿qué es lo que suele hacer? Así como la obra de Juan Ramón Jiménez, mi problema y yo, la de él, era Platero, creo. Platero y yo. Entonces, cuando uno tiene un problema, mi problema y yo. Y uno se encierra con el problema. Hola, problema. Hola, me responde. Pasemos esta tarde juntos. Bueno, ahí falta Jesucristo, ahí falta la proclamación del señorío de Jesucristo. Y esa es la gran lección que nos da Santa Marta de Betania. Alabado sea el Señor que nos regala semejante ejemplo. Y así nos invita a profunda y verdadera conversión.

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