Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Adoptar a la Santísima Virgen María.

Homilía sman004a, predicada en 19990908, con 27 min. y 31 seg.

Click derecho para descargar versión MP3

Transcripción:

Esta fiesta litúrgica se parece mucho a la celebración de un cumpleaños. No tenemos datos históricos concluyentes sobre el día del nacimiento de la Santísima Virgen y tal vez algunos de nosotros nos estemos preguntando por qué resultó esta fecha ocho de septiembre para esta celebración. De pronto, algún perspicaz puede decir: Está relacionada con otra fecha de la Virgen, la Inmaculada Concepción, que es el día ocho de diciembre. Eso podría ser, pero la realidad histórica es lo contrario. El ocho de diciembre se escogió como fiesta de la Inmaculada Concepción en razón de que existía esta fiesta del ocho de septiembre la Natividad de la Virgen María. La fiesta de la Inmaculada Concepción para la Iglesia entera es relativamente reciente, porque, como sabemos, el dogma de la Inmaculada Concepción fue declarado solemnemente el siglo pasado a mediados del siglo diecinueve. En cambio, esta fiesta del nacimiento de la Virgen es muy antigua. Está ligada a esta fecha de hoy, a la dedicación de una Iglesia, al nombre de María hacia el siglo cuarto o quinto en Jerusalén. Y esa dedicación de esa Iglesia sucedió el ocho de septiembre del año correspondiente. Más de una de las fiestas de la Virgen tiene que ver con dedicaciones de la Iglesia cuando se han querido celebrar misterios de la vida de María sin que haya evidencia histórica sobre cuál día del calendario debería corresponder.

Entonces se ha apelado a ese recurso, podríamos decir. La dedicación de Iglesias es lo mismo que sucede con el cinco de agosto, que hay una fiesta también de la Virgen por la dedicación de la Basílica de Santa María, la Mayor. Lo importante en estos casos no es el número ni el mes en el año. Lo importante es que el misterio como tal no se quede sin celebrar. De hecho, lo mismo sucede con el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo. No tenemos constancia última, rigurosa, incontestable, de que Jesús haya nacido en una noche entre el veinticuatro y el veinticinco de diciembre de algún año. Pero eso no nos priva de celebrar ese misterio escogiendo la fecha en el calendario del año, pues de acuerdo con ciertas conveniencias, de acuerdo con cierto provecho pastoral, de acuerdo con los recuerdos, con la historia del pueblo cristiano. Insisto, lo importante es que el misterio, el misterio, no se quede sin celebrar.

Y por eso, ahora, con la ayuda del Señor, invocando el auxilio del Espíritu Santo, queremos acercarnos ya no a los datos históricos, porque no los hay sino a ese misterio. ¿Por qué celebramos esta fiesta? Son pocos los nacimientos que celebra la Iglesia. Celebramos el nacimiento de Jesucristo. Celebramos el nacimiento de San Juan Bautista y celebramos el nacimiento de la Virgen. No recuerdo yo en este momento algún otro nacimiento. Creo que no hay más. No celebramos más nacimientos. ¿Por qué? ¿Por qué esta celebración? es solamente una expresión de cariño, de piedad, de devoción. Pues no sería un motivo despreciable.

Todo lo que vaya en orden a aumentar el amor a la Santísima Virgen María redunda en bien del pueblo de Dios. Porque el amor es unitivo y por eso, cuanto mayor sea el amor. Desde luego, en Dios, rectamente entendido según nos enseña la Iglesia, cuanto mayor sea el amor que tengamos por María, pues mayor va a ser la unión de nuestro corazón con su Corazón Inmaculado y esto nos va a hacer mucho bien, porque ella como primera creyente, como primera discípula, se convertirá entonces en maestra de vida espiritual para nosotros. ¿Y qué más quisiera uno que una maestra así? Pero además de esa razón de cariño, de devoción, de gratitud, podemos buscar en las lecturas que hemos compartido y en la fe que la Iglesia tiene en torno a los misterios de María. Podemos buscar otros motivos, otras razones.

Es importante que la fe no solo arda, sino que ilumine. Necesitamos cristianos fervorosos, cristianos ardientes, pero necesitamos también cristianos llenos de luz. El apóstol San Pedro en su segunda carta dice que estemos prontos a dar razón de nuestra esperanza. Yo comparo el ardor con un motor y comparó la claridad de la inteligencia con las luces en un carro, hay que tener no solo motor, sino dirección y luz. Hay cristianos muy fervorosos que lo darían todo por la Santísima Virgen, que aman entrañablemente a la Santísima Virgen, pero que tal vez no tienen manera de dar razón, ni aún la más elemental sobre su fe y sobre sus misterios. A veces esta fe sin ilustración, esta fe sin luz, se presta incluso para burlas. Por eso, al que le falte amor en el corazón, que lo busque en la piedad, en la devoción, en la adoración, en el arrepentimiento de sus pecados.

En la contemplación de los misterios que nos han dado vida. El que no tenga ese motor, que lo busque, que lo busque. Porque sin amor nada se hace. Pero el que tenga amor, que no se contente sólo con tener gran entusiasmo o entrañable devoción, procure también iluminar su claridad, iluminar su inteligencia. Con este presupuesto meditemos en lo que significa el nacimiento de la Virgen María. Si nosotros pensamos en nuestro propio nacimiento. Lo primero que descubrimos es que cada cumpleaños que celebramos nos aleja de ese momento del nacimiento y nos acerca a la muerte. Un profesor que tuve en la universidad nos hacía esta pregunta ¿Usted cuántos años tiene? Y claro, pues uno respondía con el número de años que habían pasado desde el nacimiento. Y él iba diciendo usted no tiene esos años. O si no decía usted no sabe si tiene esos años. Nosotros pensamos que era como una especie de juego, pues por lo que uno no tiene certeza inmediata del momento en el que nació. Uno no tiene recuerdos de eso. Le preguntaba a un compañero mío ¿Usted cuántos años tiene? Y él decía tengo veintiocho años. Y él decía yo creo que usted tiene muchos más años que esos. Y pues uno se extraña. Un hombre veintiséis años se le ve en sus veintiséis años, se le ven en la cara del cuerpo. Tiene veintiséis años. Pues no. Bueno, después de que nos hizo ese juego, esa dinámica nos explicó: Si a usted le dieron por ejemplo cien mil pesos y ha gastado cincuenta y uno mil, ¿cuántos tiene? Pues cuarenta y nueve mil. Los años que usted tiene son los años que le quedan. Esos son los que tienen, los otros ya no los tienen, los otros ya los entregó. Por eso le decía al amigo de los veintiséis años usted seguramente no tiene veintiséis años, porque lo más probable es que esa persona viva mucho más que otros veintiséis años. Los años que uno tiene no son los años que ha vivido, sino los años que le faltan por vivir.

Eso nos enseñaba este profesor. De acuerdo con esto, uno cada vez tiene menos años, cosa que puede ser un descanso para muchos de nuestros oyentes, especialmente para muchas de nuestras oyentes, uno cada vez tiene menos años. Ahí está como la justificación científica de ese quitarse la edad de algunas personas. Cada vez tiene menos años porque cada vez se aproxima más a la muerte y cada vez se distancia más del nacimiento. Pero esa distancia no es solo en el número de años que uno ya no tiene porque ya los ha vivido. Nosotros nos distanciamos de nuestro nacimiento también por todo lo que ya no seremos, por todo lo que hubiéramos podido ser. Podemos decir que el nacimiento es como el árbol en semilla y a lo largo de toda nuestra vida esa semilla tiene que germinar, tiene que crecer, tiene que volverse robusta, grande. Lo que quiero decir, en fin. Y esta es la primera aplicación para nuestra vida en esta fiesta.

Lo que quiero decir es que todo nacimiento es una promesa, pero no todas las promesas se cumplen. Y lo que nosotros vemos en la vida de la Virgen María es una promesa cumplida. Es hermoso meditar en el nacimiento de la Virgen para descubrir que todo lo que estaba prometido en ese cuerpecito, en ese pequeño corazón, en esos ojos hermosos, todo lo que estaba prometido ahí, todo se ha cumplido. Podemos decir que María es una promesa cumplida y podemos decir en ese sentido que nuestra vida tiene muchas promesas que se han cumplido. Pero tiene también muchas otras que no se han cumplido. Volver a nuestro propio origen, volver a nuestro nacimiento, es volver a meditar todo lo que Dios quería de nosotros cuando nos trajo a este mundo. Mucho más que el papá, mucho más que la mamá. Fue Dios el que quiso que yo existiera. Dios es mi Padre. Dios es el que ha querido que yo exista y Dios me envía a esta tierra. Dios quiere que esté en esta tierra con un plan. Ese plan es lo que está como en forma de promesa en el niño que nace.

Nosotros sabemos que esta niña, esta bebita a la que hoy recordamos con amor, creció, se hizo niña, se hizo adolescente, mujer, esposa, madre. Sabemos también que su camino en esta tierra terminó. Sabemos que está en la gloria de los cielos. Si ha crecido. Si nosotros hoy volvemos nuestros ojos al comienzo de esa historia, es decir, al nacimiento, lo que descubrimos es que todo lo que estaba prometido en el nacimiento de ella, todo se ha cumplido. Podemos decir que es una persona en la que Dios ha podido realizar plenamente su plan, plan de amor, plan de sabiduría. Y por consiguiente, es una ocasión preciosa para que cada uno de nosotros se haga una pregunta Y Dios, ¿qué estaba pensando cuando me creó? A cuáles, vamos a plantearlo así. ¿A cuáles de las expectativas? ¿A cuáles de los anhelos de Dios Mi vida ha respondido? Cuántas cosas están sin responder. ¿Cuánto de lo que prometía mi nacimiento está sin responder? ¿Cuánto falsamente por vivir, por completar esa promesa que fui yo mismo cuando nací? Decía un pensador. Cada niño que nace es una prueba de que Dios no ha perdido la esperanza en la humanidad. Cada niño que nace es como una nueva apuesta de Dios por este mundo.

Es una manera un poco literaria de describir las cosas. Nosotros como creyentes, como cristianos, podemos aprovechar esa reflexión y decir: ¿Y de mi vida qué, de lo que Dios quiso para mí cuando yo llegué a esta tierra? Bueno, también yo fui un bebé pequeñito, como hoy contemplamos a María como una bebita. Cuando yo estaba así había muchas promesas y había muchos anhelos de Dios. ¿Qué pasó conmigo? ¿Cuáles de esos anhelos, cuáles de esos planes se quedaron en promesa? Esa es una reflexión que podemos hacernos. Una segunda reflexión para el nacimiento de la Virgen proviene de la condición en que sabemos que están los bebés. A la inmensa mayoría de los seres humanos los bebés nos inspiran cariño, ternura, deseo de protegerlos. Desde luego, esto es mucho más acentuado en el sexo femenino, pero yo creo que todos lo sentimos. Cómo no conmoverse, cómo no sentir, cómo no sentir cariño, ternura, deseo de cuidar, deseo de cuidar. Este nacimiento de la Virgen María nos invita a tener una actitud a enriquecer nuestra manera de ver a la Virgen con una nueva actitud.

Fíjese usted que todos los misterios de la Virgen la presentan fuerte, la presentan grande, la presentan santa. El único misterio, me atrevo yo a decir, en el que ella aparece como más pequeñita que nosotros, es este En el misterio de su nacimiento, María aparece como más pequeña que nosotros. Y hay que saber aprovechar para Dios todo lo que bulle en nuestro corazón. Si nos inspira ternura está bebé, si nos inspira cariño, no nos quedemos solo en el aspecto humano, por así decirlo. En el aspecto carnal de este cariño, de esta ternura, pensemos en Dios, lo que significa esto, una bebé, una bebita. El único misterio de la Virgen en que la sentimos más pequeña. Claro. Todavía hay otro misterio, el de la Inmaculada Concepción, en que estaba más pequeñita, mucho más pequeñita.

Pero allá en la Inmaculada Concepción, en su Inmaculada Concepción, nosotros no podíamos ni verla ni abrazarla. No estaba todavía para nosotros, porque uno empieza a existir para la historia humana solo cuando nace. Por eso se dice dar a luz y por eso se dice venir al mundo. La primera vez que podemos contemplar a María y prácticamente la única fiesta en que la sentimos más pequeña que nosotros es en esta fiesta. En ese sentido, esta fiesta es única, la fiesta del nacimiento. Y eso nos inspira sentimientos particulares. Estamos acostumbrados, por ejemplo, a imaginar que la Virgen nos cargue a nosotros. Somos tus niños pequeñitos, María cargamos. Pero resulta que hoy es una bebé y no nos puede cargar. Hoy nos toca descargarla a nosotros. Hoy tenemos que cargarla nosotros.

Está muy pequeñita, hoy no nos puede cargar. Estamos acostumbrados a pedirle a la Virgen que nos guarde, que nos arrope con su manto. Hoy está muy pequeñito ese manto. No nos puede arropar. Nos toca arroparla a nosotros. Que estamos acostumbrados a pedirle a María que nos mire. Míranos con esos tus ojos misericordiosos. Pero hoy está muy pequeña. Duerme mucho. Todos los recién nacidos duermen mucho. No nos puede mirar mucho. Nos toca a nosotros mirarla. Y casi siempre le decimos que nos cuide, que nos auxilie. Hoy está muy pequeñita. Hoy nos toca más bien cuidarla a nosotros. Por eso digo que esta fiesta es particular. Pero también dije que hay que sacar un provecho en Dios de estos sentimientos tiernos. Imagínese lo que sería ir allá, a la casa de Joaquín y Ana y decirles me la prestan un momentico y cargarla un momentico. La niña pequeña, María ¿Qué trae esto para nosotros? Trae una bendición inmensa que en otra ocasión también pude predicarla. Adoptar a la Virgen, adoptarla.

Es cierto que por gracia que Dios le ha dado y cooperación de la voluntad de María, con esa gracia ella excede en santidad no solo a cuanto conocemos en la tierra, sino a cuánto sabemos que existe en los cielos. Es cierto eso. Pero no son desperdiciados nuestros sentimientos de amor y ternura hacia esta pequeña bebé. Y no es desperdiciado que nosotros queramos adoptarla. Adoptar a la Virgen. ¿Por qué, esto es grande y es importante? Pensemos en un matrimonio. Pensemos en una familia. Si una pareja adopta a la Santísima Virgen, adopta espiritualmente a la Virgen. Y para eso el único misterio que tenemos en la liturgia católica es el día de hoy.

Si una pareja adopta a la Virgen María, los sentimientos que inspira esta niña purifican el corazón. Esto en buena parte lo hacen los bebés que conocemos. Por ejemplo, para llamar las cosas por su nombre. Cuando uno como sacerdote habla con cercanía a las parejas, ellas notan como su vida íntima, su vida sexual cambia. Cuando llegan los hijos, podríamos decir que del aspecto en primer lugar, como más pasional se pasa a una realidad más profunda, más entrañable, más cariñosa. La presencia del niño. La presencia del bebé le da una dimensión nueva a la intimidad de la pareja, porque muestra que no es solo el ejercicio de dos cuerpos que se aman. No es solo el ejercicio del placer, sino que es también el ejercicio y el camino de la vida.

Cuando la pareja siente que su intimidad fue tocada por el Dios creador y que eso dio origen a un bebé. Cuando la pareja siente que su sexualidad es tocada por Dios, mira de un modo distinto esa sexualidad. Desde luego que todo cristiano debería tener esto perfectamente claro y nunca el hombre debería tratar a la mujer como un objeto, o a la mujer al hombre como un objeto. Pero aunque esto es así, la mirada cambia y eso lo sabe uno por su diálogo con las parejas. Cuando se piensa que en medio de esa intimidad, de ese gusto, de ese placer, estaba Dios. Estaba Dios obrando. El niño no viene a estorbar la sexualidad de la pareja como nos pretende hacer creer esta cultura del placer, esta cultura hedonista. El Dios no viene a la intimidad de la pareja, a estorbar, viene a bendecir y cuando la pareja se siente tocada, se siente bendecida por el amor creador de Dios y eso lo ve concretado en el niño. Su intimidad cambia su manera de ver el cuerpo, su manera de ver el placer, su manera de ver el afecto cambia. Los niños llegan no solo como fruto de la sexualidad de los padres, sino como expresión de la bendición de Dios para el sexo de los papás. Esta es la bendición que traen los niños y esto lo traen realidad. En realidad todo niño, pero lo trae no solamente para los papás, son los mismos sentimientos que nos inspiran los niños pequeños.

Fíjate que una persona que tiene sentimientos de compasión, de cariño, de amistad, de alegría con los niños. Usualmente es una persona que tiene paz en sus afectos y que más fácilmente puede guardar la pureza propia de su estado de vida. Si esto es así, pensemos lo que significa adoptar a esta niña, a la Virgen María. Ella llega a nuestras vidas como la santificación de nuestros afectos, como la sanación desde la raíz misma, de nuestro modo de ver al hombre, a la mujer, al cuerpo, al corazón, a la historia, a los sentimientos. Y por eso, desde hace un tiempo estoy en la campaña de que adoptemos a la Virgen, adoptemos a la Virgen. No solo hay que sentir que Ella es nuestra Madre y lo es. Madre en orden de la gracia no podemos, no podemos callar esa verdad. Pero hoy, en la fiesta del nacimiento de la Virgen, hay que añadir algo más. No solo que ella nos adopte como madre. Nosotros vamos a adoptarla como hija. Vamos a recibirla en nuestro corazón. Porque estoy seguro que así como donde hay niños se siente que el paso de Dios Creador estuvo cerca del cuerpo humano, así también donde está esta niña, El corazón se limpia, se purifica. Y por otra parte, tenerla así cerca y verla crecer en nosotros, en nuestros hogares, en nuestras vidas, en nuestro pensamiento, es una invitación perpetua a crecer como ella creció bella ante los ojos de Dios.

Lo que se dice en la Escritura de su Divino Hijo, nosotros proporcionalmente lo podemos aplicar a ella misma. Creció en edad, en sabiduría y en gracia. Pensemos cómo este corazón que hoy, siendo pequeño, es tan bello, se hará luego sagrario de los misterios de Dios, porque en ese corazón están los misterios, especialmente de la infancia de Cristo. María meditaba estas cosas en su corazón, nos dice San Lucas. Pensemos que esa pequeña bodeguita que es el Corazón Inmaculado de la Virgen en esta fiesta del nacimiento, se llenará de Jesucristo. Y pensemos que esa es la vocación de nuestro propio corazón llenarse de Jesucristo, meditar en los misterios de Cristo, colmarse de Jesucristo. Así como María, a quien hoy vemos niña, se va llenando de Jesús y va haciendo de su corazón una maravillosa biblioteca del amor divino. Que estos misterios, mis queridos amigos, nos lleven a amar más a la Virgen, a tenerla mucho más cerca de nuestro corazón y nuestros hogares, y a celebrar con ella la grandeza de las misericordias de Dios. Amén.

Publícalo en Facebook! Cuéntalo en Twitter!

Derechos Reservados © 1997-2025

La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico,
está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente:
http://fraynelson.com/.

 

Volver a las homilías de hoy.

Página de entrada a FRAYNELSON.COM