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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cuidar a la mujer, a la infancia y a la familia es una tarea esencial para construir una sociedad sana. Educar el corazón desde la niñez, valorar la vocación femenina y fortalecer la familia es cultivar la virtud y la santidad.
Homilía sman025a, predicada en 20260908, con 8 min. y 3 seg. 
Transcripción:
El ocho de septiembre nuestra Iglesia Católica celebra el nacimiento, la Natividad de la Santísima Virgen María. Aquí, en mi convento de Santo Domingo, tenemos este espacio donde se recuerda precisamente a la Virgen María en toda su belleza, en toda su pureza. Y junto a ella, pues también están los papás de María, también representados por esas sencillas imágenes. Tenemos de este lado a San Joaquín y de este lado tenemos a Santa Ana, los padres de la Virgen María a San Joaquín y Santa Ana, los recordamos y los celebramos el día veintiséis de julio. Pero hoy, ocho de septiembre, pues la celebración es del nacimiento de la Virgen María. Pienso que esta es una oportunidad muy bella que nos da la liturgia para renovar en lo profundo de nuestro corazón el amor por la infancia, el amor por la mujer y el amor por la familia, la infancia, la mujer y la familia. Yo quiero destacar que estas tres realidades nos atañen a todos, porque todos nosotros venimos de mujer y por eso lo que le suceda a la mujer le va a suceder a la sociedad. Todos venimos de mujer. Esto indica el lugar único que Dios ha querido que tenga la mujer. Por eso también en el libro del Génesis, en el capítulo tercero, se dice o le dice Dios a la serpiente, es decir, al demonio le dice: Pongo enemistad entre ti y la mujer, entre ti y la mujer. ¿Qué quiere decir eso? Quiere decir que como la mujer es el manantial, es la fuente de la vida. No solamente por la procreación, sino también por toda la vitalidad, por toda la novedad, por toda la belleza, por todo el cariño que sale del corazón y del cuerpo de la mujer. Pues cuidar a la mujer, amar a la mujer, es un deber de todos. Hombres y mujeres estamos llamados a cuidar de ese misterio de amor que es cada mujer. Porque esto no es amar a la mujer en abstracto, es amar a cada mujer. ¿Tienes hijas? Entonces, ¿cuál es el amor que le das a tus hijas? ¿Tienes tu esposa? ¿Cuál es el amor y el respeto que le das a tu esposa? ¿Tienes tu novia? ¿Cómo la respetas? A tu hermana, a tu abuela, a tu tía, a las personas que tienes cerca, a tus compañeras de trabajo. Es brutal el abuso que tienen que padecer muchas mujeres, abuso que tiene que despertar no solamente nuestra indignación, sino también nuestra acción. Ahora bien, esa manera de respetar y de apoyar lo femenino tiene también un camino, un cauce que nos muestra la Biblia. ¿Por qué? Porque así como la mujer ha recibido su misión propia, el varón también tiene su misión propia. De tal modo que el verdadero respeto y amor hacia la mujer siempre va acompañado del respeto y amor a la familia. Otra palabra que hemos destacado en esta fiesta de la Natividad de la Virgen. Cuidar a la familia. Efectivamente, el amor que tiene la mujer es inmenso. El bien que puede hacer la mujer es inmenso, pero también el amor de la mujer tiene que ser guiado. El amor de la mujer también tiene que ser educado. Y esto incluye, por ejemplo, el amor de madre. El amor de madre tiene que ser educado, tiene que ser purificado, porque ese amor que nace de lo profundo de las entrañas, nace entonces de lo profundo de la naturaleza de la mujer. Y si nace de lo profundo de la naturaleza de la mujer, pues quiere decir que si esa naturaleza ha sido herida por el pecado, pues entonces también ese amor femenino necesita ser purificado. Y parte de esa purificación en el amor de la mujer es lo que se logra precisamente en un hogar donde el hombre es verdaderamente hombre, donde el hombre vive su vocación. Por eso se ha dicho. Y esta expresión no le gusta a mucha gente, pero tiene una raíz profundamente bíblica. Se ha dicho que el hombre está llamado en la familia a ser la cabeza, así como la mujer está llamada a ser el corazón. Y bueno, ya vendrán las feministas a decirme que esto es un desastre, que porque estoy enseñando esas cosas, que ese es el machismo de la Iglesia. Todo eso lo pueden decir ustedes. Pero hay algo que yo les quiero asegurar. Cuando una mujer se siente amada, vivamente amada, respetada, rodeada de ese cariño, de esa dulzura, de esa protección y de ese liderazgo de un hombre al que ella ama y al que ella admira. Cuando una mujer tiene cerca a esa clase de hombre. Su problema no es ser cabeza. Ella no necesita ser cabeza. Cuando el hombre que tiene cerca es un hombre que ella ama, que ella admira, que ella respeta y de la que se siente respetada, entonces es la mujer, la familia y la infancia y la infancia. Hay que cuidar especialmente la infancia y muy particularmente la infancia de la mujer, ya que vemos la importancia que tiene la mujer en la sociedad. Cuidar la infancia es de máxima importancia en todo sentido que desde pequeña la niña sienta al mismo tiempo su valor, que es inmenso, su vocación que es preciosa, la fuerza de vida que está en ella, pero igualmente la responsabilidad que tiene y sobre todo, la necesidad de cultivar su propio corazón en la virtud, buscando la santidad. Las mujeres santas, empezando por la Santísima Virgen, a la que recordamos hoy, pues le van a enseñar eso a las niñas desde pequeñas. Lo grave sucede cuando las niñas tienen como referencia no a la Santa Virgen María, sino tienen como referencia a cualquier mujer corrupta, interesada, confundida, llevada, como dice el apóstol San Pablo, por toda clase de pasiones. Ahí es donde poseemos problemas. Pues que se levante el estandarte de María, que brille la pureza de María. Que la sonrisa de María cautive todos los corazones, empezando por el de las niñas pequeñas. Ahí habrá una luz grande para el mundo. María María Santísima, ruega por nosotros. Amén.

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