Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

"¡Bendito, Jesús, Tú eres el que yo estaba esperando!"

Homilía smar002a, predicada en 19990729, con 13 min. y 52 seg.

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Transcripción:

Celebramos hoy con la Santa Iglesia a una mujer de aldea, una mujer sencilla que acogió a Jesucristo, hospedó a Jesucristo, sirvió a Jesucristo y que por eso, con esta sencillez, es como modelo de todos nosotros los creyentes. De nosotros quiere el Espíritu Santo que seamos como Marta, que abramos nuestras casas, que abramos nuestras vidas, que acojamos al que es la vida para que tengamos vida, que sirvamos a Jesucristo, que creamos en Él.

En este diálogo que acabamos de escuchar en el capítulo 11 del Evangelio de Juan, Cristo hace una revelación maravillosa de su misterio y Marta hace una confesión maravillosa, fruto de su fe. En esa fe de Marta está resumido, podemos decir, el Evangelio: «Yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Con esas palabras, esta mujer sencilla estaba resumiendo, estaba comprendiendo nuestra fe en Cristo. De lo que se puede decir sobre esa respuesta, quiero detenerme hoy en lo último, lo último que ella dice: «Creo que tú eres el que tenía que venir al mundo». Qué expresión, qué expresión tan, tan hermosa: «Eres el que tenía que venir». Una frase o una expresión que podemos parafrasear libremente diciendo: Tú eres el que estábamos esperando. Tú eres el que nos hacía falta, sin ti estábamos incompletos.

Una de las expresiones más cariñosas que yo le haya oído a mi papá, se la oí hablándole él a mi hermano menor. Resulta que nosotros somos cuatro hijos en la casa y los tres primeros fuimos relativamente seguidos, con intervalos como de unos dos años. Después que yo, de último, yo soy el tercero y yo quedé de último durante unos años. El último de los hijos es el que reina. Entonces, yo quedé reinando unos años, pero se me acabó mi reinado, después de unos cinco años, resulta que nació el que es mi hermano menor. Y le decía mi papá a mi hermano menor, a Saulo, le decía: Sin ti la familia hubiera estado incompleta. Una expresión hermosa que muestra el lugar amplio que tiene Saulo en el corazón de mi papá y en el corazón de todos nosotros. Una expresión que hace sentir amor porque donde hay espacio para recibir, ahí hay amor. Realmente el amor es el espacio que uno necesita para tener vida.

Y hoy Marta nos enseña a tener ese acto de amor con Jesucristo. Cuando le decimos a Cristo: sin ti mi vida estaría incompleta. Cuando le decimos: Tú eres el que tenía que venir. Cuando le decimos: Te estábamos esperando. No sólo estamos haciendo alabanza, sino que estamos creando un espacio de amor, esa es la casa. La casa que Él quiere, la casa donde Él vendrá para habitar y reinar en nosotros. Mi camino en la vida del Señor, mi camino en la vida espiritual, tuvo que ver mucho en la infancia y en la adolescencia con grupos de oración. Asistía yo con mis papás a un grupo de oración, aquí en la parroquia de Chiquinquirá. Después, ellos no pudieron seguir asistiendo a ese grupo y como yo tampoco me movilizaba solo, entonces yo tampoco seguí asistiendo. Esto vino a traer como un cierto enfriamiento en la vida de la gracia en mi alma, enfriamiento que se vio acentuado por una dedicación casi excesiva a la ciencia, al estudio, a la física, a la matemática.

Pero Dios, en su providencia, no dejó que esa etapa se prolongara demasiado, sino que, a través de otro de mis hermanos, me llamó a un grupo de oración pequeño, sencillo y fervoroso, que quedaba cerca de la casa de mis papás. Y creo que sin ese grupo difícilmente se hubiera avivado la llama de la vocación sacerdotal, que parecía casi extinta por las distracciones del mundo y por las ofertas intelectuales que se me presentaban. En ese grupo, como en tantos grupos de oración, había mucho canto, mucho canto y mucha oración espontánea. Hubo un canto, sobre todo, que a mí me impresionó mucho, que se me grabó mucho y que de alguna manera fue decisivo. Un canto que dice: Si no hubiera sido por el Señor, mi alma se hubiera perdido. Eso lo repite, eso tiene su tonada sencilla y bonita: Si no hubiera sido por el Señor, mi alma se hubiera perdido.

Y la señora dueña de esa casa, nuestra anfitriona, casi siempre, o por lo menos con muchísima frecuencia, al hacer sus oraciones, ella se conmovía mucho. Una señora que estaba próxima al don de lágrimas, diría yo. Ella se conmovía mucho, lloraba con facilidad, sino con facilidad, por lo menos con frecuencia, ya fuera arrepintiéndose de sus pecados, ya fuera meditando en los misterios de Cristo. Una mujer sencilla y acogedora como esta marca del Evangelio. Una mujer que muchas veces me escuchó y me animó y que se puso muy feliz cuando supo que había la posibilidad de servir a Dios por el camino del sacerdocio.

Esta señora era otra enamorada de esa cancioncita: Si no hubiera sido por el Señor, mi alma se hubiera perdido. Y en sus oraciones espontáneas, siempre que tomaba la Palabra, se orientaba como por esa meditación. Lo dijo tantas veces que, aunque han pasado más de 15 años desde esa época, yo lo recuerdo como si hubiera sucedido hoy, me parece estar viviendo con sus manos cogidas como persona devota, los ojos cerrados pero anegados en llanto y diciéndole a Cristo una y otra vez: ¿Qué seríamos, Señor, qué seríamos sin ti, qué seríamos si no hubiera sido por ti? Y con esa oración, y con esas lágrimas y con ese amor, esta señora, esta señora que se llama Nora. Nora abría más y más, ensanchaba más y más el espacio de su alma, y por eso en la casa de ella siempre cupo mucha gente. Entre esa mucha gente, esta gente que soy yo.

Son almas acogedoras, porque el que tiene mucho espacio para recibir a Cristo, seguramente tiene mucho espacio para acoger a los que son de Cristo. No se puede ver llegar a Cristo con sus apóstoles, con sus discípulos, y decirle: Entra Cristo, los demás allá. Cristo anda rodeado de mucha gente, Cristo tiene mucha gente. Y esta Marta, que estamos recordando hoy con tanto cariño, no solamente tenía que atender a Cristo, cuántas veces tocaba rehacer el almuercito, la comida o como se llamara eso en hebreo, porque la cantidad de invitados, Cristo con toda su gente, pero el que tiene espacio para Cristo, tiene espacio para los que son de Cristo. Esta es la señal del que tiene verdadero amor. Casi me atrevo yo a decir que es difícil creer en una santidad que no sea santidad de acogida. La santidad que excluye ya tiene como la marca del egoísmo, como la marca de los celos, como la marca de la envidia. La santidad es grande, la santidad es ancha.

Como decía Santa Catalina de Santo Domingo: La religión de Domingo es amplia, perfumada y alegre, amplia. Nora, la señora de este grupo de oración, pudo abrir las puertas de su casa a gente como yo, porque había abierto las puertas de su casa a Jesucristo y abrió las puertas de su casa porque había abierto su corazón y había abierto su corazón, porque ella podía decir lo que dijo Marta: Es que tú, Jesús, eras tú, eras el que tenía que venir. Qué bueno que hayas venido. Esta frase, esta expresión de Santa Marta: «Yo creo que tú eres el que tenía que venir». Esa expresión es maravillosa porque dispone el corazón para la alabanza y para el amor. Es una frase que al mismo tiempo nos hace tomar conciencia de toda nuestra necesidad y de toda su misericordia. Es una frase que nos recuerda amablemente que somos pobres y que nos recuerda dulcemente que Él es rico. Una frase que tiene lo que dice Santa Catalina de Siena, tiene el conocimiento de nosotros mismos y tiene el conocimiento de Dios.

Ejercicio, al recibir la hostia consagrada, al adorar a Jesús en el Sagrario, al meditar su Palabra, decirle muchas veces: Bendito Jesús, Tú eres el que yo estaba esperando. Tú eres todo lo que me hacía falta. Tú eres el único que podrá entender mi caso, el único que podrá sanar mis heridas, el único que transformará mi existencia. Te estaba aguardando, Jesús, y por eso, me siento feliz de que hayas venido. Celebro que estés aquí y me parece tan grande tu providencia y tu amor, que puedo decir como aquella señora y como tantas otras personas: Dios mío, ¿qué seríamos sin ti, en qué pasos andaríamos? Te agradezco tu presencia en mi vida. Celebro todo lo que has hecho por mí. Te alabo por tus inmensos bienes y por ser quien eres. Y te pido que multipliques estas bondades conmigo, que te necesito tanto y con todos los que te están aguardando aún sin saberlo.

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