Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Acoger a Cristo, creer en él, y estar a su servicio: las lecciones de S. Martha de Betania.

Homilía smar008a, predicada en 20130729, con 7 min. y 2 seg.

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Transcripción:

La primera lectura tomada de la primera carta de Juan, nos presenta hermosamente la relación entre la fe y el amor. El orden es este: amor, fe, amor. Es una buena manera de recordar ese mensaje, no solo por esta fiesta de Marta de Betania, sino para toda nuestra vida: amor, fe, amor. Dice el texto: «Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él. En esto consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero». O sea que lo que va primero es el amor. El amor de Dios, ese amor de Dios, cuando uno lo conoce, despierta la fe, despierta la confianza, despierta la certeza de que uno puede apoyarse en ese Dios tan bueno. Entonces, primero va el amor, y ese amor cuando se deja ver, cuando se deja conocer, despierta la fe. Por eso dice: «Hemos conocido el amor y hemos creído en él». Primero va el amor y luego va la fe.

Pero la fe, como diría el apóstol Santiago, no puede quedarse muerta, tiene que ser una fe viva. Por eso también dice el apóstol San Juan en su carta: «Amémonos unos a otros, porque el amor viene de Dios». De manera que el creyente que ha conocido el amor se vuelve también uno que practica, que predica primero con sus obras y también con sus palabras, predica y practica el amor. Por eso, el orden es amor, fe, amor. Amor de Dios, fe que Él nos concede y amor nuestro, que se convierte en amor a Dios y en amor al prójimo. «Amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios, y el que ama permanece en Dios», así nos enseña el Apóstol. Bueno, esa es una buena catequesis para este día: amor, fe, amor.

Pero por otra parte, esta catequesis, esta enseñanza, la recibimos el día en que recordamos a esta santa mujer, Marta, a la que podemos identificar como uno de los tres hermanos, eran tres hermanos, Marta, María y Lázaro. Vivían en una pequeña población, que no queda muy lejos de Jerusalén y que se llama Betania, ahí estaban ellos. Y la razón por la que este mensaje del amor aparece en la celebración de Santa Marta es porque ellos, esta familia, estos hermanos, no se mencionan los papás de ellos, quizás ya habían muerto, pero eran tres hermanos muy unidos y estos tres hermanos acogieron a Cristo. La causa de ellos fue un lugar de acogida, un lugar de reposo para nuestro Señor Jesucristo. No tenemos muchos ejemplos de personas que hayan recibido así al Hijo de Dios. Y ese acto de acogida, ese recibir a Cristo, creer en Cristo y servir a Cristo, son los tres verbos que tienen que ver con Santa Marta de Betania, por eso entonces el mensaje del amor.

Sirven entonces estas otras tres para nosotros. Las primeras tres eran: amor, fe, amor. Las segundas tres son: acoger a Cristo, creer en Cristo, servir a Cristo. Y eso fue lo que ellos hicieron, abrieron su casa al Mesías y, por supuesto, también a sus apóstoles. Abrieron su casa a Jesús, lo recibieron, lo acogieron. Sobre la fe de Marta, tenemos el precioso testimonio del capítulo 11 de Juan, el Evangelio que hemos leído. Una de las profesiones de fe más robustas y bellas de toda la Biblia está en ese versículo 27 del capítulo 11 de San Juan: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». ¡Qué cosa tan bella! Tú eres el Mesías, ese es el acto de fe que ella hace, o sea que no es solamente recibir a Cristo físicamente para darle, por ejemplo, un lugar para que descanse o para darle algo de agua fresca. Es acogerlo, sobre todo, en el corazón y eso hace Marta. La fe es acogida profunda del mensaje de Dios en nuestras almas, en nuestras vidas. «Yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Entonces, se recibe a Cristo, se cree en Cristo y se sirve a Cristo.

Terminemos con una última idea sobre esta profesión de fe de Marta. Marta dice: «Yo creo que tú eres el que tenía que venir al mundo». Esa frase cada uno la tiene que aplicar a su propia vida. Qué tal si uno dice, por ejemplo, esto: Jesús, yo creo que tú eres el que tenía que venir a mi vida. ¿Eso qué quiere decir? Que mi vida estaba incompleta o, quizás incompleta, en cierto sentido, mientras Él no venga con su plenitud, su majestad, su hermosura, su sabiduría, su poder y reine en mi vida, mi vida está incompleta, falta una pieza fundamental, falta lo más importante de mi vida, si no está el Mesías en ella, si no está Jesús en ella. Tú eres el que tenía que venir al mundo, Tú eres el que tenía que venir a mi vida, Tú eres el que tenía que venir a mi casa.

Marta, María y Lázaro recibieron con gozo a Cristo en su casa. ¿Tiene Cristo espacio en nuestras casas, puede Cristo pasearse por las habitaciones de nuestras casas, puede Cristo sentirse a gusto en cada rincón de nuestros hogares? De verdad podemos decir: Cristo, tú eres el que tenía que venir a mi casa. Mi casa estaba incompleta mientras tú no llegaras. Mi vida estaba incompleta porque faltabas tú, eso es una profesión de fe. Y también es una frase muy enamorada, una frase muy bella, muy apta para decírsela en este día: Mi vida estaba incompleta, Me faltabas tú, faltabas tú en mi vida. Ahora que has llegado, ahora mi vida está plena, ahora soy feliz.

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