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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Santa Marta, Patrona de la fe probada.
Homilía smar004a, predicada en 20020729, con 13 min. y 35 seg. 
Transcripción:
El pasaje por el que más se recuerda a Marta es aquel en el que Cristo le hace una corrección: «Andas inquieta y nerviosa con tantas cosas, solo una es necesaria». Pero a mí me parece que, cuando la Iglesia nos invita a celebrar la santidad de alguien, no es exactamente por lo que no hizo, sino por aquello que sí hizo. Y por eso hemos tomado como Evangelio, en esta memoria de Santa Marta de Betania, el otro texto, el de Juan, en el que brilla sobre todo la fe. Los santos son señales que Dios nos da, son como estrellas en medio de la noche y nos ayudan a descubrir una ruta cuando hay tormenta, cuando nos cuesta trabajo seguir adelante, nos animan, además, al pensar que el mismo Espíritu que obró en ellos, obra en nosotros. Y por eso, son, sobre todo, las virtudes de ellos las que nos interesan.
Y en el caso de Marta, la pregunta es ¿cuál es la virtud que podemos tomar como referencia, como guía? Yo propongo que sea la fe. Marta de la fe, Marta de Betania, patrona de la fe. Yo estoy encontrando patronos en los distintos santos. Marta es patrona de la fe por varias razones o es señal de fe por varias razones. Ante la muerte del hermano, ante esa señal de fracaso, Marta hace una primera proclamación de fe: «Aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá». Sé, estoy segura. La fe después del fracaso, la fe después de la muerte. La fe después de que todo ha fallado. Ahí hay una señal de fe.
Jesús le dice: «Tu hermano resucitará». Y ella hace una segunda profesión de fe: «Sé que resucitará en la resurrección del último día». Esta fe no la tenía toda la gente, no la tenían todos los judíos de aquella época. Sabemos que un grupo importante, los saduceos, no creían en la resurrección, eso no estaba claro. Y la razón es que, en los cinco primeros libros de la Biblia, en el Pentateuco, que indudablemente era el texto de mayor autoridad en el conjunto de los judíos, en esa Torá no se habla claramente de la resurrección. Y por eso, muchos judíos sentían que podían ser buenos judíos y no tenían necesidad de creer en la resurrección. Estaban equivocados, podemos decir nosotros ahora, pero en ese momento eso no estaba claro en absoluto. Marta hace, pues, una segunda profesión de fe: Creo en la resurrección. La primera profesión es: Creo, a pesar del fracaso. La segunda es: Creo, en la resurrección.
Y la tercera es: «Creo que tú eres el ungido». Jesús le pregunta: ¿Crees esto? Ha dicho: «El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá. El que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?» Y yace la tercera profesión de fe: «Creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios». Y, sobre todo, esta expresión tan hermosa en el Evangelio de Juan: «El que tenía que venir al mundo». Fue como la misma pregunta que hizo Juan Bautista: «¿Tú eres el que tenía que venir o hay que esperar a otro?» Y aquí Marta pertenece al grupo de los que creen que ese Jesús es el Ungido, es el Hijo del Dios vivo y es el que tenía que venir al mundo. Son tres actos de fe: Creo después del fracaso. Creo en la resurrección. Creo en Jesús, creo en el Ungido. Actos tanto más valiosos, cuanto que sus intereses y su corazón estaba lastimado por lo que acababa de suceder.
Precisamente, la muerte, entre tantas otras experiencias humanas, pone a prueba, pone a prueba nuestra fe. Y yo quiero destacar esa última expresión de Marta: «Creo que tú eres el Mesías». Porque le habían mandado razón a Jesús, nos dice el Evangelio. Le habían dicho: Lázaro está enfermo. Y Jesús no estaba lejos, pero no vino. ¿Por qué me abandona el que me quiere, por qué no me ayuda el Mesías, por qué no está conmigo? Y, sin embargo, es un amor puesto a prueba. Es una fe que soporta el viento helado del cuestionamiento y el gran interrogante: ¿Por qué no me ayudó cuando podía? Obviamente ha habido fe en todos los santos, evidentemente, pero la característica de la fe de Marta, me parece a mí, es que es una fe que soporta el viento helado de la pregunta: ¿Por qué no me ayudó cuando podía?
Y me parece muy hermoso que ella no hace esa pregunta. Llega a tal grado su confianza en la obra de Jesús, en el modo de obrar de Jesús, que si la tiene, la reprime, esa pregunta. Hubiera podido, hablando desde la carne y la sangre, hubiera podido empezar por decirle eso, no decirle: Si hubieras estado aquí, sino haberle dicho: ¿Por qué no viniste, no te llegó nuestra razón, no te estábamos diciendo, tú no tienes mucha gente para sanar, no puedes hacer milagros a distancia? Hubiera podido sacar Marta un memorial de agravios, pero no pregunta por qué, no recrimina, simplemente se afianza con valor, se afianza con firmeza en aquello que cree y llega a decir: «Creo que tú eres el Mesías».
Y ¿qué nos toca a nosotros? Ya vemos que Marta es patrona de la fe probada, de la fe en resfrío, de la fe con viento helado, ya vemos cuál es la calidad de la fe de Marta. Ahora ¿qué nos toca a nosotros? Ahora nos toca a nosotros decir esto mismo: Creo en ti, Señor, aunque, cada uno tiene sus propios aunques. Creo en ti, Señor, aunque lo que me han prometido no se me cumple. Aunque la tentación tiene tanto poder en mí, aunque mis amigos me abandonan, aunque no me entienden. Aunque, cada uno tiene sus propios aunques. Creo en ti, Jesús, creo que tú eres el Mesías. Tus razones son las tuyas, Señor, son las tuyas. Marta no había escuchado la explicación, pero eso es lo hermoso, creer sin explicación.
Luego llegaría la explicación y es muy interesante en el Evangelio de Juan, porque nosotros que vamos leyendo el texto, sí tenemos la explicación, pero esta mujer no la tiene. Le mandan a decir a Jesús que Lázaro está enfermo y entonces Él dice: «Esa enfermedad no es para mal, es para bien». Y luego les dice: «Lázaro está dormido, voy a despertarlo». Pero eso lo sabemos nosotros, ella no sabía esa explicación, ella no sabía qué planes tenía Jesús. Ella sabía que Jesús es Jesús, que Él es el Mesías, que Él tiene sus caminos. Y así se abandona, así se entrega. Patrona de la fe probada, patrona de la fe sin explicaciones, ejemplo de la fe total, dura, la que soporta el viento frío de la duda y del cuestionamiento. Y ¿qué obtiene Marta de esa fe? Pues obtiene la presencia, la manifestación de la gloria de Dios.
Ahora preguntemos ¿dónde hay mayor expresión de la gloria divina, en curar a un enfermo o en resucitar a un muerto? Y claro que la respuesta es sencilla, es mucho más grande la resurrección de un muerto para la fe de Marta y para la fe de la familia de Marta y para la fe de todos los que vinieron a llorar y tuvieron que cantar, es mucho más grande la resurrección del muerto. O sea que Marta, con su ejemplo, nos está contando cuál es la grandeza de la fe probada, de la fe sin explicaciones, esa fe que le deja libres las manos a Dios para que Él haga las cosas a su tamaño. Marta no obligó a Cristo a que Cristo obrara al tamaño de ella. ¿Cuál era el tamaño de ella? Se enfermó mi hermano, está grave mi hermano, sanemos a mi hermano, ese es el tamaño de ella.
Ella le dejó sueltas las manos, le dejó libres las manos a Cristo. Y Cristo pudo hacer la obra al tamaño de Cristo, no al tamaño de Marta. Esa es la fe grande, la que deja obrar a Dios, del tamaño que Dios es. O como dicen aquellos predicadores famosos por estos años, la fe que deja a Dios ser Dios, te deja obrar a tu tamaño, y el tamaño de Dios resulta en resurrección de Lázaro. El milagro más grande, tal vez, que nos cuentan los Evangelios. Necesitamos de esta fe, pero no tenemos de dónde sacarla, es un regalo. Realmente necesitamos de este regalo, necesitamos pedir este regalo. Es increíble que una persona con el dolor atravesado y con el alma sangrando pueda decir lo que dijo Marta. Es increíble que, precisamente, en el momento más duro de su vida, haya hecho la profesión de fe más perfecta, me atrevo a decir, la más perfecta que encontramos en todo el Evangelio de Juan.
Y para nosotros, pues, sirven aquellos otros textos como el de la Carta a los Hebreos, que nos invita a perseverar, a ir más allá. Qué tal eso que nos dice la carta a los Hebreos: «Todavía no habéis resistido hasta la sangre en vuestra lucha contra el pecado». Realmente aquí el alma sangraba. Aquí el corazón estaba deshecho, pero supo mantenerse en Jesús. La palabra de la Escritura y el ejemplo de Marta nos invitan a crecer así en la fe, incluso cuando no hay ninguna explicación, incluso cuando el alma llora, incluso cuando todo grita: te equivocaste. También en ese momento es posible, sostenidos por el Espíritu de Dios, repetir lo de Marta: Tú eres el Mesías. También ahora, cuando es de noche, cuando no entiendo, cuando todo me dice que no hay sentido. Tú eres el Mesías, tú eres el Hijo de Dios. Tú tenías que venir al mundo.

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