Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Nosotros estamos hechos para Dios, en nosotros hay una necesidad que solamente Él puede colmar y esa necesidad es la que vemos satisfecha en el corazón de María Magdalena.

Homilía smag018a, predicada en 20230722, con 5 min. y 25 seg.

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Transcripción:

El 22 de julio, nuestra Iglesia Católica recuerda y celebra a Santa María Magdalena. El Papa Francisco elevó a la categoría de fiesta esta celebración de María Magdalena. ¿Quién era ella? Pues hay datos bíblicos que tenemos y unos cuantos datos extrabíblicos. Magdalena, quiere decir de una región, la región de Magdala, y por las noticias que tenemos, era una persona que tenía gran independencia económica, que era exitosa, podríamos decir en las cosas de este mundo, pero una persona que, sobre todo, llevaba en su corazón una huella de tinieblas absolutamente espantosa. Los Evangelios nos dicen que estaba poseída por 7 demonios, que es una manera de referirse a una totalidad, una especie de plenitud de maldad que había llegado al corazón de ella. Y esta, esta plenitud de maldad, este desastre que era la vida de ella, a pesar de ser exitosa en términos mundanos, es el punto de partida de una historia que, finalmente, es una historia de amor.

Y eso es lo que nos recuerda, a eso alude la primera lectura de hoy, tomada del Cantar de los Cantares, que precisamente describe cómo ella dice: «Encontré al amor de mi alma». Estas palabras del capítulo tercero del Cantar de los Cantares, nos muestran la búsqueda profunda del corazón de María Magdalena. Pero más allá de eso, nos muestran también la búsqueda profunda de nuestro propio corazón. Como decía un buen sacerdote en algún retiro espiritual: Ten presente que estás buscando a Cristo, aunque tú mismo no lo sepas. Esa frase me sorprendió mucho: Ten presente que estás buscando a Cristo, aunque tú mismo no lo sepas. Y hay otra frase que se atribuye a Blas Pascal, creo que es de él, una frase que dice: En el corazón humano hay un hueco que tiene la forma de Dios. Y otra frase que va en la misma dirección es la muy conocida de San Agustín: Nos hiciste Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.

Todo esto nos está hablando, la frase de aquel sacerdote, la frase de Pascal, aquel pensamiento de San Agustín, nos están diciendo que nosotros estamos hechos para Dios, que en nosotros hay una necesidad que solamente Él puede colmar, y que esa necesidad, esa necesidad profunda, es la que vemos satisfecha y con creces en el corazón de María Magdalena.

Esta mujer había caído, seguramente, en prácticas de brujería, lo sabemos precisamente por las características que tenía esa región de Magdala y por la influencia especialmente de los fenicios en esa zona. Y es muy posible que ella buscando el éxito, esto es un poco especulativo, pero créeme que no es loco, es muy posible que ella buscando el éxito, buscando ser cada vez más exitosa, pues haya caído, lamentablemente, en esa especie de, en esa especie de locura que es la brujería y que es estar buscando el poder de las tinieblas. Y por ahí ella le abrió la puerta, le abrió la puerta ¿a qué? Pues le abrió la puerta al demonio, le abrió la puerta al poder del mal en su corazón. Esta es una enseñanza muy grande. Cuando nosotros empezamos por idolatrar las cosas de este mundo, tarde o temprano, óyeme lo bien, tarde o temprano le estamos abriendo las puertas a la maldad. No se puede idolatrar el dinero sin abrirle la puerta a la maldad que llega a tu corazón, en forma de crueldad, de egoísmo, en forma de soberbia, en forma de vanidad, en forma de superficialidad, en forma, sobre todo de olvido de Dios.

Y parece que ese es el caso de María Magdalena, una mujer tremendamente exitosa según las cosas de este mundo, pero una mujer que le abrió la puerta al mal y para que se entre el espíritu de las tinieblas, incluso una pequeña rendija basta. Pero lo que ella estaba buscando, todo eso que anhelaba con su esfuerzo y con su triunfo en el mundo, con las cosas de este mundo, pues finalmente, finalmente, lo que había detrás de todo eso era una búsqueda de vida, de felicidad y de amor. Y es hermoso darnos cuenta que esa misma mujer puede llegar a decir: «Encontré al amor de mi alma». Es decir, más allá de la riqueza, más allá del éxito, más allá del prestigio, más allá de aquello de, mejor es despertar envidia que sufrirla, más allá de todo eso, esta bendita mujer, esta bendita mujer, llegó a encontrar el amor de su alma.

Que nosotros también, más allá de nuestras búsquedas particulares, que tal vez son, o tal vez no son las que tuvo ella, más allá de nuestras búsquedas particulares, nosotros también, nosotros también encontremos al amor de nuestras almas, nos encontremos con Jesucristo y encontremos en Él nuestra plenitud. Amén.

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