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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
San Lorenzo sirvió a Cristo con su vida; dio Testimonio de Cristo con su muerte.
Homilía slor019a, predicada en 20200810, con 16 min. y 19 seg. 
Transcripción:
Hermanos míos, cuando escuchamos los relatos del martirio de aquellos hombres o mujeres que han sido llamados para este testimonio supremo, lo primero que nos impacta es la magnitud del dolor que tuvieron que soportar. Pensemos en el caso de Lorenzo, que fue horriblemente quemado, podríamos decir asado vivo. Este modo de tortura fue diseñado precisamente para causar el máximo de dolor y también para que sirviera de escarmiento. Fue el emperador Valeriano, emperador romano, entre el año doscientos cincuenta y dos y el año doscientos sesenta. Fue el emperador Valeriano el que desató esta terrible persecución en la que murió Lorenzo. Pero téngase en cuenta que tres días antes o cuatro días antes había muerto el Papa, Lorenzo era diácono en la Arquidiócesis de Roma y por consiguiente, su servicio iba directamente al Papa. Ese Papa se llamaba Sixto. Sixto Segundo fue martirizado el Seis de Agosto del año Doscientos cincuenta y ocho. Lorenzo sabía lo que estaba sucediendo, pero no huyó de la ciudad de Roma. Él sabía que muy pronto vendría también su momento de dar el supremo testimonio.
El prefecto que llamaban en esa época, lo que equivale al alcalde de la ciudad de Roma. Era un hombre codicioso y lo único que le preocupaba de la iglesia era que manejaba mucho dinero. Como el administrador de los bienes de la iglesia era Lorenzo, entonces este alcalde fue donde Lorenzo y le dijo dame las riquezas de la iglesia. Lorenzo le pidió tres días para reunir esas riquezas y en esos tres días reunió a tantos pobres, a los que la iglesia de Roma estaba sirviendo. Paralíticos, ciegos, personas sin techo, enfermos incurables, ancianos abandonados, todo tipo de menesterosos reunidos en un lugar. Y entonces Lorenzo le dijo aquí están los tesoros de la iglesia. Una frase muy profunda que sin embargo, fue interpretada como burla, como ironía, por el alcalde que montó en cólera y decidió acabar con Lorenzo de la manera cruel que hemos dicho.
Esa frase de Lorenzo tiene varias interpretaciones, todas muy bellas. Los pobres son el tesoro de la Iglesia porque no hay institución humana. Oiga lo que estoy diciendo. No hay institución humana que socorra a tantas personas en todo el mundo como la Iglesia. Hay muchas personas que hablan de las riquezas del Vaticano o de las riquezas de los museos del Vaticano. Y yo siempre me pregunto. ¿Para dónde te vas a llevar una pieza de museo? Para otro museo, eso es lo que vas a hacer. ¿Y qué es lo que quieres entonces? ¿Cuál es tu interés en ese traslado de esa pieza? ¿O es que acaso esas piezas que están en los Museos Vaticanos, es que acaso esas riquezas que están ahí, son de uso o de placer, qué se yo del Papa o de los que están allá? Es verdad, tristemente se han dado casos de codicia en clérigos, como se dan casos de codicia en muchas otras áreas de la vida humana y en muchos otros lugares de la sociedad. Sí, eso pasa. ¿Pero esos actos de codicia nos van a volver ciegos al inmenso bien que realiza la Iglesia? Entonces la frase de Lorenzo puede ser interpretada en primer lugar como indicando que los bienes de la Iglesia han quedado ahí, en esos estómagos que han podido alimentarse, en esos ancianos que han sido recogidos y cuidados, en esos huérfanos que han encontrado casa, en esos jóvenes muchas veces pobres, han tenido un medio para educarse y ser buenos ciudadanos. Entonces, esa es una interpretación preciosa de la frase de Lorenzo. Los bienes de la Iglesia están ahí, en el bien que han recibido todos estos pobres.
Pero hay otra interpretación también, los bienes de la Iglesia están en los pobres, porque muchas veces son las personas más necesitadas las que colaboran con mayor constancia y generosidad. Si nosotros miramos, por ejemplo, los testimonios que nos da la historia sobre lugares de misericordia o sobre lugares de culto, pensemos por ejemplo, en las grandes catedrales, esas catedrales ¿De dónde salieron? Hubo donaciones grandes y pequeñas, pero muchas veces los donantes han quedado en el anonimato porque eran muchos y porque no les interesaba un nombre sobre piedra en esta tierra. Les bastaba con que sus nombres quedarán escritos en el cielo. Muchas veces son los más necesitados, son los más pobres los que colaboran con mayor constancia, quizás porque muchas veces son los más necesitados, los que saben lo que es pasar por verdadera necesidad. Entonces, este es otro sentido de la frase de Lorenzo. Las riquezas de la Iglesia están en los pobres, porque ellos, que ciertamente reciben muchos, son también a menudo los que más dan. Y esas colaboraciones tienen su antecedente precioso en aquel pasaje del Evangelio, en aquella viuda pobre, ¿Recuerdas? Que depositó un par de moneditas y Jesús dijo: Esta ha dado más que cualquiera, los demás dan siempre de lo que les sobra, esta ha dado de lo que tenía para vivir. Así que ese es otro sentido.
Y en tercer lugar, esa frase de Lorenzo aquí están las riquezas de la Iglesia. También indica en dónde se renueva constantemente la Iglesia. Efectivamente, cuando la Iglesia ha acumulado riquezas que ya dije, es cosa que ha sucedido, ha acumulado pecados y perdición. Por el contrario, los grandes santos que han traído vida nueva a la Iglesia han llevado el sello de una vida austera, de una vida penitente, de una vida desprendida de las cosas de esta tierra y muy a menudo de una vida auténticamente pobre. Pensemos, por ejemplo, en los fundadores de las comunidades religiosas. Es solo un ejemplo, pero no solo entre nosotros. Además de pensar en la sencillez y en la penitencia en la que vivió un San Francisco, un San Ignacio, un Santo Domingo de Guzmán, un San Juan Bosco y tantos otros. También otros santos, no de las comunidades religiosas, sino diocesanos, han dado testimonio de desprendimiento, de generosidad, de tener su verdadero tesoro en Cristo. Estoy pensando, por ejemplo, en aquel doctor de la Iglesia San Juan de Ávila, que no sólo practicó sino que enseñó la necesidad de ese desprendimiento para todos los sacerdotes, también para los diocesanos, por supuesto.
Entonces, mira cuánta riqueza hay en la frase de Lorenzo. Pero Lorenzo fue sometido a tortura y él mismo se convirtió en riqueza para la Iglesia. Porque lo que quería el alcalde de Roma era que la muerte de Lorenzo sirviera de escarmiento. Como quien dice, para que viviendo semejante tortura abandonaran la fe muchos. Repito, esto sucedió en la época del emperador Valeriano. Pues bien, en ese tiempo del reinado de Valeriano hubo muchos mártires. Ya mencioné a Sixto Segundo. También fue la época en que murió el obispo de Cartago, que se llamaba Cipriano, y una frase de Cipriano, que parece que tiene su antecedente en otro personaje llamado Tertuliano, resume muy bien lo que en realidad sucedió. La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos. Es decir, que la crueldad de aquel alcalde de Roma que quemó vivo a Lorenzo, en vez de acabar con la fe en Roma, trajo una renovación. ¿Y sabes por qué? Empecé hablando del dolor, porque soportar el dolor por amor a Cristo es un testimonio demasiado fuerte. Y es que hay algo en el corazón humano que no está hecho simplemente para la vaciedad del placer. Hay algo dentro de nosotros que pide grandeza. Hay algo dentro de cada corazón que exige entrega. Muchas personas, especialmente cuando se sienten asediadas por el aburrimiento, asediadas por una especie de hastío de la vida. Quizás lo que necesitan es una buena razón para entregar su vida.
Recuerdo una religiosa, no mártir, pero una religiosa entregando su vida. He contado esta historia en otra oportunidad. En alguno de los lugares más pobres de Lima está una casa de las Hermanas Misioneras de la Caridad, las de la Madre Teresa. Tuve ocasión de visitar ese sitio hace unos años y como ya he contado, allí me encontré con una joven británica. Nació en Inglaterra. Estaba haciendo sus estudios de posgrado. Era una de estas personas que también le puede pasar a alguien que tú conozcas o a ti mismo. Una de estas personas que vive como en una especie de insatisfacción, una mezcla de aburrimiento y de individualismo. Así vivía ella. Y creo que la palabra hastío describe muy bien lo que era su vida. Una mujer que lo tenía todo, juventud, inteligencia, estudios, buena postura económica. Todo lo tenía, pero estaba hastiada. ¿Qué le faltaba? Le faltaba tener donde entregar, donde dar. Y eso es lo que nos muestran los mártires, que lo dan y lo dan todo. Todo lo dan.
Como dice la primera lectura de esta fiesta de San Lorenzo. El que siembra tacañamente. Tacañamente cosechará. Y por eso, cuando la vida se nos llena de egoísmo. Lo que cosechamos es hastío. El Papa Francisco tiene unas palabras muy elocuentes sobre ese hastío que viene del egoísmo, del individualismo. Las tiene en su carta. El gozo del Evangelio, Evangelii Gaudium. Pero esta joven, que estaba al borde del hastío de la vida, no le encontraba propósito a nada. Encuentra a gente que está entregando la vida. El caso de estas Misioneras de la Caridad. Y ella, viendo eso, empieza un camino, un camino de conversión personal. Y luego un camino vocacional. Fuera de las comodidades de su nativa Inglaterra, fuera de las seguridades de su mundo británico, viviendo en un mundo con otra lengua, rodeada de pobres y sirviendo a los pobres, dando la vida, entregándola toda. Tú le vieras la sonrisa a esa religiosa. Estaba feliz. Feliz. Se acabó el hastío. Porque el corazón humano está hecho para eso, para amar, para darse. Por engaño del enemigo, uno a veces cree que la felicidad está solamente en denme más, más, más, más. Pero cuanto más nos llenamos de cosas, de placeres y de egoísmo, más repugnantes nos volvemos ante nosotros mismos. Dar la alegría de dar. Mira cuántos años han pasado de esa bella experiencia que tuve en Lima. No olvido la sonrisa de esa religiosa. Una sonrisa llena de Cristo. Dar, entregar.
Y por eso aquel cruel funcionario que acabó con la vida de Lorenzo en esta tierra, no solo le dio la vida eterna en la gloria del cielo, sino que también multiplicó los cristianos. Porque lo que necesitamos es eso, testigos que den la vida, que entreguen la vida. Ya hay demasiado egoísmo en muchos lugares y en muchos de nosotros. Necesitamos Lorenzos. Necesitamos gente que entregue la vida y la ruta que él marcó en su servicio a los pobres y en su manera de morir. Esa ruta, aunque empinada y difícil, sigue abierta para nosotros.

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