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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Liberada de las cadenas de las tinieblas y de las barreras del desprecio, María Magdalena es viva expresión del poder redentor de Jesucristo.
Homilía smag011a, predicada en 20160722, con 32 min. y 40 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, al comienzo de cada misa hay una oración que es muy importante porque es la que nos cuenta cuál es el motivo principal de la celebración que tenemos. Así, por ejemplo, si estamos celebrando, digamos, la Navidad, esa oración, pues nos va a hablar de la Navidad. Si estamos recordando a San José, el esposo de la Virgen, esa oración nos va a hablar de cuál es la importancia de San José y cuáles son los rasgos principales de la santidad de él. Si estamos celebrando Pentecostés, esa oración nos va a contar por qué es tan importante el derramamiento del Espíritu Santo.
Esa oración se llama colecta, así como cuando se pasa una canastica y se hace una colecta y se llama la oración colecta, porque así como en la canastica se recoge el dinero que cada uno quiere dar, la oración colecta es la canasta que recoge las intenciones de la asamblea, pero que, sobre todo, recoge los motivos de fe y de alegría de la Iglesia, o sea que la Misa, toda Misa, tiene siempre la oración colecta. Hoy, por supuesto, tuvimos esa oración, estamos celebrando la fiesta de Santa María Magdalena y tuvimos esa oración. Por eso vine aquí a este púlpito con el libro que se llama el Misal, que es el que tiene las oraciones. El libro que tiene las lecturas se llama leccionario, porque lectura en latín se dice «leccio». Este es el leccionario, este es el de las lecturas y este es el misal, que es el que tiene las oraciones.
Y yo vine aquí al púlpito con el libro de las oraciones porque quiero que volvamos a escuchar la oración del día de hoy, es una de las más hermosas de los santos de nuestra Iglesia Católica. Dice de la siguiente manera: «Dios nuestro, que quisiste que Santa María Magdalena fuera la primera en recibir de tu Hijo unigénito el encargo de anunciar el gozo de la resurrección». Fíjate esa grandeza que está ahí. Ahí se nos está diciendo en dónde está lo importante de esta mujer. Es que ella fue la primera en recibir de Jesucristo, el encargo de anunciar la resurrección, fue la primera. Por eso grandes santos como Santo Tomás de Aquino y otros llaman a esta mujer, la que recordamos hoy, la llaman la Apóstol de los Apóstoles, porque ella fue la primera en llevar la noticia de la resurrección. Ese encargo le puso Jesucristo y ese encargo quiso Cristo que estuviera en una mujer. El encargo de anunciar el gozo de la resurrección.
Si nosotros recordamos el Evangelio, recordamos que al pie de la Cruz estaba la Santísima Virgen, estaba el Apóstol San Juan y había otras personas, y entre esas personas estaba ésta, María Magdalena. O sea que María Magdalena estuvo ahí en el momento de la Cruz, ella vio la manera horrorosa cómo fue torturado Jesucristo hasta matarlo. Ella acompañó el momento en el que hubo que llevarlo deprisa al sepulcro y tocaba que fuera deprisa, porque para los judíos el día de descanso, o sea el sábado, empezaba con la caída del sol. Los judíos no medían el comienzo de los días, como hacemos nosotros por ese método de las doce de la noche, para ellos no, sino que cuando se ocultaba el sol del día viernes, ya ahí empezaba el sábado, o sea, el día empezaba no a las doce de la noche, ni empezaba con el amanecer, sino que el día empezaba a oscuras. Quiere decir que se ocultó el sol del viernes y se acabó el viernes. Y ya ahí lo que empieza es el sábado, pero el sábado para los judíos es el día sagrado de descanso.
Como Cristo fue crucificado un viernes y como murió cerca de las tres de la tarde, que por eso es la hora de la misericordia, quiere decir que tenían muy poquito tiempo para enterrarlo. Por eso, de carrera tuvieron que arreglar las cosas. Un hombre rico llamado Nicodemo aportó una gran cantidad de dinero para que se pudiera envolver el cadáver, según la costumbre de ellos, utilizando mirra y otras sustancias. Pero digamos que fue como un entierro a máxima velocidad. Además, ellos tampoco enterraban así, descendiendo el cadáver en la tierra, sino que utilizaban como pequeñas excavaciones en la roca. De modo que ahí metían en el cadáver y luego cerraban eso con una roca. Costumbres muy distintas a las nuestras.
Bueno, eso también explica por qué María Magdalena, apenas termina el sábado, cuando terminó el sábado, pues cuando se puso el sol. Pero ella no iba a ir de noche, no iba a ir al sepulcro. Entonces, esperó al otro día, ese otro día, pues ya es el domingo, por supuesto. Y entonces, va a toda prisa, esa es la escena que nos contó el Evangelio de hoy. Va a toda prisa, movida por el dolor, movida también por la compasión de ver que el hombre más inocente, el hombre más santo, el hombre más bueno había sido enterrado, había sido sepultado, debo decir mejor, había sido sepultado de esa manera. Por eso, también otras mujeres estaban en un plan parecido, con el deseo de ir al sepulcro y ver si se podía arreglar un poco mejor el cadáver. Pero la primera, primera de todos, fue María Magdalena. Fíjate cómo ella es tan cercana al misterio de la Cruz y Cristo le concede ser tan cercana a la gloria de la Resurrección. Entonces, María Magdalena fue la que recibió el encargo de anunciar el gozo de la resurrección, esa es la manera como la describe la Iglesia en la oración colecta.
Y aquí empiezan las enseñanzas para nosotros y vamos a sacar tres muy cortas, pero muy importantes. Primera, en la época de Cristo había gran desprecio hacia las mujeres. La ley de Moisés decía que cuando se quería hacer una acusación bastaba el testimonio de dos testigos, pero para los judíos de aquella época, la palabra de una mujer valía la mitad de la palabra de un hombre. De manera que no valía que dos mujeres dieran testimonio de algo, porque, según ellos, el testimonio de dos mujeres equivalía al de un hombre, una mujer valía por medio hombre. Había mucho desprecio hacia la mujer. Y Jesús toma a la mujer, a esta mujer, y la convierte en la portadora de la noticia más bella, la más grande, la más gloriosa, la más importante.
Eso es muy propio de Jesús, tomar a aquellas personas que son las más despreciadas, que son las más olvidadas, que son las que arrojamos de nuestra vista, como dice el Papa Francisco, y las dejamos en la periferia. A Cristo le gusta mucho tomar de esa periferia y, podríamos decir, recordar a todos la dignidad de los que nosotros hemos olvidado. Por eso, Cristo tomó también como ejemplo al samaritano, al buen samaritano, en una época en que los samaritanos eran vistos como los peores herejes por parte de los judíos, Jesús toma como ejemplo al samaritano, lo pone como ejemplo. Los romanos eran despreciados porque eran paganos, incircuncisos, idólatras, enemigos, explotadores, agresivos, malditos. Los judíos sentían una ira mal contenida contra los romanos, pero cuando un romano le dijo a Cristo: «Yo no soy digno de que entres en mi casa, mándalo con tu palabra, y mi criado sanará». ¿Qué hizo Jesús? Estando rodeado de judíos, dijo en voz alta: «En Israel no he encontrado tanta fe». Puso como ejemplo de fe a un romano, a un pagano. Ahora, no lo puso porque sí, efectivamente ese hombre había dado un testimonio muy bello. Pero fíjate cómo Jesús siempre muestra que esas personas, las que nosotros despreciamos, tienen un lugar muy importante ante los ojos de Dios.
Una vez un fariseo de nombre Simón lo invitó a cenar y una pecadora pública se acercó y con humildad, llorando abundantemente, lavaba los pies de Jesús con ese llanto, los besaba, los ungía, los secaba con sus cabellos. Y el fariseo, terriblemente incómodo, nada más pensaba para sus adentros: Si este fuera profeta, sabría qué clase de mujer lo está tocando, una pecadora pública. Pero Jesús dice: Al que poco se le perdona, poco ama. Pero, como a ésta se le ha perdonado tanto, mira las muestras de amor que da. La defiende, la reivindica, Jesús no tolera que olvidemos, despreciemos o excluyamos a una persona. Y podríamos dar más ejemplos de cómo trata los publicanos. Te acuerdas de la parábola del fariseo y el publicano, el publicano era el cobrador de impuestos, el que trabajaba para el imperio enemigo. Y, sin embargo, Cristo pone en esa parábola como ejemplo al publicano, no por publicano, no por publicano, sino por arrepentido. Pero en todo caso, el ejemplo es para levantar al publicano.
Así que esta es la primera lección, lo mismo que Jesús hizo antes de la Cruz, sigue haciendo después de la resurrección, levantar y mostrar la dignidad de todos. Muchas veces desde la periferia, Cristo nos habla para decirnos: No se les olvide nadie, nadie. Que era despreciada la mujer, pues Jesús toma como vocera de la Resurrección a la mujer. ¡Qué bello es! Así que es una gran lección para nosotros. Tenemos que preguntarnos a quién estamos excluyendo. A veces tenemos exclusiones en el corazón por motivos de raza, por motivos de dinero, por motivos de creencia política, por motivos de historia familiar.
Es importante saber que Cristo quiere que nosotros aprendamos a acogernos todos. Eso no significa que todo esté bien, Cristo acoge al publicano, pero es el publicano arrepentido. Cristo acoge a la pecadora, pero es la pecadora que cambia de vida. No quiere decir la manera de acoger Cristo, no quiere decir que a Cristo no le importa el pecado. A Cristo sí le importa el pecado, pero Cristo acoge al pecador para que salga de su pecado. Por eso, mi frase favorita por estos días es: Cristo me recibe como soy, pero no me deja donde estoy. Entonces, si una persona como el publicano está trabajando para el Imperio Romano, Cristo lo recibe, pero no lo deja igual lo cambia. Y debemos estar seguros que Cristo acepta a todas las personas. Al drogadicto, al que practica la homosexualidad, Cristo lo recibe, pero no lo deja donde está. Cristo me recibe como soy, pero no me deja donde estoy.
La segunda enseñanza es que María Magdalena tenía una historia personal sumamente oscura. La Biblia nos dice que ella estuvo poseída por 7 demonios. El número 7 en la Biblia indica la totalidad de algo. Podríamos decir que era un ser humano completamente en las garras del poder del mal, poseída por el demonio. Podríamos decir que todo su ser, podríamos decir que su pensamiento, sus palabras, sus sentidos, su cuerpo, su corazón, toda ella destilaba ese pecado, esa oscuridad, esas tinieblas. Y esto es tal vez lo más notable de la fiesta de hoy, por eso el Papa dice que esta elevación a la categoría de fiesta de María Magdalena, queda muy bien en el Año de la Misericordia, porque si hay algo que brilla en la vida de María Magdalena es la misericordia. La única expresión que se me ocurre para describir quién era María Magdalena es esta, un caso perdido.
Imagínate una persona que todo lo que mira, lo mira mal, con envidia, con mentira, con orgullo, con venganza, con violencia, con egoísmo. Todas las palabras que salen de su boca son sucias o vulgares, obscenas, mentirosas. Una persona que suda pecado, una persona que apesta a podredumbre, esa era María Magdalena. Y es hermosísimo pensar que el poder de Dios es tan grande que toma a esta persona y hace de ella una persona nueva, una mujer nueva. La toma y la transforma, porque donde está Jesús, huyen las tinieblas. El poder de Jesucristo brilla particularmente en estos casos difíciles, así como cuando en el plano corporal y físico, la curación de un leproso es algo que causa tanto asombro, la resurrección de un muerto es algo que causa tanto asombro. Así también, la conversión de un pecador es algo que muestra el poder incalculable de Dios y ese poder brilla en María Magdalena.
Hermanos míos, el demonio perdió una presa que creía totalmente segura en las fauces y entre las patas asquerosas del demonio estaba María Magdalena, la creía segura, creía que ya la tenía completamente asegurada, hasta que llegó Jesús y le quitó esa presa. Por eso el demonio, a lo largo de los siglos, retorciéndose de rabia, trata de vengarse contra lo que le hizo Cristo, porque Cristo le quitó una presa que él consideraba completamente segura. Tú imagínate un tigre, imagínate una hiena, imagínate una pantera que tiene agarrado su trozo y tú intenta quitárselo, pues eso fue lo que Cristo logró, porque la victoria es de Cristo y de nadie más. Amén. Entonces, el demonio muerto de ira ha intentado muchas veces, también en nuestra época, ha intentado vengarse, pero no puede hacer ya nada contra María Magdalena, porque el poder de Cristo la condujo después de la conversión por una senda de santidad, contra ella no pudo hacer nada el demonio.
¿De qué manera quiere vengarse el demonio? Ensuciando el recuerdo de esta mujer, que es uno de los triunfos más grandes de Cristo. Por eso ha habido algunos libros apestosos, blasfemos, asquerosos y algunas películas de cine apestosas, blasfemas y asquerosas, que dicen tonterías y que atacan, atacan el recuerdo de esta victoria de Cristo, es el demonio tratando de vengarse. Así, por ejemplo, en esa obra que se llama el Código de Da Vinci, se dicen una cantidad de tonterías sobre María Magdalena. Es el demonio tratando de vengarse, inventando estupideces, tratando de salpicar la infinita, infinita pureza de Jesús, porque la pureza de Jesús excede cuanto puede decirse en palabras humanas, la pureza de ese corazón de Cristo es deslumbrante como el mismísimo sol.
Y estas obras, estos libros, estas películas, intentan salpicar la infinita pureza de Cristo diciendo tonterías de una relación, por ejemplo, con María Magdalena. Cada vez que veas que eso sale en los periódicos, cada vez que veas que aparece una película o cualquier cosa que diga sobre Cristo y María Magdalena, acuérdate de esta homilía y acuérdate de la cara que tengo hoy. Acuérdate de eso y acuérdate de lo que te estoy diciendo, es el demonio tratando de vengarse porque le quitaron su presa, como perro rabioso, como pantera iracunda, trata de vengarse.
Hace poco una gran académica británica se prestó a ser juguete del demonio también en este sentido, hace como unos tres o cuatro años, salió con que había aparecido un papiro antiquísimo escrito en lengua copta, donde se mencionaba a María Magdalena como esposa de Jesús o como mujer de Jesús, otro ataque, otro más. Pero, no hace dos meses, esa misma señora, a la que Dios le conceda arrepentimiento de sus pecados, tuvo que reconocer en público: Yo me inventé todo. Entonces, segunda enseñanza que hay que sacar aquí, nuestro Señor Jesucristo tuvo una victoria grande, hermosa y limpia en la vida de María Magdalena.
Y cualquier estupidez, me perdonas que diga esta palabra en la Iglesia, cualquier estupidez o blasfemia que se diga sobre Cristo y María Magdalena, acuérdate de la cara que tengo, acuérdate, es el demonio tratando de vengarse porque le quitaron la presa que creía segura, es la parte que da rabia. Pero no nos quedemos en la rabia, quedémonos en la alegría. Y la alegría es, Cristo puede conmigo, Cristo puede contigo, Cristo puede con nosotros, Cristo puede, Cristo es mayor que mi pasado, que mi pecado, que mis dolencias, que mi enfermedad, porque la misericordia de Jesucristo, esto lo han dicho todos los santos, incluyendo mi buena amiga Santa Catalina de Siena, la misericordia de Dios solo puede ser comparada al océano, pero con una diferencia, que en el océano, si tú bajas, tocas fondo. La misericordia de Jesucristo no tiene fondo, no tiene fondo.
Llevamos entonces dos cosas, el mensaje de las periferias, cuidado con despreciar a alguien, cuidado, porque ahí está Jesús para decir todos son importantes para mí. Y lo hizo varias veces y hoy en esta fiesta nos lo recuerda. Segundo mensaje, María Magdalena es ejemplo de la victoria de Jesucristo y eso significa, Dios puede conmigo. Yo quisiera irradiarles el gozo que tiene mi alma de decir esa frase: Dios puede conmigo. Eso es grandioso, grandioso, porque eso significa que la última palabra sobre mi vida no la tiene el pecado, no la tiene la enfermedad, no la tiene el demonio. El único que puede pronunciar una palabra definitiva sobre mi vida se llama Jesús, y en Él está mi victoria. Amén.
El último punto, mis hermanos, fíjate cómo acaba la oración de hoy, ya recordamos quién es María Magdalena. Ay, ¡qué santa tan bella! Hay que tenerle mucha confianza. Yo me imagino el corazón de ella después de entender todo lo que Jesús hizo por ella, ella tenía que vivir en agradecimiento y en alabanza. Hay que tenerle mucho cariño a esta mujer y hay que acudir a su intercesión, sobre todo cuando pidamos la conversión de la gente endurecida en el pecado. Pero mira cómo acaba la oración, le decimos a Dios nuestro Padre: Concédenos que, siguiendo su ejemplo, el de esta bendita mujer tan bella, bella con la belleza que Cristo le dio, concédenos que, siguiendo su ejemplo, demos a conocer a todos que Cristo vive. Dígame si no voy a querer yo esta oración, sabiendo que Dios me ha encargado y mi comunidad me ha autorizado un servicio de misionero de evangelización este año desde Argentina hasta el borde con Canadá, llevo predicando. Yo soy misionero, bendito sea Dios. Imagínate lo que siente mi corazón de fraile, predicador y misionero cuando oigo esto: Concédenos que demos a conocer a todos que Cristo vive.
Entonces, ¿por qué se hace un congreso carismático? ¿Por qué se hace? Para dar a conocer a todos que Cristo vive. ¿Por qué cantamos, por qué cantamos? ¿Por qué este artista y aquí estas voces se elevan en alabanza? ¿Por qué? Para dar a conocer a todos que Cristo vive. ¿Para qué se ordenó sacerdote el Padre Francisco el Padre Peter, para qué se ordenaron sacerdotes? ¿Para qué? Para dar a conocer a todos que Cristo vive. Para eso estamos, para eso estamos. Por eso, hermanos, hay que participar de lo que organiza nuestra Santa Iglesia Católica, hay que formarse, hay que, sobre todo, llenarse del poder del Espíritu Santo ¿para qué? Para hacer lo que hizo ella, para dar a conocer a todos que Cristo vive.
Vamos a hacer un último ejercicio, ahora yo me voy a callar porque aquí acabo la homilía. Aquí acabó la homilía y yo me voy a callar. Pero le voy a dar a usted treinta segundos, ¿para qué? Para que usted piense ¿A dónde debo llevar el mensaje que Cristo vive? Por ejemplo, yo miro a ese jovencito que ha estado atento toda la homilía. Dios lo bendiga. Ese jovencito, ese niño que está ahí. A ti te estoy saludando, sí señor, y te estoy felicitando, así se participa en misa, mijo. Muy bien, así se hace. Lo mismo la señorita que está al lado, el caballero que está aquí, la señora que está sentada en la silla de ruedas. Yo no sé si ustedes saben, los que acabo de nombrar, yo no sé si ustedes saben que Dios les tiene gente encomendada. Tal vez en tu colegio, en tu escuela, en tu elementary school, en tu middle school, en tu highschool, en tu college, en tu University, tal vez en tu vecindario, en tu neighborhood, tal vez en tu vecindario, tal vez con tu amigo, con tu pariente, con tu cuñada, con tu tío, con tu abuelo, con tu primo, con tu sobrino, Cristo tiene gente cerca de ti a la que tú le tienes que contar que Él, Cristo está vivo. Pero hay que caer en cuenta de eso, la evangelización no se la podemos dejar al Padre Peter, al Padre Francisco y al Padre Nelson.
La evangelización es de todos, porque yo no sé cómo llegar a tus amigos, niño querido, eso te toca a ti. Y esta señorita hermosa que está ahí al lado, yo no sé cómo llegar a tus amigos y a tus amigas, eso te toca a ti. Por eso termino aquí mis palabras, pero vamos a guardar silencio, no aplaudamos. Vamos a guardar silencio y en treinta segundos le vamos a pedir a Dios: Muéstrame a quién debo contarle que tú estás vivo Señor.

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