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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
En el Nacimiento de María hay ya como un preludio del Nacimiento del Mesías.
Homilía sman003a, predicada en 19980908, con 13 min. y 54 seg. 
Transcripción:
Nacer. El nacimiento de la Santa Virgen María nos invita a reflexionar sobre qué significa nacer. Nacer es dar a luz. Nacer es venir a este mundo. Nacer es comenzar una vida. Cada niño que nace es como un nuevo comienzo. Cada niño que nace es como un libro que no está escrito. Así estábamos también nosotros el día de nuestro nacimiento y a medida que va pasando la vida se va escribiendo el libro. Pero esto podemos decir que cada niño que nace es como un ensayo de humanidad, como un estilo, como una manera de humanidad. Cada niño que nace es una obra inédita y por eso es lamentable que nos repitamos los unos a los otros a través del pecado. cuando la pereza, el orgullo, la violencia, cuando la impureza, la mentira y la codicia salpican las páginas de tantos y tantos libros, uno siente pesar, porque uno siente que esas páginas que estaban al principio en blanco, no para que se quedaran en blanco, sino para que se llenaran de la historia de Dios en nuestra vida. Quedan salpicadas por las mismas manchas en todos los libros. De manera que un primer motivo de alegría que tenemos hoy es ver con los ojos del corazón el comienzo de este libro que queda sin mancha, por decirlo así, de una persona que vive su vida limpia ante Dios. Un ensayo que sí resulta, una vida que sí tiene pleno sentido. Por eso nos alegramos en el nacimiento de la Virgen María. Pero nacer también es venir al mundo. Y en este venir al mundo reflexionamos sobre quién se trata, quién es esta ilustre visitante que llega a este mundo. Nuestra fe nos ha enseñado. Se trata de la Inmaculada Concepción. Se trata de la criatura admirada no solo por los hombres, sino por los ángeles. Y estamos diciendo que ha nacido. Estamos diciendo que ha venido a este mundo. De manera que estamos afirmando que esa pureza que cantaba el cántico al comienzo de la Eucaristía, que esa pureza fue llevada por Dios, fue conducida por este mundo. Estamos diciendo que el mundo no tuvo poder sobre ella. Estamos diciendo que aunque vino a este mundo y se condujo y vivió en este mundo, ni Dios tuvo miedo de que ella estuviera en medio de los pecadores, ni ella tuvo asco del pecado que lo rodeara, porque ella y Dios que la había creado, tenían misericordia. Y parece que la mejor protección contra el mundo no es el aislamiento o la lejanía, sino está en primer lugar la misericordia. Lo que realmente hace que el mundo no nos dañe es que nosotros estemos haciendo bien. Lo que realmente hace que el mundo no nos ensucie es que nosotros lo estemos limpiando. Lo que realmente hace que el mundo no tenga poder sobre nosotros es que nosotros, unidos a Cristo, podamos decir Yo he vencido al mundo. Retirarse unos kilómetros de la ciudad y poner por medio unas paredes o rejas y decir que estamos separados del mundo no nos hace distintos del mundo, porque los kilómetros, las puertas, las rejas o los muros son insuficientes. Si los mismos que atravesamos esos kilómetros o esos muros llevamos dentro de nosotros las mismas semillas malas, llevamos dentro de nosotros lo mismo que pretendíamos dejar. Entendamos que el mundo es supremamente pegajoso y que cuando nosotros salimos del mundo seguramente lo estamos llevando también con nosotros. Y también hay vanidad y también hay mentira, y también hay engaño y soberbia allí donde se quería retirarse del mundo. La verdadera distancia del mundo no está en eso, o por lo menos no está solamente en eso. Y si se pretende quedar solo en eso, se convierte en algo ridículo, en algo que solo sirve para frustrar el alma y entristecer el corazón. La manera de estar distantes del mundo es tener para con él la actitud que él no puede tener para con nosotros. Y esa actitud se resume en la preciosa palabra misericordia. La persona que tiene una infinita compasión por el mundo y está empeñada en limpiar el mundo, esa persona tiene una distancia infinita y el mundo no le puede salpicar. Este es el gran secreto de la perfección inmaculada de María. El corazón de María permanece inmaculado. El Corazón de María permanece limpio porque ella limpia, algo parecido a lo que hice aquella bienaventuranza de nuestro Señor. Bienaventurados los que construyen la paz. En Apollon dice en griego, los hacedores de la paz, los que hacen, los que producen paz. Ellos son los que tienen paz, los ayudan a limpiar el mundo. Ellos son los que están limpios, los que ayudan a salvar el mundo. Esos son los que están salvos. Ahora bien, esto no lo podemos lograr nosotros por nuestras propias fuerzas. Ni María sacó de sí misma ello, sino que unida al amor de Dios, se convierte en una gracia, en una oferta, en una manifestación de la limpieza de Dios, del amor de Dios, lo mismo que encontramos en su Hijo, el Divino y nuestro Señor Jesucristo. Una tercera reflexión que podemos hacer en el nacimiento de la Virgen María es que ella es el fruto de una pareja, es el fruto de la intimidad, de la sexualidad, del amor de una pareja. Una antigua tradición nos da los nombres de los papás de la Virgen, Joaquín y Ana, aunque fueron otros los nombres de ellos. Lo que quiero destacar aquí es que esta flor bellísima nace de un matrimonio, nace de la intimidad, de la sexualidad de esta pareja. Precisamente ha sido una de las señales o uno de los criterios de discernimiento entre las doctrinas ortodoxas y las doctrinas heréticas. Las doctrinas heréticas no han sabido qué hacer con la carne o en la exaltan hasta llegar al libertinaje, en la completa laxitud o la hunden en el abismo. Prohibiendo todo, incluso el matrimonio, y haciendo de la materia el enemigo de Dios. No saben encontrar el punto medio y con alguna frecuencia incluso se pasa de un extremo al otro. Señala un cambio de la fe cristiana. Es ese bendito y maravilloso equilibrio por el cual hay un amor al cuerpo. Hay un profundo amor, pudor y respeto por el cuerpo, por el sexo, por la intimidad. Pero sin embargo, en ese amor no hay traza de idolatría, sino actitud de agradecimiento y alabanza a Dios por lo que ha hecho. Conciencia de los peligros que pueden acechar a la carne y al mismo tiempo ofrenda de esa misma carne, como sucede en la Eucaristía para alabanza de Dios, para honor de su nombre. El nacimiento de la Virgen María, de las entrañas de Ana y de la unión y el sexo y el matrimonio de Joaquín y Ana. El nacimiento de María, esa carne limpísima salida de nuestro sexo, muestra el aprecio profundo, el amor profundo de Dios por su criatura, por el cuerpo, e indica también un camino cierto de santificación para las personas que tienen esa vocación matrimonial. Ahora bien, este nacimiento de la Virgen no sucede al margen de toda aquella historia de misericordias que Dios venía escribiendo en el pueblo de Israel. Sí, Joaquín y Ana son los padres, según los vemos hoy los padres de esta preciosa niña, la Virgen María. Si Joaquín y Ana, son también sus formadores, pues ello significa que son de alguna forma los herederos de todo el Antiguo Testamento. Las actitudes con las que Joaquín y Ana fueron educadores de María son el perfecto resumen del Antiguo Testamento. Y así hicieron de ella Arca de la Alianza primero de la Alianza Antigua y luego preparación y tabernáculo para la Alianza Nueva. Concretamente, esa generosidad, esa continua donación que significa educar un hijo para Dios, como hicieron Joaquín y Ana con María. Esa continua donación solo es posible cuando los corazones son humildes, cuando son creyentes, cuando no presumen de sí mismos y cuando tienen entrañas de misericordia, entrañas de compasión por el dolor de todo el pueblo. De manera que Joaquín y Ana son santos, desde luego, como personas, pero son también el resumen, la herencia del pueblo santo. De algún modo, en ellos, generación tras generación, se han ido escribiendo las lecciones de humildad, de fe, de oración, de prudencia, que van a darle su forma al corazón de la Virgen María. Hoy la vemos recién nacida, pero ese corazón tendrá que ser formado y ciertamente lo será ante todo por sus papás. Ellos, que la han dado a luz con tanta alegría y generosidad. Tendrán el encargo, el bellísimo encargó de imprimir en el corazón de María los rasgos de los profetas, de los reyes, de los sabios y de los patriarcas. Y cumplieron su tarea divinamente. De modo que María llevaba la Palabra de Dios ya en su mente, la llevaba ya en su corazón, y podía, por consiguiente, reconocerla en el anuncio del ángel. En el nacimiento de María ahí, hay como un preludio del nacimiento del Mesías, está preparada el Arca de la Alianza. Está preparado el tabernáculo, está preparado el tálamo en el que se va a celebrar la boda entre la naturaleza divina y la naturaleza humana. Ese corazón fue formado por toda la herencia del Antiguo Testamento a través de las palabras y de los ejemplos de Joaquín y de Ana. Bellísimo testimonio, bellísima imagen para animar especialmente a las parejas y a quienes tienen la vocación matrimonial en la educación de sus propios hijos. Gocémonos entonces en esta celebración. Pidámosle a Dios que nos conceda las gracias propias de este nacimiento. De hecho, cuando los cristianos quisieron de algún modo describir lo que había sucedido en ellos con la redención de Cristo, utilizaron muy, muy a menudo las palabras nacer de nuevo. Pues en este nacimiento de María, un libro grato para que Dios lo lea. Pidámosle a Dios que nos conceda renovar nuestro bautismo, nacer de nuevo y escribir en las páginas de nuestro libro palabras de arrepentimiento, primero de perdón, después de gracia, más tarde y finalmente de gloria, de gloria a su nombre y de gloria a su amor.

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