Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Cuando parece que Dios nos ha fallado... es ahí cuando la fe alcanza su verdadera estatura; así lo enseña Santa Martha de Betania.

Homilía smar012a, predicada en 20150729, con 16 min. y 24 seg.

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Transcripción:

Para la memoria litúrgica de Santa Marta de Betania, hay dos evangelios posibles. El más conocido, el que se lee con más frecuencia, está tomado de San Lucas, es el que tiene esa escena bien recordada de Nuestro Señor, hospedándose en casa de estas dos hermanas. Y es en esa ocasión donde Jesús exhorta con cariño, pero también con claridad y firmeza a esta mujer que hoy recordamos y le dice: «Marta, Marta, estás ocupada, estás atareada en muchas cosas, solo una es importante». Ese es un pasaje, capítulo décimo de San Lucas.

La otra lectura, la que he preferido para hoy, está tomada del capítulo número 11 de San Juan, en el contexto de la Resurrección de Lázaro, que era precisamente hermano de estas dos mujeres, de Marta y de María. La razón por la que he escogido esta lectura de San Juan es porque nos deja ver de un modo más claro, llamémoslo así, el aspecto positivo de Marta, porque en la lectura de San Lucas, Marta resulta más bien, regañada, está muy bien lo del servicio, pero Jesús le dice: Mira, no vaya a pasar que por estar tan ocupada en el servicio se te olvide a quién estás sirviendo. Es una corrección importante, pero la virtud de ella, aquello en lo que principalmente puede ser ejemplo para nosotros, como que está más claramente dicho en el Evangelio que hemos proclamado, el de San Juan, capítulo 11.

Observemos el diálogo que se presenta entre Jesús y Marta y observemos sobre todo las respuestas de ella. En primer lugar, es ella la que abre la conversación diciendo: «Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano». Es una frase que supone dolor, por supuesto, por la muerte de Lázaro. Muerte que, como sabemos por el mismo evangelio de Juan, estuvo precedida por unos días, quizás unos largos días de agonía. Podemos imaginar la situación de Marta durante esos días de agonía: ¿Qué pasa, que no viene Jesús? ¿Qué pasa que no llega? Ya le hemos mandado razón que está enfermo Lázaro. Recordemos que fueron a decirle a Jesús: «Aquel a quien amas está enfermo». Y Jesús, sin embargo, no fue y no fue y no fue, hasta que se murió. Ese es el reproche amoroso que le hace Marta a Jesús. Pero, en el mismo reproche ya hay una profesión de fe: «Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano». Aunque está expresando su dolor como ser humano, está profesando su fe como creyente porque está diciendo: Tú tienes poder suficiente para vencer a esa enfermedad, y será esa tónica de fe la que va a dominar completamente las intervenciones de ella en este pasaje tan hermoso, entonces Marta le expresa su dolor: «Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano».

Quiero todavía subrayar lo que significan esos días, humanamente hablando, lo que significa ver morir a su hermano, a Lázaro, verlo morir día por día sin que Jesús aparezca, sin que aparentemente a Jesús le importe. ¿Por qué destaco eso? Porque indudablemente ese es el rostro que tiene la fe cuando está sometida al crisol. Eso es lo que nosotros experimentamos, ese dolor: ¿Es que a Dios no le importa lo que me está pasando, es que Él no se da cuenta de lo que estoy sufriendo? ¿Dónde está que no me escucha? ¿Por qué no llega en este momento? Como dice el salmo: ¿Por qué te escondes en el momento del aprieto? La soberbia del impío oprime al infeliz. Muchas personas, cuando llegan esas circunstancias difíciles, cuando llega esa contradicción y desierto, pierden la fe: No hay Dios, realmente Dios no existe o a Dios no le importa lo que yo estoy viviendo.

Yo conozco personas, incluso en mi familia, que han pasado por circunstancias muy difíciles, han orado y podemos comparar la oración de ellos, con lo que vivió Marta durante esos días y al ver que no hay respuesta y que finalmente se consuma la tragedia, dicen: Qué cuento de religión, qué cuento de fe. De hecho, incluso en la discusión académica sobre el tema de la existencia de Dios, un argumento que nunca falta es ese: ¿Cómo puede haber un Dios si hay niños que mueren de hambre? Cómo puede haber un Dios si hay niños, se mencionan sobre todo los niños por la inocencia, ¿no? ¿Cómo puede haber un Dios si hay niños que mueren de cáncer? ¿Cómo puede haber un Dios si en tantos lugares del mundo la violencia impone sus condiciones y sus reglas y hay tantas violaciones, tantos robos, tantas masacres, tantos desastres naturales?

Bueno, pero Marta, aún sometida a ese crisol de no encontrar respuesta y no encontrarla hasta el final, porque se les murió el hermano y tuvieron que llevarlo a la sepultura, y ni siquiera para ese momento apareció Jesús, ni siquiera para la sepultura. Después de toda esa tragedia, por lo menos en escala familiar, observemos las palabras de ella: «Si hubieras estado, no habría muerto. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá». Esta es una verdadera gigante en la fe, tiene la herida, tiene la espada en su pecho. Porque en realidad las palabras de Marta, aún con toda su delicadeza, yo me atrevo a traducirlas, así que nadie se vaya a ofender: Jesús, me fallaste, eso es lo que le está diciendo ella. Me fallaste, yo esperaba otra cosa de ti. Pero aún ahora, aún ahora, sé que lo que le pidas a Dios te lo va a conceder.

Es la fe que se remonta, es la fe que se levanta por encima del desengaño, por encima de la contradicción. O como dice bellamente la Carta a los Hebreos: «Esperando contra toda esperanza». Eso es lo que me parece ejemplar de ella. Lo otro de que estaba muy ocupada en el servicio es hermoso, tiene una lección, vida contemplativa, vida activa. Pero comparado con este tamaño de fe, a mi lo otro me parece casi solo una anécdota.

Sigamos, Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». Marta responde: «Sé que resucitará en la resurrección del último día», es decir, que ella ha entregado a su hermano al sepulcro, ya con una certeza: La muerte no tiene la última palabra. ¡Qué grande es esta mujer! Aquí está el cadáver de mi hermano, pero la muerte no tiene la última palabra. Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida». ¿Quién se lo está diciendo? Que me perdone nuestro amado Señor Jesucristo, pero ¿quien se lo está diciendo? Él mismo que le falló, humanamente hablando, Él mismo que no apareció. Él mismo que no hizo nada mientras Lázaro agonizaba y se extinguía como una lámpara que se queda sin aceite. «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá. El que vive y cree en mí, no morirá para siempre». Y le pregunta Jesús, como tensando el arco de la fe de Marta hasta el extremo, le pregunta, y le pregunta en público: «¿Crees esto?» Después de todo lo que te ha pasado, después de la decepción que has vivido, después del dolor que tienes, después de experimentar un llanto que no acaba. Después de todo eso, ¿crees? Esa pregunta me parece tan dramática y me parece tan necesaria, tan necesaria.

Quiero contarles que no hace mucho estuve colaborando en una misión muy bella en la Arquidiócesis de Miami. Se acercó una señora de una asociación, una cofradía que tienen allá, básicamente de gente latina. Se acerca a esta señora y me dice: ¿Usted podría venir Padre, para tal fecha? Tenemos un compromiso muy importante. Le expliqué que por mis condiciones de calendario yo no podía, pero me extrañó que me dijera eso, porque yo sabía que esa cofradía tenía su propio encargado, un sacerdote especialmente encargado por la Arquidiócesis para atenderlos a ellos. Entonces, me pareció extraño que me dijera a mí, teniendo un sacerdote especialmente dedicado a esas labores. Lo único que cruzó fugazmente por mi cabeza fue, quizás quieren un poco tener un invitado para ese día. Me dice ella, no tenemos ningún sacerdote. Y entonces, ya me entra la extrañeza y le digo: Bueno, ¿y el Padre? El Padre, el padre se ha ido de la Iglesia Católica, el Padre se ha hecho episcopaliano. El Padre parece que llevaba una relación escondida con una mujer, se ha salido, se ha casado con ella, hoy es sacerdote episcopaliano.

Ustedes se pueden imaginar el golpe para esta gente. Su líder en tierra extranjera, el pastorcito que los iba llevando, deja tirado el rebaño, se va a organizar su propia vida, asegura sencillamente sus ingresos en otra cosa, que en ese caso se llama episcopalianos. Yo me quedé de una pieza. Por una parte, por el dolor de saber que un hermano sacerdote estaba en esas condiciones. Pero después de ver a esta mujer, que en el transcurso del último año se ha quedado sin el encargado, se ha quedado sin el pastor, se ha quedado sin el sacerdote. Y aunque, el capitán del barco haya abandonado, ella no deja el barco: Aquí estoy en mi Iglesia católica y si ese falló, pues vamos a buscar quién nos puede ayudar.

Yo relaciono ese pasaje con lo que estamos meditando de Marta de Betania. Después de esa decepción, siempre hablo desde el punto de vista emocional, afectivo, humano, porque desde luego que había una providencia de Dios en el modo como obró Jesús. No digo que Él obrara caprichosamente, pero humanamente, qué fue lo que vivió Marta por favor. Después de esa decepción, después de ver agonizar largamente al hermano, después de ver que se muere y no aparece Jesús, después de llevarlo al sepulcro y no aparece Jesús, después de llorar hasta secar sus ojos y no aparece Jesús. Después de todo eso, es Jesús quien le pregunta ¿crees? Después de todo lo que te ha pasado, ¿crees?

Y yo vi en los ojos de aquella mujer de la Arquidiócesis de Miami, yo vi que ella tenía una fe como la de esta Marta, por encima de la decepción, por encima del garrote, por encima de la espada que le atravesó el corazón y por encima de una llaga todavía abierta: Yo creo en Dios, creo en Cristo, creo en la Iglesia, creo en los sacramentos y estamos buscando quién nos pueda ayudar. Esa es la fe de Marta. Y he aquí la respuesta de ella: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías». Tú no otro tú, el mismo cuyo actuar no comprendo, el mismo cuyo silencio no descifro, el mismo cuyos caminos me superan. Pero tú, tú eres el Mesías y tú eres el que tenía que venir al mundo. Ese es el ejemplo que nos deja Marta, la mujer de esa pequeña pero hermosa población de Betania.

Yo pienso que esa es también la fe que necesitamos hoy, por encima de los silencios, las heridas, los desiertos, las decepciones, las tentaciones, las caídas, más allá del sepulcro y más allá del hedor de un cadáver, yo creo que tú eres el Mesías. Yo creo que tú eres el que tenía que venir a mi vida y no espero a ningún otro. Que esta fe bendita venga a nosotros, especialmente a nosotros, religiosos y religiosas. Que nada pueda sacudirnos de la certeza de este Cristo, así a veces lo sintamos extraño o imposible de explicar. Que Marta de Betania interceda por nosotros. Amén.

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