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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Buscar con ardor a Cristo; gozarnos agradecidos de haberlo encontrado y sabernos reconocidos por Él.
Homilía smag022a, predicada en 20260722, con 6 min. y 37 seg. 
Transcripción:
Hermanos queridos, como sabemos, nuestra Orden dominicana tiene particular cercanía y devoción con Santa María Magdalena, lo cual va muy de acuerdo con ese título que se le da a nuestro Padre Santo Domingo. Él es el predicador de la gracia y efectivamente, la gracia de Dios es lo que brilla con mayor fuerza, con mayor esplendor en María Magdalena.
Podemos decir que ella es obra de la gracia divina y que la gracia mostró en ella cuánto es posible que se haga en un ser humano, incluso cuando parece que está completamente perdido. Porque cuando la Biblia dice que María Magdalena estaba poseída por 7 demonios, ese número 7 tiene resonancia de plenitud en la Sagrada Escritura, es como decir, estaba completamente en las tinieblas, completamente en las garras del mal. Pero la gracia divina, esa misma gracia que predicaba nuestro Padre Santo Domingo, hizo una obra maravillosa en ella.
Recojamos unas 3 lecciones que nos deja esta santa para nuestra propia vida consagrada. Primero, el ardor por buscar a Cristo. Esa expresión tan bella que aparece en el Cantar de los Cantares: Busco al amor de mi alma. Lo propio de toda vida consagrada es tener a Cristo en el centro como referencia, como modelo, como líder, al que vamos siguiendo paso a paso. Y por eso, es correcto y es necesario que lo llamemos: el amor de mi alma. Sobre todo, porque si Cristo no lo buscamos con ese ardor, siempre habrá la tentación de que busquemos otras cosas con ardor. Quizás, los consabidos ídolos, el poder, el placer, el tener.
Necesitamos tener a Cristo muy en el centro de nuestros anhelos, para que ningún ídolo usurpe el lugar que solo le corresponde a Dios. Luego, también podemos aprender de esta mujer el gozo de haber encontrado a Cristo. Es muy propio de nuestro carisma dominicano ese expresar la alegría. Le decía Dios a Santa Catalina de Siena: La religión de Domingo, es decir, la Orden de Predicadores, es amplia, perfumada y alegre. Es necesaria la alegría porque no se puede atraer hacia la Buena Noticia con amargura simplemente, o solo con la mala noticia del poder del pecado.
Tenemos que pedir a Dios que nos regale también esa alegría de la que habla el salmo: Alegra mi corazón con tu auxilio. Esa alegría es la que hace misionera a María Magdalena. Esa alegría es la que también está en Santo Domingo de Guzmán, del cual nos dice el Beato Jordán, que su rostro permanecía alegre y que solo aparecía una sombra en ese rostro cuando era movido por la compasión, cuando era movido por la misericordia frente a las necesidades del prójimo.
Si juntamos estas dos ideas, es decir, el ardor buscando a Cristo y la alegría de haberlo encontrado, nos damos cuenta de cómo la vida misma de María Magdalena, es una vida que podemos llamar pascual, porque tiene el elemento de la necesidad y de la plenitud, que son como paralelo de lo que es la muerte y la vida. La vida de ella, su servicio a la Iglesia y su presencia en la Iglesia son una presencia pascual. Por último, no se nos olvide en el pasaje tan conocido del encuentro entre el Resucitado y esta bendita mujer, que ella logra reconocerlo a Él cuando Él la llama por su nombre.
Qué importante sabernos reconocidos, no es simplemente que Dios tenga nuestro nombre o incluso nuestro número de identificación, si fuera el caso hoy en día. Detrás de esa expresión, detrás de ese llamar por el nombre, está la certeza de que Dios conoce mi historia, conoce mi corazón, mis circunstancias, mi familia, mis limitaciones, mis anhelos, mis miedos, mis caídas y también mi deseo de servirle. Sentirnos conocidos por Cristo es parte de esa intimidad que hemos de tener con Él para permanecer en su servicio, para también nosotros poder hablar de Cristo, como de alguien que está con nosotros, alguien que vive con nosotros, no es la historia de un desconocido.
Hay una expresión que le he oído un par de veces a nuestro obispo dominico, Fray Omar Alberto. Él dice: A veces la predicación sale como recitada, como simplemente aprendida. Pues para que la predicación no sea simplemente una recitación, es necesario tener esa relación personal en la cual yo me siento reconocido y yo reconozco a mi Señor y al amor de mi alma. Cristo, que se hace presente en el Santísimo Sacramento que estamos celebrando, nos conceda esa alegría de encontrarlo, pero ese anhelo de estar cada vez más con Él, para anunciarlo con gozo, con convicción y con fruto.

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