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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
¿Qué encontramos en la obra de San Lucas?
Homilía sluc001a, predicada en 19961018, con 14 min. y 46 seg. 
Transcripción:
Celebramos hoy con toda la Iglesia a Lucas Evangelista, hombre de formación pagana, de cultura griega, con un uso elegante y sumamente correcto de su idioma. Compañero de travesía en algunos pasajes importantes de la vida del apóstol San Pablo. Parece que conocía de los remedios de la época y por eso de él habla con cariño el apóstol Pablo, cuando lo llama: nuestro querido médico.
De Lucas hemos recibido una obra que tiene dos partes. El Evangelio, que viene siendo el tercero en la ordenación actual del Nuevo Testamento, y los Hechos de los Apóstoles. Pero, los nombres que les damos hoy tal vez nos impiden reconocer suficientemente la unidad de esta obra que Lucas quiso que fuera una sola. Fue idea de algunos protestantes hace un tiempo sacar ediciones de la Sagrada Escritura, siguiendo el modelo de lo que se hace a veces con literatos o filósofos, lo que se llaman las obras completas.
Uno puede adquirir, por ejemplo, las obras completas de Santa Teresa de Jesús o las obras completas de Schopenhauer. Entonces, se les ocurrió a estos cristianos sacar las obras completas de San Pablo, es decir, sus cartas, fundamentalmente, las obras completas de San Juan, el Evangelio y las cartas, las obras completas de San Lucas. De pronto es una idea, de pronto es una idea buena, las obras completas de San Lucas.
En ellas ¿qué encontraríamos en ellas? Encontraríamos qué hizo Cristo y qué hace Cristo. Tal vez esta es la originalidad y la grandeza de este evangelista. Los demás, de alguna forma nos cuentan qué es lo que él hizo. Pero Lucas nos cuenta no solo lo que él hizo, sino lo que él hace. La obra de Lucas podría ser descrita como: qué hizo Cristo antes de su Pascua y qué hace Cristo después de su Pascua, es decir, qué hace en la Iglesia. Ese es un modo de ver las cosas.
Pero la obra de Lucas también se puede dividir de otro modo. Ustedes imagínense el libro ya hecho e imagínense que estamos tratando de ponerle título a la primera parte de la obra y a la segunda parte de la obra. La primera parte podría llamarse el Espíritu en Jesucristo. La segunda parte, entonces, se llamaría el Espíritu en los de Cristo. La obra del Espíritu en Jesús hasta hacerlo Cristo, y la obra del Espíritu en nosotros hasta hacernos Los cristianos. Esa es otra manera de describir las cosas.
Otro modo todavía de describirlo es, Cristo el elegido, ese sería el título de la primera parte, lo que correspondería a nuestro actual Evangelio. Y la segunda parte, entonces se llamaría: Los elegidos de Cristo, o todavía mejor, los elegidos en Cristo. Tal vez, este evangelista es el que más destaca esa idea de elección, se le nota muy claramente cuando en el discurso de Pentecostés presenta cómo después del discurso, después de esas palabras de Pedro, se les iba agregando gente. La obra de Lucas es la historia de cómo se va agregando gente a un núcleo, cómo se van, cómo el Señor va mostrando su elección.
Le voy a proponer otros dos títulos, otros dos títulos. Podemos llamar a las obras completas de Lucas, podemos llamarlas, Jerusalén. Y la primera parte la vamos a llamar: Hacia Jerusalén. Si uno mira ya no un versículo, otro versículo, un pasaje u otro pasaje, sino uno mira el conjunto de la obra de Lucas, todo es como una, como una inmensa peregrinación hacia Jerusalén. Jerusalén es el lugar de referencia, Jerusalén es el punto de llegada en la primera parte de la obra de Lucas. Y luego, Jerusalén es el punto de partida para la segunda parte de la obra de Lucas.
De modo que, todo Lucas es como el palpitar de un corazón que primero tiene que contraerse y luego tiene que expandirse, tiene su sístole y diástole. Pues así, la obra de Lucas es como un corazón que palpita, y el centro de ese corazón está en el corazón de Cristo crucificado a las afueras de Jerusalén. En el centro está Jerusalén, todo se congrega hacia Jerusalén, allí estalla el amor de Dios, allí revienta, como diría Catalina de Siena, el saco de la misericordia divina. Y corren entonces, ríos de piedad, ríos de salvación, ríos de redención que desde Cristo resucitado se van difundiendo, difundiendo y van llegando hasta los confines de la tierra.
De pronto, podemos intentar todavía, todavía podemos intentar otro título. A ver si, si nos lanzamos a hacer una edición de las obras completas de San Lucas, pero ya podríamos intentar otro título. En el capítulo primero de la primera parte aparece una mujer, María. Y de las entrañas de esa mujer fecunda en el Espíritu y por el Espíritu, surge la Palabra de vida. En segundo lugar, encontramos a esta misma mujer, al principio de la segunda parte, pero ya no está ella sola, sino está orando con algunos de los discípulos de Cristo.
Y de las entrañas, ya no solo de esa mujer, sino de esa comunidad surge la Iglesia, surge el Cuerpo de Cristo. De ahí, de esas entrañas nace la Iglesia, de ahí nace el Cristo total. Entonces, esto nos sugiere la posibilidad de darle otros títulos a las partes de la obra de Lucas. Y entonces podríamos llamar María, a la primera parte en griego Maryam, y Ekklesía, a la segunda parte. María, Iglesia. María dando a luz a Cristo, madre y virgen al tiempo, entonces. Y la Iglesia dando a luz a los discípulos de Cristo, madre y virgen también ella.
Pienso que todavía hay otros títulos que les podemos poner a estas dos partes de la obra de Lucas, porque todavía podríamos pensar que la primera parte de la obra de Lucas es, podría llevar como subtítulo, nos enriqueció con su pobreza, nos enriqueció con su pobreza. Y la segunda parte, se podría llamar, nos enriqueció con su gracia. Es la pobreza de Cristo y todo lo que rodea Cristo es pobre en el Evangelio de Lucas, este es un verdadero enamorado de la pobreza. Es la pobreza de Cristo y es la gracia de Cristo.
De pronto, para no confundir, quitemos el asunto de los enriquecimientos, que alguien podría pensar que son ilícitos, dejemos solo la pobreza de Cristo. Entonces, la primera parte de Lucas se podría llamar: la pobreza de Cristo, y la segunda parte se podría llamar: la gracia de Cristo. Intentemos un último, una última pareja de títulos para la obra de San Lucas. Cuando Lucas empieza a describir cómo empezó todo, entonces dice que había un pueblo que se llamaba Nazaret en Galilea. Y tiene que hacerle una presentación a ese pueblo, porque ese pueblo no lo conocía nadie.
Nazaret, ¿puede salir algo bueno de Nazaret? Pues de pronto sí puede salir algo bueno de Nazaret, puede salir vida contemplativa. Entonces, Nazaret no lo conoce nadie, Nazaret no lo conoce nadie. El final de la obra de Lucas es, en cambio, en una pequeña aldea que se llama Roma. Ah, esa ya no es una pequeña aldea, es la capital del mundo. De manera que la obra de Lucas va de Nazaret a Jerusalén, esa es la primera parte. Y la segunda parte es de Jerusalén a Roma. Es contar cómo, desde lo más oculto y desde lo más humilde, Dios logra la victoria. Y luego, cómo esa victoria humilla a los poderosos.
Esto nos permite encontrar todavía otra pareja de títulos que las tomaríamos del mismo, del mismo texto del evangelista, podría llamarse: Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. Solo que en esta ocasión tendríamos que cambiar el orden, la primera parte de la obra de Lucas se llamaría: Enaltece a los humildes. Y la segunda parte, que es la que cuenta la victoria del Evangelio hasta llegar a Roma, se llamaría: Derriba del trono a los poderosos. Todas estas reflexiones sirven para dos cosas, primero, para que hagamos una editorial.
Y segundo, para que tengamos con la ayuda de Dios, con el auxilio del Espíritu, si se me permite la expresión, una lectura más inteligente de la Sagrada Escritura, no con la presunción que a veces da la erudición, ni con esa ciencia que infla o que a veces, cuando no infla, engorda. No, no para que tengamos esa erudición o esa inteligencia que inflan, sino para que apreciemos los tesoros que están ahí. Pensemos, pensemos que los tesoros que están en la Sagrada Escritura son para nosotros. Y da pesar que uno se muera pensando tonterías, discutiendo bobadas y con el corazón engarzado en tantas vanidades.
Da pesar que a uno se le vaya la vida fijándose en todas esas cosas, sin haberse nunca fijado en el maravilloso plan que Dios nos revela de su amor en un evangelista como el que hoy celebra la Iglesia. Gracias te damos, Señor, por Lucas el evangelista, porque en él pronunciaste palabras que nos cuentan cómo viniste del cielo a la tierra.

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