Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El Nacimiento de la Virgen y el don de la paz.

Homilía sman005a, predicada en 20000908, con 11 min. y 26 seg.

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Transcripción:

Hermanos, estamos ante una celebración que viene marcada por dos palabras. La paz y el gozo. Dos bienes que no suelen ser muy abundantes en esta tierra ni en este país. Y a veces tampoco en nuestros corazones. Al comienzo de la Misa hay una oración que dice el sacerdote como recogiendo las intenciones de todos. Esa oración se llama colecta porque recoge las intenciones propias de la Iglesia en ese día. La colecta del día de hoy nos ha dicho, Concede, Señor, el don de tu gracia a tus hijos. Para que cuantos hemos recibido las primicias de la salvación por la maternidad de la Virgen, consigamos aumento de paz en la fiesta de su nacimiento. Y en el brevísimo salmo responsorial aparece la palabra gozo, y en la primera lectura del profeta Miqueas aparece en el gozo y la paz. Estas son las dos palabras de la fiesta de hoy: la paz y el gozo. Se está mostrando un camino hacia la paz, en el nacimiento de la Virgen.

La paz es algo tan pequeño y tan indefenso como una bebita. La paz es algo tan tierno y tan maravilloso como una bebita. La paz es algo tan alegre y tan entrañable como esta bebé a la que hoy recordamos. Y el que no cultiva la paz como se abraza a esta niña, nunca va a tener paz. El que no encuentra camino para la paz. En la realidad tan simple pero tan elocuente, que es ella. El que en eso no encuentra paz no lo va a encontrar en ninguna parte. Es muy hermoso que las lecturas de hoy nos hablen de paz, de esa paz profunda, porque me hace acordar de una enseñanza de Santo Tomás de Aquino. Dice Santo Tomás comentando una frase de San Pablo un saludo de Pablo que dice Gracia y paz a vosotros. Dice Santo Tomás: la gracia es el primero de los regalos de Dios, y la paz es como la corona, el resumen, la culminación de los regalos de Dios. Gracia y paz, saluda San Pablo más de una vez y Tomás nos dice: La gracia es el comienzo y la paz es el final. Este don último, este don tan necesario de la paz, llega a nosotros en el comienzo de la vida de María. Ella la llena de gracia, es también la fuente de paz. Ella, por la que hemos recibido al autor de la gracia, es también la madre del Príncipe de la Paz. Ella, en el comienzo de su vida, nos habla del don último, el don de la paz. Yo creo que muchos de nosotros tenemos experiencia de dones de Dios. Hemos recibido, hemos experimentado dones de Dios, pero son dones que se van y regresan. Tenemos alegrías que se van y regresan.

Experimentamos carismas que se van y regresan. La paz es como la consolidación del bien. Solo tiene paz el corazón que tiene serena posesión de lo que ha recibido. Ahí está la paz. La paz empieza cuando nuestra unión con Dios no es algo que aparece y desaparece, que se acerca, se encoge, se alarga, se rompe. Solo en la serena posesión que Dios toma de nuestra alma y en la serena posesión que nosotros tomamos de la gracia de Dios en ese doble y hermoso abrazo. Ahí es donde sucede la paz. Y esa es la gracia propia de esta fiesta de la Virgen. Imagínese cuánta falta nos hace. Porque en María la gracia no es un accidente, sino es como una segunda naturaleza. Por algo la llamamos llena de gracia.

En María el bien es fuerte, el bien no es un episodio, el bien no es un accidente, el bien no es un rato, el bien es fuerte, es sólido, es consolidado, es firme y eso es lo que nosotros necesitamos para adquirir paz. Necesitamos bienes firmes y esa es la firmeza que encontramos en la plenitud de gracia que tiene María. A ver que llegamos hasta aquí. Llegamos hasta aquí. Que la gracia propia del día de hoy es la paz, a la cual va unida el gozo. Pero el énfasis está en la paz y hemos dicho que la paz llega a nosotros como en una recién nacida y llega a saber recibir la paz. Así lo hemos dicho también que la paz es el resumen, o podríamos decir mejor la madurez de todos los bienes. Y hemos dicho que esta paz, que es consolidación y madurez de los bienes, es lo que nos ofrece la fiesta de hoy. Es lo que encontramos nosotros en María.

Tratemos de hacer una aplicación a nuestra vida. Estoy pensando, sobre todo en mi propio caso. Es decir, estoy pensando en la inestabilidad, la inestabilidad del bien. Yo creo que nosotros no somos gente perversa, maldadosa, cruel, pervertida. Tal vez no somos esas personas, pero ¿qué hacemos para que el bien deje de ser un accidente en nuestra vida? ¿Qué hacemos para que el bien no sea una etapa en nuestra vida? ¿Qué hacemos para que la bondad no sea algo que sucede ocasionalmente? ¿Qué hacemos para que eche raíces en nosotros verdaderamente el bien de Dios? Eso es lo que nosotros encontramos en la Santísima Virgen. Un bien estable, un bien estabilizado, un bien consolidado, un bien sólido.

Yo creo que la fiesta de hoy tiene un mensaje también en ese sentido. Jesús le decía a Nicodemo hay que nacer de nuevo. Entonces creo que a los años que tenemos nos toca pensar cómo hacemos para empezar de alguna manera nuestra relación con Dios, con la humildad, con la pequeñez, con la sencillez de esta bebita de hoy. Hoy nos toca acercarnos a Dios y pedirle que tome ese bien que hay en nosotros, que es como una gotita de bien y que lo cuiden y que lo ayude y que lo forme para que nosotros crezcamos sanos en el bien y el bien crezca poderoso en nosotros. La fiesta de hoy nos llama a volver hacia Dios y decirle: Quiero, Señor, nacer. Quiero nacer a una vida buena. Pero no buena por accidente, no buena por temporadas, no buena por momentos. Quiero una vida verdaderamente buena y grata ante ti. Quiero empezar una existencia así. Quiero dar ese paso, Señor, hacia una vida así. Y quiero encontrar en esa vida la paz que me hace falta.

Hay un modelo que la primera lectura nos ha presentado sobre cómo Dios vuelve sus ojos a esas iniciativas. Tú, Belén Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel. Y luego hace un elogio del Salvador del mundo. Mis hermanos, vamos a acercarnos así a Dios. Vamos a rogarle de esa manera. Quiero empezar, Señor. Quiero comenzar. No con esas efervescencias que desaparecen. No conoces entusiasmos que pronto se acaban. No con esas salidas en falso. Quiero empezar con un paso más humilde que nunca. Como los pasitos que dan los bebés. Quiero empezar con un paso más humilde que nunca. Quiero ser alimentado por ti. Quiero que tú hagas fuerte el bien en mi vida. Y quiero encontrar así la paz. La verdadera paz. La que solo tú.

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