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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Pidamos a San Lucas que interceda por la Iglesia para que nunca falte la abundancia de Espíritu en el pueblo de Dios y seamos un solo cuerpo con Cristo para la gloria del Padre.
Homilía sluc010a, predicada en 20171018, con 5 min. y 56 seg. 
Transcripción:
El 18 de octubre nuestra Iglesia Católica recuerda y celebra al evangelista San Lucas. Este gran hombre, médico de profesión, es el autor de dos libros de la Sagrada Escritura, el Evangelio que lleva su nombre, Evangelio según San Lucas y el libro de los Hechos de los Apóstoles. Podemos decir, en cierto sentido, que son dos partes de una misma obra, y podemos, en la misma dirección, podemos decir que esas dos partes tienen como protagonista central la obra del Espíritu Santo.
La unción del Espíritu en el Hijo de Dios, eso en el Evangelio y la unción del Espíritu en los hijos de Dios, es decir, en todos nosotros que por fe hemos llegado a creer en el Unigénito del Padre, en nuestro amado Señor Jesucristo. El tema del Espíritu Santo, la unción del Espíritu, atraviesa toda la obra de San Lucas y, en este sentido, tiene también que atravesar toda nuestra vida cristiana. Alguien decía que el Espíritu Santo era en el pueblo católico el gran desconocido, no puede seguir siendo así.
El Espíritu Santo está presente desde el comienzo de la existencia del Verbo de Dios en nuestra tierra. Por eso decimos que nuestro Señor Jesucristo, el Hijo único del Padre, fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo el que también infunde esa alegría en Isabel y le da la certeza de que María está embarazada y que trae al Mesías. Es el Espíritu Santo el que canta la gloria del Hijo de Dios a través de los labios del anciano Simeón y de aquella mujer también muy mayor, Ana, la que con sus ayunos y plegarias no se alejaba del templo.
Es el Espíritu Santo también el que se manifiesta como una fuerza continua que acompaña a Jesús desde el comienzo de su misión pública, Espíritu que le unge en el bautismo, Espíritu que le lleva después al desierto. Espíritu Santo que en el desierto vence al espíritu de las tinieblas. Espíritu Santo que irradiándose a partir de Cristo, la palabra Cristo quiere decir Ungido, Espíritu Santo que irradiándose a partir de Cristo, se convierte en fuerza maravillosa, que sana, que consuela, que levanta, que trae la victoria divina en cada uno de los que se acerca al Señor.
Espíritu Santo, que un día llena de júbilo el alma de Cristo y que por eso exclama: Te alabo, Padre, porque has revelado estas cosas a los sencillos, y las has ocultado a los sabios y entendidos. Espíritu Santo, que llena la oración de Cristo en todas sus noches y especialmente en la noche de Getsemaní. Espíritu Santo que mantiene en oración a Cristo también cuando se encuentra en la cruz. Espíritu Santo, que luego abre el entendimiento de los discípulos de Emaús. Espíritu que es el gran regalo de Papá Dios, y así lo anuncia el Resucitado cuando dice a sus apóstoles: No se aparten de Jerusalén, no se vayan de Jerusalén hasta que se cumpla el regalo, la promesa de Dios Padre.
Espíritu que con toda profusión, podemos decir, rebosa, rebasa todo límite en el día de Pentecostés y se vuelve palabra de fuego en el apóstol San Pedro. Espíritu Santo, que realiza maravillas y prodigios en forma de milagros y, sobre todo, en el testimonio coherente y vigoroso de los apóstoles. Espíritu que empuja las misiones, Espíritu que habla a través de San Pablo tantas veces. Espíritu que santifica el camino que ya habían iniciado aquellos discípulos en Éfeso, a los que precisamente Pablo les hace la gran pregunta: ¿recibieron el Espíritu Santo cuando fueron bautizados?
Y ellos respondieron con perplejidad: Ni siquiera sabíamos que había un Espíritu Santo. Y Pablo remedia la situación orando con poder, y entonces ellos quedan exultantes, como en un nuevo Pentecostés. En fin, tendríamos que mencionar muchos otros pasajes. Por eso, pidamos a este evangelista, pidamos a San Lucas que interceda por la Iglesia hoy, para que esa abundancia de espíritu nunca falte en todos los rincones del pueblo de Dios.
Que el santo Padre, que el Papa esté lleno de esa unción del Espíritu en su cuerpo, en su palabra, en su corazón, en su plegaria. Que nuestros obispos y sacerdotes, que nuestros catequistas y misioneros, que nuestras familias, que nuestros consagrados, que nuestras religiosas, que todos experimentemos la gracia del Espíritu y que a partir de ahí podamos ser un solo cuerpo con nuestro Señor Jesucristo, para la gloria de Dios Padre. Amén.

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