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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

María es a Cristo como la aurora es al día; Ella es la primera obra de la salvación que el Salvador ha traído al mundo.

Homilía sman008a, predicada en 20110908, con 4 min. y 22 seg.

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Transcripción:

El ocho de septiembre recordamos el cumpleaños de la Santísima Virgen María. Es la fiesta del nacimiento, la fiesta de la Natividad de María. Es verdad que algunas personas aseguran, basándose en revelaciones privadas, que el verdadero, entre comillas, cumpleaños de María, es en alguna otra fecha. La verdad es que para nosotros el día como tal no es lo más importante. Lo que más nos interesa es el hecho, el nacimiento mismo de María. Y hay una comparación que han utilizado los padres de la Iglesia desde tiempos antiguos y que creo que sigue siendo plenamente válida. Cristo es llamado sol de justicia. Cristo, además, dijo de sí mismo: Yo soy la luz del mundo. Cristo en el Apocalipsis es presentado como aquel que ilumina la ciudad santa, una ciudad que no necesita lámpara alguna, porque el Cordero, porque Dios mismo es su luz. Pues si Cristo es la luz, si Cristo es el día sin ocaso, si Cristo es aquel sol de justicia, pues podemos decir que María es la aurora, es el alba de ese día.

Allí donde está María, ya no está lejos Jesús. Y por eso grandes santos como Luis María Grignon de Montfort han dicho que así como Dios quiso dar su Hijo a la humanidad a través de María, así también allí donde ella se encuentra, Dios otorga prontamente el don de su Hijo Jesucristo. Porque lo sabemos bien. María nada quiere retener para sí misma. Fíjate cómo en el cántico del Magnificat que llamamos el cántico de María, que se encuentra también en el Evangelio de Lucas, ella, al recibir la felicitación de Isabel, lo primero que hace es elevar su pensamiento hacia Dios. Ella se goza en Dios, al que llama su Salvador. Y este es otro aspecto que yo creo que cabe destacar en el nacimiento de María y que justifica muy bien que la miremos como alba del día de Cristo. Si Cristo es el Salvador, podemos decir que la primera flor de la salvación es María.

Quizás no estamos tan acostumbrados a pensar en ella como una persona salvada, pero si alguien distraídamente fuera a cruzar una calle sin darse cuenta de que viene un automóvil a gran velocidad y otro agarra al que estaba distraído y lo jala rescatándolo de una muerte segura. Entonces el que acaba de ser rescatado dirá: Me has salvado la vida. Y no es que haya perdido, sino que hubiera podido perder la vida. Me has salvado la vida. Esto quiere decir que la salvación sucede no solamente cuando Dios nos rescata de las garras del pecado, sino también cuando impide que caigamos en el pecado. Y es ese el sentido en el cual María es salvada.

Ella es salvada no porque hubiera caído en pecado, no porque nunca hubiera estado bajo las garras del pecado, sino porque Dios, con un privilegio muy excelso de su gracia, la preservó, la rescató para que el pecado no tuviera poder en ella. Y así en ella brilla con más fuerza que en ningún otro la gracia y la hermosura de la salvación de Jesús.

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