Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Marta de Betania: Maestra de vida espiritual.

Homilía smar003a, predicada en 20000729, con 14 min. y 12 seg.

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Transcripción:

La liturgia de este 29 de julio nos ofrece dos posibilidades para el Evangelio. Uno, que fue el que leímos y que está de primero ahora, es del capítulo 11 de San Juan. El otro es del capítulo décimo de San Lucas, en ambos pasajes se habla de esta santa mujer que hoy recordamos, Marta la de Betania. En el capítulo décimo de Lucas, es decir, en el pasaje que no leímos, esta de esa famosa escena en la que Cristo corrige a Marta: «Andas inquieta y nerviosa con tantas cosas». Esa corrección de nuestro Señor Jesucristo, sin embargo, no anula el acto de amor, de hospitalidad, como dice la oración colecta de la Misa de hoy.

Y esa es la razón por la que está la primera lectura que habla sobre el amor. Dios es amor, Dios nos ama, el amor de Dios hace que nos amemos. Con esto quiero decir que la primera lectura va más de acuerdo indudablemente con la lectura del Evangelio que no hicimos, la primera lectura de San Juan, que la primera carta de Juan va más relacionada con el capítulo décimo de Lucas, en donde Marta aparece como una mujer muy inquieta, pero bueno, en medio de su inquietud, caritativa, hospitalaria capaz de amor.

Debemos, yo creo que sobre todo a San Agustín, esta manera de mirar a Marta, porque San Agustín, entiendo yo, que fue el autor de esa famosa metáfora entre la vida activa y la vida contemplativa. La vida contemplativa representada por esta María de Betania y la vida activa representada por Marta. Entonces, Marta es como la patrona o la madrina de la vida activa en la Iglesia, y la vida activa está marcada por la caridad. Entonces, Marta sería como la patrona, como el ejemplo del amor eficaz por el prójimo en razón de las obras de amor que quiso hacer por Cristo. Toda esta manera de mirar a Marta, proviene de San Agustín, es muy respetable y es provechosa.

Sin embargo, el hecho de que se haya incluido esta lectura, el hecho de que este leccionario nuevo se incluya esta lectura del capítulo 11 de San Juan en el Evangelio, la lectura que hicimos, nos abre una perspectiva nueva sobre Marta, porque, al fin y al cabo, Jesucristo en cierto sentido, no le aprobó la hospitalidad a Marta porque le pareció, le pareció que faltaba la cumbre de la hospitalidad, que es la hospitalidad del contemplativo. El contemplativo es hospitalario, hospeda ni más ni menos que a la palabra, hospeda al amor, hospeda a Dios. Ustedes se darán cuenta por el tono de esta reflexión, que yo no estoy muy feliz con la idea de que sigamos mirando a Marta desde la perspectiva de la caridad y la hospitalidad. Me parece que, si nos apoyamos en los textos bíblicos, la figura de Marta no va por ahí.

En cambio, me fascina, me encanta esa perspectiva que nos abre el Evangelio, no una perspectiva dirigida por el amor, por el amor de caridad, por la vida activa, por la vida apostólica, no una mirada así, sino una mirada a Marta desde la fe, la fe. Lo que yo veo brillar en Marta es la fe. A ver, si un santo tuvo ciertas cualidades, diríamos medianas, y tuvo otras en las que descolló soberanamente. Me parece que lo que la Iglesia con más provecho puede celebrar en ese santo es aquello en lo que descolló, porque fue allí más abundante la obra de Dios. Y aquello en lo que descuella, en lo que sobresale esta Marta de Betania no es en la hospitalidad, porque en eso tuvo que corregirla Dios, no es en hospitalidad, no es en las obras de caridad activa, por más tradición que eso tenga en la Iglesia, no es eso en lo que verdaderamente sobresale. En lo que ella sobresale y por lo que realmente consideramos que es santa es por la fe, por esa fe que ha demostrado con una triple profesión en el Evangelio que hemos oído hoy. Así que, con todo respeto por las tradiciones venerables, yo prefiero que intentemos mirar a Marta desde la fe, porque la fe de Marta es desbordante, maravillosa, como aparece aquí en este pasaje.

En el pasaje, nos encontramos tres profesiones de fe que hace Marta de Betania. Primera: «Sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá». Ponga esa frase junto a un crucifijo, por ejemplo, tome esa frase cuando adora la hostia consagrada, es una profesión de fe bellísima. Porqué tenemos que seguirle recalcando por los siglos a esta mujer que un día, una tarde o una mañana se excedió en la hospitalidad hasta que se puso brava con la hermana. Y esa es toda la razón para llamarla santa. Es insuficiente. Esto es muy grande, primera profesión de fe: «Sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá». Esta es una fe maravillosa. Ese todo, ese todo que es un arrojarse en el corazón de Jesucristo, un confiarse a la Palabra de Cristo, un descansar en el amor de Cristo: «Sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá». Segunda profesión de fe: «Sé que mi hermano resucitará». Una fe que se abre a la esperanza, también. «Sé que resucitará». No es cualquier acto de fe que está en esas palabras, «Sé que resucitará». Tercero: «Yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».

Para celebrar la santidad de Marta, yo prefiero estas tres frases. Qué tal que en la fiesta del apóstol San Pedro tomáramos aquel pasaje en que Pedro, delante de una cocinera, dijo: Yo no sé quién es ese señor. Habría como una contradicción ahí, eso pasó en la vida de Pedro, pero no festejamos la santidad de Pedro por esa frase, ni por esa escena. Lo recordamos más bien por aquello otro que Dios le concedió como profesión de fe en Cristo. Así pues, yo propongo para este día con toda sencillez y con todo amor a nuestra Iglesia, propongo una mirada renovada a la grandeza de Marta de Betania en esas tres frases: «Sé que todo lo que tú pidas, Dios te lo concederá». Eso va a suceder, ese es el género de confianza, es el género de fe que hace que nosotros seamos completamente discípulos de él. Segundo: «Sé que mi hermano resucitará». Sé que hay victoria sobre la muerte.

Tercero: «Yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios». Bueno, el Mesías, el Hijo de Dios, es muy grande, pero todavía destaco yo la última parte, la última parte de esa tercera frase: «Tú eres el que tenía que venir al mundo». Qué frase tan hermosa, qué elogio, qué piropo, qué cumplido tan bello para decirle a Cristo: Tú eres el que tenía que venir. Señor, tú eres al que estábamos esperando. A ti te esperaba el universo entero. A ti te aguardaba con ansias mi alma. A ti te esperaba mi cuerpo, te necesitaba para sanación. A ti te esperaba mi corazón, mi inteligencia sin ti no encontraba ni unión, ni armonía, ni belleza. Te estábamos esperando, mi Señor.

De esa manera descubrimos a Marta, de un modo nuevo y la descubrimos como maestra en la vida espiritual. No es simplemente un testimonio para que trabajemos por Cristo, es un testimonio para que Cristo trabaje en nosotros. No es solamente un testimonio para que hagamos obras para Cristo, es un testimonio para que seamos la obra de Cristo y entre las dos cosas, darle obras a Cristo y ser la obra de Cristo, me quedo con la segunda, es mucho más grande, es mucho más bella. Desde luego, casi sobra decirlo, esta segunda manera, de esta manera, en cierto modo nueva de ver a Marta, la acerca mucho más a ese gusto contemplativo de su hermana. Se trataba, indudablemente de una familia bendecida, una familia con un hambre inmensa del Verbo divino. Marta es maestra de vida espiritual: «Sé que todo lo que pidas a Dios te lo concederá. Sé que mi hermano resucitará. Yo creo que tú eres el que tenía que venir al mundo».

Dejemos en un momento de silencio que estos tres pensamientos se adueñen de nosotros hasta decírselos también nosotros a Jesús. Tratemos de personalizarlos: Sé que lo que pidas va a suceder. Entonces, si tú oras por mí, Jesús, si tú defiendes mi causa, mi causa se resuelve, mi causa sale, mi vida cambia, con una sola plegaria tuya Jesús, ora por mí. Y en eso viene a nuestra memoria ese texto de la Carta a los Hebreos: Él vive para interceder por nosotros. Estás orando por mí, Jesús, estás orando por mí. Y tu oración no puede fallar. Dime la fuerza que nace de esto, ¿será que le tendremos miedo a algo o a alguien, con esta frase en nuestro corazón? ¿Si nuestra sangre palpita con este amor y con esta certeza, le tendremos miedo a alguien? Este pensamiento es el que embriagaba a Pablo cuando decía: Miren, ni principados, ni potestades, ni dominaciones, ni nada, lo que exista en este mundo o en el otro, nada, nada puede frente a Él. Todo lo que tú pidas va a suceder y tú estás pidiendo por mí, tengo plena confianza en ti. Te adoro, mi Señor.

Sé que mi hermano resucitará ¿por llamarse Lázaro? No, porque existe la resurrección. Puedo también apropiarme esa frase: Tú me vas a resucitar. Haga una meditación sobre eso, viva eso: Tú me vas a resucitar. Todo lo que esté unido a tu amor, todo lo que haya nacido de tu caridad, vivirá para siempre. Tú me vas a resucitar. La última palabra no la tendrá ni la enfermedad, ni la violencia, ni la guerra, ni la muerte. La última palabra es tuya. Y todo lo que haga por ti, todo lo que haga por ti, nacido de ti, todo tiene garantía de eternidad, va a resucitar. Eso es fuerte, es poderoso, eso da una generosidad muy grande.

Y el último, que tal vez debería ser la primera que le dijéramos a Cristo: Tu Señor, tu Cristo, tú eres el que yo estaba esperando. Yo necesitaba poder confiar en alguien aquí. Yo necesitaba esa garantía, esa certeza, esa paz que nace del encuentro contigo. ¡Qué grande la santidad de Marta! Marta intercede por nosotros, infunde esta certeza, esta confianza grande en el pueblo cristiano. Un momento, pues, de silencio para recoger en nuestros corazones las palabras de Marta de Betania.

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