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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
San Lucas, de origen pagano, conocía lo que significaba ser excluido y por eso apreciaba, más que todos, recibir el mismo don que recibió el pueblo elegido.
Homilía sluc017a, predicada en 20251018, con 29 min. y 15 seg. 
Transcripción:
Como decíamos al comienzo de la Santa Misa, hoy 18 de octubre, la Iglesia recuerda al evangelista San Lucas. Lucas era de familia pagana, él no pertenecía al pueblo de Dios. Los paganos eran muy despreciados por los judíos. Los judíos tenían muy claro que ellos eran los elegidos, y por eso muchos judíos miraban con desprecio a los no judíos, es decir, a los paganos. Lucas, entonces, en su niñez, en su juventud, sabía que existían los judíos, pero él sentía y sabía que él no pertenecía a los elegidos. Los elegidos son otros, yo quedé excluido, yo no soy del grupo de los elegidos.
Podemos decir que Lucas creció sabiéndose excluido: Yo no soy del grupo. Pero algo maravilloso sucedió. Un predicador llamado Pablo, el que todos conocemos, San Pablo, empezó a anunciar la Buena Noticia, en primer lugar a los judíos, contándoles que Dios estaba cumpliendo sus promesas. Pero Pablo, junto con otros como Bernabé, empezó a predicar también a los paganos, a los no judíos, empezó a predicar a los que se sentían excluidos. Y empezó a contarles que el amor de Dios también era para ellos, que la salvación que recibimos en Cristo también era para ellos, que la amistad con Dios y la esperanza de la vida eterna también era para ellos.
Es decir, la predicación de Pablo y de algunos otros se dirigió también a los excluidos para contarles que el amor de Dios es tan grande que también ellos, los que se sentían fuera, extranjeros, excluidos, también ellos eran amados. Y ahora tengo que decir, somos amados porque pienso que la gran mayoría de nosotros no venimos de familia judía, nosotros somos como San Lucas. Nosotros, que estábamos excluidos, hemos sido incluidos por el amor de Dios que se muestra en Jesucristo. Ese mensaje tan potente, que es el mensaje mismo de la misericordia, llegó al corazón de este hombre llamado Lucas.
Y Lucas entendió que, así como en los judíos brilla la fidelidad de Dios que cumple sus promesas, en los paganos brilla la misericordia de Dios, que extiende su piedad a todos los pueblos. De acuerdo con esta explicación, no nos maravilla que Lucas se convirtiera en el gran evangelista de la misericordia. No nos extraña tampoco que Lucas anunciara con tanto amor la parte más entrañable del ministerio de Cristo. Se dice que Lucas es el gran evangelista de la humanidad de Cristo, del Dios hecho hombre. Y por eso, el Evangelio de Lucas es el que más destaca ese aspecto, esos aspectos humanos del Señor.
Por ejemplo, el terror que vivió Cristo en la noche de Getsemaní. Lucas es el único que nos dice que llegó a tal punto la angustia del Señor en esa noche, que su sudor caía como gruesas gotas de sangre, eso solo lo dice Lucas. Lucas nos muestra a Cristo, el Dios humanado, lleno de gozo, porque el Evangelio llega a los pequeñitos, sin duda Lucas conectaba con esa experiencia. Lucas es el único que nos cuenta que de Cristo nuestro Señor salía una especie de fuerza que iba sanando a todos. Lucas es el único que nos cuenta la parábola del hijo pródigo, que es como el himno de la misericordia.
O también la parábola del buen samaritano, que es la mejor catequesis sobre lo que es el amor al prójimo. ¿Por qué Lucas insiste tanto en ese aspecto de la compasión, de la misericordia de Dios, podríamos decir, de la humanidad de Dios? Porque él mismo tenía la experiencia de ser un excluido al que Dios lo llamó con amor para que fuera incluido en el plan de salvación. Aquí tenemos que hacer la primera aplicación de esta fiesta litúrgica en nuestra vida. Hoy para nosotros los temas más importantes no son ser judío o no ser judío, eso no nos preocupa tanto.
Pero hoy como ayer, hay muchas personas que pueden sentirse excluidas, sobre todo, porque el mundo les arrincona, los margina, los ignora, los utiliza y los descarta. Tantas personas que por su condición social, por su pobreza económica, porque no han tenido oportunidades de educación, porque tienen una deficiencia mental, porque son muy ancianos y ya no parecen útiles a la sociedad o por cualquier otro motivo, tantas personas que se sienten excluidas, que se sienten poco amadas. Hermanos hay en el mundo hay muchos Lucas, muchos.
Hay jóvenes que se sienten tan confundidos y tan solos, tan tristes y en una vida tan absurda que deciden quitarse la vida. Hay ancianos que pasan los días en amargura y las noches en el llanto. Hay muchos pobres que sienten que la mesa de la abundancia es para otros porque presienten que nacieron pobres, vivirán pobres y morirán pobres. Por eso, hermanos, y esta es la primera enseñanza, la figura de Lucas es tremendamente actual. Porque es necesario que aquella persona que se siente fracasada, frustrada, que se siente inútil o se siente descartada, pueda tener también la experiencia que tuvo Lucas, pueda tener también la experiencia de ser amado.
Y te dejo un desafío, ahora que se habla tanto de desafíos en las redes sociales, te dejo un desafío. Si tú has conocido el amor, el amor que hay en el corazón de Jesús, si tú has conocido el amor, el amor que irradia en la Palabra divina, si tú has conocido el amor porque estás en un grupo, en un movimiento, en una comunidad donde te valoran y te dan tu sitio, tú tienes también la experiencia de San Lucas y es necesario que tú y yo nos convirtamos en misioneros de la misericordia. Es necesario que miremos a un lado y otro y que nos preguntemos quién está siendo excluido, quien está siendo olvidado, quien está siendo descartado.
El desafío, hermanos, es ser la sonrisa para aquel que se siente apagado por la tristeza. El desafío es ser el abrazo para aquel que se siente languidecer en soledad. El desafío es ser la mano tendida, para aquel que no encuentra una ruta y que quizás podría incluso tomar una decisión terrible e irreversible, ese es el desafío. Lucas tiene inmenso amor por los pobres, por los niños, por los pequeños, por las mujeres, por los extranjeros, todo esto se deriva de lo que ya hemos dicho, es evangelista de la misericordia. Pero si buscamos en dónde está el corazón del mensaje de la misericordia según San Lucas, está en el amor de Dios por los pecadores.
Precisamente es San Lucas el que tiene esta frase de Cristo nuestro Señor: «Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores». Y aunque es posible que muchos de nosotros no nos reconozcamos entre los excluidos por la pobreza, o por la enfermedad o por la vejez, todos tenemos que reconocernos pecadores. Porque bien dice la primera carta de Juan: «Si decimos que no tenemos pecado, hacemos mentiroso a Dios». Pero atención hermanos, el amor de Dios por los pecadores jamás es aprobación del pecado, porque hay una desfiguración de la misericordia que quiere hablar de inclusión.
Y está muy bien que se hable de inclusión y está muy bien que se diga, como lo enseñó el Papa Francisco, que en la Iglesia hay espacio para todos, todos, todos. Sí, hay inclusión, pero para entender cómo es la inclusión según San Lucas, escuchemos completa la frase que empecé a citar de nuestro Señor Jesucristo: «No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores para que se conviertan». La misericordia es el abrazo de Dios, pero el abrazo de Dios no es la aprobación de Dios. Como dice hermosamente San Agustín: A Dios le desagradaba la vida que llevábamos y así nos amó.
Así que la misericordia, y esta es la segunda enseñanza, la misericordia no es permiso para pecar. La misericordia no es aprobación de ningún comportamiento que desagrada a Dios. Y si bien la puerta está abierta para todos, esa puerta que está abierta, es la puerta que nos llama a la conversión. Por eso, la frase de San Lucas en su Evangelio hay que leerla completa. No he venido por los justos, he venido por los pecadores para que se arrepientan. Y así debemos entender que la llave que abre las compuertas del cielo para que caiga sobre nosotros toda la lluvia de la misericordia, es la llave del reconocimiento de nuestros pecados y es la llave del arrepentimiento.
Debe bastarnos recordar la parábola del hijo pródigo. ¿Cómo cambió el hijo pródigo? Cuando estando en lo más profundo de su pecado, se acordó de la casa del Padre y dijo: Me levantaré e iré a la casa de mi Padre. Esa es la imagen de la conversión: Iré a la casa de mi padre. Y mira el propósito que tiene ese hombre en su conversión. Llevaba el propósito de decirle al papá: Papá, he pecado contra el cielo y delante de ti. Esa es la puerta de la misericordia. Y si tú lees Lucas, capítulo 15, te das cuenta que el hijo arrepentido dice esas palabras y entonces el papá lo abraza y le restituye todos sus derechos.
Llevamos dos puntos, son tres. Primer punto, Lucas es el evangelista de la misericordia y nosotros hemos de ser misioneros de la misericordia, cuidando con amor a los que tenemos alrededor para no excluirlos, para que ellos también conozcan la ternura de Dios Padre, primer mensaje. Segundo mensaje, el llamado de Cristo es siempre llamado a la conversión, el abrazo de Dios no es aprobación del pecado. Y esto vale para todos los pecados, pecados de injusticia social, pecados de egoísmo, de envidia, de lujuria, de lo que sea.
Pasemos al tercer y último punto, ¿en qué más se destaca Lucas? Lucas se destaca en el mensaje que nos da sobre el Espíritu Santo. Hermanos, cuando Cristo va a iniciar su misión es Lucas y solamente Lucas el que nos cuenta una escena en la sinagoga de Nazaret. Nos presenta a Cristo en la sinagoga de ese sitio. Cristo lee un pasaje que está tomado del libro de Isaías, ¿qué dice ese pasaje?: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar la buena noticia a los pobres, para dar la vista a los ciegos, para dar la libertad a los cautivos, para anunciar el año de gracia del Señor. El Espíritu del Señor está sobre mí».
Con ese pasaje que está en Lucas, capítulo 4, este evangelista a quien hoy estamos recordando, nos enseña algo muy importante, y es que la misión entera de Cristo fue obra del Espíritu Santo. Y por eso Cristo no es un superhéroe a la manera de un Superman, o a la manera de Flash, o de Linterna Verde, no es un superhéroe de esa manera. Es hombre como nosotros, verdadero hombre como nosotros. Pero es un hombre que tiene la unción del Espíritu, por supuesto que también es verdadero Dios, pero su misión de Mesías la realiza en carne humana y con la unción del Espíritu.
Por eso, también Lucas en su otro libro, porque él es autor de un Evangelio y es autor de los Hechos de los Apóstoles. Lucas, en su otro libro nos enseña algo importante, que sin el Espíritu siempre seremos como aquellos apóstoles antes de Pentecostés. ¿Cómo estaban ellos antes de Pentecostés? Encerrados, asustados, acobardados, prisioneros de las presiones y las manipulaciones del mundo. Así vamos a ser nosotros también, o tal vez así somos también nosotros.
Y el que hará la transformación para que nosotros, lo mismo que los apóstoles en Pentecostés, llevemos el anuncio gozoso del Evangelio, con valor, con parresía, con coherencia, con constancia, con gozo, el que va a ser esa transformación es únicamente el Espíritu Santo de Dios. Necesitamos del Espíritu, no es solamente trabajo de nuestra voluntad. Más bien podemos decir que nosotros somos mendigos del Espíritu y que tenemos que pedir ese Espíritu para que, llegando a nosotros como llegó sobre la humanidad de Cristo, nos sane, nos restaure, nos levante, nos transforme y nos envíe, eso es lo que va a hacer el Espíritu.
Guiados así por el Espíritu, descubriremos que los pecados que nos parecían invencibles sí se pueden vencer, que las cadenas que nos parecían irrompibles sí se pueden romper, que las barreras que nos parecían imposibles sí se pueden derribar. Decía hermosamente el Papa León en una de sus primeras alocuciones: No va a prevalecer el mal. Y es necesario que tú te digas esa frase, sobre todo si hay algún pecado que se repite en tu vida. Si en tu familia, si en tu comunidad, si en tu ciudad o en esta querida Colombia hay situaciones que parecen irreversibles.
Hay gente que piensa que la corrupción va a ser para siempre. Hay gente que dice frases prácticamente blasfemas: A esto ya se lo llevó el diablo. Blasfemia, el mal no será para siempre, el mal no será para siempre. Hay victoria en el nombre de Jesús, hay victoria en el poder del Evangelio, hay victoria en la unción del Espíritu. Esos son los tres mensajes que quería compartirles hoy en la hermosa fiesta de San Lucas. Primera, primer mensaje, la misericordia divina. ¿Te sientes excluido por ignorante, por pobre, por pecador, por un error que cometiste, por un dolor que hay en tu familia?
El amor de Dios te puede alcanzar, largos son los brazos de Dios y sus manos pueden tocar la herida más dolorosa de tu corazón y te puede sanar. Y tenemos que ser misioneros de misericordia. Segundo, el valor del arrepentimiento. Nunca le pidamos a Dios que nos apruebe nuestros pecados. Eso no le pidas a Dios, porque Dios, por amor a ti, rechaza el pecado que hay en ti. Y tercero, nadie logra la obra de Dios sin Dios. Y Dios ha venido a nosotros a transformar nuestros corazones con la unción del Espíritu Santo.
Ahora les voy a pedir que repitan todos después de mí, la frase que vamos a decir es equivalente a lo que nos enseñó el Papa León. Repiten después de mí, por favor: El mal no prevalecerá para siempre. Hay que decirlo con más convicción, acuérdese que la persona que tiene al lado está triste, está decaída, quizás tiene poquita fe. Hay que decirlo con ganas, el mal no prevalecerá para siempre. Ahora lo vamos a repetir agregando unas cositas, mucha atención: En mi vida el mal no prevalecerá para siempre. En mi familia el mal no prevalecerá para siempre.
En mi comunidad el mal no prevalecerá para siempre. En Colombia el mal no prevalecerá para siempre. Y, por último, ahora que vemos un mundo en guerras, guerras absurdas, terribles, dolor de niños, familias despedazadas, ciudades arrasadas. En el mundo, el mal no prevalecerá para siempre. Por último, profesamos que somos de Jesús: Señor Jesucristo, tuyos somos y tuyos queremos ser. Amén.

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