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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El amor que buscamos y necesitamos.
Homilía smag002a, predicada en 20000722, con 14 min. y 34 seg. 
Transcripción:
En la Edad Media floreció una gran devoción por esta santa, por María Magdalena. Y yo creo que estamos en un tiempo en el que debería renacer esta devoción con mucha fuerza, porque realmente lo que Dios hizo en esta mujer mostró el poder que tiene el amor divino. En la fiesta de María Magdalena celebramos, con esperanza, la misericordia. En la fiesta de María Magdalena, nosotros, que muchas veces nos hemos sentido desalentados, vemos encenderse una luz. En la fiesta de María Magdalena comprendemos que la palabra última no la tiene el odio, sino el amor, no la tiene la muerte, sino la vida, no la tiene el pecado, sino la gracia. Y por eso, podemos decir que esta mujer es como un pequeño resumen del Evangelio. Se trata, como me gusta decir a mí, se trata de un caso perdido que se convirtió en un caso encontrado.
En ella, el demonio había mostrado su poder, el Evangelio la describe como poseída por 7 demonios. Más que un número de exorcismos, parece que este número 7 lo que indica es la plenitud, como en tantas otras ocasiones. Poseída de 7 demonios quiere decir entregada completamente a las tinieblas. La palabra de Cristo le trajo libertad, le trajo paz, le trajo gracia, le trajo amor. Y así, lo que había sido un espejo del poder del enemigo, se convirtió en una poesía elocuente del amor de Dios. Es un mensaje muy grande, es como el Evangelio resumido, repito. En realidad, el mundo que Dios encuentra es como esa María Magdalena. Un mundo perdido, un mundo enredado en sí mismo, poseído por las tinieblas. Y también, Jesús quiere hacer con el universo entero, lo que pudo su amor en esta pobre mujer. Quiere limpiarlo, quiere lavarlo, quiere purificarlo, quiere darle amor.
La tradición habla de María Magdalena como una pecadora pública, en parte porque hay una pequeña confusión sobre varias mujeres, por ejemplo, se creyó durante mucho tiempo que María Magdalena era la que había derramado el perfume cuando aquello de Betania. Y como ese nombre era tan común, hay cierta confusión sobre esta mujer. Lo que sí podemos asegurar es que allí donde reinó el pecado, allí donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia, eso sí lo podemos asegurar. Y podemos asegurar también que esta mujer estaba buscando, estaba buscando por todas partes, y encontró, en el agua cristalina y limpia del amor de Jesucristo, lo que estaba buscando. Ella necesitaba amor, seguramente había conocido muchas clases de amor, pero no conocía y sí necesitaba este amor de Jesucristo, y en Él pudo descansar, y por eso, a ese amor se entregó completamente.
El mundo que tiene la mirada torcida no puede hablar de estas cosas sin referirlas a algún enredo de pareja entre Jesús y María Magdalena y ha habido gente que se ha atrevido a escribir sobre eso y a hacer películas de cine sobre eso. Pero hay un secreto que el Espíritu Santo nos dice al corazón, no se trata de ese género de amor. Ella buscaba, ella necesitaba amor, y encontró en Cristo amor, esa es una realidad. Y por eso, la primera lectura que habla de la angustiosa búsqueda del amor del alma, pero eso no significa que todo amor y que el único amor sea ese. Más bien eso es lo que nos está indicando, es que muchas personas, como María Magdalena, buscan en las relaciones de pareja el amor que no encuentran en sus hogares, que no encuentran en sus padres, que no encuentran en sus amigos, que no encuentran en la Iglesia. Y por eso, si brota con abundancia este manantial del amor de Jesucristo, pues muchos corazones encontrarán que no tienen que prostituirse, que no tienen que correr a los fangales de la impureza.
Cuántas personas resultan enredadas, humilladas, ensuciadas, porque están mendigando amor. Y el mundo le dice: Pues sí, te voy a dar amor, pero tienes que pagar tu cuota y tu cuota es sexo. Y la persona no estaba pensando en sexo, pero como necesita amor, finalmente, no encontrando otra salida, como en desesperación, paga su cuota de sexo, pero necesitaba era amor. El paso del tiempo, la voz de la conciencia que no miente, va llevando a la persona a una conclusión, eso no era lo que yo quería. Eso no era, eso no era, no es eso, es otra cosa. Y mientras tanto, este cuerpo nuestro que Dios ha querido que sea un templo, se convierte más bien en una porqueriza.
Por eso, esta fiesta tiene también una gran actualidad para contarnos en dónde está el amor que trae paz al alma, que trae luz al alma. Y para contarnos también que nosotros como mensajeros, como testigos de este amor, podemos hacer un bien inmenso, especialmente nosotros, cuando amamos desde el Corazón de Cristo, cuando amamos como Jesucristo, podemos ayudar a muchísimas personas, a muchas, muchas. Con frecuencia, las personas buscan el consejo del sacerdote, el consejo del religioso, la palabra de la religiosa, buscan esa palabra porque presienten que ahí van a encontrar un tipo de amor distinto, algo diferente. Pues entonces, que lo puedan encontrar, que no vaya a suceder, que buscando algo distinto, se encuentran otra vez con el mismo barro, otra vez con el mismo lodo, porque entonces no le estaríamos acercando a la gente a Cristo, sino más bien alejándosela.
En esta fiesta pidamos entonces al Señor que la cascada de su amor limpio llegue al corazón nuestro, lo limpie, y que también nosotros podamos dar de esa agua, así limpia, limpia, podamos darla a otras personas. Cuando la sociedad se debate en medio de la infidelidad matrimonial, relaciones sexuales prematuras y todo género de impurezas, nosotros no tenemos que levantarnos como si fuéramos jueces de mármol blanco, jueces inmaculados para condenar a todos. Seguramente, estamos salpicados de lo mismo, pertenecemos al mismo mundo, venimos de la misma miseria. No nos corresponde ser jueces, pero tampoco nos corresponde ser cómplices. Miremos con tristeza cómo se deshace en familias enteras, cómo se ensucia desde temprana edad la vida y el corazón de muchachos y de niñas. Miremos eso con tristeza y roguemos del corazón de Jesucristo, que ese amor, ese torrente de amor saliendo del corazón de nuestro Salvador, pueda traer paz a nuestras almas y paz a todos esos que, como María Magdalena, buscan amor.
Un amor que nos pueda hablar con nombre propio, Jesús le habló con nombre propio y fue ahí donde esta mujer pudo reconocerlo. Un amor con nombre propio, un amor que nos conoce pero que no se adueña de nosotros. Un amor que nos sostiene, no un amor que se apodera de nosotros. Un amor que nos protege, no un amor que nos sofoca, ese es el amor que necesitamos. El mundo cambiará con amor, la belleza de las consagraciones es el amor, porque una vida consagrada sin amor despierta sospechas y aleja atemorizada a la gente. Sí, muy puro, muy casto, pero muy lejano, muy extraño. No, no le acepto su palabra, es necesaria la palabra del nombre. Jesús, espejo y fuente, la más alta de pureza, le habla con su nombre a esta mujer, María. Es el amor personal, pero no es el amor, ni exclusivo ni posesivo. Es el amor cercano, pero no es el amor egoísta ni sensual.
Cómo aprenderemos esta ciencia, Corazón de Cristo, ilumínanos. Aprender esta ciencia, la ciencia del amor verdaderamente cercano, cálido, limpio, bello, como la mirada de Jesús, como las manos de Jesús, como la voz de Jesús. Este es el amor hermoso que, después del corazón de Cristo, tiene su mejor espejo en el corazón de la Santa Virgen. Este es el amor que necesita nuestro tiempo, y esta es la belleza de una consagración. Qué lindo encontrarse a un religioso que tiene amor. Si no tiene amor, no es de Cristo. Pero si tiene amor, pero tiene amor para él y no para el servicio de Cristo, qué decepción. Qué hermoso, qué hermosa es la consagración, qué bella es la consagración. Seguramente, muchos de nosotros estamos lejos de ahí, pero no nos desanimemos. Esta fiesta de hoy nos muestra que Cristo puede también atraer a los que están lejos y puede transformarlos.
Hay una leyenda medieval sobre esta mujer. Una leyenda que cuenta que al final de los días ella dedicaba prácticamente todo el tiempo de su jornada a la oración, a la contemplación, un alma contemplativa, un alma que, como la de Moisés, lleva el reflejo de la gloria de Dios en su rostro. Así decía San Pablo: «Nosotros llevamos la gloria de Cristo en nuestro rostro descubierto». Almas consagradas, almas llenas de amor, almas puras, almas contemplativas, ¿es un sueño? María Magdalena nos está diciendo: No es un sueño, es una realidad que supera todo sueño. Es la realidad de lo que Cristo quiere y puede hacer en tu vida.

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