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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La Fiesta de la Natividad de la Virgen María: un desafío para nosotros.
Homilía sman006a, predicada en 20090908, con 8 min. y 58 seg. 
Transcripción:
Hermanos todos. Me atrevo a proponerles esta fiesta del nacimiento de la Virgen María como un desafío. ¿Qué puede haber de desafío o de reto en la imagen tierna, delicada, de esta bebita o de esta niña? Esta es también la celebración de la niña María. ¿Qué puede haber de desafío en la ternura? Pues muchísimo. Un gran profesor de Biblia de la escuela de Jerusalén, de la Escuela Bíblica de Jerusalén, alguna vez tenía que predicar sobre el amor y empezó haciendo esta confesión personal. Dijo: Me siento un poco tonto hablando sobre el amor. Es un desafío hablar sobre el nacimiento de la Virgen, porque si nos preguntamos desde el punto de vista de la teología, ¿qué hay de celebración en un nacimiento? La respuesta no es obvia. Una vez me decía un hermano cristiano no católico decía: Ustedes los católicos han caído en idolatría en la celebración del nacimiento de Cristo. No fue ese bebé, sino ya el adulto quien nos salvó y nos salvó con el derramamiento de su sangre en la cruz. Dejen de estar celebrando al Divino Niño en el veinte de julio, decía este protestante. Dejen de estar acudiendo a ese santuario corriendo a ver una estatua de un niño. El niño ya creció, el niño ya murió y solamente por su muerte en la cruz somos salvos. Esto nos plantea el problema teológico de qué es lo que nosotros celebramos en el nacimiento de Cristo y qué es lo que celebramos en el nacimiento de la Virgen María. Yo quiero tomar como punto aquello que dice este protestante: El niño ya creció. Es verdad, el niño creció. Lo dice la misma Biblia, creció en edad, en sabiduría y en gracia. El niño creció. Pero ahora pensemos lo que significa la frase contraria ¿Qué es dejar de ser niño? ¿Qué es dejar atrás la infancia? Y siguiendo la costumbre de Santo Tomás de hacer distinciones, pues digamos también nosotros aquí, distingo. Distingo entre dejar la infancia. Porque el desarrollo de nuestras capacidades intelectuales y de nuestras destrezas físicas y sociales aumenta. En ese sentido se deja atrás la infancia, pero no se deja atrás la infancia en el sentido de aquello que es más hermoso, de aquello que es más bello, de aquello que es más perfecto o inocente en esa infancia, en el caso de Cristo y también en el caso de la Virgen. A lo que me refiero es exactamente al papel que cumple el pecado en todo esto. Resulta que el pecado es como una ruptura dentro de la secuencia de los días. Es una ruptura en la vida. El pecado es lo que verdaderamente nos desconecta de nuestro pasado. El pecado es lo que no nos deja mirar a la cara. El novicio que nosotros fuimos. El pecado es el que lo vuelve a uno cínico. El pecado es el que hace que uno mire hacia el pasado y diga: Tan bobo yo. Ese es el pecado. El pecado es el que hace que uno se sienta ridículo de rodillas o se sienta incómodo de manifestar su devoción o su ternura. Y en ese sentido, el contenido teológico de la celebración del nacimiento de Cristo o del nacimiento de la Virgen es precisamente una proclamación de la continuidad existencial que viene en una vida que no ha sido desfigurada, que no ha sido fragmentada, que no ha sido rota por el pecado. Imaginémonos el caso nuestro. Hablo en este sentido en este momento a mis hermanos religiosos. Imaginémonos un religioso que desde el comienzo de su vocación tiene una intensidad de ideales, un ideal de santidad, un ideal de servicio pleno a Dios, un ideal de servicio al pueblo de Dios, un ideal de fraternidad. Pero esos ideales son luego lastimados por los golpes de la vida. Los golpes más fuertes no son los que nos dan otras personas. Los golpes más fuertes son los que nos damos nosotros por nuestras propias incoherencias y faltas. Llega un momento en el que cuando uno mira los escritos que hizo en el noviciado o las fotos que le tomaron o los propósitos de aquella época. Uno se siente incómodo, uno se siente ridículo. Así nos pasa a muchos, por lo menos. Espero que ustedes estén en mejor condición. Uno se siente ridículo y entonces tiene dos posibilidades seguir el camino que nos propone el libro del Apocalipsis. Mira desde dónde has caído y conviértete. Vuelve a esa inocencia, vuelve a ese candor, vuelve a esa alegría santa del comienzo, vuelve a lo mejor de tus ideales. Esa es una posibilidad. La otra posibilidad es levantar la mano en desprecio y decir eso: Yo era un tonto en esa época. Yo todavía creía que se podía ser santo. Yo todavía creía en la vida religiosa. Yo todavía creía en la Orden de Predicadores. Yo todavía creía en la Iglesia. Es decir que esta fiesta en realidad nos enfrenta a una disyuntiva, conversión o cinismo. Y esta disyuntiva la tenemos que resolver todos los días, porque vamos creciendo y después de la profesión inicial, viene la profesión solemne y seguramente las órdenes. Y recibimos diaconado y recibimos presbiterado. Y llega un momento en el que vamos sintiendo que cada vez se desdibuja más el tiempo de nuestro pasado. El gran desafío que nos plantea la fiesta de la Natividad es la continuidad desde el comienzo de la existencia hasta lo que somos ahora. Como esa continuidad ha sido rota por nuestras faltas, especialmente entonces, el desafío de hoy es conversión, que es volver a ese ideal, obtener lo que Paul Ricoeur llamaba bellamente una segunda inocencia. Es de las expresiones más felices de este filósofo. Una segunda inocencia que no es la inocencia de la ingenuidad, que no es la inocencia del que no sabe hasta dónde puede llegar la maldad humana, sino la inocencia de Cristo que sabe hasta dónde llega la maldad humana, pero que sabe que la bondad y el poder de la gracia exceden todo lo que pueda fallar en nuestros corazones. Hoy somos invitados por la Santísima Virgen a la segunda inocencia. Somos invitados a vivir desde la cumbre de la intelectualidad y desde la cumbre de los cargos importantísimos que tenemos y desde la cumbre de los asuntos administrativos y financieros en que nos vemos envueltos desde todas esas cumbres, somos invitados a la ternura, a la devoción. Y por eso decía al comienzo de la Eucaristía que esta fiesta como que nos obliga a visitar una zona del corazón a donde uno no va muy a menudo. Termino, mis hermanos, invitándolos así pues, con toda la devoción descarada del caso, invitándolos a navegar en los ojos de la Virgen. Si hay algo que me fascina de la mirada de María y de la mirada de Jesús es que esos ojos se hunden en un abismo de claridad que llega hasta el mismo nacimiento. Las personas que tienen dobles intenciones tienen una mirada llena de trabas y trampas, como que nunca se les ve la intención, como que nunca se les ve bien el corazón en la mirada de Jesucristo, en la mirada de María hay un descanso delicioso para el alma, porque uno puede entrar y no se detiene. Es como un corredor inmenso de luz que llega hasta el designio mismo del Señor, de Papá Dios que quiso crearnos y redimirnos. Continuemos esta celebración. Yo los invito a ese ideal contemplativo y les invito a recuperar lo mejor de nuestra vocación. Amén.

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