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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Dios puede convertir en victoria excelsa una vida en pecado, una vida en fracaso. Pidamos la intercesión de Santa María Magdalena para que llegue a nosotros el misterio de la conversión.

Homilía smag019a, predicada en 20240722, con 7 min. y 32 seg.

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Transcripción:

El 22 de julio, nuestra Iglesia Católica recuerda y celebra a Santa María Magdalena. María Magdalena es un testimonio maravilloso de lo que puede el amor de Dios, de lo que puede la gracia de Dios. La Biblia nos presenta a María Magdalena como el ejemplo típico de lo que llamaríamos un caso perdido. Cuando la Biblia nos dice que ella estuvo poseída por 7 demonios, seguramente debemos interpretar ese número 7 en clave bíblica, 7 está indicando la plenitud de algo, y por eso cuando se habla de 7 demonios, pues tendríamos que entender que esta mujer estaba completamente en tinieblas, estaba absolutamente en las garras del mal. Y es hermosísimo pensar que un fracaso tan grande, porque una vida en pecado es un fracaso, un fracaso tan grande pudiera convertirse en una victoria tan excelsa.

Por supuesto que, a lo largo de los siglos, hay muchos otros testimonios de conversiones, uno puede pensar, por ejemplo, en San Pablo, que después de ser un furioso perseguidor, se convirtió en un celoso apóstol. O uno puede, uno puede pensar también en San Agustín, del que con frecuencia hacemos referencia. O uno puede pensar en un San Francisco de Asís y tantos otros que han tenido hermosas, profundas, verdaderas conversiones. Ese elemento no se nos puede olvidar, porque estos santos son, en realidad, eso, un testimonio de lo que Dios puede. Y podríamos decir: si Dios lo logró con ellos, Dios también lo puede lograr con nosotros.

No se nos olvide, no quiero que se nos olvide aquello que escuché alguna vez en un retiro espiritual y que lo he comentado en otras oportunidades. Este era un retiro de señoras y una de ellas tomando el micrófono y dando un breve testimonio, pero muy elocuente testimonio, decía: Dios pudo conmigo. Yo no sé por qué me impacta tanto eso. Tal vez porque como vivimos en esta época en que se enfatiza tanto el empoderamiento de las mujeres, encontrar a una mujer que vivió toda esa fantasía del empoderamiento y de que yo puedo con el mundo y yo me como el mundo a dos bocados. Y lo que yo lo quiero, lo puedo, todo es disciplina, todo es proponérselo, todo es la constancia y yo puedo y yo puedo. Y ver que su vida se iba arruinando, se iba desmoronando en medio de la soledad, en medio de una crisis de depresión espantosas, para luego decir: ¿Saben qué? Dios pudo conmigo. Yo creía que yo podía todo, pero Dios pudo conmigo.

Eso es lo que nos muestran santos, como los que he mencionado, y particularmente esta santa del día de hoy, Santa María Magdalena. Cada santo es un testimonio del poder de Dios, pero también es un testimonio elocuente de las tres virtudes principales que caracterizan la vida cristiana, es decir, la fe, la esperanza y el amor. Efectivamente, esta fe, que tiene una dimensión existencial, implica el ponerse en las manos de Cristo, entrar en la escuela de Cristo.

Y San Lucas nos asegura que entre los discípulos de Cristo había un buen grupo de mujeres y entre esas mujeres, específicamente, menciona a Santa María Magdalena. Es decir, que ella, por supuesto ya liberada, sanada por el poder de Cristo, pues imagínate que llega a ese camino del discipulado, que es un camino en la fe, porque obviamente tú no vas a inscribirte por darle un nombre, tú no vas a inscribirte como discípulo o como discípula de alguien, a menos que tengas absoluta confianza en que es lo que esa persona te va a enseñar o te va a proponer. Y María Magdalena, pues efectivamente, se hizo discípula de Cristo y ahí nos está dando un testimonio de la fe.

María Magdalena nos da un testimonio de esperanza y esta, esta esperanza se manifiesta muy particularmente cuando ella, conquistada, iluminada por el misterio de la Resurrección, va a compartir la noticia. Téngase en cuenta que fue la primera persona a la que Cristo le encomendó que llevara la Buena Noticia, y en esa buena noticia hay una gran fe, por supuesto, pero en esa Buena Noticia también hay una carga maravillosa de esperanza. Una carga de esperanza, que es la que nos permite afrontar el futuro, es la que nos permite, en medio de las tormentas, los errores, los pecados, las heridas de la Iglesia, decir: Tenemos a Cristo vivo, Cristo no es un dato del pasado, Cristo está vivo. Y la primera en decirlo, la primera en gritarlo en la asamblea cristiana es Santa María Magdalena. Y bajo esa luz, bajo esa certeza de la Resurrección, podemos afrontar el futuro, podemos traspasar los obstáculos, podemos avanzar con esperanza.

María Magdalena es también un testimonio precioso de amor. ¿Por qué está ella junto a la tumba, por qué está ella llorando junto a la tumba, por qué fue allá incluso corriendo riesgos? Porque sabemos lo que podía suceder en esas circunstancias, siendo tan agresivo, siendo tan crueles los enemigos de Cristo, pues sin duda era de temer lo que podía sucederle a ella, por no mencionar su condición femenina y quedarse sola en ese lugar, en ese jardín donde estaba el sepulcro del Señor. Pero ella no se preocupa de nada de eso, porque su corazón está profundamente unido al de Jesucristo, ella está profundamente unida a Cristo. Y esa unión, esa unión es la que la tiene ahí, es una unión de amor. Ese amor es el que explica que ella afrontara a los peligros, ese amor es el que explica que ella fuera testigo de la Resurrección, es algo muy bello, es algo muy grande y nosotros tenemos que agradecer al Señor. Pidamos la intercesión de esta gran santa y que nosotros mismos vivamos el misterio de la conversión. Santa María Magdalena ruega por nosotros.

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